UNA RÉPLICA DESDE TURQUINAUTA

Leo en el blog Turquinauta, del camagüeyano Rafael Cruz, una réplica a lo que escribí en la carta dirigida a Juan Carlos Tabío y Arturo Arango. Respeto los puntos de vista esgrimidos por el autor, pero es obvio que discrepamos en muchísimos aspectos y enfoques.

Por ejemplo, me parece más que desafortunado que trate de restar legitimidad por cuestiones puramente biológicas a las valoraciones de aquellos que no vivimos “el quinquenio gris”. Nos dice:“Hay quienes la relatan o la presentan con tanta “claridad” como si la hubieran vivido, intelectuales quienes eran niños de pañal o ni siquiera habían nacido en los años del Congreso de Revolución y Cultura”.

Bueno, hasta donde yo sé, las generaciones nacidas en el siglo XX no conocieron a Martí personalmente, ni vivieron nuestras guerras de independencia. Y sin embargo, sobre la base de las interpretaciones que hemos hecho de estos sucesos y próceres seguimos organizando nuestros más contemporáneos discursos, incluyendo el suyo. ¿Por qué eso sí es legítimo y lo otro no?

De cualquier forma, no quiero prejuiciar a los lectores, porque es cada lector el que debe formarse sus propias conclusiones y verdades.

JAGB

DE REVOLUCIÓN, SILENCIOS Y LOCURAS

Hay mucha realidad en la teoría de que en la Web más que buscar, se encuentra. Ahora leo con atención algunas de las opiniones que se generaron a partir de la entrevista al escritor cubano Leonardo Padura en el diario La Nación de Buenos Aires y que llegaron hasta mi nave como las botellas lanzadas mar. El primero es un comentario de Atilio Boron, Profesor Regular Titular de Teoría Política y Social, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. El segundo es una carta de Juan Antonio García Borrero ensayista y crítico de cine, autor de textos imprescindibles sobre el séptimo arte.

Atilio Boron da su opinión sobre la entrevista de Leonardo Padura al diario La Nación y la necesidad de conseguir un análisis responsable de la historia de la revolución cubana, y digo responsable porque me parece que es la palabra que más se aproxima a al imperativo de estudiar a fondo cada fenómeno histórico sin contaminarlo con nuestras propias debilidades.

Responsable es además la condición principal del equilibrio y la defensa de quienes sabemos, no por discursos de la izquierda retórica sino por la publicación desafiante y grotesca de la derecha más extrema, que vivimos en un país- archipiélago- sistema social sitiado (para quien lo dude ver el memorando del subsecretario de estado Lester D Malory a Eisenhower en 1960, el todavía vigente plan Bush o las últimas revelaciones de Wikileaks) y por haberlo sufrido en carne propia durante todos los años en que nos ha tocado vivir este “apasionante drama que es la construcción de la nueva sociedad”. Por tanto el Imperialismo no es una entidad omnipresente o fantasmal sino ese sujeto policial global compuesto por la individualidad vil de cada uno de los adoradores del mercado, un asesino en serie listo a saltar sobre nosotros para arrastrarnos nuevamente al fondo.

Juan Antonio García Borrero en la carta publicada en su blog, habla con más pasión que razón sobre la “necesidad de narrar las historias de nuestros silencios”. Como argumento principal el opinante cuestiona ¿cuántas desmesuras no se hubiese podido evitar si el silencio del intelectual revolucionario que prefiere callar ante “las pequeñas injusticias”, porque lo que vale es la Causa mayor, no hubiese sido confrontado con la crítica intelectual que le habla al Poder con transparencia de esos descomunales errores?” La falta de razón la veo en el hecho de que los responsables de los silencios son los propios negados a opinar; juzgar esa actitud del mutismo solo puede ser consumada por quienes prefirieron el silencio al riesgo. Los “lenguaraces y bocazas” que nunca se amilanaron ante el dedo acusador de una autoridad, con más o menos razón y con la altura del talento, la mesura del civismo y la sensatez de sus argumentos defendieron y defienden sus opiniones sin mirar lo que pueden perder hoy fueron, son, y serán respetados y escuchados.

La elección de callar, aun cuando siento que tengo algo que decir es un contrasentido en una sociedad construida desde el valor a toda prueba de sus fundadores. Venimos de la estirpe de los que arriesgaron su piel para denunciar la injusticia y la ignominia en una época en la que ciertamente disentir era correr el riesgo de morir. Ese es, por cierto, el mundo que se vive fuera de nuestras fronteras. Es exagerado hablar de “represión estalinista” en Cuba como lo hace Juan Antonio, cuando está por demostrar que en los años de la revolución a un intelectual antagónico al proceso que haya sido fusilado, preso, desaparecido o torturado. Quienes cometieron crímenes y fueron llevados al paredón fueron juzgados con todas las garantías de la legalidad, nunca fueron torturados o se cometieron con ellos, ni con nadie, crímenes de lesa humanidad como los que fueron comunes en la mayoría de los países de nuestra América. Escritores, poetas y periodistas como Rodolfo Walsh o el salvadoreño Roque Dalton son ejemplos víctimas de esas prácticas criminales propias. En Argentina por ejemplo se calcula que la cifra de periodistas desaparecidos supera el centenar. No digo con esto que se debe desconocer cualquier injusticia, pero no es justo exagerar, o confundir con términos apasionados. La decisión del silencio como opción es tan individual como la de escoger a tu Dios de cabecera.

Por respeto a la verdad no puedo juzgar con razones más allá de mis propias búsquedas o mejor, encuentros los sucesos que marcaron la praxis de la política cultural cubana a partir de 1968. Hay quienes la relatan o la presentan con tanta “claridad” como si la hubieran vivido, intelectuales quienes eran niños de pañal o ni siquiera habían nacido en los años del Congreso de Revolución y Cultura. De esos años se habló de manera abrumadora y temperamental en los días de la “guerrita de los e-mail”. Luego vinieron los encuentros y debates en los cuales los que si vieron aquellos años contaron sus testimonios y le dieron valor anecdótico a sus análisis teóricos del tema. Recuerdo con respeto la conferencia de Eduardo Heras León quien estuvo en el centro de aquella confrontación y de otros intelectuales capaces de sacudirse los odios y superarse por el valor propio de su obra por encima del tiempo y los lamentos.

Sea el texto del autor de “Quien le pone el cascabel al Oscar” o de la entrevista de Leonardo Padura y muchos más se vive una época de posiciones encontradas a la “izquierda de la izquierda” Desde esa posición extrema los cronistas se desentienden o minimizan los males contantes y sonantes que desde el exterior nos aprietan el dogal con saña, sobredimensionan los errores cometidos o que aún se cometen en la práctica de la sociedad y la economía cubana. Muchas veces los enfoques de los sucesos históricos se descontextualizan, se les da valor negativo observándolo a la luz de estos tiempos y se intenta fundamentar teorías malsanas e inducidas como las de la Revolución traicionada. Cuando se siguen esas crónicas construidas desde la distancia da la impresión que este país ha sido dirigido por personas sin raciocinio. La verdadera historia demuestra que si bien se cometieron errores, estos no fueron en el orden estratégico, o de lo contrario no hubiéramos sobrevivido, como sistema, tanta tormenta lanzada contra nuestras costas, tanto odio detonado en nuestras frontera, tanta inyección de culturas ajenas y enajenantes con las que insisten en dejarnos sin sangre propia. La caída en serie de los países socialistas de Europa como fichas, de dominó nunca llegó a este Caribe donde se arma y desarma el sueño de tantos.

Comparto la idea de que hacen daño y prestan un servicio gratuito a los leñadores de la revolución quienes se atrincheran en la escolástica del socialismo de cartón o quienes defienden el estatismo y niegan la evolución. Quienes intentan brillar y no servir hacen daño. Pero igualmente hacen daño, pudiera decir “más daño” quienes buscan la paz sin independencia. Paz sin Independencia es el intento de llevarnos a la reforma neoliberal de la mano de una reconciliación feliz con nuestros enemigos de clase. No es posible ver de otra manera ese sentido de atracar este archipiélago en las aguas supuestamente calmas de un capitalismo light o de una sociedad castrada por el culto al mercado que entronice en el mundo de hegemonía y neoliberalismo que nos rodea.

No puede haber para Cuba más destino que el de alejarse de cualquier forma de capitalismo. Juan Antonio afirma “no he renunciado a la idea de que un día sea posible vivir una sociedad menos deshumanizada que esas que actualmente padecemos los humanos del ahora, vivamos en el capitalismo o en el socialismo.” El capitalismo es una sociedad deshumanizada por su propia naturaleza. Si queremos sociedad mejor tendremos que mirar hacia adelante, una sociedad mejor a la que llamamos “Socialismo” a falta de otro término pero cuya identidad principal está en distanciarse del capitalismo en cualquiera de sus formas.

Padura desea vivir en un país “normal” en el texto ya señalado Juan Antonio describe igual aspiración. El etiquetado a ese deseo de convivencia no es nuevo, también le sirve a Enrique Ubieta para denunciar un elemento usado contra Cuba en la guerra entre capitalismo y socialismo Para los ideólogos y propagandistas anticubanos dice Ubieta: “Cada médico o deportista que deserta es la victoria de la “normalidad” frente al sueño de una sociedad solidaria.” En mi texto anterior recordé al fallecido escritor cubano Jesús Díaz y su apasionante novela “Las Iniciales de la Tierra”. No voy a juzgar las decisiones personales de ese escritor y guionista de cine. La novela tiene vida propia.

Hay un pasaje del libro cuando Carlos Pérez Sigfredo vestido de miliciano intenta cumplir la agotadora meta de caminar 62 kilómetros, una dura prueba que debían pasar los soldados en los primeros años de la revolución. Ya sin fuerzas el protagonista se llena de auto conmiseración y probadas razones para quedar, como lo han hecho otros, en el camino y renunciar al propósito de integrarse al batallón. Justo entonces otro miliciano, salido de la fila le sirve de muletas y lo conmina a seguir andando bajo el argumento de que esa prueba es una locura, y ellos simplemente están locos, los que, sentados en la cuneta, ya no desean seguir son los cuerdos “los normales”.

La Historia de la revolución cubana se parece mucho a esa prueba de resistencia. Construir una sociedad diferente al mundo neoliberal y despótico (normal) que nos rodea es un acto de locura total. Especialmente para estos poco más de 11 millones de personas que sobreviven en un país sin otra riqueza natural que las que crece en las vergüenzas de sus hombres y mujeres. Un país pequeño en las fauces del dragón. Debo por justicia reconocer que bajo ningún concepto se puede desprender del pueblo a sus intelectuales, incluso a los más polémicos, preferentemente a los más polémicos, a los que no le teme a la voz y a los que odian el silencio. Fidel dijo una vez: “una revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas”. La unidad no puede resquebrajarse ni por la relevancia excesiva a la individualidad, ni por el desconocimiento obtuso de la diversidad.

En efecto estamos locos. Pero con la locura tierna y necesaria de quienes no dejan morir el mundo de desolación y falta de Fe. Viva la locura que nos da esperanzas de un lugar mejor. No es la historia de los silencios la que hay que escribir, sino la apasionante historia de los que sin esperar nada lo han dado todo incluso su garganta y su voz.

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Publicado el mayo 22, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Reblogueó esto en Cree el aldeano vanidoso…y comentado:
    Una respuesta justa, mejor no se puede decir…

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