JULIO GARCÍA-ESPINOSA Y EL FESTIVAL DE LA HABANA

Comparto con los amigos del blog este texto que me pidieron para el número más reciente de la revista Nuevo Cine Latinoamericano.

JULIO GARCÍA-ESPINOSA Y EL FESTIVAL DE LA HABANA

Cuando el 3 de diciembre de 1979, Alfredo Guevara dejaba inaugurado el I Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, ya el ICAIC había conseguido convertirse en un punto de referencia internacional en lo que a cine militante se refiere. Bajo la impronta fundacional de Guevara, el Festival nacía como un espacio político que buscaba concederle visibilidad a esas cinematografías que, rara vez, eran tomadas en cuenta por los “grandes” festivales de cine (léase Cannes, Venecia, Berlín, por citar apenas tres).

Que de 1983 a 1990 la presidencia del ICAIC, y de paso del Festival de La Habana, estuviese ocupado por Julio García-Espinosa, en modo alguno comprometía la continuidad del proyecto, toda vez que en el binomio intelectual Alfredo Guevara/ García-Espinosa, más allá de las lógicas particularidades de cada uno de esos individuos devenidos líderes, persistía la voluntad de integración que llevara a ambos a concebir desde un principio al ICAIC como un espacio aglutinador de las imágenes generadas en Latinoamérica.

Sin embargo, 1983 no era 1979, pese a la escasa distancia temporal que separaba a estos años. En ese breve período se había incrementado en el mundo el progresivo declive de la asistencia a las salas cinematográficas, debido al advenimiento de nuevas tecnologías que fomentaban el repliegue del consumo audiovisual a lo doméstico. Pese a ello, según recuerda García-Espinosa:

El Festival de La Habana, fue apoyado como nunca. El Festival, con la experiencia de muchos compañeros, en particular de Pastor Vega, se convirtió en el espacio propicio para dinamizar aún más nuestro cine y el de todo el continente. El Movimiento fue fortalecido con la presencia de artistas y cineastas de todo el mundo, incluyendo no pocas estrellas de Hollywood. Se intensificaron los encuentros con cineastas europeos, africanos y asiáticos. El Festival potenciaba todas las fuerzas del Comité de Cineastas; promovía la constitución de federaciones sindicales, de cinematecas, de distribuidoras alternativas, de cineclubs; favorecía la creación de la Conferencia de Autoridades Cinematográficas (CACI), el organismo que venía a integrar las instituciones oficiales de cine de América Latina, España y Portugal; respaldaba leyes tendientes a hacer realidad el Mercado Común del Cine Iberoamericano, fomentaba la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, presidida por Gabriel García Márquez, así como la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, que tanto vendría a significar para la formación de nuevos cineastas en América Latina, África y Asia”.[i]

Quizás en la anterior reflexión de García-Espinosa no puedan adivinarse algunas de esas sutiles diferencias que, al margen de la común vocación de izquierda que empujaba a ambos a respaldar la Revolución iniciada en 1959, marcaba la gestión pública de Guevara y García-Espinosa, incluyendo el diseño de los festivales que tuvieron a su cargo.

Guevara fue el indiscutible constructor de esa conjura de circunstancias que todavía hoy propicia la existencia de un conjunto de prácticas asociadas a la industria audiovisual en el país. García-Espinosa, por su parte, fue el hombre que se anticipó en pensar críticamente el papel que tendrían las nuevas tecnologías en la creación de un nuevo público, y en la radical reformulación del cine.

Pocos le creyeron cuando por aquellos años acuñó una de esas sentencias suyas que tanta suerte han conocido en los círculos académicos más reconocidos: “Las perspectivas del cine pertenecen más a la cinta electrónica que a la óptica”. Esa provocadora convicción se nota en algunas de las muestras y seminarios organizados en su período de mandato en el Festival. Y también en las películas reconocidas en esa etapa. ¿Será casual, por ejemplo, que por esas fechas una cinta como Hasta cierto punto, de Tomás Gutiérrez Alea, cinta por la que Alfredo Guevara no sintió preferencia alguna, alcance el Gran Premio Coral en el apartado de ficción?

Para García-Espinosa había en esta película de Titón, no tanto una gran historia cinematográfica (en el sentido más tradicional), como la magnífica intuición de que, a partir de entonces, el cine latinoamericano (y todas las cinematografías marginadas) podrían beneficiarse de la revolución electrónica, dejando a un lado la pretensión de imitar dócilmente los modelos dictados por los grandes centros de poder, esos que deciden “la calidad de las películas” a partir del uso de recursos económicos o estrategias discursivas legitimadas en esos circuitos.

En tal sentido, a García-Espinosa también le deberíamos la progresiva naturalización de algunos géneros “menores” en nuestras carteleras del festival. Creo que, entre nosotros, nadie como García-Espinosa le ha dedicado tanto tiempo a pensar la llamada “cultura popular” y su consumo. Esto podría parecer paradójico en un hombre que con su obra ha intentado huir de las cómodas convenciones, y que, en todo caso, dedicó todas sus energías a la subversión del modelo hegemónico de representación.

Pero pensador exquisito, al fin, García-Espinosa nunca perdió de vista lo que de veras importa en todo lo que tiene que ver con las políticas públicas relacionadas con el audiovisual: el ser humano que se sienta frente a una pantalla (sea de tela o electrónica) porque necesita que le comuniquen una historia, un estado de ánimo, un sentimiento.

A principios del actual siglo, García-Espinosa desgranaba unas reflexiones que, no obstante los cambios y la autonomía del evento, aún conservan vigencia:

“El Festival es el brazo más generoso que tienen las relaciones internacionales del ICAIC y, por lo tanto, el medio más importante de esta Dirección para ejercer su trabajo. Este evento, que se ha ganado un merecido prestigio nacional e internacional, es el espacio más abierto que ofrece el ICAIC para todos aquellos que, sin una posición política determinada, manifiestan su solidaridad con Cuba. Conforme a lo expuesto, el Festival, además de la Muestra Latinoamericana y Caribeña, debe sistematizar una muestra anual de las cinematografías marginadas, de este modo contribuirá a la divulgación de estas y a la de sus cineastas. En consecuencia, los Seminarios habrán de privilegiar los temas relacionados con dichas cinematografías, así como las ventajas y desventajas que para ellas implican el desarrollo y el avance de las nuevas tecnologías. No excluye esta prioridad, desde luego, la presentación de una selección de las mejores películas del orbe realizadas en el año, así como su indispensable información. Así el Festival, hervidero de ideas del cine en general, y, en particular del cine latinoamericano y caribeño, lo sería también de todo el cine marginado”.[ii]

Julio García-Espinosa ha sido una rareza en nuestra historia cultural, una rareza que aún espera por ser, de veras, tomado en cuenta hasta la saciedad, no para convertirnos en meros epígonos de su provocador pensamiento, sino precisamente para ponernos a la altura del desafío que en su momento nos propuso: el desafío de pensar críticamente al cine en todas sus variantes, porque con ello también podríamos contribuir a mejorar a esos espectadores que somos todos en esta vida.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el diciembre 12, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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