LUCIANO CASTILLO SOBRE “FRESA Y CHOCOLATE” (1993), de Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.

Este texto de Luciano Castillo fue publicado en La Gaceta Nro. 6 del año 2013, como parte de los homenajes al filme Fresa y chocolate, por sus veinte años de concebido. Agradezco la gentileza de su autor, al permitirme compartirlo con los amigos del blog.

LAS NARANJAS EN LOS PANTALONES[i]

Por Luciano Castillo

“DAVID: ¿Cómo que te botan?

DIEGO: Te lo iba a decir pero no quería que te enteraras tan rápido.

DAVID: ¿Quién te bota? ¿Qué has hecho?

DIEGO: Yo no he hecho nada. ¡Ser maricón!”[ii]

Estos diálogos del filme Fresa y chocolate, codirigido por Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996) y Juan Carlos Tabío, se escucharon la noche del miércoles primero de diciembre de 1993 en la sala habanera Karl Marx, durante la inauguración del 15. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Sin embargo, esa no era, como muchos piensan, la primera vez que el cine cubano abordaba un tema tabú, el del homosexualismo o, para ser más precisos, el de la intolerancia.

«Qué bello eres, muchacho. El único defecto que tienes es que no eres maricón»,[iii] expresa Diego, el gay culto delineado por el narrador Senel Paz. Con el fin de ganar una apuesta, en «Coppelia», la «catedral del helado» —famosa en una época por los disímiles sabores en venta y por constituir una concurrida zona de ligue—, Diego se vale de una treta infalible para llevar a su apartamento a una codiciada presa: el joven David, militante comunista por añadidura. Al estrecharse en un abrazo antológico, ovacionado por varios minutos, ya se habían exhibido en algunas muestras audiovisuales de la Asociación Hermanos Saíz dos entonces atrevidos cortometrajes de ficción. Uno mostraba el, para algunos, insólito encuentro fortuito en un ómnibus de dos hombres que deciden trascender sus miradas insistentes; y el otro, las caricias furtivas, primero anónimas, que en el baño de un bar, ofrece alguien antes de jactarse en público de su «hombría».

A poco más de cuarenta kilómetros del «Coppelia», en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), la estudiante chicana Graciela J. Sánchez realizó en 1988 toda una audaz declaración de principios desde la propia introducción de su documental No porque lo diga Fidel Castro: «Conociendo esta represión personalmente, como latina lesbiana, cuestiono la validez sobre todo lo que he escuchado y leído sobre los homosexuales en Cuba».[iv] La producción de la Escuela de Todos los Mundos es parte de ese otro cine generado fuera del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Por espacio de casi veintisiete años transcurridos desde su apertura, los estudiantes desde distintas ópticas, han aprehendido en documentales y en cortos de ficción una multiplicidad de temas, a veces inexplorados por el cine nacional.

No porque lo diga Fidel Castro registra opiniones de personas de diversa procedencia social, sexual o generacional, que para aludir a la homosexualidad apelan a los términos: enfermedad, vicio, deformación, defecto…, así como la de especialistas en educación sexual. Es un título pionero en plasmar ese fenómeno ancestral que es la homofobia, tan arraigada en los habitantes de la isla como el machismo —curiosamente, este último es uno de los temas más recurrentes en la filmografía del ICAIC en más de cinco décadas—.

El nicaragüense Javier Berríos, perteneciente a la primera generación de egresados «eicetevianos», concibió un desolador díptico conformado por Sanos y sanitarios (1990) y Solos y soledades (1991). En el primero prescinde por completo del sonido para que asuman el protagonismo los gestos de los dos hombres que realizan algo «prohibido».[v] Dieciséis minutos de soledad podría denominarse el segundo, en el cual la comunicación de la pareja tiende a ser improbable pese a los intentos por esbozar diálogos. Con gran honestidad y sin la menor vacilación en el terreno abrupto que pisaba, Berríos imaginó una perturbadora crónica, rica en matices, que fue más allá de la sobriedad del blanco y negro.

Esos antecedentes de la aproximación a una temática considerada escabrosa en la Cuba de la última década del siglo xx —y aún promovedora de polémicas—, salieron a la luz, fuera la del farol de un parque o la de un baño público. Senel Paz situó el encuentro de los protagonistas de su exitosísimo relato «El lobo, el bosque y el hombre nuevo» en el «Coppelia», bajo el sol amenazador de derretir la copa de helado de fresa con que irrumpe Diego. Emprendamos una suerte de flashback antes de que este personaje caracterizado por un insustituible Jorge Perugorría, llegue con un ramo de girasoles, un bolso de libros y el «Con permisso» que hizo volver a David a la realidad…

Cuenta la actriz cubano-española Yolanda Farr[vi] en sus memorias una anécdota delirante, repetida a sus amigos, entre ellos Tomás Gutiérrez Alea, para quien realizó el que habría sido el primer desnudo integral en la historia del cine, si no hubiera sido sacrificado en la mesa de edición de Memorias del subdesarrollo. Cierta noche, a mediados de los años 60, ella caminaba por una céntrica acera del Vedado acompañada por un amigo homosexual llamado Sergio. Ambos vestían la moda de aquellos días en que se comenzaban a usar los vaqueros «pitillo», de piernas muy ajustadas. Por supuesto que no se encontraban en los escuálidos comercios de Cuba. El que tenía la suerte de que algún pariente se lo enviara desde el exterior, lo lucía desafiantemente, pues la policía había decidido que aquella prenda era el carnet de identidad de su homosexualidad. De pronto, con gran sorpresa fueron interceptados, pero dejemos que ella misma evoque la experiencia:

«Una perseguidora se detuvo a escasos metros y dos individuos armados y mal encarados se dirigieron hacia nosotros. […] Al llegar a nuestro lado, tras apartarme de un empujón, inmovilizaron a Sergio contra la pared. Quisiera recordar, secuencia por secuencia, palabra por palabra lo ocurrido pero el terror […] me tenía idiotizada. Solo fragmentos de conversación y hechos muy puntuales quedaron grabados en mi memoria, pero eso sí, para siempre. Los policías llevaban en las manos unas gruesas naranjas que intentaron introducir por las piernas de los vaqueros de mi amigo y, al no lograrlo, lo zarandearon y a cajas destempladas lo introdujeron en la perseguidora con estas palabras: «Vamos, cacho maricón».[vii]

La imposibilidad de que cupieran las naranjas era la prueba del delito: su ropa era demasiado estrecha para lo establecido, la prueba evidente de ser homosexual, y esto bastó para conducirlo a una estación de policía. Ese absurdo, pero verídico incidente, habría querido imaginarlo el célebre dramaturgo Virgilio Piñera (1912-1979) para algunas de sus obras teatrales o relatos. Varios años antes, exactamente el 11 de octubre de 1961, en la zona aledaña al Hotel Capri —en cuyo Salón Rojo actuara Yolanda Farr en un espectáculo—, los que se reunían en sus alrededores o simplemente transitaban por allí, fueron testigos y víctimas de la llamada «noche de las tres P», como bautizaron la enorme redada policial contra prostitutas, proxenetas y pájaros.[viii] Esa medianoche, en su casa de la playa de Guanabo, Piñera también fue detenido y durmió en los calabozos del castillo del Príncipe. Tenía el privilegio de reunir varias características exigidas por los perseguidores: homosexual, intelectual y artista sospechoso. Ignoramos si llegó a vestir el uniforme identificativo: un traje a rayas con una gran letra P en las nalgas.

Mientras Gutiérrez Alea —más conocido por Titón— culminaba la filmación de su cuarto largometraje, la comedia La muerte de un burócrata el 19 de noviembre de 1965 fueron creadas las Unidades Militares de Ayuda a la Producción más conocidas con la sigla UMAP. Entre los 25 mil hombres confinados bajo la acusación de religiosos, homosexuales y disidentes, sinónimos de parásitos, vagos y antisociales, allí fue a parar el teatrista Armando Suárez del Villar (1936-2012).[ix] El cineasta le asignaría un papel en Una pelea cubana contra los demonios, que con la perspectiva del tiempo transcurrido desde su primera exhibición pública, el 23 de marzo de 1972, revela ser uno de los más inquietantes de su filmografía, capaz de suscitar innumerables interrogantes en el espectador contemporáneo. Remontarse al pasado para hablar del presente, «cuando la Isla es, finalmente, dueña de su propio destino» —señala uno de los carteles iniciales y la sinopsis argumental— no era tampoco algo ajeno a las inquietudes del creador de una obra de la magnitud de Memorias del subdesarrollo. Fue estrenada en 1968, año de cierre de las UMAP y de la conversión en pulpa del poemario Lenguaje de mudos, del autor holguinero Delfín Prats, laureado en el concurso convocado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), por su carácter homosexual.

La prolongada gestación del guión de Una pelea cubana contra los demonios llegó a ubicarse en medio de un oscuro período generado por el tristemente célebre Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura (celebrado entre el 23 y el 25 de abril 1971). Cuatro siglos después de la cruzada inquisitorial que relata esta película metafórica —situada en el siglo xvii en la región Remedios—, como resultado del Congreso fueron decretadas medidas desencadenantes de un embate represivo con furibundo ensañamiento, intransigencia y fanatismo que llevaron a la marginación de los homosexuales, religiosos y personas de «vida amoral, extravagante y escandalosa» en el ámbito artístico y educativo.

Evitar la «contaminación de la juventud» con esas «desviaciones» constituía el propósito de la llamada «parametración». Es preciso reconocer que el ICAIC —junto a Casa de las Américas y el Ballet Nacional de Cuba— devino un bastión protector de aquellos que en su plantilla «no cumplían con los parámetros sociales», e impidió incorporar cineastas «parametrados» a la innumerable lista de actores, actrices, pintores, escritores y músicos desplazados de sus originales puestos de trabajo. Los límites temporales de esta nefasta etapa trascienden el quinquenio 1971-1976. Sus matices oscilan desde el tono grisáceo convencional, y el negrísimo panorama para los estigmatizados con esta cuestionable política. Todos enfrentaron una encrucijada de tres caminos: el exilio, el suicidio o el silencio. Quienes optaron por recorrer este último, serían reivindicados al cabo de muchísimos años con Premios Nacionales en sus respectivas especialidades: la literatura, el teatro, las artes plásticas…

Tomás Gutiérrez Alea, poco después de concluir Una pelea cubana contra los demonios, remitió en diciembre de 1971, un informe personal a Alfredo Guevara (1925-2013). Titón, acostumbrado ya a no recibir respuesta alguna por parte de la máxima dirección del ICAIC, advirtió en primer término que prefería plasmar en el papel sus pensamientos, creencias y pretensiones. Con entera libertad reconoció ser «un ser humano que, en la medida en que alcanza su plenitud como hombre, se realiza también como artista».[x] En los albores de la séptima década del siglo xx —y la segunda del organismo gestor del nuevo cine cubano surgido en 1959—, el realizador plantea al presidente del ICAIC: «Estamos en el momento más crítico, el momento de las definiciones, el momento en que la lucha ideológica debe alcanzar la máxima intensidad».[xi]

Transcurrieron dos años desde la invalidación por el Tribunal Supremo de la República de Cuba de la Resolución número 3 del Consejo Nacional de Cultura, que estableció los parámetros que limitaban el empleo a los homosexuales en el arte y la educación y fueron restituidos los empleos a los artistas e intelectuales «parametrados». El 14 de septiembre de 1977, en otra extensa carta dirigida a Alfredo Guevara, manifestó Titón: «Estoy convencido, por lo tanto, de que mi contribución como revolucionario y como artista merecen un respeto, una consideración y un reconocimiento que no encuentro en el propio organismo donde debo desarrollar mi trabajo».[xii] El motivo del disgusto era ahora la inexplicable dilación en el estreno nacional de La última cena (1976) un año y medio después de aprobada por la dirección del ICAIC. Para colmo, poner todos los medios a disposición de El recurso del método, la coproducción con firmas de México y Francia que en esos tiempos filmaba el chileno Miguel Littin, pospuso el rodaje de Los sobrevivientes.

Esa cinta, la más buñueliana de las obras de Titón, se estrena el 6 de enero de 1979, en los momentos que David conoce a Diego en «Coppelia» y la intolerancia y la homofobia predominan, aunque Senel Paz especifica que «no hay un uso del tiempo con carácter estricto en cuanto a lo cronológico, no se ve como una película de época, enmarcada en años específicos, sino que se dibuja sobre una problemática y el espíritu de una época, sin fechas excesivamente precisas».[xiii] Senel llegó a La Habana como becado en 1966, procedente de Fomento, su pueblo natal, cuando La muerte de un burócrata era presentada en el Festival Internacional Cinematográfico de Karlovy Vary.

Al cabo de cuatro años del éxodo del Mariel en 1980, de que otro de los tantos proyectos de Titón, El encuentro, fuera relegado por el ICAIC, y tuviera entonces que limitar en Hasta cierto punto (1983) el laberíntico argumento propuesto en un inicio, ocurre la repercusión internacional de Conducta impropia (Mauvaise conduit) largometraje documental francés realizado por el fotógrafo catalán Néstor Almendros y el cubano Orlando Jiménez-Leal. Ante este conjunto de testimonios acerca de las experiencias de varios de los condenados por el delito que le da título en los tiempos de las UMAP —sin señalar su clausura y con ánimo manipulador—, Gutiérrez Alea reaccionó de inmediato. Esta fue una de las preguntas formuladas por el cineasta en respuesta a un texto[xiv] de su viejo amigo de correrías en los años 50 por los cines de barrio, las funciones del Cine Club de La Habana y de la primera Cinemateca de Cuba:

“¿Es que la llamada “homofobia” es un invento de la Revolución? ¿No existe aún en mayor o menor grado en el resto del mundo, y especialmente entre los latinoamericanos? Por cierto, una gran parte de la comunidad cubana de Miami, que no tiene nada que ver con la Cuba revolucionaria, rechazó el filme de Almendros porque sintieron que este sugería que la gran mayoría de los exiliados cubanos eran homosexuales”.[xv]

Con la justificación de acometer Cartas del parque, integrante de la serie «Amores difíciles» que estaba priorizada, el productor chileno Max Marambio interrumpió la prefilmación de «Für Elise», con locaciones escogidas en Colombia, el reparto seleccionado y hasta un plan de rodaje. Gutiérrez Alea escribió el guión de esa «fábula sobre el poder» junto a Eliseo Alberto Diego y García Márquez sobre un argumento de este último original para el cine. Nunca pudo retomarlo por motivos disímiles; sin embargo, quizás con algún entusiasmo por Cartas del parque (1988), divertimento que no significó escapar de la realidad, Titón volvió sobre otra idea del escritor colombiano en el cortometraje Contigo en la distancia. Con esta pieza excepcional en su obra contribuyó a la serie televisiva mexicana «Con el amor no se juega» (1991),[xvi] transmitida en la fecha que la revista cubana Unión publicó «El lobo, el bosque y el hombre nuevo», de Senel Paz, distinguido en 1990 con el premio de cuentos Juan Rulfo, convocado por Radio Francia Internacional y el Centro Mexicano de Cultura en París.

Poseedor de una tumba llena más de proyectos muertos que filmados, Titón intuyó en la historia de esa amistad fundada «sobre la comprensión y el respeto hacia el que es diferente»,[xvii] las posibilidades de arremeter contra dogmas y prejuicios. Coincidió siempre con las declaraciones del autor: «El tema del relato, y ahora el de la película, no es la homosexualidad. La temática abarca mucho más. Es el tema de la amistad y de la intolerancia. […] Es el aprendizaje de la tolerancia; el aprendizaje de admitir las diferencias de otra persona, admitir que el mundo está lleno de personas muy diversas y complejas».[xviii] Como ingredientes adicionales al eje dramático del relato, el sirope añadió elementos de otros dos relatos de Senel: «No le digas que la quieres» y «Alicia Alonso baila en mi cabeza», y, por supuesto, el brillantísimo aporte, la fruta sobre el helado, que significó incorporar el personaje de Nancy. La radiante caracterización por la actriz Mirtha Ibarra de la amiga suicida creada por Senel Paz en Adorables mentiras (1991), dirigido por Gerardo Chijona, demandaba —y aún lo exige— su propia película. Una de las diez versiones del guión de Fresa y chocolate —con el título lezamiano Enemigo rumor—, se alzó con el premio Coral en la categoría de inéditos en el 14. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (1992).

A partir de la premisa universal —y amén de algunos chistes localistas más disfrutables por los espectadores cubanos—, desde su conmocionador estreno, Fresa y chocolate se convirtió en una película parteaguas, oportuna, arriesgada, coyuntural, demoledora de barreras, desafiante, de incuestionable impacto sociológico en la población de la isla, apta al mismo de tiempo para suscitar criterios diametralmente opuestos tanto en Cuba como en el exilio a donde marchó Diego. Tomás Gutiérrez Alea admitió reconocerse «pero sin dejar de ver en ella la mano de los que en ella participaron y, de manera especial, la mano del azar», sobre todo a través de la intervención decisiva de Juan Carlos Tabío.[xix] A dos décadas de su primer contacto con el público (y a solo seis años del estreno en la televisión cubana),[xx] la intensidad de los dos sabores no ha disminuido en lo absoluto. Sobre esta honesta película se ha escrito demasiado, imposible de sintetizar aquí o de aportar algo nuevo, pero por encima de todo: hizo degustar el sabor de la tolerancia, como afirmó Reynaldo González, uno de los más connotados ensayistas cubanos.

Fresa y chocolate gozó de una distribución y resonancia internacional de la cual no disfrutó uno de los títulos mayores en su quehacer: La última cena, insuficientemente valorada por aparecer luego de la trilogía de Sergio Giral que explotó la cuestión de la esclavitud hasta el agotamiento. Los insoslayables elementos críticos presentes en el enfrentamiento entre un joven militante comunista y un homosexual, y el tema de la libertad de elección del individuo fueron (mal) interpretados en el exterior por quienes ignoran que nuestro cine dispone de subvención estatal, como «una película que se le escapó al gobierno de Castro». La difusión de Fresa y chocolate, que lo condujo a recibir el Oso de Plata, premio especial del jurado en el 44. Festival Internacional de Berlín, y a ser nominado al Oscar al mejor filme de habla no inglesa, lo convirtió —para muchos—, en sinónimo de lo más significativo del cine cubano, si bien no alcanza el grado de perfección de otros en la filmografía del propio Tomás Gutiérrez Alea. Cuánto le habría gustado a Titón que Néstor Almendros pudiera haberlo visto. Para esa fecha, el ya célebre director de fotografía de Truffaut, Rohmer y Malick había muerto en Nueva York, el 4 de marzo de 1992, víctima del SIDA.

Concluido el flashback, el resto —para acudir a la socorrida expresión—, es historia… Pienso que una de las reseñas más hermosas fue la del crítico español Ángel Fernández Santos quien calificó a Fresa y chocolate como: «El desesperado canto a la esperanza de una comedia que se mueve, con elegancia y pudor, en el tono elegíaco, escrito bajo el crepúsculo, del poema de un amanecer perdido».[xxi] Recurramos a esa frase ya tan popular del filme que Fidel Castro también hizo suya cuando en una recepción ofrecida por el gobierno en el Palacio de la Revolución a los invitados al Festival de La Habana, convocó a su lado a los intérpretes de la película y les dijo: «Brindemos con la bebida del enemigo… aunque el ron cubano es mucho mejor».

NOTAS:

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Publicado el febrero 26, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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