PARA UNA RELECTURA CRÍTICA DEL CINE CUBANO DE LOS OCHENTA

En el mensaje que en su momento enviara a los organizadores del Taller de la Crítica Cinematográfica, y cuya lectura diera inicio al debate que sostuvimos alrededor del cine cubano de los ochenta, el cineasta Juan Carlos Tabío ponía sobre la mesa una interrogante clave:

“¿Cómo es posible entonces que para algunos esa “tendencia” sea considerada como perturbadora, incómoda, censurable hasta el punto de que haya provocado la muy seria intención de disolver el ICAIC; y para otros sea una tendencia a la banalización y a la superficialidad temática, peligrosamente rayana en lo “populista”, pletórica de películas “agradables”, de un costumbrismo muchas veces ingenuo?”.

Si hasta ahora los críticos no habíamos podido construir una respuesta medianamente coherente a esta paradoja, se debe en gran medida a que apenas nos ha interesado retener la noción estética de esa producción. Es decir, nos ha gustado hablar de la impresión que han causado esos filmes en nosotros, pero hemos indagado poco en los filmes en sí, y en los contextos en que se han originado.

Eso ha traído como consecuencia que no solo reiteramos de modo indiscriminado el criterio de brocha gorda que calificara a la década de “populista”, sino que apenas fijamos nuestra atención en las características formales de esos filmes. Como si los directores de esas obras hubiesen recibido un encargo providencial y viviesen en ese período alejados de todo lo que significase tensión social.

Tal vez una manera de comenzar a subsanar ese equívoco estaría en invertir la mirada, y en vez de hablar de las películas ya terminadas, empezar a husmear en lo que otras veces hemos llamado “la historia fangosa” que propició que hoy existan. Para ello, será importante rastrear en el conjunto de ideas que movilizaron a esos actores que muchas veces no figuran en la relatoría que tradicionalmente se ocupa de resumir lo que ha pasado con el cine (hablo de las críticas, las entrevistas con quienes hicieron las películas, es decir, todo lo que ha alcanzado visibilidad).

El hecho de que una película se pronuncie, digamos, por la comedia, que es un género que la crítica tiende a evaluar como algo menor, en modo alguno significa que su realizador esté renunciando a pensar críticamente lo que está pasando a su alrededor. Entre nosotros, el choteo (recuérdense las agudas observaciones de Mañach) puede resultar el dispositivo más eficaz a la hora de combatir las solemnidades y gravedad que impone un exceso de deberes colectivos. En estos casos, una lectura sintomática de los filmes podría ponernos al tanto incluso de asuntos que, de modo involuntario, los cineastas estaban mencionando en sus historias.

Hoy existen mejores condiciones para construir una analítica del cine cubano donde se pongan de manifiesto versiones hasta ahora postergadas, censuradas, o sencillamente, inadvertidas. A las ya dominantes de los críticos, quienes como dijimos han hablado de las impresiones que han provocado en ellos las películas filmadas, podemos incorporar la de los propios cineastas (véanse los libros de Alfredo Guevara, Gutiérrez Alea, Fausto Canel, entre otros). El cruce crítico de estas fuentes podría revelarnos interpretaciones novedosas, enriquecedoras para todos. Pongo el ejemplo de esta misiva publicada por Alfredo Guevara en uno de sus libros, y que le enviara en su momento Carlos Aldana, entonces encargado de asuntos ideológicos del PCC.

En ella Aldana ofrece su criterio sobre el rodaje de El elefante y la bicicleta, y sugiere se postergue el proyecto, tomando en cuenta “la coyuntura” que en esos instantes se vivía, y la polémica que había suscitado Alicia en el pueblo de Maravillas. Cito:

La coyuntura por la que atraviesa nuestra sociedad y la situación, como bien conoces aún no del todo superada, en las relaciones partido-intelectualidad, tras la fallida experiencia de Alicia… no dejan espacio a la tendencia que se intenta expresar en ese guión, al menos con ese lenguaje.

(…)

No podemos exponer lo que venimos haciendo a una polémica que amenaza a desatarse desde la filmación. Este proyecto hay que postergarlo. Estoy pensando ante todo en ti, en lo que tu nombre y tu prestigio representan ante Fidel. Me temo que las discusiones en la comisión presidida por Carlos y el justo tratamiento a Daniel, en lugar de conducir a una suerte de tregua, a un compás de espera, a una reflexión consecuente, todo este proceso se haya traducido en un estímulo a este estilo que con mi mentalidad castrense identifico como un movimiento envolvente hacia los flancos de una agrupación que no se puede atacar de modo frontal.

Trato de ponerme en tu piel y me pregunto cómo proceder. A reserva de que conversemos, te adelanto la idea de subirles la parada y retarlos a tratar estos temas en serio.[1]

Se me antoja que quizás en esta reflexión tan puntual que le hace el político al dirigente de la institución cultural, se esconde parte de la respuesta que nos pedía precisamente Tabío en su mensaje anterior. ¿Cómo llamar inocente a ese cine realizado en los ochenta cuando provocaba las reservas de los ideólogos del PCC?

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el marzo 20, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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