MABEL OLALDE AZPIRI SOBRE “EL PERFECTO NEOANALFABETO Y OTRAS BLO GUERÍAS”.

Sabía que la joven Mabel Olalde, quien realiza funciones de editora en el portal Cubacine podía arrojar reflexiones interesantísimas sobre los temas que propone “El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías”, libro que será presentado el próximo sábado, a las once de la mañana, en la Plaza de Armas.

Mabel me hace llegar ahora este análisis que supera ampliamente las expectativas que yo tenía, y que al mismo tiempo, incorpora nuevas interrogantes, nuevos desafíos intelectuales. De eso es lo que hablo cuando digo que como autor me deja más satisfecho este tipo de lectura crítica que la simple alabanza del volumen. Creo que con lo escrito ahora por Mabel, y a lo que tendríamos que sumar los textos de José Raúl Gallego, Justo Planas, y Pedro Noa, estaríamos asumiendo uno de los imperativos dictados en estos tiempos de Web 2.0: crear y compartir para crecer de una manera más autónoma. Mil gracias, Mabel. Espero que sigamos conversando sobre estos problemas que cada vez demandan una mayor publicidad en cuanto al debate.

Juan Antonio García Borrero

ALFABETIZACIÓN ¿SIN CAMPAÑA?

Por Mabel Olalde Azpiri

Juany convoca a pensar un tema. Le llama “neoanalfabetismo funcional tecnológico”. Asomarse a este asunto desde la Cuba de hoy provoca el peor de los vértigos… Eso, sin siquiera acercarse a él con ambiciones teóricas ni desde las metodologías de la investigación académica.

Sin embargo, el autor de El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías (Editorial Oriente, 2013) comprende la necesidad de tal debate. En su búsqueda metódica de opiniones al respecto, como vía para contribuir con un mejor desenvolvimiento de su sociedad, conduce el pensamiento hacia un objetivo: comprender las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías al ejercicio de la crítica del audiovisual, a la promoción de lo mejor del quehacer cinematográfico, a la formación de un gusto colectivo. Provoca, por ejemplo, cuando pregunta si nuestros jóvenes realizadores y críticos apelan a las nuevas tecnologías para promover su obra y de qué modo lo hacen.

Entonces emerge una idea, a mi modo de ver, medular. Juany maneja una hipótesis para convocarnos a todos: “el neoanalfabetismo funcional y tecnológico no necesariamente tiene que ver con la posibilidad o la libertad de acceso a Internet, sino con el manejo que se haga de estas tecnologías”.

Recientemente en La Habana, el profesor español Manuel Martín Serrano ―autor de volúmenes como La mediación social y La producción social de comunicación, centrales en la formación teórica de los comunicadores cubanos― apuntaba que los nuevos medios “tienen todas las potenciales posibilidades para la creatividad, ofrecen todas las oportunidades para que la comunicación basura vaya al estercolero y haya espacio para otro tipo de comunicaciones, crean posibilidades para que cualquiera pueda tener acceso a una parte importantísima de la información ¿Pero de qué dependen esas posibilidades? ¿De que esté el sistema? No. De otra cosa que nos lo vienen diciendo la gente que trabaja en comunicación desde el siglo XVIII: de la educación. Si se consigue que una colectividad tenga el conocimiento, la formación, los valores y los intereses que le lleven a elegir aquello que va a contribuir a su creatividad, a su liberación, a su unión; por descontado que ahí está la herramienta. Pero no es lo que está pasando y no culpemos al personal”.

“Sencillamente, es que la educación que se está recibiendo ―al menos en mi país― no prepara para esa clase de intereses. Ni siquiera la identidad que tienen las personas que van a tratar ―agobiadas, fastidiadas, aniquiladas― de adquirir una identidad en esos modelos de ellos mismos que cuelgan en internet y en las relaciones con los otros, ni siquiera en eso están ejercitando la posibilidad que tienen de ser creativos”.

Aunque en principio estoy de acuerdo ―no podría ser de otro modo― con ambos, creo que en el caso cubano el deber impulsa a someter estos argumentos a la duda y relativizarlos.

Ahora, no sé bien por qué ―tal vez para trasmitir cinematográficamente lo que me viene a la mente―, pienso en una escena de Melaza (Carlos Lechuga, 2012): una piscina vacía, un “profe” de educación física y unos niños sobre pequeñas mesas escolares practicando sus mejores brazadas. Similar sería el caso de los aspirantes cubanos a neoalfabetizados, quienes perfeccionan sus técnicas de natación fuera del agua, esperando que algún día caiga un aguacero y el líquido se acumule en un pequeño depósito; para darnos un buen chapuzón sin ahogarnos en un mar desconocido, sobreabundante de información en este caso.

Si coincidimos en que lo fundamental es el “manejo” que cada quien lleve a cabo ―entendiendo a “quien” no solo como un individuo, sino también como una institución toda o un grupo humano―, la frase “lo que cada quien haga de esas tecnologías” no puede obviar que el “manejo” pasa por el hecho objetivo y concreto de acceder a dichas tecnologías, de usarlas cotidianamente, de transformar el deslumbramiento en empleo diestro y con intencionalidad. No es posible leer críticamente o escribir con elegancia si antes no existió el momento exacto en que tuvimos por primera vez un libro en las manos, el instante en que nuestras pupilas entraron en contacto con un signo y logramos descifrarlo, dotarlo de sentido; el momento en que controlamos un lápiz entre los dedos, apoyamos el grafito sobre un papel y garabateamos nuestro nombre. Solo después de ese instante vino lo demás.

¿Qué hubiera sucedido a inicios de los 60 en Cuba si no se hubiera dispuesto de la cantidad necesaria de lápices, cartillas, manuales… y de alfabetizadores? ¿Es comparable aquella situación con la cantidad de PC’s, módems, usuarios, contraseñas y neoalfabetizadores de los cuales disponemos hoy?

Obviados ―cuando es posible― los problemas materiales, alcanzada la posibilidad real de acceso, abierto un navegador cualquiera, el neoanalfabeto o el neoalfabetizado no ha salvado todos los escollos ¿Qué decir de una conexión que no sobrepasa los 65 Kbs por segundo? ¿Podemos los que cotidianamente tenemos una porción de acceso llegar a todos los sitios que nos interesan? ¿Cuántos interactuamos a nuestras anchas, con normalidad y naturalidad en espacios como Youtube o Twitter, por decir dos de los más populares ―y útiles, si de promoción cinematográfica se trata?

Pareciera un detalle menor, al fin y al cabo, algo es mejor que nada… pero, ¿cuán marcadas están nuestras prácticas por el desconocimiento o poca costumbre de manejar con soltura las herramientas que espacios como estos nos brindan? ¿Es posible una neoalfabetización a medias, que nos sirve solo para una porción de las bondades/maldades de la web? Espacios como los mencionados anteriormente ganan cada día mayor centralidad y la mayoría de nosotros ha interactuado con ellos relativamente poco. Incluso, en muchas de nuestras instituciones cuesta trabajo, por lo azaroso de nuestro modo de entrar en contacto con la web, hacer un uso inteligente de plataformas como tumblr.com, wordpress.com, blogspot.com… e incluso, facebook.com.

Sin el afán de regurgitar lo que ya sabemos de memoria, sería ingenuo no pensar que el progreso tecnológico contemporáneo está concebido desde países con un grado de desarrollo que los identifica como “potencias”; y, por la manera en que ha evolucionado la innovación científica y tecnológica en nuestro mundo occidental, es esencialmente excluyente.

Sin embargo, en este caso debemos considerar la queja y el pesimismo determinista como lujos, que deben evitarse al mismo tiempo que alejamos el impulso entusiasta o la tentación pueril de edificar castillos de naipes en el aire. Así, podríamos decir que sí hay experiencias concretas ―algunas más exitosas que otras―, de eficaces sitios cubanos, usuarios cubanos y prácticas cubanas en Internet; lo cual es indicio de potencialidades. El hecho está en ver cómo se podrían aprovechar mejor tales potencialidades y distinguir dónde está “el límite de lo posible”, citando a la profesora cubana Milena Recio, para tratar poco a poco de ensanchar esas fronteras.

Juany enuncia de este modo una de las preguntas más inquietantes: “¿crees que el ICAIC está consciente de esa necesidad de cambio y está pensando la promoción audiovisual desde la lógica de la web 2.0, con todo lo que ello implica de posibilidad de producir y compartir contenidos más allá de un centro, o aún sigue en la fase autoritaria de decidir cuáles son los contenidos que se publican?”.

Pensemos en algo nuevo ―a estas alturas ya no tan nuevo en otros lares―, ancho, ajeno y visto desde el prejuicio o la sospecha irracional. Además, agreguemos un país caracterizado por la verticalidad, la cristalización de posiciones polares y el eterno imperativo de la unidad monolítica ¿Cuál es la primera reacción lógica con respecto a un fenómeno que dinamita el orden establecido sin otra alternativa que el caos como regla general, la horizontalidad como principio, la falta de control y regulación explícita? El terreno es inseguro. Resultado: se desestima la potencialidad.

Y prefiero no circunscribirme al ICAIC sino a la generalidad de nuestras instituciones culturales. Imaginemos la pregunta abierta a todas ellas ¿No están abocadas, en tanto sistemas, a la autoconservación y la adaptación al medio? Lo más probable es que no posean instintos suicidas, pero la lógica 2.0 es mucho más compleja y trasciende el hecho de que una institución se despoje o no de los autoritarismos; aunque ese acto es un paso sumamente importante.

Teniendo en cuenta que, en principio, ninguna institución tiene jurisdicción sobre los contenidos que están más allá de su URL, y a lo interno de su URL decide qué contenidos desea publicar del mismo modo que un usuario cualquiera en su blog; la clave estaría en la presencia de un número considerable de usuarios que, al menos formalmente, estén situados en igualdad de condiciones para disponer de un espacio donde puedan ejercer su derecho a definir qué se publica y cómo; además de la existencia de plataformas capaces de sustentar el intercambio, la horizontalidad, el diálogo y las prácticas participativas. Harina de otro costal son los intríngulis de la regulación de contenidos a publicar en los diferentes espacios manejados por usuarios individuales, instituciones o grupos ―según la lógica 1.0, 2.0, impresa, audiovisual o cualquier otra―, cuestiones a ser abordadas desde otra perspectiva… y ahí sí hay otro sinfín de problemáticas que no pretendo siquiera delinear en este instante.

Por otra parte, la conciencia de la necesidad y la disposición real para el cambio se harán palpable cuando resulte indispensable para cumplir los objetivos que la institución, el usuario y los grupos sociales en cuestión, se hayan planteado; o cuando los imperativos sociales les impulsen a ello. Mientras tanto, sin la existencia de otros centros y sin un contexto donde realmente pueda desarrollarse e imperar la lógica 2.0, lo que nos queda es intuir cuál es la postura intelectual de un(os) decisor(es) u otro(s) ante el fenómeno; lo cual, en realidad, no nos ofrece una salida práctica al asunto.

No obstante, siendo optimistas, podemos pensar que más allá de la situación objetiva del contexto virtual cubano, todas las instituciones ―y sus decisores― desean de algún modo adaptarse a la lógica 2.0 y existe conciencia de que para ello algo ha de transformarse. Pero ¿hay claridad de qué es necesario cambiar, cómo hacerlo, por dónde empezar, cómo ponerse de cabeza y volver a pararse de pies en un suelo movedizo? ¿Lo tenemos claro nosotros a nivel individual?

Quizás hay que empezar por desterrar el desconocimiento del fenómeno en su conjunto. Ahora, su estudio no es cuestión de un par de horas. No es simple encontrar críticamente nuestro espacio entre un pensamiento “neoapocalíptico” y otro “neointegrado”, parafraseando a Umberto Eco. Tal vez por ello en los tímidos asomos al tema desde lo institucional, se alcanza cierta claridad pero sin un verdadero y desprejuiciado abordaje del asunto.

¿Quiénes manejan el dato de cuántos cubanos visitan la web con cierta periodicidad? No estamos hablando de cuántos tienen en su casa un modem y un cable de red, tampoco de cuántas PC están disponibles en los laboratorios de las universidades ¿Sabemos cuáles son las “prácticas cubanas” que se ponen en marcha para acceder de vez en cuando a los sitios más visitados, cuáles son los rituales que se desencadenan una vez logrado el acceso? ¿Conocemos a fondo nuestra Intranet y cómo la usamos, aún sin un buscador global que dinamice mucho más la navegación?

¿Acaso no trabajamos para nuestras webs siempre pensando en un público internacional, en la necesidad de entrar en contacto con nuestros pares en otras latitudes? ¿Se puede decir que resulta “lógico” teniendo en cuenta que no existe un número considerable de usuarios cubanos “conectados”, que resulta difícil identificar a ese público nacional, sus necesidades, intereses, etc.; o dicha manera de administrar las webs institucionales está asociada a que se conciban como un elemento cuasiformal para acceder a algo así como una carta de presentación on-line? ¿Cuándo dejaremos de pensar que la web solo sirve para “difundir” y “promover” ―términos avejentados a estas alturas? ¿Es posible concebir el desarrollo de los nuevos neoanalfabetizados si no estamos trabajando para ellos; con la finalidad de crear espacios y plataformas que reúnan las ventajas que el universo digital tiene para ofrecer a la gestión interna de un país? ¿Será por eso que el público cubano que sí tiene acceso sistemático a la intranet nacional le parece tan poco útil? ¿Alguien piensa en ellos como público meta? ¿Alguien intenta ganarse su asiduidad a estos sitios?

Por otra parte, más allá de lo digital y situándonos al interior de los organigramas institucionales, surge un problema de procedimiento: ¿cómo actualizar una web institucional de manera eficiente sin una gestión coherente de la comunicación interna y externa; sin una política de comunicación claramente definida o, al menos, delineada; sin un flujo de la información lógico y eficaz? ¿Por qué nuestras instituciones no buscan ayuda en las academias nacionales que vienen pensando estos temas desde hace algún tiempo? ¿La gestión de la comunicación o las políticas de comunicación ―no solo para internet― han sido alguna vez prioritarias a lo interno de nuestras instituciones culturales?

Y a falta de una estrategia coherentemente concebida, estas cuestiones terminan regulándose a partir de indicaciones puntuales que responden a coyunturas específicas, las cuales van conformando una madeja de acciones inconexas entre sí. A esa madeja se suma una mezcla de rechazo, voluntarismo, paranoia e ingenuidad, en cuanto a cómo proveer y manejar responsablemente la información pública de una institución; y también hacia aquellos espacios/usuarios/personas que pretenden hurgar en los vacíos de información que se crean entre una acción institucional y otra.

Está claro que en una institución siempre hay asuntos más urgentes que atender. Por supuesto que hay quienes suponen que pensar la comunicación interna y externa es algo importante, pero como ―al fin y al cabo― se puede improvisar e “ir tirando” sin que algo palpablemente catastrófico suceda, pues se improvisa y se “va tirando” y, de este modo ―así de sencillo―, se hipotecan todas las potencialidades de nuestras webs y de nuestros usuarios ¿Cuál es el resultado de la improvisación y la desatención? Ahí está nuestra querida intranet para responder la pregunta.

Solo comenzando a pensar, Juany dispara otra pregunta del tipo: “¿puede lograrse desde lo institucional esta revolución copernicana?” Y me pregunto: ¿puede lograrse de otro modo en una sociedad cuya máxima es el “uso social” de estos medios? ¿Cómo se pretende articular ese “uso social”? ¿Acaso no es precisamente a través de las instituciones universitarias, científicas y culturales?

Vuelve Juan Antonio a la carga: “Nuestros jóvenes realizadores y críticos ¿de qué modo apelan a las nuevas tecnologías para promover su obra?”.

Recuerdo, pues, a realizadores y críticos que conozco, quienes tienen un blog técnicamente administrado por otras personas, que escriben un post y lo envían por correo electrónico, o que ponen sus perfiles personales en las diversas redes sociales a disposición de otros para que se mantengan actualizados ¿Cuántas posibilidades tienen de interactuar realmente con otros usuarios como ellos? ¿Cómo adquieren ese habitus que solo se gana “chocando” constantemente con la verdad? ¿Cómo adquieren esa filosofía participativa, dialógica y ciudadana intrínsecamente relacionada con el uso productivo de esas “nuevas tecnologías”? ¿La adquieren responsablemente o quedan conformes con el hecho de tener un espacio autorregulado, un área pública para volcar sus ideas, perspectivas y enfoques, un espacio para que su voz sea escuchada, leída, vista?

¿Conciben como iguales a esos otros que escuchan, leen y ven; o emiten mensajes desde el clásico esquema lineal/bancario: emisor-mensaje-receptor? ¿Están preparados para que los usuarios lectores ―con capacidad para ser, al mismo tiempo, generadores de contenidos― disientan de sus opiniones; para respetar la presencia de seres que ―desde sus perspectivas― esparcen “errores”, “bobería” u otras “alimañas virtuales”; para que un neófito disponga de un espacio similar al suyo donde volcar sus ideas, perspectivas y enfoques ―aunque estas sean erradas del mismo modo que pueden serlo las de estos realizadores y críticos en otras zonas del saber o la producción intelectual y artística?

Volvemos entonces al centro del meollo: la neoalfabetización. Esta neoalfabetización no implica solamente un proceso que “enseñe” a usar hardwares o softwares y a dar los clics de manera acertada; se compone fundamentalmente de la asunción de una nueva filosofía que implica desaprender lógicas bien insertadas en nuestro accionar y aprender otras nuevas.

De este modo, emerge otro concepto manejado por Juany: “brecha participativa”. Y habría que pensar pues en el analfabetismo participativo más allá de la web, ese que posee raíces mucho más profundas, históricas… Para “participar” como ente social también es necesario el desarrollo de otras condiciones objetivas, las cuales tampoco son el objeto de este post. Si nos circunscribimos únicamente a la “brecha participativa” en la web, me inclino a pensar que solo después de librada la brecha del acceso, podremos ciertamente plantearnos a nivel institucional, social, individual o grupal, el destierro de esa brecha participativa que está en el centro del neoanalfabetismo que preocupa a nuestro anfitrión.

Así, a ojos de todos, las ideas y el entusiasmo digital se ralentizan cíclicamente en su largo transitar por una maquinaria analógica. Y mientras tanto, sigue siendo el texto impreso el escalón más alto en nuestra pirámide de valores culturales; a la par que nuestros críticos, artistas, decisores institucionales y periodistas ―tanto los neoanalfabetos como los neoalfabetizados―, ansían, priorizan y destacan las publicaciones impresas junto a los foros de debate físicamente presenciales, aun cuando reconozcan, acepten y se entusiasmen ante lo que sin disimulo ni secretos se perfila como el futuro inmediato; uno que se asoma en el umbral pero todavía no se sienta en nuestra mesa a devorar el presente.

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Publicado el diciembre 4, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Coincido con Mabel en sus apreciaciones.
    Mas, en términos de alfabetismo (o analfabetismo) “el estado de la cuestión” no podemos reducirla a lo digital y la brecha digital.
    Tampoco existe- pese a las bases teóricas del socialismo en Cuba- un alfabetismo civico- participativo.
    Donde al ciudadano se le enseñe, desde la primaria, las herramientas y posibilidades de que dispone para ejercer su poder.
    Y es que la educación en el país rinde pleitesía a caudillos y efemerides, pero no te enseña como tejer tu propia historia.
    Arrastramos asi deficiencias formativas tanto offline, como online.

    Para analizar la relación entre las políticas publicas institucionales (ICAIC u otras) y su concepción hacia lo digital, que exige gramáticas propias, habría que remontarse a varios factores: desde un país educado en el secretismo de lo publico ( el e-gobierno no existe en Cuba, ni tampoco una ley de transparencia informativa que incluya desde la Asamblea Nacional hasta los Poderes Populares municipales, Ministerios, etc), hasta la edad cultural de muchos dirigentes, desconfiados de un mundo donde la información no se controla verticalmente.

    Si la revolución cultural digital pueda hacerse o no desde las instituciones, depende ya de las micropoliticas de cada entidad.
    De las potencialidades de sus impulsores, de sus capacidades en infiltrar practicas informativas participativas, de la posibilidad de desgastar las hegemonías verticalistas.
    En todo caso, no valen el pesimismo o la apatía: se hace camino al andar.

    Ya en La Tercera Ola, desde los años 90, Alvin Toffler hablaba de las guerrillas digitales, cuyo uso se extiende desde el marketing (los community manager) hasta la guerra ciberespacial (que no es una ficción).
    Con el talento humano presente en el país, crear grupos de promocion digital, cuentapropistas?, a ser contratados por una u otra institucion, o un director de cine (como ocurre con los realizadores de videoclips) es ya una posibilidad real. Y para ello no se pide permiso, simplemente se hace.

    Saludos
    Abelardo Mena

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