MARÍA ANTONIA BORROTO SOBRE PERIODISTAS E INTELECTUALES EN CUBA

Esta contribución de la ensayista camagüeyana María Antonia Borroto al blog es una de las mejores que he leído en muchísimo tiempo. No solo dice las cosas por lo claro, sino que nos obliga a repensar el concepto mismo de “intelectual” en este siglo XXI que ya va para su segunda década, y que los que participamos en la pasada Asamblea de la UNEAC en Camagüey, tengo la impresión que todavía no nos enteramos del tránsito. Gracias, María Antonia. Ojalá otros colegas se sumen al debate, aporten ideas, soluciones. Ya yo he estado tomando apuntes de la lectura, y es muy seguro que escriba algo.

JAGB

Periodistas e intelectuales: ¿divorcio a la cubana?

Por María Antonia Borroto

¿Existe acaso una escisión entre el mundo de la prensa y el mundo de la cultura, entre periodistas e intelectuales? Se trata de un abismo artificial, que tiene su expresión en muchas de las concepciones a propósito del oficio y en las rutinas productivas. Abismo artificial, es cierto, aunque palpable y doloroso: ciertos periodistas creen ofender a algunos de sus colegas llamándolos, con mohín despectivo, “los intelectuales”. No es exageración esto que acabo de escribir: con algo de pudor debo reconocer que yo fui, durante mi labor como periodista, así “descalificada”.

Asumamos, al menos provisionalmente, tal dualidad. Una pregunta salta a la vista: ¿permiten las rutinas productivas y las dinámicas de las publicaciones la participación de los intelectuales en la prensa? Esta interrogante debe ser acompañada por otra: con la crisis que la misma vive hoy en Cuba, ¿estarían los intelectuales interesados en colaborar? Y no se trata de culpar a la prensa de sus propios males: ellos son el resultado de determinadas prácticas sociales y de estrategias del poder.

Decía Ramón Meza, al prologar el Estudio sobre el movimiento científico y literario de Cuba, libro de Aurelio Mitjans, que el antídoto para los males de la prensa es la prensa misma. Enrique José Varona tiene un texto ejemplar, publicado en El Fígaro, sobre la necesidad de una prensa activa y bien informada, de amplísimo registro, para una nación civilizada. Y según Gaspar Betancourt Cisneros toda labor civilizatoria estaría incompleta sin el auxilio de las publicaciones periódicas, prueba de ellos son las memorables — divertidas y profundas— Escenas Cotidianas.

Debemos hoy, en este momento de frenesí tecnológico, de su aparente omnipresencia, repensar las relaciones entre periodismo y cultura, entre los medios y la cultura. No sé cómo enfoca el problema la UPEC, ni siquiera si lo enfoca, o si el mismo es reducido a esa fórmula que se conoce como periodismo cultural, lo que significaría cercenar el asunto y reducirlo de manera flagrante a lo más epidérmico.

También debemos repensar las estrategias de la crítica artístico-literaria cuando forma parte de las publicaciones periódicas. Tal es uno de los sitios para la educación del gusto, pues las revistas especializadas y los sitios en Internet son, por lo regular, apreciados por un público con ciertas competencias más específicas. Son también un espacio crucial para el debate intelectual, mas al respecto tengo dudas que trascienden el propio periodismo y quienes lo ejercen hoy en Cuba: ¿acaso la propia intelectualidad está interesada en el debate? Coincido en la frustración que Juan Antonio García refiere al constatar, cual punta de un iceberg, la indolencia, el laisser faire, que se adueñó de la Asamblea Provincial de la UNEAC: lo que bien hubiera podido ser un espacio de confrontación de ideas devino triste muestrario, salvo unas pocas excepciones, de miserias personales.

Supongamos, en cambio, que sí, que los intelectuales hagan honor a su nombre, y que quisieran, en el supuesto que desde ellos emanara tal posibilidad, sumarse al debate generado por las publicaciones periódicas. Varios mitos deberán entonces ser erradicados. Pienso, por ejemplo, en el que asegura que la gente no consume ciertos textos que apelan a una sensibilidad de otros registros. Se olvida que el periódico, en tanto totalidad, debe tratar de complacer apetencias diversas, más que cada una de sus secciones y páginas puede estar destinada a sectores específicos. Ello no significa que bajo ese manto deba permitirse la circulación de textos epatantes, mal escritos, que suplan el vacío conceptual con un lenguaje lleno de tecnicismos y obviedades, cuando no de juegos de palabras y floripondios. No es eso lo que nos enseñan los grandes maestros del periodismo cubano y latinoamericano.

Esta suerte de divorcio entre la prensa y la intelectualidad, ya de la larga data, niega la mejor tradición de nuestra cultura, con periodistas de prosa atractiva, comprometidos con los destinos del país. Tradición que tiene otra faz, cara y envés de una misma moneda. O lo que es igual, la presencia de nuestros intelectuales de más sólido prestigio en las páginas de las publicaciones periódicas, hasta el punto de volver inoperante la ya mencionada división. Siento que ni siquiera José Martí y Juan Gualberto Gómez, cuyos nombres ostentan los máximos galardones del sector, están en la médula misma de la cotidianidad de muchas redacciones.

Se desconoce el pensamiento cubano a propósito de la prensa, riquísimo corpus textual que, acompañado de una praxis creadora y fecunda, se anticipa incluso a ciertas tendencias teóricas de allende los mares. Se desconoce la labor de muchos de nuestros más grandes articulistas. Algunos intentos se han hecho en las facultades de comunicación, sobre todo en la radicada en la Universidad de La Habana, mas tales resultados deben circular con mayor prontitud. Pienso, por supuesto, en lo urgidos que están los jóvenes de referentes valiosos, pero, sobre todo, en quienes, ya con años en el oficio, a veces olvidan esa savia tan reconfortante que puede hallarse en las páginas de Guillén, Carpentier, Suárez Solís, Eladio Secades, Mañach, Guy Pérez Cisneros, entre muchos otros.

Este asunto me lleva a otro: normalmente son conocidos solo los textos periodísticos de los grandes escritores. Sobre ellos suele colocarse una suerte de lupa que busca no ya sus valores intrínsecos, pues los considera en tanto antecedentes de su OBRA DEFINITIVA, y por tal se entiende solo la literaria. Suceden entonces dos cosas: se nos menoscaba la comprensión de la naturaleza misma de esos textos, al tiempo que quedan en el olvido, en un injusto y terrible olvido, aquellos que no trascendieron en el mundo literario, aunque sí en el periodístico. Urge, por tanto, poner a circular tales textos, apoyar las investigaciones que propicien el nacimiento de antologías o selecciones y, en particular, una política editorial que los acerque al lector. Algunos intentos se han hecho en los últimos años, mas todavía son insuficientes.

No puedo evitar incluir otro tema. El propio espacio donde este texto aparece y mi cordial anfitrión me instan a hacerlo: la blogosfera cubana. Recuerdo un intensísimo debate, en un panel organizado por la AHS en agosto, aquí en Camagüey, que reunió al propio Juany, a Yoan Manuel Pico, a Yanetsy León y a quien esto escribe. Hubo cierto momento en que se nos culpó, a los intelectuales y escritores, de cierto desinterés —traducido en un supuesto complejo de superioridad— respecto a los blogs. Los periodistas tienen sus blogs: se les exige, como parte de su trabajo —de esas rutinas de las que ante hablé— mantener actualizadas sus bitácoras y mantenerse activos en las redes sociales. Esa demanda, en fin, se traduce en facilidades tecnológicas que otros ni siquiera podemos soñar. O sea, no tener un blog no es sinónimo de desidia; es, casi siempre, consecuencia de esta suerte de orfandad tecnológica gracias a la cual, en pleno siglo XXI, muchos aún ni siquiera tengan una computadora en su casa, ni correo electrónico, y que muchas veces navegar sea sinónimo de naufragar. Súmese, por demás, que las tarifas con que se cobra el servicio en los establecimientos recientemente destinados a ello son prohibitivas para la mayoría de nosotros.

Y no se trata de quitarles algo a unos para dárselo a los otros. Dios me libre de semejante pensamiento; no, sino de articular políticas más inclusivas en lo concerniente al acceso a Internet, las que permitan que tener un blog no sea, como sucede en algunos casos, exigencia expresa de los directivos de la prensa, asumida cual precio que debe ser pagado para tener lo que llamamos Internet al full. Ello redundaría, a su vez, en que puedan tener acceso a la blogosfera cubana personas interesadas en el debate intelectual. Fíjese que digo acceso, o sea, la simple posibilidad de participar en estas plataformas en tanto lector.

Otro asunto es el relacionado con las competencias profesionales necesarias para administrar un blog. Hace poco tuve unas energizantes conversaciones con varios colegas y con jovencísimos muchachos, estudiantes de la carrera unos, recién egresados de las aulas universitarias otros. Para uno de ellos, con esa pasión que aún me enternece, es imprescindible conocer ciertos elementos relacionados con el lenguaje, con las páginas web, con las herramientas propias de la Informática, las que, a quienes frisamos los cuarenta, a veces se nos resisten un poco, pues hemos sido formados según los ritmos y bondades de la letra impresa. Es cierto, le dije, mas lo verdaderamente importante para mantener un blog es tener algo que decir, un estilo propio y una mirada también propia respecto a los asuntos tratados. Mi propia experiencia vital, y la de algunos colegas, me confirma en la idea de que lo más complejo no es el dominio de lo meramente tecnológico.

Con los blogs sucede algo notado por mí a raíz de la aparición de las páginas web de las publicaciones cubanas, proceso que viví —con algo de gozo y mucho de escepticismo— en el año 2000, cuando aún era una periodista en activo de un periódico provincial: debía escribir sobre la realidad camagüeyana para el público de la región y, al mismo tiempo, aunque en otro soporte, para un público no cubano. O sea, lo que muy bien pudo haber sido espacio reflexivo devino, en la mentalidad de algunos de sus administradores, vitrina para mostrar lo mejor de Cuba a un lector que se suponía siempre allende los mares.

Es cierto que el panorama ha cambiado, mas todavía las plataformas virtuales son doblemente virtuales respecto a los cubanos. Lo noté, por ejemplo, cuando incluía reseñas de libros facturados por Ácana y no eran los lectores camagüeyanos quienes accedían a ellas: eso siempre dejó en mí un sabor amargo, pues nunca he tenido vocación exhibicionista, la que, para algunos, era principal resorte de una publicación en la web.

Es por ello en que insisto tanto en el periódico de papel, o en la emisora de radio o el canal de televisión, pero sobre todo en el primero: de amarillento y frágil papel gaceta, con tiradas limitadas, mas que pueden leer varias personas sucesivamente y que debe ser conservado en archivos y bibliotecas. Insisto en esa menuda hoja volante, olorosa a tinta, heredera de prácticas antiguas, aunque todavía palpitante y necesaria, sobre todo en ámbitos como el nuestro, donde confluyen prácticas sociales avant la lettre, junto a otras de sabor casi medieval. Es que, en el mundo de hoy, los periódicos impresos, tras reacomodarse a los nuevos tiempos, mantienen su circulación y sus lectores.

No puedo resistirme, junto a Juan Antonio García, a ansiar y participar en el debate a propósito de la cultura cubana en estos nuevos tiempos. La agenda propuesta por él en unos de sus más recientes posts es muy válida, aun cuando otros temas pueden ser añadidos, incluida la propia definición de la política cultural cubana. Acaso sea el momento de debatir a propósito de qué significa ser un intelectual en la Cuba de hoy, cuál debe ser nuestra misión, cuáles nuestros reales espacios de participación, cuál la reconfiguración de lo público desde el espacio virtual, cuál, incluso, la virtualidad de nuestra posibilidad de ser tenidos en cuenta por los llamados decisores, palabra esta muy nueva y que, tal vez, también debamos repensar. A veces olvidamos que las palabras se desgastan con el uso, que su significado es cambiante y que ciertos contextos obligan a constantes redefiniciones. Quizás nos pase que continuamos pensando ciertos conceptos en los términos del siglo XIX y que otros, muy recientes y generados en otros contextos, no tienen entre nosotros una real validación. Tal vez hasta esta prédica mía sea consecuencia de semejante postura. Mas, aun cuando no puedo menos que sospechar de mí misma, insisto en mi idea inicial: cualquier debate debe trascender el espacio académico e institucional, debe llegar a la prensa, debe implicarla en tanto sujeto y debe tener en ella su espacio difusor, no ya en la nota informativa que reseña este o el otro cónclave: debe estar en la conformación de sus agendas. Deben, al mismo tiempo, ampliarse las posibilidades de la blogosfera, las posibilidades para nuestro acceso, en tanto lectores y, también, para aquellos que lo deseen en tanto partícipes. No olvidemos, por demás, que la lectura es un proceso activo, es creación, es participación: que circulen las ideas, que haya ideas que poner en circulación. Que crezcamos. Eso deseo para mí y mis colegas, llámense intelectuales o periodistas.

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Publicado el noviembre 15, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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