LA VACA DE MÁRMOL (2013), de Enrique Colina

La vaca de mármol y las Memorias del Pseudodesarrollo

Por Antonio Enrique González Rojas

Entre las filas de los creadores cubanos de todas las épocas postcoloniales, desde el decimonónico Ramón Meza (“Mi tío el empleado”) y Jorge Mañach con sus “Estampas de San Cristóbal”, hasta Eduardo Robreño, Enrique Núñez Rodríguez y Ciro Bianchi, quienes se han dedicado a viviseccionar a sangre fría e ironía indistintamente caliente, el cosmos cotidiano nacional, forjando la compleja filigrana de la microhistoria crítica cubana, tiene un lugar bien ganado el crítico de cine y realizador Enrique Colina. Afortunado sujeto es entre sus semejantes, por confluir en su acervo las destrezas analíticas, pedagógicas (no menos que una en verdad efectiva "universidad para todos" del cine fue su antológico programa “24 x segundo”) y creativas, sellando por una vez la (no siempre) maledicente sentencia de que un crítico audiovisual es un realizador frustrado.

…sigamos un poco más con el preámbulo, quizás necesario.

Ingeniosas e hilarantemente amenas obras documentales como Estética (1984), Vecinos (1985), Más vale tarde…que nunca, Jau y Chapucerías (los tres de 1986) definieron junto con ficciones contemporáneas como Se permuta, Plaff o Demasiado miedo a la vida (Juan Carlos Tabío, 1983 y 1988) y Los pájaros tirándole a la escopeta (Rolando Díaz, 1984), una corriente lúdico-deconstructiva de ciertos estratos y procesos sociales cubanos que delataban rasgaduras superficiales de la Utopía, a unas dos décadas de la revolución de 1959. El marcado sesgo de inmediatez e intenciones reporteriles de las piezas facturadas por Colina, más allá del empleo de recursos fictivos como deliberadas puestas en escena en pos de metáforas efectivas acerca de los planteamientos de marras (sobre todo en Más vale tarde…), ya venía delatando las carencias de una prensa hegemonizada por la oficialidad ergo el optimismo apologético, el escamoteo de enormes zonas problémicas. Todo esto sólo se ha agudizado más y más en el presente, con el consecuente canje de roles entre los periodistas oficiales y los realizadores casi siempre independientes.

La problematización de males laborales, de convivencia, de servicio social, de visualidad, iba en estos materiales calzada por un agudo sentido del humor, una sagacidad periodística y una ágil capacidad narrativa cuya jocosidad no saboteaba la "seriedad" de los conflictos, sino que coadyuvaba a subrayarlos sin perder la empatía inmediata con los públicos, ayudado además por el empleo de constantes guiños a la cultura popular, como todo buen y orgánico costumbrismo.

Alcanzaron estas propuestas el status de precursoras, dando paso, justo al borde, durante y tras la debacle cubana de los años 1990, a propuestas más agrias y menos bromistas como Un pedazo de mí y El fanguito (Jorge Luis Sánchez, 1990), de lo que no estaban exentas hasta las contentivas de cierto enfoque humorístico como la terrífica Utopía (Arturo Infante, 2004), excepcional ficción que saja las entrañas de la realidad al estilo de la propia Más vale tarde…; De-moler (Alejandro Ramírez, 2004), De buzos leones y tanqueros (Daniel Vera, 2005), Existen (Esteban Insausti, 2005), Buscándote Habana (Alina Rodríguez, 2006), Zona de silencio (Karel Ducasse, 2007), Close up (Damián Saínz, Roger Gutiérrez, 2008), ConversEMOS (Christian Torres y Hansel Leyva, 2008), Que me pongan en la lista (Pedro Luis Rodríguez, 2009), En primera persona (Yassel Iglesias, Alberto Acosta y Amador Busutil, 2010), Espacios desocupados (Alysa Nahmias y Benjamin Murray, 2011), Guardados en un cristal (Mauricio Abad, 2011) y Entropía (Eliecer Jiménez, 2013), entre otros, sin olvidar las impactantes secuencias iniciales de pura revisitación histórica de Memorias del Desarrollo (Miguel Coyula, 2010).

…en fin, vamos al documental.

Remontando un irregular sendero estético-discursivo, estas piezas recrudecen consecuentemente la crítica legada por los precursores como Colina, quien desde propuestas más recientes como Los Rusos en Cuba y la Eterna Amistad (2011) ha girado su compás del cronista al testimoniante, desde el análisis de dinámicas sociales inmediatas, hacia el recordatorio amargo de épocas pretéritas aún sangrantes de las fue protagonista, como la eterna subordinación de Cuba a una potencia mundial durante sus últimos quinientos años de historia; en este caso la URSS, tercera en una lista encabezada por España y los USA, seguida por Venezuela y otros por venir.

Sobre semejante cuerda, Colina hace nuevos volatines con su más reciente título La vaca de mármol (2013), otra mirada a la última época "paradisiaca" en Cuba, cuando la bestia conocida como Ubre Blanca emergió a la palestra pública como uno de los tantos símbolos de la prosperidad socialista local, en abierta competencia con antípodas capitalistas de la vecindad, específicamente la vaca estadounidense Linda Allen. Súmase así otro jalón a la cartografía artística cubana de la vaca, rasero icónico de la abundancia y la carestía nacional, ya abordada en el arte criollo desde la rareza zoofílica del documental Hasta que la muerte nos separe (Marilyn Solaya, 2001) hasta el mortal dilema ético-generacional de la obra teatral “Carnicería” (Ulises Rodríguez Febles, 2002), o como protagonista de la conspiración expuesta en el divertido falso documental Operación Alpha (Ricardo Figueredo, 2011).

La vaca de mármol busca revisar entre estas ya amarillentas Memorias del Pseudodesarrollo para, más allá de exponer con chatura los acontecimientos que llevaron a la implantación del record Guinness al mayor rendimiento de una ordeñada (110,9 litros), revertir el simbolismo de antaño para redimensionarla como ícono de la pretensión.

Intenta conseguir esto mediante el entretejimiento de los testimonios de los criadores de la finca "La Victoria", en la Isla de Pinos, de veterinarios involucrados directamente con Ubre blanca, con entrevistas a intelectuales como Nelson Herrera Isla y Leonardo Padura, quienes ofrecen una muy somera caracterización de la época, sin conseguir sustentar una tesis sólida donde se equilibren y complementen las aristas anecdótica y conceptual.

El guión y el montaje se delatan errabundos en tanto resulta inorgánico el engarce de las convencionales talking heads (filmadas con cierto desaliño) con recursos que persiguen agilizar y enriquecer la narración como la animación, la representación fictiva, los efectos visuales.

Especial subrayado merece el happening articulado por Colina en el capitalino Boulevard de San Rafael, donde es arriada una vaca alegórica a Ubre Blanca para dinamitar las percepciones de los transeúntes casuales y registrar las reacciones de los cubanos urbanos, capitalinos, con marcados tintes marginales. Tal suceso, que pudo ser el gran leiv motiv de todo el documental, en sustitución de la apagada y trillada aula de pioneritos que definen la vaca o de la propia animación inicial (no más ingeniosa que los ilustres precedentes británicos de Monty Python o las secuencias de las cubanitas Alicia en el pueblo de Maravillas y Lisanka, ambas de Daniel Díaz Torres) acompañada de la voz en off del propio Colina, irrumpe hacia las postrimerías de la obra, carente de la fuerza expresiva que merecía y que hubiera irradiado como suceso axial, como fallido clímax de una obra cuya tesis tiende a diluirse entre la llaneza expositiva y el ingenio ya ingenuo de una propuesta afortunada en tema, pero desafortunada en concepción.

Publicado el enero 30, 2014 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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