ROLANDO DÍAZ, LA HABANA Y “EL UNIVERSO DEL HOMBRE COMÚN”

Comparto otra de las ponencias discutidas en el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. La presencia de Rolando Díaz en el evento, quien viajó expresamente a la isla con el fin de participar en el evento, permitió enriquecer muchos de los puntos de vista aquí sugeridos.

Rolando Díaz, La Habana y “el universo del hombre común”

Por Justo Planas

La primera escena de la ópera prima de Rolando Díaz es una declaración de principios: Cuando al comienzo de Los pájaros tirándole a la escopeta (de 1984), escuchamos Radio Reloj mientras el personaje a cargo de Albertico Pujols marcha rumbo a su trabajo, este realizador nos anuncia que su cine no tendrá más ancla que la Cuba del presente, esa Cuba que acaban de dejar tras de sí, en la entrada de la sala, los primeros espectadores de cada uno de sus filmes. Sus siguientes largometrajes sabrán reactualizar la promesa desde otros géneros que no serán ya la comedia, esa comedia de los 80 que tanto ha dado de qué hablar y que tiene a Los pájaros tirándole a la escopeta entre sus pilares.

En 1985 con su segundo largo: En tres y dos, un drama deportivo, Rolando Díaz involucrará personajes reales, testimonios de grandes atletas cubanos, que dotarán a la ficción de cualidades propias del documental y ubicarán el conflicto de su protagonista en el presente y el pasado de muchos. Incluso en una película suya como La vida en rosa, de 1989, que se desplaza por campos de la fantasía, del surrealismo, hay una vocación de actualidad inmediata fácilmente verificable en la crítica constructiva al socialismo desde el rótulo de rectificación de errores y tendencias negativas que había abierto en 1986 el III Congreso del Partido.

Formado en el horno del Noticiero ICAIC Latinoamericano como muchos otros de los directores que debutaron en la ficción durante los 80, Rolando Díaz conseguirá que La Habana hable en su comedia de los 90, una comedia de 1995 que él tituló nada menos que Melodrama. A susurros desde los créditos de presentación, al fondo de cada imagen, este director logrará posicionarse ante una ciudad ahora de bicicletas, profuso mercado negro, venta de dólar, muchas colas y poca agua. La historia aparentemente local y simple de Melodrama: una mujer hipocondriaca que busca a todo precio y a todo sexo tener un hijo antes de morir; se complejiza en grado sumo con esa Habana que asoma a trasluz.

Incluso en Cercanía, de 2004, que se desarrolla en Miami, Cuba (o más bien La Habana) se hace más presente que esta misma ciudad de Estados Unidos. Los personajes sufren, ríen, se odian o se hermanan en el recuerdo de esa isla que amenaza siempre con borrarse, que amenaza siempre con borrarlos a ellos mismos, porque ese recuerdo parece ser lo único que les queda de vida en esa vida de exilio. Por eso quizás, Reynaldo Miravalles nunca apaga el cigarro de su personaje; porque lo primero que le dice su hijo cuando llega de Cuba es: “Aquí no se fuma en las casas”, y él quiere mantener encendidas las cenizas de ese vicio que le hace presente el allá de La Habana. Y al final de Cercanía, los de aquí y los de allá, confundidos todos, podemos ver las imágenes de nuestra capital que el protagonista ha llevado a los cubanos de Miami. Después de la comparación entre los diferentes significados de la vida tanto en una Cuba como en la otra, podemos sentir con esas imágenes finales la corrosiva añoranza del exilio, la agridulce connotación de continuar en La Habana.

Los pájaros tirándole a la escopeta, una de las obras más atendidas en la carrera de Rolando Díaz, despliega muchas de los tópicos sobre los que volverá este director en sus siguientes largometrajes: un interés antropológico por ciertos barrios de la capital, de 10 de Octubre, del Cerro, de La Habana Vieja; su preocupación por los problemas de género; su atención al contraste intergeneracional y la estigmatización de la tercera edad; su gusto por el baseball y la música popular…

En 1984, tiempo de vacas gordas y de baby boom, una parte de Cuba creyó estarse acercando a las utopías de los 60 y los 70. Nos encontramos entonces en Los pájaros tirándole a la escopeta un Reynaldo Miravalles guagüero (ya no el pícaro de Las doce sillas) que se permite decirle “Te quiero” al inspector de tránsito. El amor entre los personajes de Beatriz Valdés y Alberto Pujols se trenza con la cotidianidad laboral de las tarjetas marcadas al entrar y salir, con las guardias y las reuniones del sindicato. No será el enamoramiento acre de una película de hoy como Fábula (de 2011) marcada por la prostitución, el desempleo y la ambigüedad moral. Beatriz Valdés y Albertico Pujols se enamoran en los parques y restaurantes con un Silvio Rodríguez bailable. Y esos mismos lugares serán luego el espacio donde Consulito Vidal y Miravalles repetirán la experiencia de sus hijos despertando en el contraste, la indignación de los personajes más jóvenes y la risa de los espectadores.

Rolando Díaz introduce primero el conflicto intergeneracional para luego hacernos ver que los verdaderos pájaros de la película son las mujeres; y los hombres, la escopeta. Los problemas de la mujer en el nuevo contexto que propone la Revolución será un asunto recurrente del ICAIC desde los mismo 60, y es de esperarse que este filme se mantenga en diálogo directo con los precedentes. Por ejemplo, cuando Beatriz dice a propósito de Albertico y Reynaldo: “Viven para la fachada”, salta a la memoria una película como De cierta manera, donde Sara Gómez aborda entre otros temas la esclavitud con que el hombre resguarda su apariencia de macho, que le impide integrarse a los tiempos que corren, que obliga al personaje de Mario Balmaseda a confesar en un acto de anagnórisis: “Tengo un miedo del carajo”. Descubriremos en Los pájaros tirándola a la escopeta, el rostro preocupado de Albertico en medio de una asamblea de trabajadores sonrientes, incapaz de disolverse en su época por un pensamiento retrógrado. Y Beatriz Valdés, a conciencia ya de que su drama es el de la Teresa de Pastor Vega o la Lucía de Solás le dirá a Consuelito Vidal: “ello son los machos de la película y nosotras las aguantapalos” para romper el molde de ese arquetipo y mantener el filme en los rieles no del melodrama sino de la comedia.

Pero la concepción de la masa trabajadora y sus nuevos tiempos no será tan idílica. En una de las reuniones laborales, que preside Beatriz Valdés, el optimismo a rajatabla y la vaguedad y redundancia de las críticas de los obreros despierta en un espectador ya curtido por las décadas que llegaron después no poca suspicacia. Entre las sonrisas, entre los bailes de casino y las recetas de pollo a la barbacoa, sobrecogen —siempre de manera latente— unos pájaros que vuelan en simétrica colectividad sobre el barrio de Luyanó, que parecen acosar a Albertico Pujols; la manera en que la radio dicta casi una sentencia de muerte sobre él desde el mismo comienzo al anunciar la elevada cifra de accidentes de tránsito, y la forma en que los frenazos de carro parecen advertirle que mejor se acoge a los consejos de la prensa o algo más fuerte y grande que él le pasará por arriba a mitad de camino.

La elevada asistencia de público y la presencia de ciertos elementos en el filme entre los que destacaron las narraciones musicales de los Van Van asociaron el nombre de Rolando Díaz con un tipo de cine que él llamó “popular”. Años más tarde explicaría: “lo popular para mí es la arquitectura de nuestros barrios; la gente y sus formas de manifestarse; la música y el baile que acompañan nuestras fiestas; nuestro modo de hablar y gesticular: el universo del hombre común”. Los pájaros tirándole a la escopeta se inserta en la cotidianidad cubana con una vocación que nos atreveríamos a calificar de antropológica. ¿Qué constituye si no un personaje como el de Silvia Planas que invoca recetas de cocina hasta en los velorios, que ensaya métodos folclóricos para conocer el sexo de la criatura que Beatriz Valdés dará a luz? ¿Por qué insiste la cámara, si no, en niños que juegan a la pelota y vecinos asomados a los balcones, listos para intervenir en una fajasón y para buscar una máquina en caso de accidentes?

Sin embargo, quizás lo popular de Rolando Díaz fue interpretado en un comienzo como una suerte de obra que pretendía complacer el gusto masivo a fuerza de concesiones estéticas. Esto —insisto: quizás— creó ciertas expectativas con su siguiente película En tres y dos que además se instalaba en uno de los espacios sagrados y siempre sensibles de lo nacional: el baseball, la Serie, Industriales… La crítica fue severa con esa cinta y en algunos casos hasta ofensiva: se remarcó la irregularidad actoral de Samuel Claxton en el rol protagónico, la sobredosis melodramática en la pequeña intervención de Luis Alberto García (padre) y algunas otras inconsistencias más bien perdonables dentro de un cine cubano mayormente imperfecto que está muy lejos de la pulcritud artesanal de Hollywood y otras grandes industrias.

Casi treinta décadas después de su estreno, uno puede reconocer las marcas de una sensibilidad diferente en este material. El conflicto trágico de un pelotero cubano a punto de retirarse avanza hacia el clímax por acumulación, y sin abusar de las típicas escenas efectistas. El protagonista, que vive cerca de los cuarenta años un momento de plenitud en otras dimensiones de su existencia, reprime su frustración, escasamente lo lleva a diálogo, y solo podemos intuirlo dramáticamente por un perpetuo dolor de muelas. En tres y dos desborda las facultades de la ficción al incluir entrevistas a grandes hombres del deporte cubano, que intentan describir lo que significó el retiro para ellos. A partir de un guión de Eliseo Alberto Diego, Rolando Díaz explora las repercusiones del fenómeno en las múltiples esferas en que se desenvuelve un individuo: en la relación con la pareja, con el hijo, con los amigos, con sus compañeros de trabajo. Vuelve a ser notable ese deseo antropológico ahora por construir la cotidianidad del deportista cubano de la época; y es así que la ficción incorpora personajes reales del baseball de ese momento como Agustín Marquetti, Víctor Mesa o Lázaro Vargas no solo en el terreno sino en la calle, en el cabaret, en los albergues o en los trenes.

Hasta el momento y posteriormente también, los actores negros aparecen relegados a los roles secundarios, y solo alcanzarán protagónicos cuando el interés fundamental del filme es acercarse a los problemas raciales. La ficción cinematográfica cubana alimenta la idea de un negro acosado casi exclusivamente por el racismo, de la cual una cinta como En tres y dos se desmarca. Desde personajes reales como Pedrito Calvo hasta los que asumen Samuel Claxton, Irela Bravo y Mario Balmaseda aparecen integrados a realidades igual de conflictivas, pero sin esta tendenciosa y revisitada simplificación.

Ya en otra época, otra Cuba, la de 1998, Rolando Díaz introducirá desde el documental el dedo en la llaga de los estereotipos cinematográficos y artísticos asociados ahora a la mulata, para descubrirnos el abismo que existe entre esa construcción y la realidad. En esa obra no por gusto llamada Si me comprendieras, el realizador sale en busca de una mulata que protagonice un musical. ¿No han sido estas las maderas de nuestra cubanía que más leña han ofrecido a las simplificaciones sexualizantes de las mulatas: la música y el baile? Sin embargo, el director raspa las fachadas de este folklorismo para descubrir madres solteras, hijas abandonadas, las angustias del desempleo y la emigración. Su documental parte del estereotipo para descubrir tras esa alegría de la mulata rumbera uno de los eslabones más frágiles de nuestra sociedad. Salen a la luz discriminaciones raciales, sexuales, problemas de vivienda, frustraciones individuales. Llega a preguntarse él mismo, en off: “¿Será capaz de sonreír?” o “¿Eres capaz de ser alegre?” Los esfuerzos de este director —devenido personaje ficcional— para que las mujeres elegidas bailen y canten sin enturbiar los ensayos con sus problemas, dan fe del abismo que se interpone entre el estereotipo de mulata y lo que ella es en realidad. No por gusto el título del documental y la letra que todas ellas practican arguye: “Si me comprendieras, tan siquiera un poco, todo cambiaría”.

Si en Los pájaros tirándole a la escopeta el camino a la realización individual consiste en ajustarse a los tiempos que corren, en el tercer largometraje de Rolando Díaz, La vida en rosa de 1989, las rutas hacia la plenitud existencial apuntan en sentido contrario. Escucharemos al protagonista insistir “mi vida la hago yo” al notar que en un futuro las circunstancias terminarán convirtiéndolo en un hombre corrupto. Ya desde En tres y dos descubrimos a este director cuestionándose el propósito del tiempo de un hombre en este mundo, a través de ese pelotero que debe rendirse al peso de la edad, un sino que aplasta las más profundas aspiraciones del espíritu. Y aquí, en La vida en rosa, por mucho que Rolando Díaz ensaye múltiples variantes de lo que podría ser la última etapa en la vida de un individuo, la lectura existencial lleva un sesgo pesimista. En esta historia proclive al surrealismo, un grupo de jóvenes puede no solo otear lo que será su futuro, sino conversar con ellos mismos cuarenta años después. Las ilusiones de la juventud, la manera en que sueñan el amor, el trabajo, las amistades, demostrarán ser solo fantasías ante un porvenir bien diverso. Sus yos encuentran tantas torceduras en el camino que puestos el joven frente a su equivalente anciano parecerán dos personas abismalmente distintas.

Como es de esperarse, muchas imágenes y situaciones se deslizan hacia una interpretación sociohistórica de la Cuba del momento. Desde la misma introducción, nos tropezamos con una brigada de octogenarios que marchan con un cartel anunciando: “Hacia el 2000 con las metas cumplidas”. El profundo absurdo de la frase no descansa solo en la improbabilidad biológica de que estos cubanos lleguen a tal fecha, sino también en que todos simulan plegarse con desfachatez al idealismo de un futuro mejor que no les tocará. En Los pájaros tirándole a la escopeta los carteles marcarán las aspiraciones reales de una sociedad; sin embargo, en La vida en rosa se habrán distanciado inevitablemente de los verdaderos sueños del cubano. Con la juventud que protagoniza el filme, nacida y formada dentro de la Revolución, la soñada generación de hombres nuevos, la película deslizará la pregunta de si el camino al socialismo es una línea recta, una vida en rosa, o si no estará plagado de extravíos y callejones sin salida. El burocratismo, la doble moral, la traición, las frustraciones, las tentaciones, pronostican destruir para siempre al joven grupo de amigos de La vida en rosa, una metáfora a fin de cuentas del pueblo cubano. Pero solo se trata de un pronóstico. Rolando Díaz ofrece cierto margen de libre albedrío a sus personajes, que sintomáticamente deberán encontrar la felicidad no con, sino contra el contexto social.

En Melodrama, de 1995, Rolando Díaz saca provecho, como lo hizo en Los pájaros tirándole a la escopeta, de los conflictos que provoca en una familia la llegada de una criatura. El embarazo de Beatriz Valdés subraya la urgencia de resolver problemas sociales como el machismo bajo riesgo de transmitir esa heredad moral a las generaciones que recién entran en escena. El personaje de Beatriz se niega a regresar con su esposo y le lanza una pregunta a quemarropa ante el argumento de que tienen un hijo a punto de nacer: “¿Para qué Emilito, para que me haga lo que le hiciste a Hilda?” La protagonista de Melodrama se quejará con su marido interpretado por Héctor Noa: “Cinco años pinchando estos huesos y tomando mil píldoras diarias. Eres el culpable, el infértil, el impotente eres tú y lo sabes muy bien, no voy a seguir esta tortura”. Pero el conflicto de la pareja invita a una extrapolación social. Así se deduce de la recurrente contextualización en la Cuba de la época que proponen la fotografía, y algunas subtramas, como la de esa periodista llamada Fe. La esterilidad de aquel matrimonio quizás sugiera la incapacidad de dar a luz a un proyecto social que traiga sobre el país nuevos aires. Esperanza, el personaje principal, no es una presentadora de televisión corriente. Es ella la encargada de anunciar los pronósticos del tiempo; sin embargo, su estado de ánimo permeará una y otra vez la forma en que los televidentes podrían interpretar el clima cubano. Por supuesto, la palabra clima se aleja aquí de su significado meteorológico para referirse de modo más amplio al ambiente, al estado de ánimo social. Esperanza deviene en este sentido un termómetro de la Cuba a pocos años de que acabe el siglo, y en última instancia, un equivalente no en vano femenino de la nación cubana.

Casi al final, la heroína aconseja desde el estudio: “¿Qué puedo pronosticarles? Claven las ventanas de sus casas, salgan a la calle con suma precaución, y miren bien a cada lado antes de cruzar una esquina, puede perecer en el intento, aplastado por una fulgurante bicicleta china”.

No por gusto el marido colecciona sellos, que recuerdan —así de sutil fue la simbología de otros filmes de la época como Madagascar— aquellos carteles de propaganda política que vimos en los materiales precedentes de Rolando Díaz. Héctor Noa asume incluso un tono declamatorio cuando habla con su esposa, un tono que ella sabrá parodiar mientras reconoce: “Lo quiero son muchos años, los olores, las costumbres, el hábito hace al monje”. Pero está convencida de que no se someterá a más experimentos, ya no cree en las renovadas promesas de su cónyuge para dejar por fin una simiente. Quiere buscar otros hombres, quiere —si asumimos que Esperanza simboliza Cuba— otros inversores que le permitan producir vida, aunque aspire a que el tutor de su hijo sea el personaje de Noa. La religión, la medicina y el sexo extramatrimonial serán cómplices de este ansiado parto aunque al caer los créditos, Esperanza se convierta en madre soltera.

Otro embarazo, en su película de 2004, Cercanía servirá también para remarcar diferencias y semejanzas entre los cubanos de Miami y los de La Habana. Cuando el personaje a cargo de Reynaldo Miravalles, recibe la noticia de que será abuelo se sorprende: “Eso no es verdad —dice—, ¿cómo me van a decir eso tan serios?” Rolando Díaz tan interesado en esos rasgos de conducta desenfadada y sociable de la Isla, dejará claro que los del exilio parecen haberla olvidado. Pero el protagonista descubrirá pronto que aquí también pervive el radicalismo político del que venía huyendo, solo que los vetados son Pablo Milanés y el comunismo. Con la vista nuevamente sobre la vejez, este director redondeará una idea con la que venía trabajando desde Melodrama, o quizás desde mucho antes, desde En tres y dos: la necesidad que tienen todos los seres humanos, en cada momento de la vida, de entregarse a una ilusión. Sin embargo, Reynaldo Miravalles se verá coartado como viejo y como cubano, fuera y dentro de la Isla cuando se trata de perseguir sueños. No es extraño entonces escuchar que un héroe de comedia, que ha pasado todo el filme, y la vida, escapando a la tristeza confiese: “Hay momentos en que uno ya tiene que morir y sigue vivo. No es que me vaya a poner dramático, no; sino que de pronto te quedas sin motivos y descubres que a nadie le importa tu vida.”

Sin embargo, Miravalles continúa en este mundo y como todo protagonista cubano de Rolando Díaz, sabe que todo el arte de vivir consiste en tirarle a la escopeta.

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Publicado el marzo 20, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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