BOCCACCERÍAS HABANERAS (2013), de Arturo Sotto

Boccaccerías habaneras: Algo de La Habana y casi nada de Boccaccio

Por: Antonio Enrique González Rojas

Lo primero que lógicamente esperé de una película que desde el propio título confiesa su adscripción a Giovanni Boccaccio, célebre obre todo como indiscutido paladín de la lubricidad literaria, es precisamente el espíritu lascivo, la impúdica irreverencia y el jolgorio sicalíptico, o al menos la picaresca erógeno-amatoria que rezuma su obra. Boccaccerías habaneras (2013), el más reciente largometraje de ficción de Arturo Sotto, promisorio de una posible reinterpretación tropical de un archiconocido Decamerón que no está tan lejos de la idiosincrasia cubana, dada su común esencia latina, vadea todas estas expectativas, resultando un soso y ligerísimo intento de comedia de situaciones, con su correspondiente dosis de chistes facilones y fuera de lugar, empotrados a lo largo del relato para detonar la carcajada banal. Emana incluso de este filme un tufo de extemporaneidad, como que se hallaría más a tono en la década de 1990, donde la comedia erótica ligera primaba en la fílmica nacional.

Y lo más chocante es que durante este último decenio del siglo XX cubano, Sotto no pudo estar más alejado de tal tendencia banal-escapista, debutando en el panorama audiovisual cubano como una de las voces artísticas más singulares y de mayor legitimidad autoral, con obras como el cortometraje de ficción Talco para lo negro (1992) y los posteriores largos Pon tu pensamiento en mí (1995) y Amor vertical (1997), contundentes ejercicios de estilo donde desplegó una compleja imaginería, un cosmos personal enjundioso y muy personal, emparejados a una voluntad de decir, analizar, complejizar, más allá de la mera diversión que se vale de la llaneza narrativa y la ligereza conceptual.

Claro que la propia y algo accidentada evolución de su ficción apuntaba ya a un reblandecimiento de la complejidad estético-conceptual, con una tercera cinta como La noche de los inocentes (2007), que a diez años de su anterior producción, ya delataba un Sotto del siglo XXI muy diferente, más concentrado en la anécdota, el golpe de ingenio y el suspense de este lúdico guiño al policiaco noir, que en las búsquedas narrativas, la construcción de atmósferas y el hálito surreal-simbolista de las previas propuestas.

Boccaccerías… viene a ser entonces el corolario (hasta el momento) de la simplificación artística en alguien que transitó desde el decir hasta el no decir, y lo peor, con ciertas pretensiones de urdir quizás un manifiesto autorreferencial con trazas existenciales-intimistas, a partir de una “crisis de creatividad” que lleva al protagonista, escritor interpretado por el propio Sotto (¿guiño al Truffaut de La noche americana?), a pagar por historias que personas comunes quieran venderle y que componen el corpus anecdótico de la coral cinta.

Historias superficiales estas, de las cuales el autor-personaje como que reniega hacia el final, en una desganada y atonal catarsis, donde recrimina la tautología motivacional de las anécdotas compiladas, expresiones de la insoportable levedad del ser cubano, concentrado en la supervivencia más elemental. ¿Quizás también discursa sobre la levedad del cine nacional? ¿Quizás toda la cinta está mal filmada exprofeso, para apoyar estas tesis sobre la vacuidad de la existencia del cubano de hoy? ¿Es la película un arriesgado juego con el universo preceptivo del ciudadano medio, para demostrar(se) las tendencias escapistas, la perenne predisposición a la risotada barata, detonada con los más básicos presupuestos del slapstick de manual y la comedia de enredos? Tal confusión tiende a producir Boccaccerías… dado el contraste suscitado entre la superficialidad, las torpezas con que fueron construidas las historias pretendidamente decameronianas y la actitud lánguida e inexpresiva que el Sotto actor mantiene en todas sus escenas, matizada por parlamentos con ínfulas de profundidad filosófica.

No se concreta quizás este propósito por el desbalance tonal que acusa la película y la gran confusión que se aprecia entre lo farsesco y lo falso, entre lo ligero y lo banal, acentuado todo por la generalizada impericia fílmica. Destaca la fotografía, “televisiva” en la peor acepción del término, abundante en planos cerrados, casi angostos y poco significativos. Combinado está dicho recurso con una abrumadora iluminación cenital, de molesta brillantez, en pura renuncia a los potenciales expresivos de la luz en el cine y un entusiasmo ingenuo por la Alta Definición (HD), como suerte de moderna encarnación colorista del Technicolor.

Las historias, las escenas, los planos, delatan apresuramiento, torpezas compositivas, de ritmo y dinámica, extremos desbalances histriónicos entre los actores profesionales y los no profesionales, entre los expertos y los noveles, mixturados inmisericordemente en un vórtice del cual muy pocos salen con la dignidad de Mario Guerra, realmente gracioso en su rol marginal, y de Luis Alberto García (Hijo), cuyas calidades logran trascender la desmañada (casi nula) dirección de actores.

Triste capitulo añade Boccaccerías habaneras, con su humor lamentable y su más calamitosa factura, a una cinematografía cubana que realmente no necesita ni aguanta un desaguisado más. Quizás “una raya más para el tigre” no hace diferencia la mayoría de las veces, pero nuestro cine es un felino agotado y abrumado por el peso de tanta “raya” absurda, que quiebra sus rodillas y le impide andar siquiera a paso decoroso. Sotto pudo haber pensado mejor su proyecto…

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Publicado el julio 18, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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