LA DECENCIA Y EL CINE

El otro día, revisando en la biblioteca de nuestra provincia la colección del periódico “El Camagüeyano” que allí se conserva, llamó mi atención esta noticia publicada en primera plana el viernes 30 de noviembre de 1928:

LA COMISIÓN REVISORA DE PELÍCULAS HA AUTORIZADO LA EXHIBICIÓN DE “LA VERDAD DESNUDA” EN TANDAS ESPECIALES PARA HOMBRES Y PARA MUJERES.

La Habana, Noviembre 30- La Comisión Revisora de películas ha dictado ya su laudo acerca de una producción cinegráfica que fue sometida a su censura, por tenerse noticias de que acaso tenía escenas en pugna con la moral. Se trata de “La verdad desnuda”, una (sic) film de manufactura americana que presenta ante el espectador cuadros vivísimos de la vida real.

Una vez q. los miembros de la Comisión aludida presenciaron la proyección de “La Verdad desnuda” cambiaron impresiones decidiéndose por autorizar la exhibición de esta cinta cinegráfica, pero exigiendo a los empresarios que ofrezcan tandas separadas para hombres solos y mujeres solas, con objeto de evitar los comentarios que, en cualquier caso, podrían ir más allá de lo que permiten la decencia y la corrección que se deben guardar en sociedad.

Con relación a la censura de esta película, el Secretario de Gobernación General Manuel Delgado se dirigió en atento escrito al Alcalde de esta Capital Doctor Miguel Mariano Gómez por ser un asunto de la competencia de nuestro Departamento del Interior”.

No he podido precisar exactamente de qué película se trataba, pues me falta el título original. Pero estoy casi seguro que, de verla ahora mismo, esa cinta (y su prohibición) probablemente nos movería a risa. Sin embargo, he querido pensar con un poco más de seriedad qué podía significar en la mentalidad de los compatriotas de entonces este concepto tan equívoco que aún seguimos llamando “decencia”. ¿Hubiésemos pensado nosotros, de haber vivido en esa época, de forma diferente?

Después de todo, si lo pensamos mejor, esa vocación a asentar pautas morales en cuanto a lo que debe o no debe mostrar el cine (o, en nuestro caso, el audiovisual en todas sus variantes, incluidos los videos-juegos) no nos resulta tan ajena, con todo y la superación de ciertos prejuicios. ¿O es que ya no se recuerda la algarabía que provocó en el principio de este siglo XXI que nos hospeda, en la ciudad de Bayamo, la exhibición televisiva del corto de Milena Almira El grito?

Estoy por creer que la decencia y el cine nunca se llevaron muy bien. La decencia nos habla de ese conjunto de normas que deben respetarse porque la sociedad (pensada en abstracto) nos dice que son intocables. La práctica de la decencia, sin embargo, no necesariamente garantiza que se sea “mejor persona”. ¿Acaso podemos olvidar que durante un largo tiempo no resultó indecente practicar la esclavitud, por ejemplo?

En el caso concreto del cine norteamericano, este estuvo expuesto a la censura en la misma medida en que conseguía consolidarse como industria a principios del siglo pasado. La creación en 1922 de la Motion Picture Producers and Distributors of America (MPPDA) y su implacable código, no tenía otro objetivo que neutralizar las frecuentes intervenciones del Estado o grupos con influencia decisiva en la opinión pública; sin embargo, ello no impidió que en 1934 se fundara la llamada Legión de la Decencia, la cual se encargaba de condenar todo tipo de filme donde se entendiera que se exaltaban las actitudes inmorales, basadas en criterios estrechos relacionados con la sexualidad o la violencia.

Hacia 1968, el antiguo código que regulaba los contenidos y maneras de mostrarse en pantalla las historias, fue sustituido por un sistema de calificación de películas que alerta a los consumidores sobre lo que van a ver. Como todo lo humano, deben existir aquí imperfecciones, pero tal sistema parece más razonable que aquel conjunto de acciones donde un grupo de hombres dictaban (de acuerdo a sus intereses más puntuales, aunque hablando en nombre de todos) exactamente lo que debía verse o no.

Y es que la prohibición por la prohibición jamás ha generado mejoría moral en lo colectivo. Y el cine “indecente”, como los libros que llamamos obscenos durante un tiempo, en el fondo puede estar moralizando a la inversa. O lo que es lo mismo, puede que nos esté sacando en cara lo que un siglo más adelante algunos juzgarán como indecencias compartidas en silencio.

En este sentido, aquella observación anotada por nuestro Enrique José Varona me sigue pareciendo de gran valor: “La virtud no es obediencia, sino elección”.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 26, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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