LECCIONES DEL GATOPARDO EN 3D

¿Recuerdan aquel bocadillo que Tancredi (encarnado en un lozano Alain Delon) le espeta al Príncipe de Salina (Burt Lancaster) en la célebre El Gatopardo (1963), de Luchino Visconti?: “Hay que cambiarlo todo para que nada cambie”.

Nadie retiene las películas íntegramente. Los filmes se evocan por sus asuntos generales, por determinados parlamentos o escenas, y ello sucede cuando los cineastas consiguen captar en su representación esos cambios profundos que están aconteciendo en las épocas que les ha tocado habitar. De allí la trascendencia de un Chaplin, un Welles, un Renoir, o un Visconti. No importa que pase el tiempo, y nuevas modas tecnológicas se impongan de modo efímero: las grandes películas perduran, y tarde o temprano renacen, para alertarnos de que el gran problema humano permanece como el primer día: el problema de la infelicidad de los hombres y mujeres que habitan el planeta, o mirado el asunto en su dimensión positiva, la búsqueda trágica de la felicidad en la que se embarcan desde que nace cada uno de los seres humanos que llega al mundo.

Me dio por pensar en todo esto el sábado pasado, cuando participaba en la Asamblea de Balance 2008-2013 del Comité Provincial de la UNEAC en Camagüey. Reunida el grueso de la “vanguardia intelectual” del territorio, pensaba que era el mejor momento para reflexionar sobre esas transformaciones sordas que vienen ocurriendo entre nosotros, y que nos estaría obligando a actualizar el concepto que hasta ahora mismo tenemos de “consumo cultural”. Así que intervine en la asamblea con el fin de llamar la atención sobre estas interrogantes que desde hace un tiempo me inquietan: ¿se puede hablar de la cultura del mismo modo que se hablaba en el siglo XX, o, digamos, veinte años atrás? Y por ende, ¿es razonable que sigamos invocando la autoridad e intocabilidad de una política cultural que en su inicio respondió a determinados escenarios, determinados tiempos, y que hoy parece atascada, o al menos superada, en medio de una sociedad que aspira a la actualización telemática?

He allí un par de interrogantes con la que no podría lidiar un solo hombre, por lúcido que sea su sistema de pensamiento. Y ni siquiera un grupo de intelectuales encerrados en sus capillas, por ilustrados que puedan ser, y llenos de buena voluntad que puedan estar. Hablar de “cultura” hoy, exige un esfuerzo mucho mayor que contentarse con enunciar lo que se dice en el primero de los planteamientos comunes a todas las filiales de Camagüey, registrado en el informe que se sometió a la discusión y que copio a continuación: “Varios artistas se pronunciaron por la lucha contra la mediocridad, la banalidad, mercantilización de la cultura y otras manifestaciones que atenten contra el buen gusto”.

Hacía rato que no leía algo tan ambiguo y rimbombante en lo retórico, y que al mismo tiempo no dijera absolutamente nada. Y quise tomarlo como punto de partida para una reflexión donde, ya de paso, mostraba mi discrepancia con la reciente prohibición de la actividad de 3D y juegos computacionales en el sector privado, pero como pretexto a su vez que permitiera abordar lo esencial: la necesidad de, antes de juzgar y tomar medidas autoritarias y excluyentes, estudiar desde múltiples perspectivas un fenómeno que no afecta solamente a Cuba.

Lamentablemente el debate no prendió, y apenas tres intelectuales del foro (Luis Álvarez Álvarez, Jorge Parrado, y Jorge Luis Santana), se sintieron aludidos por la provocación: Luis intervino para exponer su criterio en cuanto a lo que considera nocividad extrema de los videos-juegos (que, según su criterio, justificaría la prohibición), y Parrado y Santana a favor de la regulación antes que la proscripción. Los tres ofrecieron argumentos que hubiesen propiciado una buena discusión intelectual, de esas que tanta falta le está haciendo a nuestro espacio público, y de las que la UNEAC debería ser una de las principales animadoras, pero todo se diluyó en medio de otros planteamientos no menos importantes, aunque menos polémicos.

Para mí la discusión seria de estos asuntos sería la base de todo lo que podamos discutir después: ¿cómo podemos enfrentarnos a los problemas que genera la enseñanza artística en estos tiempos, por ejemplo, si desconocemos las características de ese consumo cultural informal que, poco a poco, se ha ido entronizando en nuestras vidas?, ¿cómo podríamos tomar medidas razonables en cuanto a las estrategias económicas a trazarse por las instituciones con el fin de proteger los supuestos valores artísticos de antaño, si ignoramos de modo olímpico las dinámicas que va propiciando el mercado mundial en la actualidad, donde un número cada vez mayor de cubanos –pese a nuestra aparente insularidad- se ve envuelto?; ¿acaso se podrá seguir ignorando el impacto de las nuevas tecnologías en la revolución que ha propiciado en nuestros hábitos de recepción cultural?, ¿estaremos hablando en serio cuando creemos que ese grupo élite reunido temporalmente para analizar los problemas de la cultura en Camagüey, permanece intocado por lo que de modo apresurado y genérico llamamos “mediocridad”, “banalidad”, o “mercantilización de la cultura”?

Podría aludirse de que detrás de esta falsa resistencia a lo inevitablemente hegemónico (resistencia más retórica que efectiva) sale a relucir otra vez aquello que Eco describió, hacia principios de los sesenta del siglo pasado, como la confrontación entre apocalípticos e integrados. Por supuesto que se podrían retomar no pocas de sus observaciones, sobre todo cuando examina lo que llama la crítica apocalíptica de la industria cultural, y esa tendencia que habría en el apocalíptico a acuñar conceptos fetiches como es el de “masa”.

También nosotros, a estas alturas, seguimos negando de modo radical y autoritario sin estudiar a fondo el fenómeno, y le adjudicamos a “la masa” anti-valores que no salen de una observación concienzuda del campo, sino de nuestras emotivas subjetividades, por lo que la siguiente observación de Eco, por ejemplo, seguiría conservando vigencia:

“Que más tarde dichas masas entren o no en el juego, que en realidad posean un estómago más resistente de lo que sus manipuladores creen, que sean capaces de ejercitar la facultad de discriminación sobre los productos que les son ofrecidos para consumo, que sepan resolver en estímulos positivos, dirigiéndolos a usos imprevistos, mensajes emitidos con intención muy diversa, es problema de distinta índole. La existencia de una categoría de operadores culturales que producen para las masas, utilizando en realidad a las masas para fines de propio lucro en lugar de ofrecerles realizaciones de experiencia crítica, es un hecho evidente. Y la operación cultural debe enjuiciarse de acuerdo con las intenciones que exterioriza y por la forma en que estructura sus mensajes. Pero, al juzgar estos fenómenos, el apocalíptico (que nos ayuda a hacerlo), debe siempre oponer la única decisión que él no acepta, la misma que Marx oponía a los teóricos de la masa: “Si el hombre es formado por la circunstancias, las circunstancias deben volverse humanas”.

Sobra decir que los tiempos en que Eco escribe esto eran bien distintos. Todavía entonces, en lo que al audiovisual se refiere, el dispositivo “pantalla” estaba centralizado. La gente para ver una película obligatoriamente tenía que ir al cine. Nadie tenía en su casa proyectores de 35 mm, de modo que el Estado o los grandes distribuidores podían darse el lujo de diseñar sus respectivas políticas de programación. Por otro lado, si el espectador quería disfrutar alguna historia a través de la cual compartir con los demás parte de sus propias experiencias, debía permanecer hora y media en una sala oscura que condicionaba su manera de percibir esos productos culturales.

Hoy el dispositivo “pantalla” se ha descentralizado. No solo hay pantallas de todos los tamaños, sino que estas pueden coexistir en un mismo espacio y al mismo tiempo. De pronto podemos estar en un lugar donde un televisor nos muestra una película, mientras que en la laptop personal se consume otro filme, y en el teléfono nos entretenemos eventualmente con algunos de los juegos electrónicos de los que dispone el aparato. ¿Qué hay de común detrás de esta diversidad de productos que llegan a mis sentidos al mismo tiempo?: probablemente una sensación de libertad nunca conocida, y que después de experimentada, será difícil de rechazar.

Por supuesto, de creer a Heidegger nos quedaría claro que se trata de una “libertad” entre comillas, en tanto buena parte de nuestras acciones son dictadas por ese inefable Uno que diseña, sin que nos demos cuenta, el modo en que debemos o no consumir esos productos. ¿Dónde estaría entonces nuestro desafío como parte de esa vanguardia que se supone sea capaz de pensar críticamente estos fenómenos absolutamente inéditos?

El primer desafío, desde luego, estaría en construir un espacio de debates donde quede superado el pesimismo de los apocalípticos y el acrítico entusiasmo de los integrados. Ese espacio habría que construirlo a partir de la evidencia que deja clara nuestra común ignorancia en cuanto a estos temas.

El segundo desafío lo localizo en la voluntad desprejuiciada de apelar a estos nuevos medios y productos para ponerlos en función de proyectos que pueden beneficiar a la comunidad. Pienso concretamente en los videos juegos, que mucho podrían contribuir a revolucionar esos métodos de enseñanza y aprendizaje donde todavía la participación creativa de profesores y alumnos se subordinan a un esquema unidireccional en el cual el maestro tradicional, con su autoridad excluyente, no estimula el pensamiento por cabeza propia de quienes le escuchan, sino en todo caso fomenta la memorización oportunista por parte de los alumnos de aquello que ya ha decidido que es “la verdad” y no habría que discutirla.

No se trata, desde luego, de obviar la parte negativa que tendrían los videos juegos a la hora de fomentar determinados estereotipos y roles sociales siempre en función de los intereses de quienes mandan verdaderamente en el mundo, pero si vamos a mirar la parte negativa, convendría también asumir las innegables ventajas que ofrece. Acordarnos de los aportes teóricos de Johan Huizinga a la hora de hablarnos del homo ludens, y el papel invaluable que ha tenido el juego en la historia de la cultura. Actualizarnos con las herramientas críticas que se vienen utilizando para examinar un fenómeno que resume de modo provocador la estudiosa Laura Baigorri: “El videojuego ya no es sólo ocio popular, baja cultura, sino aprendizaje, herramienta de concienciación, e incluso arte”.

La vieja estrategia que se esconde detrás del “Hay que cambiarlo todo para que nada cambie” realmente a estas alturas está condenada a fracasar. En realidad hay que cambiar el pensamiento tomando en cuenta los cambios que ya han tenido lugar en un mundo cada vez más patafísico, más denso en su complejidad imaginaria. ¿Estará preparada nuestra vanguardia intelectual para insertarse en esos nuevos mundos? ¿En esos incesantes cambios?

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 12, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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