Archivos Mensuales: junio 2014

CULTURA DE LA POLÉMICA Y HOSTILIDAD HORIZONTAL

Para aprender a pelear, no necesitamos ir a una escuela. En realidad, uno llega a la vida peleando. Y se va de ella también peleando: todo el tiempo a favor de algo; o contra algo. Incluso cuando se promueve la idea de que conviene no pelear por nada (esa fantasía colectiva donde la paz a la que se aspiraadquiere ribetes insoportablemente idílicos) se pelea desde las tribunas por imponer esa visión existencial.

Mirándolo desde ese punto de vista, la voluntad de pelear sería algo natural y necesario, en tanto no hay vida sin antagonismos, ni desarrollo sin contradicciones. Habría que preocuparse, más bien, por fomentar el debate útil, pues si cualquiera puede pelear, lo que no sabe hacer todo el mundo es debatir en busca de saberes, en tanto el debate de este tipo se le debería a lo cultural, a las ganancias espirituales que van adquiriendo las generaciones en su constante intercambio de experiencias y argumentos.

Pero si por lo general el debate se suele asociar al enfrentamiento de grupos con visiones diferentes de la realidad, habría que pensar también en esas otras polémicas que se originan en el seno de los grupos que comparten determinados credos. El feminismo de los setenta acuñó el término “hostilidad horizontal” para describir el rechazo de que eran víctimas determinados miembros del movimiento percibidos por los más radicales como “moderados” o insuficientemente feministas.

Los cubanos tenemos experiencia de esta suerte de bullying intragrupal. Estoy pensando en muchas de las polémicas originadas en los sesenta, aquellas en las que se enfrentaban los partidarios de los periódicos Hoy y Lunes de Revolución, el recién creado Consejo Nacional de Cultura, y el ICAIC, por mencionar apenas cuatro grupos. En muchas de esas polémicas lo que se detecta es un afán bastante excluyente por demostrar que los antagonistas no eran suficientemente revolucionarios, lo cual podía interpretarse como una manera solapada de entregarles armas al enemigo.

Tal vez haya sido Titón el que mejor describió a ese grupo de radicales que, fomentando la hostilidad horizontal, intentaban marcar de modo férreo aquellos límites que no se podían traspasar. Anotaba Gutiérrez Alea, a propósito de su filme Memorias del subdesarrollo:

“Hay una raza especial de gente con la que tenemos que convivir, con la que tenemos que contar, para nuestro disgusto cotidiano, en esto de construir la nueva sociedad. Son los que se creen depositarios únicos del legado revolucionario; los que saben cuál es la moral socialista y han institucionalizado la mediocridad y el provincianismo; los burócratas (con o sin buró); los que conocen el alma del pueblo y hablan de él como si fuera un niño muy prometedor del que se puede esperar mucho, pero al que hay que conocer muy bien, etcétera, etcétera (y nos parece estarlos viendo, con el brazo protector por encima de los hombros de ese niño); son los mismos que nos dicen cómo tenemos que hablarle al pueblo, cómo tenemos que vestirnos y como tenemos que pelarnos; saben lo que se puede mostrar y lo que no, porque el pueblo no está maduro todavía para conocer toda la verdad; se avergüenzan de nuestro atraso y tienen complejo de inferioridad a nivel nacional. La película se propone también, entre otras cosas, molestarlos, provocarlos, irritarlos. A ellos también va dirigida”. [1]

Es obvio que un mundo sin antagonismos nunca existirá. Pero lo que sí es posible construir son espacios donde los debates permitan dejar a salvo a los individuos que expresen los argumentos. Espacios donde el respeto por el ser humano sea la prioridad. Así, la democracia sería, por fin, algo más que el derecho a la libre habladuría, y el lenguaje se pondría, finalmente, en función de la diversidad, y no de la imposición de los intereses de un solo grupo.

Juan Antonio García Borrero

NOTA:

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ESTRENO NACIONAL DE BOCCACCERÍAS HABANERAS, DE ARTURO SOTTO

Comparto con los amigos esta información aparecida en el sitio Cubarte. Como recordarán los lectores del blog, la película de Arturo Sotto ya tuvo una presentación especial en Camagüey, en el marco del XX Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica.

JAGB

ESTRENO NACIONAL DE BOCCACCERÍAS HABANERAS, DE ARTURO SOTTO

Susana Méndez Muñoz

La película cubana Boccaccerías Habaneras, con guión y dirección de Arturo Sotto, tendrá su estreno nacional el próximo día 10 de julio en todo el país, luego de haber sido exhibida durante la última edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Sotto, junto a una parte numerosa de su staff de realización y del elenco del filme, sostuvo un encuentro con representantes de la prensa nacional en el Centro de Promoción Cinematográfica del ICAIC.

La cinta es una adaptación de cuentos del libro El Decamerón, que el autor italiano Giovanni Boccaccio terminara entre 1351 y 1353; en la misma bajo el lema Todo el mundo tiene una historia oculta que contar, Sotto estructuró una comedia que según sus palabras tiene como intención “dar un espectáculo cinematográfico que de gusto, que de placer, no es buscar la risa o el humor en una visión muy crítica de la realidad, es usar la realidad para reflexionar a partir de la propia sonrisa”.

El primero de los tres cuentos que conforman la realización, es de la autoría de Sotto, y todos son unidades dramáticas en sí mismas articuladas por un hilo conductor que es un escritor sin ideas al cual algunos van a venderle sus historias que pueden ser reales o ficticias; en los relatos (Los primos, No te lo vas a creer y El Cuento del tabaco), los personajes, los temas musicales, la arquitectura, la luz y el color son diferentes, y la utilización de la cámara varía de uno a otro a partir de la concepción de la propia narración. Lee el resto de esta entrada

ROMÁN GUBERN SOBRE EL CINE DE VANGUARDIA

En marzo estuvimos a punto de tener entre nosotros al maestro Román Gubern, participando en el Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica que organizamos todos los años en Camagüey. Lamentablemente, a última hora, se nos arruinó la posibilidad. Pero creo que uno de los grandes atractivos que tiene esta época es que, no obstante las distancias, podemos contar como nunca con el conocimiento de estos grandes estudiosos.

Comparo esta época con aquella en la que Titón le escribía a los amigos para que le hicieran llegar revistas y libros sobre cine, y tengo que admitir que los críticos y aspirantes a cineastas que ahora no estén actualizados, es porque sencillamente no tienen interés.

Recomiendo la lectura de este artículo de Gubern en una época como la nuestra, donde la democratización de la producción audiovisual, pone en peligro la memoria misma de lo que ha sido creado.

JAGB

CRISIS DE IDENTIDADES

Por Román Gubern

Uno de los ejes clásicos del debate en torno al cine de vanguardia ha girado en torno a su identidad específica y, en consecuencia, a su delimitación o acotación. De las vanguardias históricas ha podido afirmarse que eran derivaciones o prolongaciones de movimientos vanguardistas surgidos fuera del ámbito cinematográfico, tales como el cubismo, el futurismo, el dadaísmo y el surrealismo, pero esta fórmula no ha resultado enteramente satisfactoria. Un buen número de historiadores cinematográficos -como Jean Mitry, Georges Sadoul, Henri Langlois, Ado Kyrou y Patrick de Haas, por ejemplo- concuerdan en que el cine de vanguardia nació con el cortometraje La folie du Dr. Tube (1915), de Abel Gance, en razón de las deformaciones ópticas que permiten el aparato que el sabio protagonista ha inventado. Sólo con muy buena voluntad puede adscribirse este breve ensayo a los postulados futuristas y, de hecho, no recuerdo que ningún futurista militante lo haya reivindicado para su escuela, si bien es cierto que tuvo escasísima difusión en su época. En realidad, a lo que más se acerca La folie du Dr. Tube, con su sabio de aspecto clownesco, es a los divertimentos de magia del pionero Georges Mélies, a quien nadie ha reivindicado como vanguardista, a menos que incluyamos abusivamente la categoría de “innovación técnica" en el acervo de las vanguardias (y ahí cabrían Murnau y Orson Welles, por ejemplo).

Por consiguiente, en el cine de vanguardia anterior a 1930 habría que distinguir entre una vanguardia canónica, derivada o asociada a las vanguardias extracinematográficas que precedieron a cada uno de sus rebotes en las pantallas, de las vanguardias difusas, por utilizar un término que la fuzzy logic (lógica difusa) ha puesto de moda entre los científicos. Las vanguardias difusas estarían caracterizadas por su relativa autonomía en relación con las matrices canónicas del cubismo, futurismo, dadaísmo, surrealismo, etc. Y esta relatividad describiría un amplísimo arco. Así, los maravillosos decorados cubistas y de art-déco (de Fernand Léger, Mallet Stevens y Claude Autant-Lara) que ornamentan una película tan convencional como L’Inhumaine (1924), de Marcel L’Herbier, colocan a esta película en una franja difusa, con elementos vanguardistas conviviendo con elementos tradicionales. Y lo mismo puede decirse de La rueda (La roue, 1923), de Abel Gance, en donde el brillante ejercicio rítmico de la chanson du rail -derivada de las experiencias del cine abstracto- convive con un melodrama apolillado. Y con esta lógica llegaríamos hasta los destellos vanguardistas incrustados en el Octubre (Oktjabr, 1927), de Eisenstein (quien bebió en el futurismo), y hasta el Embrujo (1947), de nuestro Carlos Serrano de Osma. Un caso particular lo ofrece el cine expresionista alemán, nacido en 1919 de la pintura y el teatro expresionistas de anteguerra, pero cuya deriva narrativa y figurativa fue excesivamente débil -sobre todo tras la cinta inaugural de Robert Wiene- para insertarse de pleno derecho en el cine de vanguardia reconocido como tal. Y lo mismo podría decirse del impresionismo poemático de un Alberto Cavalcanti (Rien que les heures, 1926) o de Walter Ruttmann (Berlin, eine Symphoine einer Grosstadt, 1927). Lee el resto de esta entrada

EL DEPORTE Y LAS PANTALLAS MODERNAS

En estos días he estado disfrutando de algunos de los juegos de la Copa del Mundo en la pantalla inmensa del Multicine Casablanca. Ha sido una experiencia fantástica, que más allá del placer que me puede reportar el disfrute de las habilidades de los jugadores, me ha puesto a pensar una vez más en lo que Wolfgang Welsh asegura en su inquietante ensayo “El deporte, considerado desde el punto de vista estético e incluso como arte”.

En ese texto, el teórico alemán introduce desde el mismísimo primer párrafo una idea a todas luces polémica: “No hay duda de que el deporte contemporáneo muestra una constitución altamente estética: incluso se lo puede tomar como ejemplo paradigmático de la estetización actual. Pero tal vez pudiera irse más allá y no solo vincular el deporte con la estética, sino incluso considerarlo arte”.

Puedo entender los prejuicios de quienes se inquietan con la idea de que una sala cinematográfica ofrezca, en vez de un filme tradicional, un espectáculo deportivo. Yo creo que mi generación fue la última que alcanzó a formarse viendo películas en pantalla grande. Veíamos las que estrenaban todas las semanas en el cine Casablanca, y también las que proyectaban como parte de la Cinemateca en el cine Guerrero. Es obvio que llevemos en vena la idea de que un cine es un sitio exclusivamente para disfrutar “el arte cinematográfico”, pues para deleitarse con el deporte (dirán los detractores), estarían los estadios o la televisión.

En realidad, en las anteriores afirmaciones encontraríamos solo los prejuicios de quienes ya decidieron considerar al cine, tal como lo conocíamos hasta hace poco, como la cumbre de las narrativas audiovisuales. Pero prejuicio al fin, vive más del mito que de los argumentos. En verdad, el cine es uno de los tantos episodios que ha vivido la imagen en movimiento proyectada en una pantalla pública. Luego, más allá de lo que los críticos aseguren de acuerdo a sus muy particulares intereses estéticos, se tendría que tener en cuenta qué es lo que va pasando en términos de recepción colectiva. Y aquí es donde parece perder eficacia las antiguas consideraciones, tan aferradas como estaban a un estatus artístico del cine que parecía imbatible. Lee el resto de esta entrada

INAUGURACIÓN DE LA GALERÍA PÍXEL EN CAMAGÜEY

Le he robado a mi amiga Susana Vázquez Vidal esta información que ha puesto en su muro de Facebook. Espero que no me demande por el hurto informativo.

“Cuando este sábado 21 de junio finalice el día más largo del año y comience el verano en el hemisferio Norte, quedará inaugurada la galería Pixel del Circuito para la exhibición, el desarrollo y la investigación de los Nuevos Medios (CEDINM)

El 21 de junio tiene también una marca trascedente, es la víspera del Día Internacional del Videoarte, y la apertura del espacio expositivo es una forma de unirnos a la celebración por la videocreación.

Entre la magia de la despedida de la primavera y la llegada del videoarte nos reuniremos a las 9:00 pm en el otrora Cine Encanto (sede del CEDINM), ubicado en la calle Ignacio Agramonte, para apreciar 17 obras de videocreadores camagüeyanos”.

Susana Vázquez Vidal

MÁS SOBRE EL SÚPER, DE LEÓN ICHASO Y ORLANDO JIMÉNEZ- LEAL

Me da mucho placer compartir con los amigos del blog este ensayo sobre el diálogo creativo que se establece entre la obra teatral de Iván Acosta y la versión cinematográfica que realizaron León Ichaso y Orlando Jiménez Leal. La buena noticia es que Lilián Broche, la joven autora de este ensayo que publicará pronto la revista Tablas, estará con nosotros en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo el próximo lunes 23, a las 3 de la tarde, para participar en el conversatorio que hemos organizado, y posterior proyección del filme.

JAGB

EL SÚPER, EXPERIENCIA Y TESTIMONIO. UN DOCUMENTO PARA EL CINE CUBANO[1]

(Ensayo sobre el texto teatral de Iván Acosta El Súper y su puesta cinematográfica por los directores Orlando Jiménez- Leal y León Ichaso).

Por Lilián Broche

I. La historia. El Súper de Iván Acosta

PANCHO. Que ¿de qué estábamos hablando?

ROBERTO. De lo mismo que hablamos siempre: de Cuba, de Fidel, de la invasión, y de lo jodido que estamos. Oye, tengo unas ganas de irme de esta ciudad… Esto no sirve, Pancho. Aquí todo va de mal en peor.

EL SÚPER, IVÁN ACOSTA

Es invierno en Nueva York. Se rompen las calderas de la calefacción de un edificio en el upper westside de Manhattan y los vecinos reclaman al superintendente: Roberto Amador Gonzalo, emigrante cubano que vive en el sótano junto a su mujer y su hija. Roberto limpia diariamente la nieve de los alrededores del edificio, recoge la basura, hace los mandados, soluciona problemas. Una tarde visita su casa un inspector que le pide papeles y documentos que lo acrediten como “Súper”. Roberto no entiende el inglés y no tiene papeles. Roberto está agotado, escucha hasta el cansancio los mismos chistes de sus amigos sobre la vida en Cuba, resiste, sueña con volver. Aurelita, su hija, queda embarazada y no sabe quién puede ser el padre. La familia de Roberto lo llama para avisarle de la muerte de su madre. No aguanta más y decide mudarse para Miami, aunque sea sin su hija, pues esta no desea acompañarlos. Roberto organiza una fiesta de despedida con sus amigos y aparece Aurelita que decide partir con sus padres.

Resistencia al cambio, dolor, soledad, frustración, aceptación son algunas de las obsesiones que manejan, como una fuerte debilidad, personajes que hablan todo el rato de Cuba. La casa soñada y arrancada para ellos deviene en la pérdida de la libertad y de algo que es aún peor, la pérdida del hogar. El Súper, texto teatral del autor cubano Iván Acosta del año 1977, recoge de forma anecdótica y casi testimonial la aventura de la emigración cubana en Norteamérica, particularmente en Nueva York. Esta pieza teatral ha logrado varios premios en los Estados Unidos, entre ellos el A.C.E de 1978, y otros, en los que destaca el Gran Premio de 1979 del Festival Cinematográfico de Manhelm, en Alemania Occidental. Además, la película contó con una distribución masiva en la comunidad cubana[2], pues la sensibilidad con la que consiguió plasmar en la pantalla los conflictos de la emigración le interesó a un gran sector de la población en Estados Unidos que comenzaba a formar un proceso de evolución y ruptura, cultural y social, con respecto a su país de origen. Lee el resto de esta entrada

EL SUPER (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, en “Nuevo Mundo”.

El próximo lunes 23 de junio, a las 3 de la tarde, estaremos proyectando en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo la película El super (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, basada en la famosa obra de teatro de Iván Acosta. Antes tendremos un conversatorio donde contaremos con el privilegio de escuchar a la Dra. Carolina Caballero, profesora de la Universidad de Tulane (Nueva Orleáns) y estudiosa del teatro cubano realizado más allá de la isla.

Asimismo, la Editorial Tablas-Alarcos (La Habana) hará un donativo de dos ejemplares del segundo volumen de “Dramaturgia de la Revolución” (ya agotado), en el cual aparece publicada la obra original de Iván Acosta, y que pasarán a formar parte de los fondos del Centro de Documentación e Información del Audiovisual Cubano que intentamos crear en ese espacio.

No quisiera dejar de agradecer públicamente el apoyo recibido por un grupo de personas que están haciendo posible que se haga realidad este sueño. En primer lugar a Iván Acosta, quien ha facilitado una copia del filme. Junto al mismo estaría, desde luego, Carolina Caballero, así como Ana López, Jennifer Ashley, Arachu Castro, todos de la Universidad de Tulane, y Omar Valiño y Lilian Broche, de Tablas-Alarcos. A todos ellos, mi gratitud infinita. Les dejo con las notas que he escrito para el programa.

JAGB

EL SUPER (1978), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal

En Memorias del subdesarrollo (1968), considerada por muchos la mejor película cubana de todos los tiempos, hay una escena que siempre me ha conmovido por su expresivo y hasta cruel laconismo audiovisual. Es esa donde Sergio despide a los suyos en el aeropuerto, y la cámara va captando de un modo más bien glacial, distante, los rostros emocionados de los que se van, y los que se quedan. Pues bien, no sé por qué se me ha hecho cada vez más fuerte la impresión de que Roberto, el protagonista de El super, la película que diez años después realizan en el exilio León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, con guión escrito por Manuel Arce e Ichaso, y apoyados en la obra teatral homónima de Iván Acosta, era uno de los que Sergio veía alejarse aquella tarde en el aeropuerto.

Admito que resulta faena ardua enfrentarse a El super (y a cualquiera de las películas realizadas por cubanos más allá de la isla después de 1959) sin que el fardo del enfoque ideológico intente imponer los perfiles definitivos. Esto se entiende, toda vez que lo acontecido a partir de 1959 fue, como toda revolución radical, un suceso traumático en lo colectivo, y trauma social, en fin, aún supone ganancias y pérdidas que en el plano de las individualidades indiscutiblemente culminan en lo trágico.

A su vez, ello explicaría la proliferación de analistas que en ambas orillas, para decirlo como Bordieu, “sustituyen la lógica de la discusión crítica, dedicada a comprender las razones –o las causas- del pensamiento adverso, por la lógica del proceso judicial”.[1] Sin embargo, corresponde al arte describir esas tragedias que la política, con su tendencia a juzgar la existencia en términos excluyentes (“conmigo o contra mí”, “fuera o dentro”), no alcanza a narrar de un modo verosímil en términos existenciales, por lo que el análisis de esa producción artística exigiría a su vez un mayor poder de observación y argumentaciones.

El super fue la primera película rodada en el exilio cubano que supo poner en pantalla, de un modo más que convincente, el profundo sentimiento de desarraigo que puede sobrevenir en los individuos al intentar insertarse en culturas ajenas. Antes que León Ichaso y Orlando Jiménez Leal decidieran llevar a la pantalla la obra de Iván Acosta, estrenada el 5 de noviembre de 1977 en la sala teatro del Centro Cultural Cubano de Nueva York, ya los exiliados habían producido algunos largometrajes, pero en todos ellos (fueran en los documentales de Manolo Alonso o Manuel de la Pedrosa, o en largometrajes de ficción como Guaguasí o Los gusanos) lo que dominaba era el enfoque exclusivamente anticastrista. Lee el resto de esta entrada

A PROPÓSITO DE LOS SILENCIOS Y LA CRÍTICA EN CUBA.

He leído el post que Enrique Ubieta acaba de publicar en su blog, y me ha dejado más inquietudes que respuestas. Otras veces he comentado que las lecturas que agradezco son aquellas que despiertan en mí el deseo de oponerles a los autores mis objeciones más intensas. Este texto acaso sea una de esas lecturas.

El post me motiva porque aboga por una de las prácticas que más me interesaría contribuir a naturalizar entre nosotros: el debate público. Dice Ubieta: “Necesitamos el debate permanente, no el que surge de coyunturas y se propaga como un incendio que todos desean sofocar con rapidez”. Y en otro momento de su texto retoma una de las ideas que acoté en entrada anterior publicada en este blog: “Todos sentimos añoranza por aquel “hervidero de polémicas” revolucionarias que fue Cuba en la década de los sesenta”.

Hasta allí no creo que tengamos grandes diferencias a la hora de describir el mundo al que aspiramos vivir. Solo que detrás de las palabras que ambos utilizamos existe un universo todo el tiempo dinámico, complejo, y sobre todo habitado por seres humanos que viven, sueñan, y mueren sin ver cumplidas las mayorías de sus utopías individuales, lo cual merecería un análisis menos abstracto, por hermosas y altisonantes que suenen esas palabras. Por lo que yo apuntaría que ese debate permanente que los dos reclamamos debería sobre todo ocuparse de las cosas concretas que ocurren a nuestro alrededor. Y discutirlas aquí y ahora.

En este sentido, no basta apuntar, como si se tratara de una consigna más: “Sin embargo, la Revolución, los revolucionarios, vemos (debemos ver) el mundo, con los ojos de los oprimidos. El ángulo de los opresores, no cuenta”. Eso resulta insuficiente porque lejos de ofrecernos argumentos que nos permitan entender esa afirmación, es a todas luces una petición de principios en la cual el sujeto que expone la idea al mismo tiempo se autoproclama ente rector de esos escenarios, en nombre de no se sabe qué providencial autoridad revolucionaria. O dicho de otro modo, que el término “revolucionario” (que es sin dudas uno de los más problemáticos que han manejado los humanos desde la Revolución Francesa hasta acá) queda secuestrado por una terminología heredada, a la cual no se le somete a crítica en ningún momento, pese a que los escenarios actuales son distintos y yo diría que hasta inéditos. Lee el resto de esta entrada

ENRIQUE UBIETA SOBRE EL SILENCIO, EL DEBATE Y LA CRÍTICA

Alguien me envía al buzón este post del ensayista y bloguero Enrique Ubieta. Creo que pospondré unos días la pausa anunciada, toda vez que algunas de las ideas expuestas por Ubieta invitan a la confrontación, y sobre todo, a la discusión desprejuiciada de algunos conceptos que maneja.

No podemos “eximir al Estado de su responsabilidad histórica”, como afirma el escritor Juan Antonio García, y tampoco podemos eximirnos de la responsabilidad histórica que nos corresponde como individuos, como revolucionarios cubanos”, nos dice en alguna parte de su post, aludiendo a lo que escribí hace unos días, pero todavía queda por discutir cuál sería la responsabilidad histórica del individuo que somos en este mismo minuto.

¿Podríamos realmente tener conciencia de esa responsabilidad actual si todavía no acabamos de esclarecer con total transparencia lo que sucedió en el pasado y cómo ese pasado nos coacciona desde el olvido selectivo? ¿Cuántos eventos no se repiten entre nosotros por esa mala memoria histórica que parece alérgica al debate desprejuiciado?

Son varias las interrogantes e intranquilidades que llegan a mi mente leyendo el post de Ubieta. Algunas de ellas ya las expuse en el post sobre los herejes y los apóstatas. Vamos a ver si encuentro el suficiente tiempo para poner en orden estas nuevas inquietudes.

JAGB

NOTAS SOBRE EL SILENCIO, EL DEBATE Y LA CRÍTICA

Por Enrique Ubieta Gómez

Un concepto, al parecer sabio, va ganando adeptos entre colegas y conocidos. Lo he escuchado en diferentes contextos, expuesto –pese a su naturaleza negadora– en tono sentencioso: nadie tiene la verdad. Una amiga, que citaba a otro amigo, lo dijo así: la verdad es un cristal que se deshizo en mil pedazos, en cada persona hay una pequeña parte. La sentencia trata de espantar los atrincheramientos dogmáticos y de prevenir a quienes desprecian el diálogo, pero su reiteración pudiera conducir a un equívoco fatal, desmovilizador. Diluir la verdad entre todos –y aquí parecen caber todos, al margen de ideologías o posiciones políticas– es decretar el fin de su búsqueda, el final del viaje. Aunque no es absoluta, la verdad sí existe.

Prefiero decirlo de esta manera: todos tenemos nuestra perspectiva de la verdad, porque la observamos –nos relacionamos, somos parte de ella– desde ángulos diferentes, según nuestra pertenencia a una familia, a una clase social, a un género, a un grupo discriminado o enaltecido, a un país, a una región, a una época. Sin embargo, la Revolución, los revolucionarios, vemos (debemos ver) el mundo con los ojos de los oprimidos. El ángulo de los opresores no cuenta. Los consensos colectivos suelen aparecer en la historia como verdades, pero estos se construyen para liberar o para sojuzgar, la mayoría de las veces para lo segundo, y no de forma épica, sino en el goteo incesante, fríamente calculado, de los medios. Las ideas dominantes, hegemónicas, las coloca y reproduce el sistema dominador, es decir, el capitalismo, y nos hace creer que son nuestras. Si dejamos de debatir, de criticar, de combatir en términos ideológicos, si nos desmovilizamos, nos construirán consensos que parecerán verdades.

Hay que agradecer a Atilio A. Boron su breve nota de disconformidad ante las declaraciones de Leonardo Padura, porque nos obligó al debate. Boron es un intelectual revolucionario que tiene el derecho ganado y el deber de sentirse cubano. Puede que alguien se pregunte, con razón, ¿por qué ahora?, ¿qué es lo nuevo?, si desde hace años nuestro laureado escritor viene repitiendo más o menos lo mismo. Ese es el punto, nuestra irresponsable pereza –la poca costumbre o práctica– para encarar el debate. El gesto de Boron rompe el delgado tabique que ampara el silencio. Por eso resulta tan sorprendente que algunos enarbolen el derecho de Padura a la crítica (que nadie discute), condenen los silencios y simultáneamente, pretendan silenciar a los que no comparten los criterios de Padura. La crítica y el debate no pueden ser concebidos en una sola dirección. No vi por ninguna parte tropas de asalto a su integridad. Tanto Atilio como Guillermo Rodríguez Rivera son intelectuales que se convocan, cuando lo entienden, a sí mismos. Padura ha obtenido ya los premios literarios más importantes que otorga Cuba a sus consagrados. Todas sus novelas han sido publicadas en el país. Pero tenemos que acostumbrarnos a la sana idea de que lo que decimos en público se debate en público. No podemos “eximir al Estado de su responsabilidad histórica”, como afirma el escritor Juan Antonio García, y tampoco podemos eximirnos de la responsabilidad histórica que nos corresponde como individuos, como revolucionarios cubanos. Lee el resto de esta entrada

PAUSA

Durante los meses de junio, julio y agosto, el blog tendrá un largo receso. Gracias a todos los que, con sus visitas, lecturas, y comentarios, contribuyen a que el sitio siga existiendo.

JAGB