SOLEDAD

¿Qué es lo que provoca que un hombre se sienta terriblemente solo en medio de una multitud que no para de bailar eufórica en un espacio colectivo?

Nietzsche habló de ello en aquel implacable pasaje de Así habló Zaratustra donde describe lo que él llama “las moscas de la plaza pública”. Como la mayoría de la gente asocia la soledad (algo que presienten como insoportable) a la privación de compañía, entonces salen a los mercados, no a comprar, sino a entrar en contacto con la gente. O se suman a una manifestación de muchos sin enterarse bien de cuál ha sido el origen de todo el revuelo. Prefieren la compañía de extraños a adentrarse en sí mismos.

También Pascal tuvo tiempo de denunciar la falacia que se esconde detrás de ese argumento, pues no existe peor soledad que aquella que se intenta sustituir con convenciones ajenas. Disfrazarla con lo que no es auténtico porque ha nacido de un consenso artificial naturalizado por la costumbre o la autoridad.

Dice Pascal: “El rey está rodeado de personas que no piensan en otra cosa que no sea divertirle e impedirle pensar en sí mismo. Porque sería infeliz, incluso siendo un rey, si pensara en ello. He aquí todo lo que los hombres han podido inventar para ser felices”.

Sentirse solo no es, entonces, faltarle a uno compañía, sino carecer de compañeros con quienes sentirnos cómplices del espíritu, de lo que nos nace bien adentro. Nadie se salva de sentirse náufrago de sus pulsiones más vitales en algún momento de su vida. Sobre todo si la intención final es curarse de la mediocridad ambiente, y escapar de las cárceles intangibles que custodian con celo los policías del espíritu, que es algo que siempre aspira a la libertad. Nadie se salva de ello; tampoco Titón, que en pleno 1967, tan ocupado como estaba con el rodaje de Memorias del subdesarrollo, anota en uno de sus papeles:

“He estado deprimido todo el día porque estoy solo. Estoy excluido cada vez más. Tengo una obra que realizar y, sin embargo, no pienso en ella y me pierdo en cosas de menor importancia. Eso cierra otro círculo vicioso. Porque cuando pienso en ello me siento más deprimido”.[1]

No sabremos a ciencia cierta a qué tipo de exclusión se refiere Titón. Quizás tenga que ver con la carta que le escribe a Alfredo Guevara el 14 de marzo de 1967, reiterando su disgusto por el modo en que Santiago Álvarez se sigue adjudicando la paternidad de Muerte al invasor, con la anuencia tácita del Instituto. Por eso le escribe a Alfredo, con copia a Santiago:

“No quise nunca aprovecharme de ese trabajo (de su valor político, del prestigio que daba) con fines personales. Pero no estoy dispuesto a permitir tampoco que otra persona usurpe la posición que yo ocupé en aquel momento y se haga pasar ahora por el realizador del reportaje. Eso me parece una mezquindad y una torpeza en última instancia”.[2]

Si fuera cierto que las ciudades tienen el tamaño de los amigos que tengamos en ellas, La Habana se le ha hecho a Titón mucho más estrecha desde que Néstor Almendros no vive allí. Extraña su sinceridad para disfrutar de la vida, disfrutarla no como si ésta fuera un manual de buenas costumbres que hay que cumplir porque dioses desconocidos lo han ordenado, sino como una aventura que pone en tensión todas nuestras fuerzas internas. Que exige de nosotros el heroísmo de ser, no lo que los demás esperan que seamos, sino ser lo que en verdad somos.

Lo que Titón aspira a conseguir es esa autenticidad personal (con todo lo que de feroz combate entre lo apolíneo y lo dionisíaco implica esto), como puede deducirse de esta nota encontrada en su papelería:

“No logro que mis cuadros sean interesantes porque no soy absolutamente sincero en ellos. Siempre estoy pensando en lo que pensará la gente de ellos. Y eso me corta. No tengo soltura (creo que para tener soltura y al mismo tiempo reducir al mínimo la preocupación por el juicio de los demás, es necesario tener una técnica desarrollada. Entonces –si uno es capaz de transmitir algo de lo que uno es, y logra hacerlo a plenitud-, saldrá algo bello porque, en alguna medida, aunque se trate de una realidad sombría, transparentará siempre un sentido de alegría de vivir. (Si uno es como es).

Esa es la premisa de la autenticidad. Pero evidentemente, sólo los que tienen ideas fijas son los que pueden llegar a materializarlas con alguna plenitud”.[3]

Titón ha escrito lo anterior en septiembre de 1967. Faltan pocos días para que la muerte de Ernesto Guevara en Bolivia, el 9 de octubre, inserte en todo lo que tenga que ver con Cuba una perspectiva imprevista: la mirada mítica.

Con su muerte física, nacía el mito del Che, ese que al igual que todos los mitos, con el paso del tiempo se hará reacio a admitir interpretaciones racionales, y apenas dejará espacio a lo simbólico, lo mismo cuando se exalta que cuando se denigra.

Tiempos diabólicos aquellos para ponerse a pensar en los problemas que acarrea la soledad a un simple individuo, extraviado en la multitud.

Juan Antonio García Borrero

(Fragmento de la biografía inédita de Tomás Gutiérrez Alea “Hasta cierto Titón”).

Anuncios

Publicado el mayo 15, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: