OTRA OPINIÓN CRÍTICA SOBRE “CONDUCTA” (2014), de Ernesto Daranas

CONDUCTA: UNA PELÍCULA NACIONALISTA Y MARTIANA

Por: Antonio Enrique González Rojas

Es así la virtud (…), siempre que en un espacio o localidad determinada falta en muchos, en uno solo se recoge, para que no se altere el equilibrio y venga a padecer la armonía humana.

José Julián Martí y Pérez, 1884

Si algo de la película Conducta (Ernesto Daranas, 2014) quedará en mi memoria, y creo que en la conciencia colectiva de los cubanos de este y quizás de los venideros siglos (me arriesgo a afirmar), es la acción que alrededor de la mitad de la cinta devela uno de sus conceptos axiales: la pionerita Yeni (interpretada por Amaly Junco) colocando una efigie de la Virgen de la Caridad del Cobre en el clásico mural político-cultural de un aula de sexto grado de una escuela cubana, laica, politizada y conservadora. Este gesto, fluído como toda acción espontánea y sin subrayados extradiegéticos, quizás encierre más gloria para Cuba que el llevado y traído grano de maíz, pues desde la sencillez de las cosas grandes, exhuma de la fosa común de los clichés y revivifica la martiana “fórmula del amor triunfante: Con todos, y para el bien de todos…”*. En la fílmica nacional, quizás sólo tenga parangón tal imagen, como manifiesto palmario de nacionalismo auténtico, por encima de cualquier intento de reducir a la nación a un canon político coyuntural, con el David de la cinta Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea & Juan Carlos Tabío, 1993), colgando un brazalete de M-26-7 y otros elementos post-1959, en el otro mural-santuario erigido a la cubanidad por su amigo Diego.

Igual que esta antológica cinta, temprana promotora de la re-expansión de la noción de cubanidad desde el diálogo entre todos los cubanos, allende las alambradas ideológicas importadas y plantadas en el juego de trincheras “frías” suscitado en la historia isleña del último medio siglo, Conducta tributa también al armonioso entendimiento entre las generaciones convivientes en la Isla, con el desarrollo de la tierna y emotiva interacción entre la añosa maestra Carmela, interpretada por Alina Rodríguez, con algunos perdonables excesos de patetismo, y su marginalizado alumno Chala, asumido por el debutante Armando Valdés desde una sorprendente organicidad y la enjundiosa contención conseguida, además de su talento innato, a fuer de buena dirección actoral.

Apartado éste que en la segunda cinta del director de Los dioses rotos (2008), consigue los mayores éxitos entre los intérpretes niños sin experiencias histriónicas previas, más que en la zona adulta, donde los sólidos coprotagónicos de Carmela, el marginal Ignacio (Armando Miguel Gómez), la abisal madre Sonia (Yuliet Cruz), y el significativo cameo de Héctor Noas (como el inmigrante holguinero Pablo), no son respaldados a cabalidad por unos secundarios que llegan a abocarse a la caricatura, como la villanesca Raquel, de Silvia Águila o la rígida maestra sustituta Marta, asumida por Miriel Cejas. La primera no resulta despropósito a lamentar, en tanto busca ser summa de la intolerancia burocrática, al estilo de los directivos que terminan extinguiendo la chispa revolucionaria sembrada entre el alumnado de la Academia Welton por el profesor Mr. Keating (Robin Williams), en la cinta El Club de los Poetas Muertos (Peter Weir, 1989); pero la joven maestra primaria, vista como el relevo de Carmela, en plena transición del formalismo instructivo a la epifanía educativa, no consigue mantenerse a la altura con la gélida caracterización de la Cejas. Aun así, consigue el área histriónica en sentido general, compensar las carencias de la fotografía, correcta, de colores diáfanos y brillantes, pero convencional hasta la neutralidad no intencionada. Secundada por una iluminación igualmente poco significante, el mayor acierto de esta zona es el cuidado énfasis en los rostros de los personajes.

Diseñada Conducta como dardo conmovedor que incida y se retuerza en la plena sensibilidad del cubano, sin llegar a los excesos melodramáticos de la más pretenciosa Barrio Cuba (Humberto Solás, 2005), Daranas lanza con ella un discreto y evangelizador mensaje de conciliación, esperanza y fe en el mejoramiento humano (interprétese “cubano”) y la utilidad de la virtud, tantas veces referida por Martí, en medio de un contexto hostil, alfombrado con los cadáveres de los códigos de valores y esencias piadosas de antaño, por los cuales se rige y aboga la maestra Carmela sin pedantes e hipócritas reclamos, sino desde una consecuencia, solidez espiritual y estoicismo digno de Gandhi.

Con esta actitud, el personaje viene a engrosar las filas de ilustres profesores del celuloide y el arte mundial, como el referido Mr. Keating; el catedrático victoriano de las dos versiones cinematográficas de Good Bye, Mr. Chips (interpretado por Robert Donat en 1939 y por Peter O´Toole en 1969); el profesor de música (Richard Dreyfuss) de El opus de Mr. Holland (Stephen Herek, 1995), el historiador Mr. Hundert, encarnado por Kevin Kline para El Club del Emperador (Michael Hoffman, 2002), o la emancipadora profesora de Historia del Arte Katherine Watson (Julia Roberts) de La sonrisa de la Mona Lisa (Mike Newell, 2003). Educadores todos sostenidos sobre pilares humanistas y morales de basamento antiguo, que no atávico, o sobre un espíritu libertario, que llaman indistintamente a la cordura en medio de situaciones de crisis, a la valiente trascendencia de uno mismo hacia un ser mejor, manteniendo prendida una leve llama como fanal de virtud aún contra los despropósitos normados y legislados.

Como contraparte, el temerario y noble Chala resulta figura central de la suerte de bildungsroman en su primaria etapa deljugendlehre, que también deviene Conducta. Es el discípulo fértil donde la educadora coloca su simiente nutricia a pura paciencia y fe. Metáfora hecha carne de una generación de cubanos, hijos y nietos del Hombre Nuevo, ajenos a la Utopía en que nacieron sus progenitores, el carácter de crisálida, de diamante en bruto que es este niño, es subrayado un tanto tautológicamente a lo largo de todo el metraje, con el manido recurso de la paloma echada a volar, algo agotado en el cine ya por el clímax de Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Con más efectividad, el realizador establece una relación semiótica con Sultán, el perro de pelea que el Chala cuida y con el cual gana el pan diario, marcando la derrota del can invicto uno de los giros fundamentales en el devenir del pequeño héroe, en una cuerda muy semejante a los Amores perros (2000) del mexicano Iñárritu.

Muy necesaria por evidentes razones extrafílmicas, Conducta no deja de marcar un jalón igualmente significativo en el audiovisual cubano de largo metraje de los últimos años, desde la armónica conjunción conseguida entre emotividad y conceptos sólidos durante casi toda la obra, a resguardo de excesos lacrimógenos; precisamente, como mérito significativo, se alcanzan las mayores cumbres sentimentales desde las acciones más discretas. Fábula de redención, piedad y fe en las esencias más puras del ser humano en lóbrego contexto, lejos de cualquier revisitación pintoresca a la historia del “buen salvaje”, al estilo de Habanastation (Ian Padrón, 2011), la propuesta de Daranas se sostiene en personajes coherentes y profundos, colocados en una historia compleja, bien contada, cuyo final es esperanzador más no feliz, pues lejos está el Chala y Cuba de encontrar la olla de oro al final del arcoíris. Pero al menos tienen una segunda oportunidad para continuar su búsqueda.

Nota:

*Discurso pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa el 26 de noviembre de 1891

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Publicado el febrero 11, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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