SUEÑOS EN EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS DE CAMAGÜEY (Cuba)

En 1995, el realizador mexicano Jorge Fons consiguió uno de los grandes éxitos del cine latinoamericano más reciente: El callejón de los milagros. El guión corrió a cargo de Vicente Leñero, y es una adaptación de la famosa novela homónima del premio Nobel Naguib Mahfuz (1911- 2006), donde las peripecias ubicadas originalmente en el Cairo de los años 40 se recontextualizan en el México urbano de los 90. La película obtuvo varios reconocimientos internacionales (premio Goya a la mejor cinta iberoamericana, por ejemplo), y significó el salto al estrellato mundial de Salma Hayek, quien fue considerada en su país la revelación actoral del año.

Pues bien, en estos días, y como parte de los sueños asociados a la construcción del “Paseo temático de los cines” en Camagüey, se termina de acondicionar nuestro “Callejón de los Milagros”, nuevo tramo peatonal de la ciudad que comunicará la calle Ignacio Agramonte con lo que se llamará “El paseo Charlot” (antiguo callejón sin salida). Para los que todavía no se ubican, estaríamos hablando de una nueva callejuela que nace en lo que antes era el parquecito ubicado entre los cines Casablanca y Encanto.

Ese “Callejón de los Milagros” tiene grandes posibilidades de convertirse en un destacado foco cultural de la ciudad. Depende, desde luego, de la inteligencia con que las diversas instituciones exploten el espacio. Y la vocación para integrarse en un proyecto ambicioso que no es solo del cine. De hecho, en todo este tiempo hemos insistido en que el Paseo quiere aprovechar la impronta que ha tenido el cine y esa zona de la ciudad en el imaginario colectivo de los camagüeyanos, pero que el interés último está en propiciar el desarrollo de todo lo que tenga que ver con el audiovisual, y en sentido general, imágenes proyectadas: quiero decir, desde el cine más tradicional hasta el más experimental del video-arte (y ojalá me alcance el tiempo vital para ver también en pantallas gigantescas algún espectáculo asociado al video-juego y el 3D).

En ese sentido, uno de los atractivos que le veo al lugar es que nos permitirá llevar a lo público muchas modalidades del consumo cultural que, con anterioridad, estaban condenados a ser consumidos en recintos cerrados (fueran los cines, librerías, galerías de arte, salas de música, o museos). Tomando en cuenta lo anterior, los organizadores del venidero “XX Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica” (a celebrarse en la ciudad del 11 al 15 de marzo) estamos diseñando una programación fílmica en ese sitio que incluye la presentación y venta de libros, así como proyección de películas en 16 mm.

En lo personal, esto último me tiene muy entusiasmado, pues con ello estaremos intentando reconocer la importancia que ha tenido en la alfabetización audiovisual de este país la figura (muchas veces olvidada) del proyeccionista de los cines móviles. El incesante desarrollo tecnológico ha dejado en las sombras a este otrora Quijote de la luz. Imaginemos esos tiempos retratados de modo magistral por Octavio Cortázar en Por primera vez, en los cuales los individuos todavía no conocían el efecto mágico de un haz de luz proyectado sobre una pantalla, con el ruido del proyector poniéndole música a las películas silentes.

Algo de ese sortilegio queremos recuperar para algunas de las noches en que dure el mes de marzo (mes del Taller), y para ello estamos conformando un ciclo en 16 mm que hemos nombrado “Cine sobre ruedas” (por lo de los cines-móviles), que incluye noticieros, documentales, y ficciones cubanas de los ochenta. Hay allí verdaderos tesoros audiovisuales (por su valor histórico) que ya ni siquiera aparecen en 35 mm, y mucho menos han sido digitalizados. Hablo, por ejemplo, de noticieros como Viaje de Tamayo al cosmos, de Lázaro Buría, Centenario de Baraguá, de Daniel Díaz Torres, Camagüey colonial, de Manuel Pérez, Tu gigantesco paso de millones, de Rolando Díaz, Verano en el noticiero, de Francisco Puñal. Tendremos también documentales como Estética, de Enrique Colina, Omara, de Fernando Pérez, o Mujer ante el espejo y Oración, ambas de Marisol Trujillo, y, por supuesto, largometrajes de ficción (Hasta cierto punto; Se permuta; Los pájaros tirándole a la escopeta; Una novia para David, entre otras).

Los que se adentren ahora mismo en “El Callejón de los Milagros” tal vez solo vean un piso a medio hacer, y paredes desnudas. A mí que me digan soñador, pero yo intento aplicar todo el tiempo la idea borgeana de que una ciudad es un libro que se lee con los pies: y toda lectura, desde luego, incluye anticipar el desenlace de la trama.

Por eso camino una y otra vez por allí. Y tomo fotos del sosegado pero persistente devenir. Y me imagino a la gente de mañana haciendo selfie con su teléfono ante la obra creada por el artista camagüeyano Oscar Rodríguez Lasseria, y ubicada en el centro del callejón

Obra hermosa con un nombre que mejor no puede ser: “Trapiche de luz”. Un homenaje al cine pobre, dice el artista. Yo lo veo más como un homenaje a todos esos jugos que ese trapiche de sueños que ha sido el proyector (desde el fundacional de los Lumiére hasta los más sofisticados de ahora mismo), han sabido nutrir buena parte de nuestra moderna imaginación. Jugos milagrosos que no hacen más que enfatizar la condición líquida de esa modernidad que todavía nos impregna.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el marzo 2, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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