JOSÉ MARÍA VITIER SOBRE SU EXPERIENCIA EN “FRESA Y CHOCOLATE”

El cine cubano ha contado con las contribuciones de excelentes músicos. Sin embargo, los resultados de esa colaboración habría que medirlos no tanto por la excelencia del músico, como por la complicidad creativa que su oficio conseguiría establecer con el filme en su totalidad.

Lamentablemente no abundan los textos que, desde la perspectiva de los músicos, nos expliquen las peculiaridades de ese vínculo. Sí han nacido textos hoy clásicos, como la carta que en su momento le enviara Titón a Leo Brouwer, explicándole lo que quería lograr con la música de La última cena. Pero no abundan las reflexiones teóricas de los creadores musicales. Por eso he querido compartir estas ideas de José María Vitier, a propósito de su experiencia en Fresa y chocolate (1993), también de Gutiérrez Alea.

JAGB

FRESA Y CHOCOLATE. MI EXPERIENCIA

Por José María Vitier

Cuando, hace ahora más de 5 años, recibí el ofrecimiento de hacer la música para Fresa y chocolate, la noticia no podía ser más excitante. Se trataba de trabajar con Titón, una de las leyendas vivas de nuestro cine, que, por demás, tenía justificada fama de profundo conocedor de la música, músico él mismo y creador de filmes, cuyas bandas sonoras, casi siempre asignadas al gran maestro de nuestra música contemporánea Leo Brouwer, eran un ejemplo de austeridad sonora, sentido del espectáculo, e intencionalidad. Probablemente lo primero que un compositor para cine debe plantearse es qué lugar debe ocupar la música en el montaje general de un filme. Y de eso trataron nuestras primeras conversaciones. Titón era capaz de explicar con precisión musicológica (con detalles de estilo, tempo y orquestación) qué necesitaba para cada secuencia. Y sabía que añadir música a una escena es una operación delicada cuya regla de oro podría sintetizarse así: si no es imprescindible, probablemente estorba. También poseía la rara capacidad de comprender la banda sonora como un todo, integrando diálogos, efectos, música y… silencios.

La película, por su tono intimista, por el diseño de sus espacios interiores, y sobre todo, por el rico y sutil marco de referencias intelectuales que planteaba el guión (incluyendo el empleo de fragmentos musicales preexistentes provenientes de la tradición operística europea y de nuestra propia tradición musical) proponía al compositor el reto de hallar un equivalente sonoro que respondiera a los requerimientos sicológicos y éticos de la historia, una música que emergiera de la misma zona espiritual de nuestra cultura que la propia película reivindica, y, finalmente una música que constituyera ella misma, por así decirlo, un argumento más en el discurso ideológico del filme. El abrazo final de los dos protagonistas, que estremeció el ambiente cultural de mi país, entraña toda una toma de partido de los realizadores y está solucionado en los términos musicales de una danza lenta, alegoría del mundo frágil pero resistente del marginado, una melodía que en sí misma ya quisiera contener la ambigüedad de estos seres, su drama y su redención.

Tomado de “Cinémas d’Amerique Latine”, Nro. 8, Año 2000, p 86.

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Publicado el enero 31, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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