MEÑIQUE (2014), de Ernesto Padrón

MEÑIQUE: UNA PELEA CUBANA POR EL 3D

Por: Antonio Enrique González Rojas

Naciones latinoamericanas como Argentina, remontan en los últimos tiempos el sendero de la animación 3D con cintas de largo metraje basadas en historias, personajes y autores de su ámbito; tal es el caso del antológico historietista y narrador humorístico Roberto Fontanarrosa (1944-2007), en cuya obra se han basado dos de los filmes realizados con esta técnica: Boogie el aceitoso (Gustavo Cova, 2009) y Metegol (Juan José Campanella, 2013). Obras estas en las que se busca conciliar los “valores nacionales” emanados por los temas, discursos y personajes, con resortes estético-dramatúrgicos de probada efectividad, en un ámbito preceptivo donde reina el estilo Dreamwork, Pixar (Disney) y compañía.

Por su parte, Cuba irrumpe en 2014 en esta competitiva zona audiovisual, con la largamente anunciada y aguardada versión de Meñique (Ernesto Padrón), cuento del escritor francés Édouard de Laboulaye, de adopción martiana, y suerte de versión libérrima de los más conocidos Pulgarcitos, tanto el compilado de leyendas populares alemanas (Daumesdick) por los hermanos Grimm, como el recreado por el también francés Charles Perrault (Le Petit Poucet). Los Estudios de Animación del ICAIC persiguen entonces, abrirse espacio en el referido panorama internacional, con un innegablemente entretenido y educativo cuento de hadas de ineluctable sesgo europeo, amén su estrecha connivencia con la obra del Apóstol cubano. Tal naturaleza occidental es subrayada y reafirmada en la séptima película de animación cubana (segunda después de la era de Juan Padrón), por la adscripción de sus creadores a una visualidad harto tributaria de la impronta disneyana, incluso mucho más que otros contemporáneos como el propio Metegol de Campanella, dado que, más allá de una alegoría al fútbol como pasión nacional, estamos ante una historia de princesas, brujas, gigantes y todo el archiconocido bestiario de la fabulación tradicional europea.

El creador de Yeyín y de la interesante serie de minicortos animados Conociendo a Martí (2002-2003), quizás se propuso dialogar con los públicos cubanos e internacionales desde presupuestos ortodoxamente establecidos como éstos, sin intenciones de aventurarse en construir una estética más auténtica, que buscara singularizar la cinta en medio de un sobrepoblado mercado, y que sobre todo aprovechara a su favor las deficiencias técnicas del 3D cubano, en vez de seguir los cantos de sirena que conducen hacia una engañosa exquisitez formal, muy lograda ya por los experimentados artífices de entidades como la Pixar y lejos de ser equiparadas por Cuba. Pero resulta innecesario seguir desesperadamente tal pauta, en pos de resultados atractivos, dirigidos a públicos que también están listos para recepcionar propuestas más diversas, o al menos predispuestos. Fílmicas animadas como la francesa, con piezas como Les triplettes de Belville, Renaissance, Immortal, ad vitam, Le Tableau, Ernest et Celestine; la española, con El bosque animado, sentirás su magia y El sueño de una noche de San Juan; o hasta la irlandesa, con la bella The Secret of Kells, demuestran la viabilidad comercial de búsquedas formales muy auténticas, lejos incluso de toda influencia 3D, o al menos con un empleo cauteloso y creativo de ésta.

De hecho, el momento quizás más feliz, singular y auténtico de Meñique, no corresponde irónicamente al 3D ortodoxo que defiende Padrón, aunque sí está concebido desde la animación digital con estética 2D, específicamente la llamada “animación de marionetas” (ver la obra del ruso Yuri Norstein): una breve ensoñación de la princesa sobre el amor de su vida se grafica con una figuración de bordados y parches de tela. Resalta este plano secuencia por la sencilla exquisitez, que comulga bastante con los códigos de la gráfica desde la propia planimetría de los personajes y ambientes, hasta la sensación de ver una ilustración estática cobrar inusitada vida. Inevitablemente me pregunto qué sucedería si tal hubiese sido la pauta visual a seguir en la cinta de marras, pero bueno, esa sería mi película…muy distante de las concepciones de Padrón.

Amén algunos retruécanos semánticos con los nombres de poblaciones (algo ya logrado exitosamente por Juan Padrón con la ingeniosa toponimia de Elpidio Valdés), y la música a cargo de Silvio Rodríguez, con influencias del folklor campesino cubano y la propia trova, comulga además Meñique con muchos de los estereotipos formales del fairy tale cinematográfico anglosajón, en peligrosa aproximación a la ya extensa y edulcorada filmografía 3D de la muñeca Barbie, iniciada en 2001, dedicada en su mayor parte a la recreación de cuentos y fábulas morales al mismo estilo. La princesa de Meñique, redimensionada de la bitonga del cuento original a una embozada (y liberada) justiciera, resulta una mixtura de la Fiona de la franquicia Shreck, con la disneyana Belle de Beauty and the Beast (Trousdale-Wise, 1991); la villana bruja de verde faz, está casi confesamente basada en la Bruja Mala del Oeste de la versión de 1939 de El Mago de Oz (Víctor Fleming). Miniatura tributaria de todo el catálogo de príncipes Disney, con algo del anime clásico, es el ingenioso y algo insulso personaje de Meñique, en quien el exceso de virtud, acentuado por la ausencia de matices y ambigüedades morales que lo aderecen, redunda en la monocromía moralista.

Existen no obstante, algunas dignidades dentro del estereotipado formalismo 3D general, contando la cinta con aciertos estéticos concentrados sobre todo en el diseño escenográfico, con un Bosque Encantado, hogar del hacha mágica Hachibaldo, poblado primorosa y creativamente de árboles, digamos que temáticos: aparece un árbol de goma de mascar, otro de metal, otro como de madera carpinteada y muchas más rarezas, cuya riqueza de sugerencias y posibilidades dramatúrgicas son a la larga desaprovechadas, relegados a mero trasfondo. No tanto así sucede con el hogar del mágico y sordo (¿?) pico, cuyo talento artístico, algo contrastante en una herramienta tan relacionada con la rusticidad, es refrendado por una serie de esculturas en piedra, donde se aprecia hasta una Estatua de la Libertad a escala. Casualidad (¿o no?) curiosa, dado que fue el propio Laboulaye el inspirador de la idea de obsequiar a los Estados Unidos con esta simbólica y monumental pieza francesa.

La propia capital del ilusorio reino, en forma de cocina de gas, con olla incluída, es otro logro del diseño escenográfico, apartado que definitivamente destaca por encima del diseño de personajes, donde los “buenos” son bellos, estilizados y los “malos” son grotescos, amanerados (el primo malvado, hijo de la bruja, frisa el metrosexualismo o hasta sugiere una drag queen, como me comentó una amiga), y repelentes hasta el maniqueísmo más chato; con cierta excepción para el gigante Tom, concebido como una víctima de las circunstancias, pues como tararea una y otra vez, nadie lo quiere, siendo redimido por la amistad de Meñique, remitiendo, en mi memoria emotiva, a la breve historia animada también cubana, de Sifig y el Bramontono 45 A. Por su parte, el interesante, pero breve clímax refiere a la no aminada El elefante y la bicicleta, en tanto inmiscusión en la diégesis explícita del cine, del acto de proyección de una cinta sobre pantalla blanca. En la pieza de Tabío, el villano Gavilán, ve revertido su cañonazo con una simple torsión de la pantalla donde transcurre tal acción; en Meñique, la bruja rapta a los héroes hacia el interior de una pantalla, donde se alternan trepidantemente los escenarios y las consecuentes transmutaciones de la propia hechicera, quien en este mundo “fílmico”, adquiere poderes insospechados, como sus más terribles homólogas de Disney: la Maléfica de la Sleeping Beauty de 1959, y la Narissa de Enchanted (Kevin Lima, 2007).

Por otra parte, la cinta de marras adolece, como todo el animado institucional contemporáneo cubano, de un doblaje poco convincente, que delata la pérdida de una tradición cubana en este sentido, asentada en décadas pasadas en los talentos de, entre otros, Tony González, Manolo Mesa, Frank González y Manuel Marín. La presencia de este último en Meñique, como voz de un par de personajes secundarios, me sorprendió agradablemente, aunque para nada alcanza la altura de sus glorias pasadas.

Amén sus desaciertos e irregularidades como prístino ejercicio de estilo, dudosa mímesis de fórmulas, resortes probos, y aventura casi temeraria en medio de una crisis creativa, la película de Meñique coadyuva, no obstante, a revalidar ante grandes públicos y nuevas generaciones, la figura y la obra de Martí, en este caso como editor de la revista La Edad de Oro y como traductor. Magramente ha sido tratado Martí en el audiovisual cubano y en la animación, donde apenas una decenas de cortometrajes, realizados en los últimos treinta años, con preeminencia de los textos para niños (*), no alcanza a cartografiar, aprehender y promocionar a cabalidad tan inmenso mundo intelectual y tan gran vocación educativa. Quizás este mérito le valga por sí solo para escribir su página en la fílmica cubana.

NOTA:

*El alma trémula y sola (Tulio Raggi, 1982) y la serie de minicortos animados Conociendo a Martí, del propio Ernesto Padrón, versan respectivamente sobre el poema La bailarina española y sobre pasajes biográficos del Apóstol. Abdala. El retorno de los señores de Xibalbá (Adrián López, 2011), adapta libérrimamente el poema épico Abdala

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Publicado el julio 24, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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