DEAN LUIS REYES SOBRE LA PROHIBICIÓN DE SALAS 3D Y VIDEOS JUEGOS

A propósito de la prohibición de las salas 3D y de videojuegos.

(Oda al espectador banal)

Por Dean Luis Reyes

Perdón por comenzar anecdotizando. En este caso, no tengo de otra. Corría 1997 o 1998, no recuerdo bien. Hacía el servicio social como periodista en Sancti Spiritus. En la calle posterior a donde tenía su sede la redacción del periódico Escambray, del cual era redactor, residía la sala de video más antigua de la ciudad. Desde fines de la década de 1980, allí se exhibía la programación que el ICAIC enviaba regularmente en casetes de video analógico.

Más de una década después el mismo local, bajo la autoridad del Centro Provincial de Cine –legatario de la política cultural cinematográfica nacional en cada territorio-, era regentado por un arrendador privado. Un individuo de cinefilia acaso dudosa –para mi rasero y gusto-, encargado de sostener la programación la mayor parte del año con títulos de apetencia masiva –léase películas de violencia, sexo, acciones físicas, entretenimiento.

Cada cierto tiempo, una serie de películas de presunta mayor calidad ocupaba los mismos horarios de programación, aunque ahora bajo un criterio ajeno al del arrendatario de siempre. Se trataba del grupo de títulos que el ICAIC enviaba a provincia esporádicamente y que la sala programaba en breves jornadas, a razón de una o poco más de tandas por película.

Y he aquí que me antojé de ver una de estas. Nada del otro jueves: una comedia adolescente, aquella opera prima del actor Tom Hanks que relataba la formación de una banda de rock´n roll por un grupo de muchachos de pueblo a inicios de los 60 o finales de los 50. Mírese: tan trascendente que no recuerdo su título. Tampoco debe haberme marcado en mi carrera de crítico de cine en ciernes.

Pero allí estuve, puntual. Fui a interesarme por la exhibición un rato antes de su comienzo. Entonces tuve una conversación con el arrendador privado, quien me dio las quejas por aquella semana de cine de la cual no se hacía responsable. Me comentó que esos títulos no le “daban negocio”. “Fíjate – apuntó-, ahora mismo la sala está casi vacía. Además, cada una de esas funciones son un peso para mí y otro para el Estado”.
A la media hora puse dos pesos en la boca de la taquilla. La anciana que despachaba las papeletas me preguntó que por qué quería ver la película anunciada. Uno lleva su animal didáctico dentro: le expliqué que era el debut en la dirección de un actor importante de Hollywood, que sentía curiosidad por ver cómo se las arreglaba detrás del lente –cosas de cinéfilo delicado. La mujer me comentó que era una mala película, que para qué verla. Ofuscado, insistí en que me vendiera la dichosa papeleta. Fuera de toda pose crítica, le espeté que era mi derecho entrar y su obligación venderme la entrada. Traspuse el umbral predispuesto, con la papeleta apretada entre los dedos y dispuesto a soltar una palabrota. Cuando entré a la sala vi el lunetario vacío: era el primer espectador. Ante el televisor prendido, el arrendador privado mostraba a un amigo un concierto de Julio Iglesias. De más está decir que me recibió con una mirada seca. Mi respuesta a su desdén y el de la taquillera fue: “Ahí te dejé un peso para ti y otro para el Estado”.

Le dieron rewind a Julio Iglesias. Pusieron la dichosa película de Tom Hanks para mí solo. A los minutos de iniciada, entraron dos espectadores más. Estuve la proyección rumiando el incidente. Me fui a casa y escribí un texto, uniendo la anécdota que arriba refiero con algunas conclusiones en la línea de “meditaciones sobre política cultural.” Al día siguiente, como parte de una sección en vivo en la radio provincial, descargué contra tanto entuerto. El locutor del programa, acostumbrado a que hablara sobre temas “fríos” –el nuevo disco de Metallica, una novela de Padura-, siguió mi perorata con las cejas trepándole al borde del pelo.

La noche siguiente tocaron a la puerta de mi apartamento. Era el arrendador privado. No quise saber cómo había dado con mi dirección, pues su rostro anunciaba algo terrible. Me informó que, tras mi comentario radial, la directora del Centro Provincial de Cine había decidido cerrar el contrato a todos los arrendatarios privados. Es decir, acababa de quedar desempleado. Con tono lúgubre y hablar lento me comentó que, después de haber sido operado del corazón, llevaba una vida de cuidados que la entrada económica de la salita de video facilitaba. La señora de la taquilla, la misma que casi me prohíbe entrar, tenía un hijo con problemas. Me pidió disculpas por lo ocurrido. Le di la mano y prometí que algo haría.

Al día siguiente encontré a una directora del Centro Provincial de Cine de muy malas pulgas. “No fue solo tu comentario en la radio, chico, es que no es la primera vez que pasan estas cosas. Así que se acabó: les voy a cerrar el contrato a todos y santo y bueno”. La primera pregunta que le hice fue si la institución que dirigía era capaz de autofinanciarse sin el apoyo económico que significaban las salitas regentadas por particulares. Me respondió que no. Que parte del salario de los trabajadores salía de esas entradas. (Durante los años 90, los cines cubanos veían menguar la oferta de películas en 35 mm. Menudeaban las reposiciones y La niña de los hoyitos seguía siendo el blockbuster espirituano cada tres meses. Buena parte de los proyectores provinciales devoraban sin reposo las copias almacenadas en sus propias bóvedas, reparadas una vez y otra por los empleados y, para colmo, con una década o más de edad. En competencia desleal, los televisores y caseteras Betamax o VHS nos permitían ver copias piratas de Titanic o Die Hard a breves semanas de su estreno comercial).

Quise saber si con el salario de un taquillero o acomodador era posible contratar en tales puestos a algún licenciado en Historia del Arte capaz de tratar al público con mayor sensibilidad. Otra vez: no. El personal de los cines es por lo general de muy baja formación cultural. Por último, le pregunté cómo haría para mantener una programación de estrenos atractivos. Dijo que ya vería cómo arreglárselas.

Esa tarde el temor me dio fuerzas para ser convincente. Le indiqué que la solución no era demoler una propuesta –mediocre, no iluminista y etcétera- sino buscar alternativas. Si dejar de hacer cultura era un mal menor que permitía sustentar económicamente y dar sentido a las salas de cine, la necesidad de mantener viva la voluntad de formar espectadores, de ofrecer mejores propuestas, tenía que hacerse de un lugar. Más calmada, prometió que se lo iba a pensar. Finalmente, las salas arrendadas de Sancti Spiritus siguieron programando cada día a Jackie Chan, Jean-Claude van Damme y Steven Seagal.

En lo adelante, sentí una íntima sensación de derrota. Yo, el más furibundo crítico de las películas de “patadas y piñazos”, había protagonizado la muerte e inmediata resurrección de tan cuestionable oferta de cine. Al mismo tiempo, experimentaba un sentimiento de alivio. El arrendador privado me brindaba unas miradas de tierno agradecimiento cada vez que nos cruzábamos en la ciudad. Hacía un gesto de saludo que acompañaba de una leve sonrisa. Le respondía siempre.

Una honda vergüenza me impidió volver por la sala de video cercana al periódico. Había estado a punto de servirme de mi poder simbólico para destruir un imaginario, una forma de vida y hasta una fuente de sustento de mucha gente. Desde los solitarios y viciosos que asistían a los programas de noche alta, de fuerte contenido erótico, para masturbarse, hasta los seguidores de las artes marciales y los filmes violentos. Mi respuesta definitiva fue crear la sala de video de la Casa del Joven Creador, donde tuvimos un público culto y menguante y la dicha de contar con nuestro propio blockbuster, que siempre se exhibió a sala llena: La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese.

No sé qué sensación tendrán ahora mismo los protagonistas del cierre definitivo de las salas de exhibición de cine 3D cubanas. Se han invocado razones de orden legal y económico para sancionar tal medida. Pero si se revisan las palabras del impersonal comunicado hecho público para decretar su extinción, se advertirá que ésos son apenas los argumentos, pues las raíces de la decisión son de otro carácter.
El verdadero motivo del cierre de las salas descansa en el resurgimiento y ramificación a través suyo de un actor cuya prominencia era significativa ya en el pequeñísimo círculo de la cultura cinematográfica espirituana de fines de los 90: el exhibidor privado. O sea, un agente de difusión que opera a su aire, programa siguiendo el cambiante curso de la rentabilidad y no toma en cuenta las “políticas culturales.”
Roberto Smith, presidente del ICAIC, al ser entrevistado para el artículo que acerca del tema publicó el diario Juventud Rebelde, declaraba que “El ICAIC defiende al cine como valor y expresión cultural que no puede arruinarse con la política de mercado, modus operandi de estas salas por cuenta propia.”

Las salas de exhibición 3D, equipadas y sostenidas gracias a capital privado, funcionaron hasta su cierre bajo el nutrido articulado que ha autorizado en Cuba decenas de oficios y ocupaciones que no solamente ofrecieron fuentes de empleo a cientos de miles de personas, sino que tributa ingresos al Estado. En ese sentido, si las salas 3D son exitosas económicamente, ¿ello contradice los propósitos de esta política?
Además, hay algo extraño en esta clase de argumentos que condenan la rentabilidad. ¿Acaso no sigue el ICAIC en su política de estreno y programación criterios de rentabilidad similares? De lo contrario, ¿cómo se explica que entre 2012 y 2013 solamente tres títulos cubanos hayan tenido estrenos masivos y extensos: Y sin embargo… (más de un mes, entre abril y mayo de 2012, en las mayores y céntricas salas habaneras), La película de Ana (entre enero y febrero de 2013 en Yara, Payret y Acapulco, entre otras) y Esther en alguna parte (un mes entre febrero y marzo de 2013 en ventanas de exhibición privilegiadas)? Digamos que esos títulos se mantienen en pantalla debido a la favorable respuesta de público. O a que son los favoritos de la política de estrenos, en detrimento de otros que reciben cortos periodos de exhibición, salas pequeñas (Chamaco, La piscina, Verde verde, Melaza) y a los que les cuesta hallar su público, en una política de estrenos del cine cubano con doble rasero.

Luego, ese mismo circuito de estreno y los espacios estelares de la televisión nacional, ¿programan o no los mismos títulos que las salas 3D? Ello pesa contra las declaraciones que el viceministro de cultura vertía en el mismo artículo citado. Para Fernando Rojas, en tales espacios “se promueve mucha frivolidad, mediocridad, seudo-cultura y banalidad, lo que se contrapone a una política que exige que lo que prime en el consumo cultural de los cubanos sea únicamente la calidad”.

Convengamos en que el deseo arriba expresado es compartido. Que todos queremos tal cosa. Pero saldada la discusión en torno a la coartada mercantil y también el argumento acerca de la presunta salud de los medios de difusión estatales, que sí defienden esa política cultural soñada –al menos en teoría-, emerge una nueva interrogante: ¿qué nos ofrece a cambio del cierre de las salas 3D la institución cultura nacional?
El propio presidente del ICAIC reconoce que la carencia de medios económicos impide a su instituto ofrecer similar espectáculo: “no tenemos la oferta más indicada ni el financiamiento para ello”, confiesa en el artículo de marras. O sea, no tendremos el chance divino de apreciar una muestra ajena a la “frivolidad, mediocridad, seudo-cultura y banalidad” con títulos de autor en 3D como Pina (Win Wenders), La cueva de los sueños prohibidos (Werner Herzog), Yo y tú (Bernardo Bertolucci) o Les Trois desastres, de Jean Luc Godard, que en mayo pasado hizo a la crítica de Cannes declarar que por fin “parece que el 3D sirve para algo”.

Lo curioso es que, de tener a mano en Cuba, vía iniciativa privada, algo que nos está vedado vía institucional, hemos quedado con nada. Ni siquiera parece pertinente atender a que la Muestra Joven, que posee un articulado flexible para gestionar su autofinanciamiento, ofrezca desde hace meses en el mismísimo edificio sede del ICAIC funciones de películas en 3D, a precios más altos que los de las salas nacionales, programando títulos como Piratas del Caribe o Spiderman, para comprender la posibilidad de usar esta vía para obtener “la oferta más indicada” y “el financiamiento para ello”. Mirándole el sucio en el pico se puede haber matado a la gallina dorada.
En el fondo de este entuerto, que indica la fragilidad de los argumentos con que se toman decisiones de política cultural, yace la dificultad con que en Cuba el sistema de administración estatal comprende los cambios que ha experimentado el consumo cultural contemporáneo. Véase si no la prohibición, de conjunto con el 3D, de las salas de videojuegos. Parece existir una lamentable ignorancia hacia la potencialidad para la construcción del nuevo usuario de la cultura visual interactiva que descansa en estas formas de entretenimiento.

Walter Benjamin, en su “La obra de arte en la era de la reproducción técnica”, había advertido del poder utópico que contenían los nuevos medios de comunicación del siglo XX a favor de una vanguardia estética comprometida con la transformación social. Pero esa energía transformadora implica tanto la pérdida de autonomía de la obra artística como la inmersión del arte en la vida cotidiana y no la división arbitraria entre un consumidor zombi banalizado y otro advertido, desalienado y crítico. A veces parecemos estar discutiendo desde las posiciones superadas de la Escuela de Frankfurt. La cuestión de fondo en todo esto es si vamos a construir una sociedad de individuos capaces de administrar su libertad desde una postura cívica que les permita, incluso, exponerse a la “frivolidad, mediocridad, seudo-cultura y banalidad” de Hollywood, el reggaetón, las salas de video 3D y las malas películas del mismísimo ICAIC sin convertirse en zombis sin criterio. Algo que, todo ha de decirse, no ha ocurrido ni ocurrirá porque alguien vio mucho cine malo. O sea, se trata de una discusión acerca del entorno democrático que requerimos para crecer como país.

Un ciudadano más culto y dialéctico no se trenza bajo las redes de la prohibición, el silenciamiento y la ocultación. Mucho menos suponiendo que la cultura y sus nexos con la eticidad son administrables desde arriba. La percepción apocalíptica que hacia los nuevos medios manifiesta el poder estatal cubano (sean las salas 3D, las antenas parabólicas clandestinas, las redes sociales o la internet misma) impide apreciar el valor liberador que tienen tales canales de intercambio simbólico como creadores de una conversación, de un diálogo donde se construye una inteligencia colectiva sin árbitro que ofrezca un veredicto acerca de qué es “frivolidad, mediocridad, seudo-cultura y banalidad” más que esa inteligencia colectiva misma.

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Publicado el noviembre 15, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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