MÁS DE RODRÍGUEZ RIVERA Y ARTURO ARANGO SOBRE LA POLÉMICA EN TORNO A LEONARDO PADURA

Arturo Arango acaba de enviarme un dossier con diversos artículos publicados en la web, a propósito de la polémica originada en su momento por las declaraciones de Leonardo Padura, y con la acotación de que “Pueden divulgar este dosier como lo entiendan conveniente”.

El dossier es bastante extenso, así que tomo solamente el intercambio que el escritor sostuviera con Guillermo Rodríguez Rivera. Me parece excelente que podamos escuchar las consideraciones de Rodríguez Rivera, porque casi siempre establecemos los debates a partir de criterios que escuchamos de terceros. Y una verdadera cultura de la polémica comienza por conocer los argumentos de los antagonistas en su raíz. Y al menos aquí están los de ellos.

JAGB

CARTA DE GUILLERMO RODRÍGUEZ RIVERA A JUAN CARLOS TABÍO

Querido Juan Carlos:

Me alegró mucho recibir tu contrarrespuesta a mí respuesta, donde se van aclarando asuntos importantes. Además, responderé algunos de los criterios de Arturo Arango y añadiré alguna cosa que no dije en el mensaje anterior. Por lo menos para mí, este será el último artículo, porque yo todavía no estoy jubilado y tengo un montón de cosas pendientes.

Lo primero – que no hacía falta aclarar – es la amistad que nos une desde hace más (¡carajo!) de 50 años, pero nunca está de más reiterar el cariño.

Lo segundo, es que yo no formo parte de brigada alguna que haya organizado la bronca contra Padura o contra los artistas que no son oficialistas. Yo, Juan Carlos, tampoco lo soy, aunque alguno quiera aprovechar la coyuntura para tildarme de ello.

No soy militante del partido ni tengo cargo oficial alguno. Desde hace 46 años soy profesor universitario y desde hace más de cincuenta empecé a publicar lo que escribo, que es lo que pienso.

Mi discrepancia surge cuando Padura enjuicia – y rechaza – a “los artistas comprometidos de manera militante con un partido, filosofía, Estado o poder porque terminan siendo – o casi – marionetas de ese poder”.

Y me opongo a esa idea no porque yo sea uno de esos artistas, sino porque la desideologización no le puede hacer bien alguno a Cuba hoy. Si realmente Padura quiso decir lo que tú explicas, tengo entonces que reprocharle al buen escritor haber usado deficientemente el idioma.

La palabra que usó inadecuadamente es “militante”, porque grandes artistas han militado en un partido, han servido a un estado, se han identificado con una filosofía, sin que ello implicara que fueran manipulados como títeres. Acaso no hayan sido todo lo independiente que fueron otros, pero es también hermoso el elogio que Neruda le hace a su partido: “me has hecho indestructible, porque contigo no termino en mí mismo”.

Acaso la palabra adecuada no haya sido “militante” sino “fanática”´. Pero, en fin, Padura sabe escribir y uno no tiene que andar enmendándole la plana: yo pienso que lo que quiso decir fue lo que dijo.

Acaso tu lectura era posible, Juan Carlos, pero más lo era la que descalificaba globalmente el compromiso del escritor. Y si eso lo declaraba a un diario de la oligarquía argentina, tú me dirás.

Me dices que esa entrevista a La Nación tiene dos años de concedida pero se reedita ahora que Padura ha estado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y se publica otra del pasado domingo 4 de mayo valorando la Revolución Cubana, que es de la que parte el juicio de Atilio Borón.

Yo no descalifico el “realismo socialista” en alguna de sus obras que merecen la denominación de arte, desde alguna novela de Gorki hasta la tetralogía del Don, de Mijail Shólojov: lo terrible es que en tiempos de Stalin se impone como tendencia obligatoria de las artes y las letras soviéticas.

Arturo Arango impugna que yo defienda, entre los grandes artistas que mencionaba, a Nicolás Guillén, y cita a Jorge Fornet mostrándonos a un Guillén siguiendo las (malas) orientaciones del partido, en los días del Quinquenio Gris.

En cualquier caso, peores que las afirmaciones del poeta, fueron las que formula la terrible Declaración Final del I Congreso Nacional de Educación y Cultura, avaladas por la más alta dirección política del país, y que fueron una culminación del dogmatismo y la homofobia. Pero ninguna de esas afirmaciones, ni las del poeta ni las del partido, contaminan obras como “El apellido”, “Elegía a Jesús Menéndez”, “West Indies Ltd.”, la “Palma sola” o el son de la muerte, esenciales en la historia de la poesía cubana y en la del español. Yo, al menos, me niego a perder lo bueno que tenemos.

Fui yo quien impugnó los premios nacionales conferidos a Leonardo Padura y Reina María Rodríguez. Arturo Arango se pregunta: “¿Qué puede enlazar a Padura con Reina además de la amistad generacional?”. Creo que los enlazan esos premios nacionales, y que yo pensaba – y pienso – que Eduardo Heras y Lina de Feria los merecían antes que ellos. Nunca negué los valores de las obras de Padura y Reina María, pero son obras más recientes.

Siempre según Arango, el premio chileno a Reina María, vino a “acallar” las opiniones sobre su premio nacional. No sé si habrá otras pero, en mi caso, no hacía falta acallarlas porque no era un campaña sino apenas un criterio que ya estaba dado y que no iba a alterar la parafernalia de los premios internacionales.

Serrano de Haro era el embajador español en Cuba y me preguntó, en su momento, qué pensaba del Premio Cervantes otorgado a Dulce María Loynaz. Le dije que Eliseo Diego lo merecía antes que ella. De la Loynaz, a mí me gustaba su libro Juegos de agua. En Dulce María, el stablishment español condecoró a una poetisa conservadora, incluso cercana al franquismo: nunca le iba a conferir el premio a Eliseo, demasiado identificado con el “castrismo”.

Yo no tengo en mi vida, que se va haciendo larga, demasiados actos de los que arrepentirme, pero te voy a contar uno.

A propósito del Festival de la Juventud que se celebró en La Habana, escribí un artículo sobre la que era entonces la joven poesía cubana. Allí, despachaba sin muchos miramientos, la de Lina de Feria. Esa valoración era malintencionada, pero además era tonta, porque le reprochaba no ser capaz de expresar la revolución a una escritora que nunca había escrito poesía política.

Con razón, Arturo Arango me lo echó en cara años después, aunque desde que apareció lo hizo el maestro Eliseo.

¿Por qué di esa opinión? Pues porque en el malhadado I Congreso Nacional de Educación y Cultura, Armando Quesada, dirigente de la UJC y director de El Caimán Barbudo, me acusó de contrarrevolucionario. Ello motivó que la Universidad de la Habana constituyera un tribunal para juzgarme y eventualmente separarme de mi puesto de trabajo. Era 1971 y se inauguraba el Quinquenio Gris.

Para fundamentar por escrito la acusación que había proclamado de viva voz en el congreso, Quesada colocó el nombre de Lina de Feria entre las personas que avalaban ese criterio. La acusación era falsa, como lo era el supuesto aval de Lina. Años después ella me dijo que Quesada había usado su nombre porque ella era entonces la jefa de redacción del Caimán,,,, y su subordinada. Poco después, Lina fue cesanteada y excluida de la vida cultural. Tanto que, en 1977, Norberto Codina seleccionó una antología de Poesía joven, que prologó Arturo Arango y publico Pluma en Ristre. Allí se excluía la poesía de Lina de Feria, seguramente obedeciendo la interdicción que pesaba sobre ella.

Hay épocas difíciles, a veces hay muy malos momentos en la cultura, y no creo que valga la pena empezar a pasar todas las cuentas, mucho menos para desacreditar a un valor incuestionable de Cuba como es Niicolás Guillén. Hay un proverbio chino que me gusta recordar: “un combatiente con defectos, es siempre un combatiente; una mosca sin defectos, no es más que una mosca perfecta”.

Hay una observación de Arturo Arango que me parece importante considerar. Afirma el escritor:

“A mi juicio, la emancipación de un país no puede contraponerse a la emancipación de las personas. El precio de la libertad de Cuba no puede ser el sacrificio de la libertad de los cubanos (aunque sea “solo” de la libertad de pensar y de expresarse). Si esas dos “batallas” no van de la mano, nada tiene, tendría sentido”.

Arturo debe saber que esa combinación es el ideal de José Martí: el día que la consigamos habremos cursado un trecho esencial de nuestra historia porque, hasta hoy, nunca hemos conseguido las dos cosas.

Cuando valoró la significación del hombre fundamental que es, para América, Simòn Bolívar, escribió Martí: “Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre”.

Voy a confesar algo tal vez non sancto a propósito del reclamo de Arango, que el propio Martí matiza, escribiendo sobre el padre Bolívar. A mi me complacen las elecciones directas. Quiero decir: no me complace que un único partido, unos únicos hombres, puedan permanecer incondicionalmente en el gobierno. Debiera haber una competencia que los haga hacer cada vez mejor su trabajo, que sientan el peligro de perder el mando, y se esfuercen para poder mantenerlo.

Hoy por hoy no domina el pluripartidismo en el mundo, sino un bipartidismo en el que los dos partidos son por igual garantes del sistema capitalista.

Surgió en los Estados Unidos con demócratas y republicanos, y lo incorporaron muchos países: es lo que ocurre en España con el PP y el PSOE.

Los enemigos de la Revolución afirman que el suprimir las libertades políticas es una coartada de los gobernantes cubanos para no permitir una alternativa política en Cuba y no abandonar el poder.

Pero si hubiera unas elecciones en Cuba, la promesa de un partido opositor a la Revolución, sería el fin del bloqueo, concedido por los Estados Unidos, con tal de desalojar a nuestra izquierda del poder y ahí, sí, cambiar nuestro sistema.

Para que Cuba disfrutara la libertad política de sus ciudadanos, habría que poner fin al bloqueo norteamericano sin condiciones y que, paulatinamente, el pueblo cubano vaya procurándose el destino que quiera darse.

Yo soy un apasionado de la libertad y la he ejercido siempre un poco más allá de donde se ha podido, pero no voy a tirar por la borda la soberanía, después de lo que nos ha costado, nos cuesta mantenerla. De todos modos, tenemos que seguir ampliando nuestras libertades, y hacerlo en las condiciones que tenemos. Creo que ello está ocurriendo entre nosotros, y debe proseguir.

Se equivoca Arango y de paso Jorge Fornet – el hombre del bautismo – si creen que el “desengaño” nació con el período especial y que fue entonces cuando empezaron a faltar el yogurt y el papel higiénico. Mi generación tiene “desencantados” tan serios – Reinaldo Arenas, Norberto Fuentes, Jesús Díaz, Guillermo Rosales – que se fueron de Cuba, y otros que nos hemos quedado sin ser “encantados”, como Silvio, Lina de Feria, Nancy Morejón, Miguel Barnet, María del Cramen Barcia, Waldo Leyva, Aurelio Alonso, Víctor Casaus, Alex Pausides, Fernando Martínez.

Estoy enteramente de acuerdo con respecto a lo que dices de Daniel Díaz Torres y Alicia en el pueblo de maravillas; me parecieron bochornosos los “mítines de repudio” que se organizaron para impugnar la película. Tuve el gusto de disfrutar de la amistad de Daniel y, después del caso de Alicia…, trabajar junto a él en un guión. Honradamente, me parece simplemente ridícula esta aseveración de Arturo: “Parecería que entonces la artillería recibió la orden de disparar sobre Leo”.

Creo que esto está un paso más allá de la paranoia. Cuando uno quiere ejercer las libertades y lo hace valorando y enjuiciando el entorno, como hace Padura, puede tropezar y de hecho tropieza con criterios que disienten del propio, sin que todo tenga que provenir de una oscura conspiración contra los “no oficialistas”.

No voy a mandarle este trabajo a Segunda Cita, que tiene sus visitantes específicos, y a lo mejor disfrutan menos estos trajines estéticos cubanos. Lo hice inicialmente porque no se había comunicado conmigo Eduardo Montes de Oca, que lo ha hecho últimamente, y dispone de un amplio registro para distribuir estos trabajos.

En fin, hermano Juan Carlos, debiéramos vernos en algún momento para tomarnos un trago y si no podemos hacer el documental que te sugería porque ya te has jubilado, orquestar una versión sinfónica de esa pieza esencial del folklore de La Rampa que se llama “El warandol”.

Un abrazo y el afecto intacto de

Guillermo Rodríguez Rivera.

ARTURO ARANGO A GUILLERMO RODRÍGUEZ RIVERA

Estimado Guillermo:

El segunda base Juan Carlos Tabío me pasa la pelota y me apresuro a tirar a primera. Y también aquí terminaré. De nosotros tres, soy, sin dudas, el que está más lejos de la jubilación.

Comienzo por concederte la razón en un punto: puede ser paranoico entender que detrás del inicio de la polémica hay conspiración. Pero es la realidad político-cultural en que vivimos la que nos ha hecho paranoicos, la que nos obliga a leer entre líneas, a detectar señales en una firma o el orden de los titulares de un periódico. Y cuando digo “la realidad en que vivimos” no me estoy refiriendo solo a Cuba. Es un dilema del mundo en que vivimos.

Lo del Premio Nacional de Literatura sería un asunto menor, de cotilleos, si no estuviera envuelto en este cruce de ideas. A mí me llamó la atención, desde el inicio, que algunos cuestionaran el premio a Reina y, retrospectivamente a Padura, y sin embargo no dijeran nada cuando, en años anteriores, otros lo ganaron sin tener una obra de valor. En estos dos casos recientes, la discrepancia estaba en el orden, en las prioridades. En otros ha sido un asunto más grave: no lo merecían. El problema, Guillermo, de cuestionar un premio como este es que el galardonado no tiene la culpa del error del jurado. Entonces, lo mejor es callarse.

Eres un polemista agudo, pero, lo digo claramente, desinformado. Antes de criticar al jurado del Premio Nacional de Literatura por no elegir al Chino Heras o a Lina de Feria antes que a Reina María, debiste averiguar si ambos estaban nominados. Lina no aparecía, lamentablemente, en la lista de los candidatos; luego, no podía ser premiada. Es un error gravísimo, pero de los organizadores del Premio, de las Bases, pero no de las personas que conformaron el jurado. Ese jurado al que cuestionaste, preocupado por la ausencia de Lina, propuso en su acta que los finalistas de un año debían ser, automáticamente, nominados a la siguiente edición.

Te refieres a una antología preparada por Norberto Codina, en 1977, publicada en Pluma en Ristre y prologada por mí, en la que Lina no aparece. Me encantaría leer ese prólogo, que nunca escribí. No existe, sencillamente. La única antología preparada por Norberto que he prologado es Los ríos de la mañana. Norberto, junto a Waldo González López y Nelson Herrera Yslas, coordinaron una antología para Pluma en Ristre, en 1978. Tengo informaciones de que pidieron poemas a Lina y ella, dolida por las exclusiones recientes, decidió no entregarlos. Por cierto, en esa antología se le hizo justicia merecida al resto de tu promoción, hasta entonces excluida a la sombra del quinquenio gris.

También, Guillermo, para polemizar hay que leer bien, y citar bien.

Ni Jorge Fornet, en sus estudios sobre la narrativa cubana y latinoamericana contemporánea, ni yo en mis apresurados párrafos hemos pretendido fijar la fecha de ese desencanto que tanta alharaca ha provocado ahora. Pero, sin dudas, los 90 han marcado un cambio radical en nuestras vidas, en las actitudes y la cosmovisión de todos los cubanos. Estoy convencido de que las transformaciones ocurridas a partir de 1991 son tan radicales como las de 1959. Estas primeras fueron vertiginosas, jubilosas, esperanzadoras; las de los 90 han sido lentas, devastadoras. Los desastres de los 70 afectaron visiblemente el campo intelectual; la crisis de los 90, cuyas secuelas aún perviven, a todo el conjunto de la Nación.

Y yo, Guillermo, no “debo saber” que esa combinación ideal de emancipación nacional e individual está en Martí. Yo la debo a Martí. Sé que es una utopía, pero es la utopía que vale la pena sostener.

Quiero entrar en algunas ideas en torno a la noción de compromiso, que me parecen centrales en este debate. Me parece que sigues leyendo mal cuando entiendes que Padura opta por la despolitización, por el nihilismo. Soy amigo de Leonardo desde que él ingresó en la Facultad de Filología, donde tú eras uno de los profesores más respetados. Nos hemos leído con fervor y complicidad durante todos estos años. Estoy seguro de que Padura no está de acuerdo con todo lo que he escrito, de la misma manera que yo no concuerdo con todo lo que él dice. Es lo normal entre dos seres pensantes. Si algo me acerca a la obra de Padura es su compromiso con la realidad cubana, su politicidad.

La cuestión en debate, creo entender, no es si el escritor debe ejercer o no algún tipo de compromiso, sino qué ataduras, qué limitaciones a su libertad de pensamiento imponen algunos compromisos.

Me pareció excelente el artículo con que Fernando Butazzoni entró en este diálogo porque pone sobre la mesa asuntos cruciales para la izquierda, en especial la latinoamericana. La noción de partidismo, que se enseñaba en las aulas de la Escuela de Letras y de Artes por allá por 1973, cuando ingresé en ella, es insostenible hoy en día. Es decir, la idea de que un intelectual subordine su obra y su pensamiento a los dictados de un partido, cualquiera sea, es absolutamente indefendible, entre otras razones porque los partidos de izquierda, casi sin excepción, exhiben un rosario de errores y de horrores que han hecho casi tanto daño como el bloqueo, el Imperialismo, el capitalismo y sus secuaces. También es cierto que los partidos de izquierda, incluso en el poder, han actuado históricamente bajo la presión de las fuerzas de los imperialismos, aunque esa presión no justifica sus errores.

Padura dice en algún momento que en Cuba, durante mucho tiempo, se han mezclado, confundido, nociones que a veces pueden superponerse pero que son distintas entre sí. Estoy de acuerdo, en lo esencial, con esa idea. En especial, me refiero a: patria, revolución, socialismo, partido, gobierno. Sumergidos en esa confusión, criticar o incluso oponerse a una medida, una acción, una idea del gobierno (es decir, de personas falibles), es equivalente a actuar contra la Revolución o a traicionar a la Patria. Eso, como sabemos, es un soberbio disparate, y ahora en que, cada vez más, nos esperan gobiernos “normales”, es extremadamente peligroso. El gobierno, sobre todo, tiene que ser susceptible de oposiciones.

Lo he escrito antes, muchas veces: pienso que el error principal de la mayoría de nuestros intelectuales a partir de 1968 y, sobre todo, del 71 fue subordinarse, esperar, estar dispuestos a sacrificar su obra, su idea del arte y la literatura para no dañar, no entorpecer el avance de ese proyecto mayor que era la Revolución. Es un error porque estoy convencido de que esa utopía de emancipación humana que está en la idea del socialismo que defiendo no puede prescindir de la riqueza espiritual, de la complejidad, de la heterodoxia. El dogmatismo que se instaló a partir del 71 hizo mucho daño a escritores y artistas pero, sobre todo, a la cultura cubana, a la Revolución y a todo el conjunto de la nación. También comprendo que es mucho más fácil pensar de esta manera cuando han pasado los años y es posible la serenidad de la distancia.

Entonces, Guillermo: el intelectual está comprometido con una cosmovisión, una ideología, también con afectos, con pertenencias, pero no, nunca, con un poder, con quienes ejercen el poder, cualesquiera sean. Cuando Padura dice: “los artistas comprometidos de manera militante con un partido, filosofía, Estado o poder […] terminan siendo – o casi– marionetas de ese poder”, yo estaría en desacuerdo, solo, con la palabra “filosofía”. Ahí también Padura unió, mezcló, términos muy diferentes entre sí.

Ahora ya, por último: me parece que, si apartamos el grano de la paja, esta polémica puede ser útil. Somos muchos los que, durante largas décadas, hemos estado trabajando, pensando, en pos de una sociedad alternativa al capitalismo. Las ideas que conforman ese ideal son distintas entre sí. En la mía, tan importante o más que el bienestar material, la eficiencia económica, la productividad, es la construcción de nuevas relaciones entre los individuos. Por eso pienso también que el autoritarismo, el verticalismo, no pueden pertenecer a ese ideal, a esa utopía. Las relaciones deformadas de autoridad-obediencia hoy pueden abrir las puertas a la reconstrucción del capitalismo en Cuba.

Me da la impresión de que, por una parte, al menos tú y yo estamos del mismo lado, y, por otra, existen entre nosotros prejuicios que nos distancian. Pero, a fin de cuentas, así somos los seres humanos.

Con un abrazo cordial,

Arturo Arango

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Publicado el mayo 22, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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