POR UNA POLÍTICA CULTURAL INTERACTIVA

Todos tenemos una idea más o menos formada de qué es una Asamblea y para qué sirven. De hecho, creemos que todas las asambleas tienen una sola utilidad, pues al final (no importa el perfil de las reuniones) se trata de un grupo de personas con un interés común que deliberan con tal de conseguir un fin.

Las asambleas tienen un carácter utilitario. Siempre tendrán a la vista el cálculo práctico: por lo general fijan el perímetro de los debates en lo que pueda resultar de interés a un grupo específico, aunque juren hablar en nombre de todos. Quizás por eso Napoléon observaba: “Es muy raro que una Asamblea razone; se apasionan con demasiada rapidez”.

No hay que computar la calidad final de las asambleas por un solo rasero. Hay asambleas que, a estas alturas, se me antojan prescindibles (incluyo algunas de la ONU). Hay otras, sin embargo, que me parecen primordiales: hablo de esas que tienen que ver con el bien público, es decir, esas que estudian asuntos que ayudan a proteger los derechos, no de las mayorías o las minorías miradas en abstracto, sino de los seres humanos pensados en su dinámica diversidad.

Las asambleas donde se reúnen los escritores y artistas de Cuba deberían ser de las que, en nuestro caso, merecerían convertirse en puntos de referencia insoslayable. No porque los escritores o artistas cubanos sean el ombligo de la sociedad o de la vida (que no lo son), o porque no se equivoquen jamás, sino porque cierta vocación por lo contemplativo permite que este grupo social retenga ángulos de la realidad que otros, obligados a la acción incesante, muchas veces pasan por alto.

No quiere decir esto que el artista, como el resto de los mortales, no esté también condicionado por la necesidad de primero actuar (según nos imponga afectivamente las circunstancias), y luego pensar; pero con ese pensamiento que llega a posteriori de la acción (muchas veces inconsciente) y que somete al debate público, el artista (devenido de ese modo en intelectual crítico) ayuda a construir una sociedad más al tanto de sus defectos colectivos.

De allí que uno consiga tener un poco más claro qué no debería ser una asamblea de la UNEAC: para empezar, una asamblea de la UNEAC no es un encuentro de blogueros (donde todo es improvisación feliz y caben las bromas que recuerdan el humor esperpéntico de ciertos programas televisivos), ni una junta de servicios donde rendimos cuentas de nuestras insatisfacciones más puntuales.

En una asamblea de este tipo se supone que aquellos intelectuales que han decidido asistir de modo voluntario, leyeron con anterioridad críticamente un informe que la presidencia puso en circulación, y que, sobre esa base, se construirá un debate que trasciende los intereses particulares de quienes allí están presentes, pero que, al mismo tiempo, nos beneficiará a todos porque favorecerá a la sociedad en la cual vivimos, incluyendo a nuestros padres, hijos, hermanos, incluso personas que no viven en el país mas forman parte de la nación, y a las que probablemente nunca les brinden la oportunidad de exponer en público sus problemas o inconformidades más puntuales.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando los participantes de esa asamblea de élite pretenden discutir los problemas que van ocurriendo en la sociedad cubana, desde la perspectiva excluyente de esos “consumidores de alta cultura” que a los ojos de la mayoría nos hace lucir como “autoridades”, “eruditos”, y otros calificativos que en todo caso hablan de un renombre académico o artístico conseguido con mucho esfuerzo en el pasado, pero no necesariamente de una cercanía cognitiva a lo que está ocurriendo a nuestro alrededor ahora mismo, en este mismo instante?

Quisiera esclarecer que la interrogante anterior no pretende, en modo alguno, hacer apología de un presente que quiere prescindir del vínculo a lo que nos precedió. Cuando alguien intenta venderme “el presente” como la cumbre autónoma de la existencia humana, estableciendo comparaciones paternalistas con un pasado que suele mirar por encima del hombro, y donde lo que sale a relucir es la interesada ignorancia de los omóplatos donde ahora mismo se encuentra apoyado para emitir su discurso post-post-post-moderno, abogo por el silencio. Más que ingratitud, me parece entusiasmo torpe, estéril, y sé que en cuanto a ellos, nociones parecidas al eterno retorno de lo idéntico que enunciara Nietzsche se encargará de poner todo en su lugar.

Pero aun cuando uno tenga confianza en el poder de esos saberes adquiridos por la humanidad en el transcurso de su existencia, sería una locura no tomar en cuenta la tremenda influencia que han tenido en la vida cotidiana las nuevas tecnologías. Y es precisamente en ese punto donde comienza a advertirse el gran divorcio entre la “vanguardia intelectual” cubana y la vida misma.

Divorcio porque todavía seguimos pensando el consumo cultural como lo era hasta hace muchísimos años, y a quienes consumen (que al final somos todos) como si fuéramos algo idéntico a lo que fuimos en nuestros años más jóvenes. Es decir, para nuestra élite intelectual el espectador (esa cosa misteriosa e impredecible) sigue siendo el mismo de hace dos décadas, cuando todavía el Estado o los grupos económicamente poderosos podían dictar sus políticas culturales sin tropiezo alguno, debido al monopolio que tenían de las pantallas, por ejemplo.

Hoy todo es distinto. La pantalla ha perdido el antiguo carácter directivo que tenía antes, para convertirse en algo interactivo y difícil de localizar. Mientras que todavía en los noventa el público debía plegarse a los intereses de aquellos que programaban desde un centro, hoy vemos cómo las pantallas no solamente se diversifican en cuanto a tamaños, sino que ellas mismas se convierten en dispositivos interactivos. Los públicos ya no solamente eligen lo que ven y dónde lo ven, sino que además producen ellos mismos lo que consumirán a través de los ordenadores, las tablets, los teléfonos.

Esta situación absolutamente inédita demandaría entonces una política cultural también inédita. Una política cultural que se obsesione menos con lo directivo y las prohibiciones, y aproveche más la interactividad que regalan las nuevas tecnologías. Tendrá que pensar incluso en insertar en nuestros programas de enseñanza lo vinculado al análisis crítico de esas tecnologías.

Pero, por supuesto, un desafío de ese tipo demanda desprejuicio intelectual, preguntas que recobren la inocencia de quien quiere aprender antes que imponer. Y sobre todo, demandaría mucho debate. Yo diría permanente debate.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 18, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Creo que una apertura a los nuevos tiempos es un buen tema para reflexionar, y llevado a la práctica la opción más adecuada

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