UNA PELEA CUBANA CONTRA LOS DEMONIOS (1971), de Tomás Gutiérrez Alea (Fragmento)

La aprobación para filmar Una pelea cubana contra los demonios coincidió en el tiempo con la muerte del sabio Fernando Ortiz, autor del libro “Historia de una pelea cubana contra los demonios”, quien falleció a los 87 años en La Habana, el 10 de abril de 1969.

Por esas fechas Titón se había desplazado hacia el Escambray interesado en filmar con Sergio Corrieri lo que en los ochenta se habría de convertir en el filme Hasta cierto punto (entonces el argumento se titulaba Laberinto). “Me reuní con Sergio en el Escambray”, nos dice Gutiérrez Alea, “y quise hacerlo ahí, con él de protagonista, pero no aceptó. En ese momento encaminé las cosas de nuevo para Una pelea cubana contra los demonios”.[1]

El trabajo de guión, calificado por Alea de “difícil y agónico” y que había iniciado con Miguel Barnet, fue retomado ésta vez con el dramaturgo José Triana, y el actor Vicente Revuelta. Las dificultades se incrementaban porque temáticamente el proyecto ofrecía un gran número de posibilidades para el desarrollo de la anécdota, lo que incrementaba al mismo tiempo el riesgo de la dispersión. El hecho de que se estuviese describiendo sucesos acontecidos en el siglo XVII, en el centro de la isla, podía fomentar el equívoco de que se trataba de una película de reconstrucción histórica; sin embargo, para Alea y co-guionistas aquel asunto apenas era un pretexto que permitía rastrear en la persistencia de esas prácticas que apelan a los demonios (como símbolos del mal o la herejía) con el fin de imponer, tal como dice Ortiz en su texto, “intereses egoístas y pasiones personales”.

¿O es que acaso aquello que se estaba viviendo en la Cuba revolucionaria, con sus intolerancias radicales, sus linchamientos morales donde el individuo era nada comparado con el dogma de una Revolución colectiva intocable, no recordaba los oscuros episodios que precedieron a la fundación de la Villa de Santa Clara?. Por eso Titón se siente tan entusiasmado con el proyecto, y escribe desbordado en una de sus cartas:

Me gusta mucho la película que estoy preparando. Me entusiasma. Me siento como nunca antes volcado en el proyecto, con la certeza de que ésta sí puede ser mi película. Ahora tengo algunas dificultades con el guión. Pero son dificultades que ocurren dentro de mí, y que yo sé que encontrarán solución. No hay que desesperarse”.[2]

“La tierra prometida” (título del argumento en ese instante) le permitía a Gutiérrez Alea explorar el carácter multidimensional de la Revolución. Ya a esas alturas, Titón sabía que justicia y libertad son extremos difíciles de conciliar,
más allá de las buenas intenciones y las promesas de un mundo venidero donde la fraternidad humana garantizaría la paz del individuo. Justo en nombre de esas promesas esgrimidas por grupos de hombres poseídos de un espíritu mesiánico, se habían cometido los mayores crímenes contra la humanidad.

Desenmascarar los usos y abusos ideológicos que se hace en cada caso de esas aspiraciones colectivas, era para Titón el deber fundamental del intelectual crítico, y él seguía viéndose, antes que cineasta, como intelectual.

Y sobre todo le interesaba defender la autenticidad del individuo que era, en medio de aquella conjura de circunstancias colectivas; de allí que entre los papeles de aquel año encontremos la siguiente anotación:

La disciplina de un diario.

Poner en orden mi vida.

Todo lo que escriba ahora tendrá ese único fin.

Ver quién soy y llegar a saber hasta qué punto soy consecuente con lo que yo creo que soy. Hasta qué punto es coherente este transitar por la vida. Hasta qué punto tiene un sentido. En qué medida, si no vigilo mis pasos, puede diluirse todo en una gran equivocación, en algo torcido y estúpido.

El hilo conductor va a ser mi trabajo porque es aquí donde se sintetiza en algo concreto lo que me mueve.[3]

(…)

El hecho de que Tomás Gutiérrez Alea terminase Una pelea cubana contra los demonios en 1971, año en que comenzaba a operar en Cuba la más oscura irracionalidad ideológica, es pura coincidencia. Pero también puede interpretarse como síntoma de una inquietud presente en el seno de la intelectualidad cubana que había estado apoyando el proyecto revolucionario, aunque con visiones diversas del modo en que debía gestionarse la construcción de la nueva sociedad. En tal sentido, debe evitarse leer Una pelea cubana contra los demonios como una respuesta al anti-intelectualismo generado en los años que se conocen como “Quinquenio Gris”, toda vez que el filme fue gestándose a lo largo de la década de los sesenta, y tuvo su origen ideológico, por llamarlo de algún modo, en las polémicas sostenidas por los cineastas del ICAIC en el año 1963. Según Titón,

Durante todos esos años, la idea de Una pelea cubana contra los demonios fue trabajando dentro de mí y enriqueciéndose. Le he dedicado demasiado tiempo, pero no me arrepiento en absoluto porque al final ha sido como un gran exorcismo, un real sacadiablos, una especie de fumigación espiritual. Ahora, gracias en parte a esa experiencia, he llegado a aclararme muchas cosas con relación al cine, a la Revolución y a mí mismo”. [4]

La película ha de estudiarse, pues, por lo menos en tres dimensiones: en la estética, en la ideológica, y en la biográfica. En la estética, la cinta prorroga el ejercicio herético que era ya Memorias del subdesarrollo, en tanto Gutiérrez Alea reitera aquí su voluntad de dinamitar el lenguaje cinematográfico más convencional, apelando a un discurso complejo que combina el tono realista que pudiera sugerir el ropaje histórico de la anécdota, con una fotografía que explota el dinamismo (frenético) de la cámara en mano, y un montaje que se solaza en las asociaciones más que en la trasparencia discursiva.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el julio 14, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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