OCTAVIO CORTÁZAR SOBRE SUS INICIOS EN EL CINE

Una de las cuestiones que más me interesaría fomentar en los estudios del cine cubano es la perspectiva de conjunto a la hora de hablar de nuestras películas, su público, y su crítica. Esta es una idea que he reiterado tanto que temo parecer, al final, monotemático. Pero como se me antoja un asunto de gran importancia académica, pues insisto en la misma.

Lamentablemente, la perspectiva icaicentrista (esa que narra la historia del cine cubano como si se tratara de la historia del ICAIC), sigue dominando en nuestros enfoques y estudios. Es cierto que ya es un poco más natural encontrar indagaciones que buscan examinar lo alternativo, o lo que (puede ser que hasta de modo involuntario) ha quedado sumergido bajo el peso de “la Historia Oficial”. Pero no basta.

En lo personal me interesa dejar a un lado esa mirada demasiado frecuente que tiene a exaltar fechas únicas de fundación, para buscar en lo que me gusta llamar “la historia fangosa”. Es allí, donde todavía las sofisticadas catedrales que hoy admiramos ni siquiera se han comenzado a perfilar, donde uno puede encontrar parte de las motivaciones e intereses humanos que empujaron a un grupo de personas a hacer esto o aquello.

Llevándolo al caso concreto de los cineastas cubanos que fundaron el ICAIC, siempre me ha interesado indagar en su formación primigenia. ¿Dónde adquirieron el gusto por el cine?, ¿cuáles eran las ideas que discutían y en qué espacio ponían de manifiesto sus consensos y disensos? Más que los nombres propios, me interesa retomar el espíritu de la época. Una época que hoy es inevitable interpretar desde lo político, pero que es preciso rescatar en todas sus dimensiones, si de veras queremos obtener una imagen que deje a un lado lo maniqueo, o lo francamente caricaturesco. Dicho de otro modo, que recupere a los seres humanos que hacían posible la vida cultural de entonces, con sus luces y sus sombras. Con sus virtudes y sus limitaciones (las mismas que nos evaluarán a nosotros dentro de cinco décadas).

Este fragmento de la conversación que en su momento sostuvo el cineasta cubano Octavio Cortázar (Por primera vez; El brigadista) con Orlando Castellanos, puede ser revelador de la importancia que para no pocos (léase Tomás Gutiérrez Alea, Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros, entre otros) tuvieron aquellos espíritus aglutinantes de Germán Puig y Ricardo Vigón, cuando crearon en la década del cincuenta la Cinemateca de Cuba.

Juan Antonio García Borrero  

 

OCTAVIO CORTÁZAR SOBRE SUS INICIOS EN EL CINE

Orlando Castellanos: Vamos a hablar ahora acerca de tu inclusión en este mundo de la cinematografía.

Octavio Cortázar: Bien. Como te estaba diciendo, año 50, aquella película… Te pudiera decir que ya el próximo paso fue, en el año 1952, 53, vincularme a la Cinemateca de Cuba, que comenzaba a funcionar de una manera embrionaria. Entonces los directores de la Cinemateca –Germán Puig y Ricardo Vigón-, consiguieron unas películas del Museo de Arte de Nueva York y comenzaron a dar un ciclo de películas del cine silente, en el recién creado Palacio de Bellas Artes. Allí se vio Intolerancia, El nacimiento de una nación, un grupo de películas importantes. Vi otra película que a mí me marcó: La madre, de Vsièvolod Pudovkin, que me impresionó extraordinariamente, una película muda del año 26, que es una obra maestra, ¿no? En aquel momento yo no tenía conciencia de que el cine mudo era un cine de arte, y las películas que vi en aquel ciclo, en el Palacio de Bellas Artes, me impresionaron mucho. Y en particular siempre recuerdo La madre, por el poder expresivo, y Dura Lex, de Kulechov. Las posibilidades expresivas que tenía el cine, la fuerza expresiva que tenía el cine, y para mi sorpresa, la fuerza expresiva que tenía el cine silente, lo descubrí allí.

Recuerdo escenas y secuencias que me impresionaron, como la escena del deshielo, o la secuencia donde un carcelero se caracteriza como una gente muy cruel, que empieza a hundir un insecto dentro de un pastel, cosas de ese tipo, que me permitieron intuir que aquel era un medio expresivo extraordinario. Pero en aquella época, en Cuba, no había cine; la industria del cine era una industria francamente inexistente. O sea, existía un sindicato al que era muy difícil acceder, se hacían películas más bien en coproducción. Más que películas en coproducción, ese pequeño grupo de técnicos lo que hacía era brindarles servicios a compañías norteamericanas, a compañías mexicanas. Además, se hacía un tipo de cine que a mí no me interesaba, a mí lo que me interesaba era hacer el cine que yo conocía, el cine que yo sabía que se podías hacer, y no me interesó nunca acercarme a ese sindicato a ver qué posibilidad podía haber tenido yo de acceder a él y haber trabajado en aquel cine. Algunos otros compañeros sí lo hicieron, pero bueno, a mí nunca me pasó por la cabeza intentar acceder a aquello.

Tomado de Yo también amo el cine, de Orlando Castellanos. Ediciones ICAIC, La Habana, 2011, pp 71-72.

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Publicado el enero 27, 2014 en CINEMATECA DE CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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