PAISAJE DESPUÉS DE LAS BATALLAS: EL TALLER DE LOS MILAGROS.

Terminaron las actividades del XX Taller Nacional de Crítica Cinematográfica que se celebra anualmente en Camagüey. Le corresponde a los otros evaluar las luces y las sombras de un evento que ha querido impulsar, sobre todo, el crecimiento de nuestros estudios y debates en torno al audiovisual, así como el rigor del análisis. Como parte del Comité Organizador no podría mostrar objetividad en lo que afirme, de modo que suscribiré a modo de impresiones muy personales, mi criterio sobre esta recién concluida vigésima edición. Desde luego, será mi versión de los hechos: la versión de alguien que, por estar dentro, se pierde lo que ven aquellos que están fuera.

En principio, me siento satisfecho con el saldo general. Sobre todo porque se lograron romper varios prejuicios (quedan todavía muchos, pero algo es algo), y se consiguió un clima colectivo de complicidad intelectual que propició la confrontación sana, transparente, a ratos emotiva. Si a ello sumamos que, dada la acumulación de dificultades y circunstancias imprevistas (invitados que a última hora no podían asistir, la sala grande del Casablanca que no se pudo terminar, el callejón que está entre los dos cines que aún sigue en construcción pese a que se había asegurado que estaría para la fecha, etc), parecía que este encuentro, de realizarse, sería por puro milagro, pues creo que se entenderá un poco mejor lo de la satisfacción.

Lo de la noche inaugural fue distinto a todas las noches inaugurales que ha tenido el Taller en sus veinte ediciones. Y no me estoy refiriendo a que ocurriese en un lugar diferente, inédito (en el principio de lo que aspiramos sea reconocido en un futuro como “El callejón de los milagros”), sino a su espíritu, que estuvo más cercano a lo que estos tiempos de creciente repliegue hacia lo doméstico y saturación de imágenes en lo público, demandaría. La combinación de ese escenario peatonal, con el uso de pantallas imprevistas como pueden ser las paredes de ese callejón, y actuaciones tan electrizantes como la que aquella noche consiguió el grupo Desandann, puede darnos ideas de las posibilidades que en el plano de la promoción y reanimación cultural brinda a la ciudad ese nuevo tramo.

En términos de programación también se lograron romper esquemas, y al igual que hace algún tiempo conseguimos estrenar en la misma edición tres filmes cubanos de procedencia diversa (Martí, el ojo del canario, de Fernando Pérez, Molina’s Feroz, de Jorge Molina, y Memorias del desarrollo, de Miguel Coyula), en esta ocasión se consiguió algo similar con la proyección en las salas del Casablanca y Nuevo Mundo de Boccaccerías habaneras, de Arturo Sotto, Molina’s Borialis, de Jorge Molina, Humberto, de Carlos Barba, Gavilán del desierto, de Gustavo Pérez, Persona, de Eliecer Jiménez, Si me comprendieras y Cercanía, de Rolando Díaz.

Más allá de lo cuantitativo, lo que debería interesarnos de este conjunto de materiales audiovisuales es la radical diversidad que encontramos en ellos. Diversidad estética condicionada por la multiplicidad de soportes y dispositivos tecnológicos utilizados en su producción, pero también variedad conceptual que llega al plano de lo ideológico. Con la presentación de estos filmes logramos conformar un espacio inclusivo que es el que, en lo personal, aspiraría a disfrutar en una Cuba futura (la que, también habría que decirlo, ya parece que comenzó a construirse).

Pienso que ello es importante porque, más allá de que me puedan gustar más o gustar menos cada uno de estos filmes, el Taller estaría contribuyendo a formar espectadores verdaderamente críticos, espectadores que sean capaces de dejar a un lado sus prejuicios más personales para enfrentarse al conjunto de imágenes que sea (por incómodas o irreverentes que resulten), y arribar a una conclusión por cabeza propia, a partir de una confrontación intelectual donde el zarandeo de las ideas ajenas deje intacto al ser humano que las expresa, por ajenos que nos puedan resultar sus argumentos.

En este sentido, las sesiones teóricas que habíamos organizado perseguían ese gran objetivo: estimular el disenso que ilumina, antes que convertir en hegemónico un consenso artificial que, en nombre de la armonía temporal, suprime el análisis de ciertos ángulos del fenómeno que se examina. En ese sentido, el texto que leí con el título de “Por una crítica imperfecta, veinte años después” propone ese camino, y no en balde confronta criterios de Gustavo Arcos, Joel del Río, Dean Luis Reyes y Víctor Fowler, en artículos y debates que ya se han producido entre nosotros, pero que apenas se retienen a la hora de las discusiones.

Sigo pensando que uno de los grandes males de nuestro ejercicio crítico radica en su adicción a su condición de insular, que rara vez logra trascender la dimensión del monólogo. La insularidad del crítico nacional se pone de manifiesto más que nada en esas acciones donde se descubre la voluntaria o inconsciente omisión de aquello que ya se ha discutido con anterioridad, para intentar establecer los presupuestos de la discusión, no a partir de lo que ya ha sido discutido, sino a partir de lo que él quiere discutir.

Eso trae como consecuencia un exceso de lugares comunes o repeticiones de interrogantes que ya han quedado atrás, amén de un divorcio a veces escandaloso con lo que se ha logrado teóricamente en otras latitudes. Como gremio, pienso que deberíamos perseguir la actualización de nuestras preguntas, de acuerdo al conjunto de respuestas que ya se han conseguido acumular en los más diversos espacios, sean las revistas, los eventos teóricos, o los propios festivales de cine; de lo contrario, corremos el riesgo de aportar todo el tiempo argumentaciones mutiladas por el impresionismo más personal.

También pienso que tenemos que insistir aún más en inyectar en nuestras intervenciones críticas, todo ese legado intelectual que viene adquiriendo el debate del audiovisual, no ya en Cuba, sino en el mundo. A diferencia de años anteriores, donde era difícil adquirir libros foráneos o actualizados, hoy cada crítico puede disponer de una biblioteca digital donde lo que habría que lamentar es que no alcance la vida para consultar tanta bibliografía. Nada justifica, pues, que el crítico cubano de hoy no esté al tanto de las discusiones más agudas que han existido en torno a la crítica como práctica discursiva. El alegato de la precariedad de las conexiones a Internet como pretexto que justificaría el estado actual de las cosas en nuestro ejercicio crítico, sonaría falso todo el tiempo.

Claro, hablo de una situación ideal a la que, en lo personal, aspiraría algún día llegar junto a mis colegas. Lo cual no quiere decir que lo sucedido en las sesiones teóricas careciera de valor. Todo lo contrario. Las intervenciones de Mario Naito, Luciano Castillo, Armando Pérez Padrón, y Rolando Leyva, objetando o comentando buena parte de lo expuesto en el texto que leí, a lo que habría que sumar la ponencia enviada por Antonio Mazón Robau, da la medida de que la voluntad de hacer más compleja la percepción y ejercicio de la crítica en nuestro país, es real.

Por otro lado, creo que las mesas dedicadas a evaluar lo sucedido con el cine producido por el ICAIC en los ochenta, y el estudio puntual de las obras de Juan Carlos Tabío, Rolando Díaz, y Fernando Pérez, marcan un punto de giro en nuestras investigaciones. Hasta ahora, el punto de vista dominante ha sido ese que tiende a (des)calificar la década de los ochenta como una década populista, con todo lo que ese adjetivo connota en cuanto a lo peyorativo. Las excelentes ponencias de Claudia González sobre Tabío, la de Justo Planas sobre Rolando Díaz, o la de Frank Padrón Nodarse sobre el período, y las agudas intervenciones de Luis Álvarez Álvarez, Olga García Yero, y Armando Pérez Padrón sobre Fernando Pérez, contribuyeron a recolocar el objeto de estudio en una zona menos afectada por los prejuicios y los lugares comunes heredados.

Antes, y al inicio de las sesiones teóricas, dimos lectura al mensaje que Juan Carlos Tabío, recientemente galardonado con el Premio Nacional de Cine, nos hiciera llegar con ese fin. Y también leímos la ponencia enviada por Joel de Río, que retoma algunas de las quejas de Tabío como pretexto para releer un ensayo que coescribiera junto a Rufo Caballero en los años noventa, y que precisamente incurre en algunas de las miradas esquemáticas mencionadas.

La presencia de los realizadores Arturo Sotto y Rolando Díaz fue, a mi juicio, una de las grandes ganancias que tuvo el evento. A Sotto habrá que agradecerle esa deferencia que mostró con nosotros a la hora de permitirnos apreciar de modo muy especial sus Boccaccerías habaneras, toda vez que la película aún no ha tenido su estreno regular en el país, ni circula por los canales informales que hoy proliferan. Fue, por tanto, una verdadera premier. Pero además de ello, tendremos que agradecer sus variadas y agudas intervenciones en el foro teórico. Supongo que si el año próximo el Taller se le dedica al examen del cine cubano de los noventa, el nombre de Arturo Sotto será uno de los que más se mencione. Ojalá, pues, haya quedado motivado para el regreso.

En el caso de Rolando Díaz su actividad fue aún más intensa, tanto que a ratos pienso que, como anfitriones, abusamos. Rolando Díaz estuvo en el panel sobre los ochenta, desde luego, pero también participó en los debates que suscitaron las proyecciones de sus documentales Los caminos de Aissa y Si me comprendieras, además de acompañarme en un conversatorio que quisimos organizar con el fin de hablar sobre el concepto de cine nacional, referido en este caso al audiovisual cubano, y que abordaba el tema del audiovisual realizado por cubanos más allá de la isla. Y para finalizar presentó en el medio de “la calle de los cines de Camagüey”, su filme de ficción Cercanía, cinta seleccionada para clausurar el evento. Creo que si el Premio Cinema que esta vez le entregó el Centro de Cine de Camagüey (el otro fue a Juan Carlos Tabío) se entregara por el nivel de actividades que alguien tuviera dentro del encuentro, nunca se justificó mejor la entrega.

Se tendrán que agradecer también las actividades colaterales al evento teórico, como es la presentación de libros relacionados con el audiovisual. En esta ocasión se presentaron El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar (Memorias del 18 Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica, Editorial Oriente), compilación de Armando Pérez Padrón, Cronología del cine cubano. Tomo 3, de Luciano Castillo y Arturo Agramonte (Ediciones ICAIC), El riesgo de la herejía, de Claudia González Machado (Ediciones ICAIC), y Poemas del lente, de Reinaldo Cedeño (Ediciones Loynaz). Asimismo tuvimos una visita a la sede del Festival Internacional de Videoarte, proyecto artístico que se integra a la perfección con el sentido que propone este complejo de instituciones que quiere ser “La calle de los cines”.

No quiero dejar de apuntar lo que me parece francamente negativo. Y es el hecho de que, comparado con años anteriores, la asistencia de público a las sesiones teóricas fue inferior. Y esto no se entiende bien tomando en cuenta esa amplia comunidad académica que existe en la ciudad, formándose a través del ISA o la carrera de estudios socio-culturales que auspicia la Universidad de Camagüey. ¿Dónde estaban los estudiantes, los profesores? ¿Será posible que pueda interpretarse esta oportunidad de intercambiar con verdaderos profesionales de su actividad como algo prescindible?

El XX Taller Nacional de Crítica Cinematográfica ya es historia, quiero decir, algo que pasó. Y sin embargo, creo que deberíamos corregir esa apreciación y afirmar que todavía podría estar pasando. Al menos, mientras regresemos a algunas de las ideas que se expresaron allí, así sea para discrepar de modo abierto, el evento se estará haciendo realidad.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el marzo 16, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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