CONTRA LA ILUSIÓN DE FOCO EN EL ESTUDIO DEL CINE

Durante algún tiempo, la crítica al uso relacionada con la actividad audiovisual prescindió en su relato de todo aquello que no respondiese directamente a la descripción de las películas. En lo que pudiera considerarse la típica “ilusión de foco” que nos hace creer que en el escenario teatral solo existe aquello que es iluminado, este estudioso permaneció indiferente ante todo lo que no involucrase de modo explícito al texto evaluado. Ya a principios de los sesenta del siglo pasado, el brasileño Paulo Emilio Salles Gomes anotaba:

“Constato lo pobre y poco estimulante que es una apreciación de las películas limitada al campo cinematográfico. Las virtualidades y las virtudes de las obras fenecen cuando son examinadas en el compartimento estanco de la especificidad. Los que se condenan al cine lo comprenden poco y lo sirven mal. La justificación para que alguien se dedique al cine, incluso en el plano de la creación, reside en la obligación de permanecer abierto y disponible para lo esencial, o sea, todo lo que le es exterior. En los momentos decisivos, no ha sido en sí mismo que el cine ha encontrado la fuerza motriz. Cada vez que el cine ha sido capaz de responder a un desafío, en cada uno de sus momentos de renovada vitalidad, el estímulo vino desde afuera, de otras actividades y preocupaciones. El cineasta o el crítico de cine con formación estrictamente cinematográfica tienen un papel cada vez más reducido. La cultura propiamente cinematográfica tiene una función cada vez más amplia, pero en otro terreno, el público, pues aquí significa un incremento y enriquecimiento y no corre el riesgo mortal de la autosatisfacción”.

Por fortuna, hoy ya no es solo el contenido de la crítica, o de la Historia en el caso de los historiadores, lo que se evalúa, sino también el modo en que el experto ha organizado ese relato, administrando jerarquías e invisibilidades. En el caso del historiador, de cronista del Poder este ha pasado a ser también objeto de estudio en términos epistemológicos, dada la certidumbre de que no existe inocencia cuando se escribe, y que aquí también el conocimiento está en función de un interés, una utilidad humana, demasiado humana. Y si el interés es apenas el de un cinéfilo, saldría a relucir lo que reprochaba Michèle Lagny en su libro “De l’histoire du cinéma”, que una historia del cine “redactada por cinéfilos, muchas veces no es más que una historia santa”.

Por otro lado, cada vez se desacredita más ese tipo de enfoque que describe el devenir histórico como algo racional y frío donde el surgimiento de las instituciones culturales, por ejemplo, tal parece que ha sido meditado al margen de las pasiones de los humanos. Para el nuevo historiador, “las afinidades electivas” (en el sentido que proponía Goethe) devienen más fundacionales que las actas que decretan la creación de ésta o aquella institución. Desde esa perspectiva, el presupuesto de la amistad (y su opuesto: la enemistad) adquiere una jerarquía mayor que las relaciones establecidas en función de una determinada autoridad u orden al cual se responde.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el julio 25, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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