PENSANDO OTRA VEZ EN LA CRÍTICA DE CINE EN CUBA

He leído con curiosidad, y no poco desconcierto, la nota crítica redactada por Antonio Enrique González Rojas, a propósito de la cinta cubana Boccacerías habaneras (2013), de Arturo Sotto. Más allá de los gustos personales del crítico, que habría que respetar, la lectura de la reseña me ha dejado la impresión de que hemos visto dos filmes diferentes con el mismo título.

A mí Boccacerías habaneras me parece un divertimento, una película que no se propuso otra cosa que contar tres historias con la sensualidad (que no el erotismo al uso) como protagonista, y el propósito explícito de regalar hora y media de distracción, sin exigir demasiado a cambio; pero quien lee la reseña de González Rojas puede pensar que se trata de una obra que compite con suerte ante las de Ed Wood, por no decir, las de Juan Orol. Nos dice el crítico, por ejemplo, “Boccaccerías… viene a ser entonces el corolario (hasta el momento) de la simplificación artística en alguien que transitó desde el decir hasta el no decir”, y más adelante descalifica de modo concluyente el filme apelando a términos como los siguientes: “mal filmada”, “las torpezas con que fueron construidas las historias”, “desbalance tonal”, “generalizada impericia fílmica”, “desmañada (casi nula) dirección de actores”, “su humor lamentable y su más calamitosa factura”.

El problema de este tipo de crítica impresionista es que anuncia las carencias, pero en ningún momento las desmonta: ¿qué significa exactamente eso de que hemos sido testigos del tránsito del decir al no decir?, ¿no es esto un pantagruélico lugar común toda vez que se sabe que allí donde aparentemente domina el silencio siempre hay un mensaje?, ¿cuáles son los parámetros técnicos sobre los que se basa el crítico para afirmar que está mal filmada?, ¿a qué se alude concretamente con eso de la impericia fílmica y la calamitosa factura?

Que toda crítica siempre contendrá una alta dosis de subjetividad, y que es de aplaudir la franqueza de quien se dedica a este oficio, es algo que no rebatiré. Lo que sucede es que la crítica impresionista, esa que se nutre de los humores de la primera impresión y la adjetivación más que del desmontaje minucioso de eso que nos entregan, nunca termina de decirnos dónde es que están fallando realmente las cosas. O donde hay realmente un logro, porque el festejo por el festejo es tan nocivo como la crítica por la crítica. Y mucho menos consigue establecer complicidades que estimulen a pensar creativamente aquello que se juzga. Por otro lado, ya lo dijo alguna vez Calvert Casey: “Es muy fácil hacer frases felices a costa de la creación ajena”.

Sé que este es un tema que ya hemos discutido con bastante vehemencia en el blog. Recuérdese la álgida polémica que sostuvimos varios a propósito de Irremediablemente juntos, de Jorge Luis Sánchez. Entonces expresé un criterio que mantengo: debemos cuidarnos de que el ejercicio crítico no se nos convierta en algo conservador que, a fuerza de vigilar un canon que ya ha decidido cómo debemos mirar y juzgar las películas, nos impide emanciparnos de ciertas dictaduras del gusto impuestas en el pasado.

Lo que está mal hay que denunciarlo, desde luego, pero con algo más que la simple acumulación de adjetivos que descalifican de un modo, por decirlo suave, festinado. Es posible que yo le esté reclamando a la crítica cubana (me incluyo, por supuesto) que deje de ser mera crítica (tal como la conocíamos hasta ahora) para convertirse en análisis crítico, que es otra cosa.

Una película, por mala que nos parezca en una primera impresión, siempre estará dejando latente la posibilidad de explorarla desde otros ángulos. A no ser que defendamos el valor inmanente de ese conjunto de imágenes, y sobre esa apreciación establezcamos las jerarquías y las descalificaciones, siempre nos quedará claro que una película es un producto cultural. O lo que es lo mismo: que solamente un cinco por ciento de la producción mundial de películas responde a ese perfil de “arte” que tantos críticos quisieran masificar (situación que me parecería horrorosa, por cierto), y que sería, además de injusto, errado, enjuiciar este tipo de producto cultural únicamente desde el horizonte de expectativas del crítico que aspira a encontrar todo el tiempo “cine de autor” o películas “bien hechas” (claro, desde ese horizonte muy suyo que pareciera legitimar la medida de todas las cosas).

Lo otro que me inquieta de la nota de González Rojas es el involuntario perfil policíaco que hacia los finales asume su reflexión. “Triste capitulo añade Boccaccerías habaneras, con su humor lamentable y su más calamitosa factura, a una cinematografía cubana que realmente no necesita ni aguanta un desaguisado más”, declara con afectación en las postrimerías de su escrito.

Respeto el celo, pero no deberíamos nunca perder de vista que los críticos, más que intentar imponer políticas culturales, tenemos el deber de analizar, de sembrar áreas de pensamiento que en modo alguno están divorciadas de las áreas de la creación. Para decidir qué es lo que debe quedar fuera o dentro de la producción están los comisarios o censores. El cine cubano, o mejor, el audiovisual cubano tiene que ser tan diverso como diversa es la vida. Necesitamos películas como Melaza o La piscina, pero también cintas que tomen en cuenta los ángulos lúdicos de una industria cada vez más competitiva.

Eso sí, los críticos tienen que contribuir a crear espacios de encuentros donde el debate permanente fortalezca las jerarquías más auténticas, pero en un plano más horizontal que el que hasta ahora hemos estado dispuesto a construir.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el julio 19, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Hola Juani, muy buena tu reseña y contundente hacia este tipo de criticas que poco profundizan, pero hay algo que no comparto de lo que dices en el penúltimo párrafo o puede ser que no lo interpreto bien cuando dices, y te cito. aceptar eso, es legalizar una vez mas la censura a la libre creación, es darles patente a los que tienen tijeras para cercenar, pero no razón ante la creatividad. Creo yo. Saludos David.

  2. La cita a la que hago referencia, y que no se por qué motivo no salio es la siguiente. ” Para decidir qué es lo que debe quedar fuera o dentro de la producción están los comisarios o censores”.

  3. Gracias, David. Bueno, lo que quise decir es que los críticos no tenemos por qué hacerle el trabajo a los censores. Los críticos somo analistas, y antes de apuntar con un dedo para juzgar deberíamos esforzarnos en entender el fenómeno en toda su complejidad. Después llegará la hora de valorar, obviamente, porque una crítica que no ofrezca un juicio al final no cumple con su rol, pero antes debe examinar con rigor lo que llega ante sus ojos sin el prejuicio que han impuesto las morales al uso, las supuestas políticas del buen gusto, etc. El término mismo de banalidad exige ser revisado con cuidado, porque muchas cosas que hoy damos por “banales” (de acuerdo a lo que nos decían en el pasado) están respondiendo a una época distinta, a una manera de administrar el ocio totalmente inédita. Es un trabajo complejo, pero por eso mismo la crítica tiene que dejar a un lado los prejuicios, y hacer suya la complejidad. Un abrazo para tí.

  4. Gracias amigo, ahora si te entiendo. Y muy importante lo que señalas sobre el termino banalidad.

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