FEDERICO FELLINI SOBRE LOS CRÍTICOS DE CINE

Estas reflexiones del cineasta italiano Federico Fellini sobre el oficio del crítico de cine, me parecen de lo mejor que he leído. Los que asistieron a la primera sesión teórica del recién finalizado XX Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, celebrado en Camagüey, reconocerán en estas ideas algunas de las obsesiones que, en lo personal, traté de exponer a través del texto “Por una crítica imperfecta, veinte años después”.

JAGB

«¿A santo de qué se ocupan de mí o de lo que he hecho? ¿No podrían evitar hablar de ello alguna vez? Con el aire ligeramente resentido e hipócrita de una dama ofendida me digo que yo nunca me permitiría juzgar ni criticar una criatura humana; al contrario, primero intentaría comprenderla.

Pero todo esto, indudablemente, pertenece a un ámbito excesivamente privado. Si, por el contrario, me esfuerzo en ver el asunto con cierta distancia, podría decir que, en general, me cae simpático ese crítico que, sin exagerar habla de la película como si fuese una criatura viva, una persona, y no con la frialdad evaluativa y presuntuosa, con la distancia aséptica de un ingeniero, o peor aún, con la intimidación amenazadora de un agente de policía.

Delante de un libro, de un cuadro o de una película, suponiendo que valga la pena hablar de ellos, tiendo a confiar más en quienes lo hacen en términos que dejan participar también a la emoción individual, los límites.

(…)

La aproximación es una actitud psicológica que cultivamos con cuidada complacencia, a veces incluso con presunción, como si el ser aproximativos fuese un recurso, una cualidad genética, una heráldita ilustre que los demás solo pueden envidiarnos, mientras que no es sino una escuálida resignación a sobrevivir (y esto también solo aproximativamente)… ¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sí! (…) Una mente que intenta mantenerse lúcida y ordenada, intentando dar un sentido a las cosas o sugerir puntos de vista, conocimientos, hipótesis más adultas y autónomas, me parece una presencia necesaria y reconfortante.

Pero, en cambio, ¿cómo puedes estar de acuerdo con esos críticos que a la más modesta oportunidad blanden inmotivadamente su erudición, transcriben pasajes enteros de los libros que tienen en la biblioteca, confunden y se confunden en un mar de citas (para mí son incluso un poco maleducados) y hablan de la distancia de quien transmite sacerdotalmente el verbo de la cultura, que se había encarnado en ellos, como parecen creer a escondidas? Precisamente por esto, me parece que estaría bien que los críticos viesen las películas junto con el público; el ejercicio de su delicada función se produciría entonces en una perspectiva más sana, real y hasta más estimulante, en todo caso menos condicionada por sentimientos y resentimientos intestinos, por los ritos de una élite que demasiado a menudo se complace en considerarse la depositaria absoluta del conocimiento crítico.

Alguna vez incluso me sorprendo pensando si por casualidad en el origen y de la expeditiva y vagamente altiva seguridad de ciertos críticos no haya un fenómeno meramente cuantitativo, casi una inversión de orden matemático. Intentemos sacar cuentas: admitamos que un crítico vea un par de películas al día, una media razonable por los tours de force de los festivales, durante los cuales están obligados a ver incluso diez películas al día. Así pues, dos películas al día hacen 730 películas al año. Una película consta en general de casi dos mil setecientos metros, que multiplicados por 730 dan la cifra vertiginosa de un millón setecientos noventa y un mil metros de película. Pongamos que la militancia de un crítico cubra un arco de treinta años, ¡al final habrá visto cincuenta y nueve millones ciento treinta mil metros de película! Un fenómeno para mí absolutamente asombroso y exorbitante, casi inconcebible siquiera, que me produce una especie de incontrolable admiración como la que se siente ante algunas proezas casi embrujadas, no sé, el faquir que consigue ayunar durante un año, el submarinista que desciende doscientos metros sin respirar; el astronauta que flota a pocos centímetros del suelo lunar. ¡Sesenta millones de metros de imágenes! Me pregunto cómo es posible que un crítico de cine pueda continuar teniendo una densidad celular como cualquier otro hombre, la misma fisiología, el mismo sistema nervioso. ¡Quién sabe si un crítico cinematográfico está todavía en condiciones de soñar de noche! ¿Cómo puede reaccionar su inconsciente ante esa desbordante e inagotable competencia? ¿De qué modo se digiere esa ilimitada invasión de imágenes que casi siempre ya no se refiere a nada, ni a la vida en general, ni a la individual y personal del espectador de estas imágenes, que, por lo tanto, deben acabar por desligarse de forma parecida a una interminable y vacía figuración, vagamente advertida como un rumor, un color perpetuo? Soy de la opinión de que un crítico de cine debería ser seguido, estudiado y analizado como el prototipo de una nueva criatura, de un nuevo ser. Pero quizás la televisión nos está homologando a todos en esa misma dirección, con ese mismo destino. A pesar de todo, quiero intentar hacer una pequeña encuesta personal sobre el tema, un día u otro. (…) ¿Cómo logran conservar intacto el placer, las ganas y el deseo de ir al cine, mientras que a mí en ocasiones me parece que me quedan cada vez menos ganas de hacerlo?».[i]

Anuncios

Publicado el marzo 31, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: