CONVERSATORIO HOY CON ERNESTO DARANAS EN EL MULTICINE CASABLANCA

Hoy, a las cinco de la tarde, en el Multicine Casablanca, y como parte de lo programado en el espacio “La ciudad simbólica”, estaremos conversando con el realizador cubano Ernesto Daranas. Sobre su filme más reciente, “Conducta” (2014), se ha hablado y escrito muchísimo, pero me gustaría ahora compartir con los amigos del blog esta excelente crítica, aparecida en el sitio IPS.

Everything is a remix o de cómo marcar un hito en la historia del cine cubano

Por Karina Paz Ernand

Everything is a remix

Hace poco descubrí un material perteneciente a una serie que viene realizando desde hace algún tiempo un joven cinéfilo estadounidense y que luego cuelga en Youtube para el disfrute de todos: Everything is a remix. Con un fino humor – pero sustentado en una interesante labor investigativa y un ritmo en la edición que muchos experimentados del cine quisieran llegar a lograr-, este material nos muestra una vez más que la palabra "originalidad" es ya un término caduco si de séptimo arte se trata. Efectivamente: todo es una "re-mezcla"; a diario los realizadores de cualquier latitud van tomando de aquí y de allí para conformar sus "nuevas" obras de arte.

Es por ello que, al disfrutar de Conducta, el reciente estreno del director cubano Ernesto Daranas, mi mente y mi corazón se removieron igual que años atrás, cuando viera por vez primera aquella cinta titulada Mentes peligrosas (Dangerous Minds, EUA, 1995, John N. Smith).

En Mentes…, otra maestra sensible (aunque en una etapa de vida y de experiencia diferente a la de la Carmela de Conducta) lucha, sufre y se estremece ante las "opciones" de vida de un grupo de estudiantes cuyo mayor delito ha sido venir al mundo en un barrio marginal, así como ante la incompetencia y la intolerancia de un sistema educacional caracterizado por el oído sordo y la mano dura. Ni la Michelle Pfeiffer de Mentes... es tan diferente a la Carmela de Conducta, ni aquellos adolescentes están tan distantes de estos niños, ni los barrios de la Habana Vieja dejan de ser tan opresivos y marginales como lo fuera aquella ciudad de los Estados Unidos. Una vez más: Everything is a remix.

Lo que sí queda muy claro en Conducta es que el remix no implica, necesariamente, falta de calidad. Siento no equivocarme al decir que estamos frente a un filme que marcará un hito en la historia del cine cubano. Y es que Conducta retoma, recrea y mezcla elementos no sólo de Mentes..., sino también de muchos otros filmes de diferentes nacionalidades. ¿Qué hay de malo en ello en esta era digital y globalizada, donde el remix resulta un instrumento cotidiano en cualquier manifestación del arte? Lo interesante es que lo hace –y en ello radica su originalidad– para "aterrizar" estos temas en una Cuba y en una Habana, cuyo dolor pasa directamente por las venas de todos nosotros, al igual que por las de Daranas, este cubano que demuestra nuevamente que, además de talento, le sobra sensibilidad.

Conducta que genera conductas

"Todos los años tengo a un Chala en mi aula…y ninguno ha podido conmigo", dice la voz en off de Carmela, a pocos minutos de comenzado el filme. Es la voz de esa maestra de experiencia que todos tuvimos alguna vez y que marcó de algún modo nuestras vidas, aunque no perteneciéramos –como Chala- a un mundo marginal. Pero, a su vez, resulta una frase sintomática. Es como si el filme todo, en la voz de Carmela, rezara una máxima divina "a lo cubano": "Todos los años enfrentamos lo mismo, o más, y esa cruda realidad no ha podido con nosotros."

Conducta es una obra digna de analizar desde su guión hasta su puesta en escena. Poco o casi nada sobra, todo está ahí por alguna razón; desde lo verbal hasta lo visual, desde lo simbólico hasta lo connotado. Es una obra de artesano (en la mejor acepción del término que podamos imaginar): cada detalle parece estar pensado y colocado minuciosamente en su justo lugar.

La historia nos adentra al mundo de Chala, un anti-niño por excelencia que, a pesar de su corta edad, es una suerte de líder marginal en su escuela primaria, entrena perros de pelea para buscar el sustento de su hogar, cuida de su madre drogadicta y posee un expediente de conducta más extenso de lo que el Jefe de Sector de la policía es capaz de manejar. Pero es, a su vez, un amigo fiel; alguien que es capaz de salvar, en un momento límite, al propio rival con quien ha entablado una apuesta; un jovencito sensible que se enamora y aprende a calar con detalles en el corazón de su amada; un alumno que respeta y se preocupa por esa maestra, de quien únicamente recibe amor y apoyo; un ser que sufre ante el dolor de los mismos perros que entrena; un hombrecito en miniatura, que pone los frijoles en la mesa, cuida a su madre golpeada, la aconseja con sabiduría de adulto y sufre enormemente ante sus recaídas… Chala es ese ser humano maravilloso y complejo, producto del micromundo y la época que le ha tocado vivir.

Carmela, a su vez, es la maestra verdadera, aquella (de pocas) en cuyas venas corre a raudales el placer por el magisterio. Ha dedicado la mayor parte de su vida a labrar corazones y forjar conductas… con la integridad de un ser humano que siente que en ello le va la vida. Es un personaje bien equilibrado desde su concepción, donde se mezclan sensibilidad y mano firme, tolerancia y decisión; pero, sobre todo, un personaje que destila honestidad –un bien preciado y raro en esta sociedad actual- por todos los poros de su cuerpo.

Carmela se ve obligada, por enfermedad, a abandonar el aula durante varios meses. A su regreso, no solo la conducta de Chala ha cambiado en su clase. Carmela lucha contra las transformaciones ocurridas, mientras la relación entre la veterana maestra y el niño se hace cada vez más fuerte; pero este compromiso pondrá en riesgo la permanencia de ambos en la escuela.

El mayor acierto desde el punto de vista de guión, pudiéramos tal vez ubicarlo en el hecho de que Daranas logre imbricar otras microhistorias o microconflictos, que introducen a su vez temas álgidos dentro de nuestra sociedad (la emigración interna, el fenómeno de los maestros emergentes, el tema de los presos políticos, la emigración familiar…), sin desviarse de su cauce original, de su historia primera. Estas subtramas no distorsionan ni distraen nuestra mirada; más bien la enriquecen y le aportan nuevas dimensiones, nuevos significados, sin interferir en la progresión dramática. Chala no sería el mismo sin los conflictos que se generan constantemente a su alrededor: sin su novia "palestina" que teme la obliguen a regresar a su provincia, sin su amigo con el padre preso por temas políticos, sin el supuesto padre entrenador de perros de pelea, sin su madre drogadicta y reacia a la rehabilitación. Carmela tampoco sería la misma sin su familia que ha emigrado a otro país, sin la joven maestra emergente para quien la veterana resulta una rival, sin la funcionaria del Ministerio de Educación "que nunca entiende nada".

Pero, si bien el guión resulta acertado, merece un destaque especial el tratamiento fotográfico y, en general, la visualidad toda del filme. Ciudad y personajes son fotografiados en tonos ocres y grises, sin gradaciones alternativas (como tampoco encuentran ellos mismos alternativas para sus existencias). ¿El escenario?: una Habana tan destruida como las vidas de quienes la habitan. Una vez asimilado ese macroescenario primigenio, nos adentramos en los espacios particulares donde se mueven nuestros personajes y que denotan una exhaustiva y concienzuda selección de locaciones, junto a una esmerada dirección de arte. Los espacios no son aquí meros escenarios; trascienden sus propias fronteras para entrar a dialogar en el discurso narratológico.

Nos encontramos entonces con un edificio multifamiliar donde vive Chala, lúgubre y sombrío, con el formato de escaleras espirales que parecen conducir, irremediablemente, al mismo punto sin salida. Ya sea que bajes o subas, te espera siempre lo peor: arriba, el cuidadero de perros de pelea; abajo, la calle y su cruda realidad; en el medio, el tormento de una existencia ¿familiar? El cuarto donde habita el niño merecería todo un análisis semiótico. Aunque el tiempo y el espacio no alcanzan para hacerlo, al menos apuntar algunos aspectos significativos: puerta de entrada enjuta que dificulta el paso, cuarto pequeño, opresivo, casi sin ventanas (simula más una celda que un espacio habitacional), con un mobiliario tan pobre y escaso como las esperanzas de quienes lo moran. Interesante, en este sentido, la escena donde madre e hijo se nos muestran dormidos, separados apenas por una pared improvisada que subdivide inútilmente el minúsculo espacio, tanto como ellos mismos se distancian y aproximan a cada momento. Más allá de mostrar el hacinamiento, esta vista cenital los aplasta a ambos, los oprime, física y emocionalmente.

Pero ese mismo edificio guarda en sí otras dimensiones de significado. No parece casual que el criadero de perros de pelea se encuentre en la azotea, el punto más elevado (algo así como "el infierno en el lugar del cielo"). Pero este espacio resulta para Chala, a la vez, su perdición (perros /violencia) y su liberación (palomas; es también donde esconde y lanza las pastillas y la bebida de su madre). Es el lugar donde el niño descubre por vez primera el dolor de la muerte y también donde experimenta el placer de una lectura que comienza a mostrarle nuevos horizontes.

Con la escuela sucede otro tanto. Allí también hay ausencia casi total de ventanas, potenciando una atmósfera viciada y asfixiante. Un espacio pequeño donde los chicos se aglomeran, chocan entre sí en medio del receso, provocando interacciones más cercanas a las prácticas carcelarias que a las de un centro educacional. Igualmente significativa resulta la enorme escalera que tanto le cuesta subir a Carmela (lo mismo sucede en su casa), parábola de los obstáculos que está dispuesta a vencer cada día. Nos lo refuerza uno de sus parlamentos durante la fatídica reunión con los funcionarios de educación: "Yo solo me voy a retirar cuando no pueda subir esas escaleras".

Pero no es Carmela la única que enfrenta obstáculos simbólicos ni reales: no puede resultar casual el hecho de que la mayoría de los personajes suban y bajen escaleras todo el tiempo durante el filme. Curiosamente, el único lugar donde no hay escaleras es la escuela de conducta. El espacio que pudiera imaginarse más agresivo, pareciera comenzar a despojarse de obstáculos con esta ausencia simbólica (¿premeditada?). Pudiera guardar cierta coherencia con el hecho de que quien dirige este centro es un hombre que ve en Chala el reflejo del niño que fue; un hombre que trata a sus internos con mano dura, pero con afecto casi paternal; un ex-alumno de Carmela que parece ser el único de los personajes en recapacitar sobre su conducta oficialista e institucional, y tomar partido, abiertamente, en favor de Chala y de su antigua maestra.

El único lugar que se muestra poco es la casa de Carmela. Cuando estamos en ella casi vemos desaparecer los planos generales. Toman su lugar planos americanos y primeros planos (desayuno que prepara a Chala, Carmela al teléfono, entregada a la revisión de libretas o poniendo una velita a la Caridad del Cobre). Aquí el espacio no interesa… porque no resulta agresivo; solo importa quién lo habita y sus conflictos internos. Es a ella, entonces, a quien se acerca la mirada. De igual modo la cámara continúa descubriéndonos a este personaje en la escuela, en cada uno de los momentos de intimidad que comparte con sus alumnos y que son verdaderas lecciones de vida que van caracterizándole. Uno especial resulta cuando enfrenta a sus alumnos para intentar explicarles -con la mayor naturalidad posible- lo irracional de las acciones con que la están enjuiciando, y así enseñarles el valor de no rendirse y luchar por lo que uno considera justo; mientras, a sus espaldas, la pizarra anuncia una clase de Educación Cívica cuyo Asunto se refiere a la Constitución de la República. Al discurso verbal se suma entonces el discurso visual, aportando una relectura más profunda.

Otra locación interesante resulta la casa de Yeni, el gran amor de Chala, la niña "palestina" que es la mejor de su clase, pero vive ilegal en La Habana. Una casita en extremo humilde, una existencia en precarias condiciones, pero que significa la única posibilidad de probar mejor suerte en la capital de ¿todos? los cubanos. Signada por el sonido constante del tren que pasa por las líneas cercanas a la improvisada vivienda, su vida lleva siempre la cruz del viaje a cuestas. Ante la pregunta de su maestra sobre si no le molesta, Yeni responde inocentemente: "Casi ni me doy cuenta, ya no lo escucho". Pero aunque "ya no escuche", todo lo que rodea a la niña (su casa, los vagones vacíos donde practica baile español con sus amigas y se encuentra con Chala) simboliza ese viaje obligatorio de retorno que ella se verá forzada a emprender. Un Héctor Noas de ojos arios interpreta a Pablo, su padre. ¿Fortuito? Tampoco lo creo. La desmitificación de esa imagen mestiza del "palestino" que se encuentra en el imaginario colectivo, el trastocarla por una imagen de "superioridad racial", pudiera estar discursando sobre la imposibilidad de salvación –a pesar de todo– en una Cuba dividida, donde elegir el lugar donde deseamos vivir todavía no es una opción y donde "ser palestino" se convierte en una suerte de letra escarlata o estrella judía, que hace juzgar a seres humanos legal y socialmente.

Detrás de Conducta

Conducta no solo tiene detrás un buen guión y un buen director, aunque el hecho resulta indiscutible. En ella han sido puestas muchas manos experimentadas que Daranas ha tenido la inteligencia de aunar. Se siente el oficio y la sensibilidad indiscutible de una Mariela López, que como nos deslumbrara antes en La sombrilla amarilla, lo hace ahora nuevamente aportando un casting de excelencia y demostrando las maravillas que se pueden sacar -con un buen entrenamiento– de niños sin experiencia previa en la actuación. Alejandro Pérez y Erick Grass conforman el binomio perfecto, haciendo que la dirección de fotografía y de arte simulen una sinfonía impecable, concebida sin disonancias; al tiempo que Pedro Suárez aporta la objetividad y sabiduría de siempre en la edición, haciendo a un lado ese enamoramiento que los directores suelen experimentar por cada toma filmada y permitiendo que todo quede (o no) en su justo lugar.

A ello se suma la excelencia habitual de una Alina Rodríguez en el papel de Carmela, acompañada por la frescura del joven Armando Valdés Freire como Chala. Otros nombres destacan: Silvia Águila, Yuliet Cruz, Miriel Cejas, Tomás Cao, Armando Miguel Gómez… y un grupo de niños maravillosos, cuya mejor escuela de actuación parece haber sido la vida. Lo interesante radica en que experimentados y noveles alcanzan un nivel elevado al unísono, lo cual nos habla de un trabajo denodado en la dirección de actores.

Un filme ¿optimista?

No me atrevería a afirmar que Conducta sea, precisamente, un filme optimista… tal vez sí. Pero, a diferencia de Los dioses rotos, me aventuro a llamarle "un filme de reafirmaciones positivas".

Más allá de los tumbos que la vida hace dar a cada personaje, este segundo largometraje de Ernesto Daranas no deja un sabor amargo en los labios. Cada minuto de metraje está lleno de reafirmaciones positivas; eso que va más allá de la espontaneidad del pensamiento incontrolado; eso que sí podemos proponernos como máxima de vida y que radica en dejar a un lado las negatividades (aunque ellas nos toquen a la puerta a cada instante) y reforzar lo que de positivo puede tener cada situación en la vida… o cada ser humano. Todos los saberes que hemos aprendido, y que no nos resultan convenientes, podemos también desaprenderlos.

Ejemplos encontramos a raudales en Conducta. Pudiera –por citar uno- haberse diluido una de las subtramas en los conflictos sociales que ha generado el surgimiento de los maestros emergentes. Por el contrario, se centra en la enseñanza que va ofreciendo esa maestra de experiencia a la otra más joven y rebelde ante los primeros cuestionamientos, haciéndole transitar por diferentes fases (rebeldía/admiración/aprendizaje), hasta que comienza a sangrar por las mismas heridas y a imitar conductas. Carmela saca lo mejor de cada personaje. El Jefe de Sector y los funcionarios de educación la respetan. La madre drogadicta la evade, porque a su forma también la admira y no desea verse cuestionada por ella. Logra sensibilizar a un "tipo duro" como Ignacio y le hace enfrentar su responsabilidad de supuesto padre. Ha logrado "reformar" a tantos niños del mismo medio, que incluso uno de ellos llega a convertirse en el director de la escuela de conducta…y hasta último momento continúa recibiendo de ella lecciones de vida.

La escena final es una de las más conmovedoras. A pesar de (o incluso por) ocurrir fuera de cámara, sólo con voz en off, no se desdramatiza, sino que adquiere nuevos valores de significancia y se convierte en una nueva afirmación positiva. Aún cuando no sabemos el resultado que tendrá la fatídica reunión y Carmela ha salido lacerada y triste, escucha la voz de Chala y su rostro se ilumina nuevamente. A pesar de todo, con el "Buenas tardes" final, Carmela nos demuestra que no se rinde… y continúa dándonos clases de conducta.

Más allá de Conducta

Ernesto Daranas va paso a paso. No resulta el clásico director joven que acaba de estrenar su segundo largometraje, que no es más que uno de los primeros tanteos cinematográficos en su carrera. No. Aunque lo más probable es que no fuera consciente ni premeditado, Daranas ha sido sabio: se entrenó mucho antes con el documental y el unitario de ficción para televisión, donde también obtuvo lauros. Ha ido, de a poco, desarrollando una sensibilidad especial para adentrarse en los conflictos humanos. Y llega ahora al largometraje de ficción con los años de vida y la experiencia que pocos directores del cine cubano aguardaron tener.

Si bien Los dioses rotos encantó a muchos –aunque opino quedaran algunos cabos sueltos por atar-, insisto en que Conducta resulta una obra mucho más madura y acabada. En ella, profundidad no se confunde con ese falso metadiscurso filosófico que muchos filmes ostentan para ocultar la vacuidad de significados y significantes. Con la simplicidad del "cubaneo" (que va desde la fraseología y la sabiduría popular, hasta ese espíritu nuestro de reír para no llorar), cala profundo en el dolor de una Cuba que también se re-mezcla y se re-inventa a diario para subsistir. Sin tapujos, sin miedos, sin dobles moralismos, arremete contra muchos de los conflictos pujantes en la sociedad cubana actual. Pero no lo hace desde la irreverencia despiadada o la crítica soez, sino desde la sensibilidad de un cubano "de a pie", que sufre por su ciudad y por su país. Daranas nos da una verdadera lección de conducta cinematográfica y de vida.

Aspectos mejorables y/o criticables puede que haya muchos en este filme. Pero dejémoslos para un segundo o tercer visionaje. Por esta primera vez, permitámonos disfrutar de lo positivo (que es mucho) de una Conducta que promete hacerse de un lugar especial dentro de la historia del cine cubano.

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Publicado el febrero 19, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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