LA INVENCIÓN DE LO HISTÓRICO

¿Qué hay exactamente antes de eso que los humanos un día festejarán como un hecho histórico? En ese flujo incesante de cosas y acontecimientos en que a diario nos vemos envueltos, como en un interminable caos, ¿qué es exactamente lo que va a adquirir relevancia histórica, y por qué?

Cierta persistente obsesión por rememorar las fechas en que ganaron visibilidad determinadas acciones humanas (como si estas fuesen las únicas que realmente decretaron lo que hoy la memoria colectiva exalta o deplora), ha propiciado que pasemos por alto aquello que anotaba Cassirer:

“El historiador, lo mismo que el físico, vive en un mundo material, pero, en los inicios mismos de su investigación, no encuentra un mundo de objetos físicos, sino un universo simbólico, un mundo de símbolos. Debe aprender, antes que nada, a leerlos, pues todo hecho histórico, por muy simple que parezca, no se determina y comprende más que mediante un análisis previo de símbolos. No son cosas o acontecimientos sino documentos o monumentos los que constituyen los objetos primeros e inmediatos de nuestro conocimiento objetivo. Sólo por la mediación e intervención de estos datos sensibles podemos captar los datos históricos reales, los acontecimientos y los hombres del pasado”.

Entonces, lo simbólico llega a nosotros como un aliado de aquellos privilegiados que ya han decidido con anterioridad lo que, según ellos, vale la pena encumbrar. De allí que, antes de repetir los hechos que narran, antes de creerles sin pensar demasiado lo que afirman, deberíamos estudiar en qué condiciones los historiadores y expertos que nos precedieron escribieron sus relatos. ¿Habrá algún modo de adentrarnos en ese pasado, digamos “meta histórico”, sin que nos soborne la tentación de juzgar lo ocurrido de acuerdo a nuestros intereses y humores más puntuales?

Va a ser difícil, por no decir imposible. Bergson observaba en alguna parte de sus escritos que el pensamiento es un lujo, y la acción una necesidad. El historiador no escapa de esas reglas. Cierto que tiene tiempo para ir a las bibliotecas y desafiar la alergia que provoca sumergirse en los periódicos viejos, pero eso es apenas una mascarada. Antes de darse ese lujo el historiador necesita dejar satisfecha una necesidad más íntima que la que suele exponer en público. En realidad si vamos a las bibliotecas en busca de respuestas que nos expliquen la Historia, es porque determinadas disposiciones afectivas nos han empujado a confirmar con los documentos lo que ya teníamos en mente. Tal vez lo que necesitábamos creer.

Luego, la acción que demanda vivir todo el tiempo nos ha llevado a refugiarnos en la construcción de esos mundos históricos que, una vez que se leen los libros, descubrimos ya domesticados, ajenos a la fiereza que caracteriza a la vida misma. ¿Será la Historia, entonces, puro eufemismo?

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 14, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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