LAS TRES “D” DEL FUTURO AUDIOVISUAL EN CUBA

Hace algún tiempo colgué en el blog un post con el título “Y con los Centros de Cine en las provincias, ¿qué va a suceder?”. Anoté allí un conjunto de reflexiones personales que tratan de mirar el asunto del audiovisual en Cuba desde la perspectiva de alguien que vive en las provincias. Es decir, alguien que está más allá de La Habana, ese lugar donde el máximo grupo de poder de nuestro país discute los problemas primordiales de la nación, y traza estrategias que supuestamente benefician a todos.

Como me preocupaba (y aún me preocupa) la suerte de esas antiguas salas cinematográficas que van muriendo a lo largo y ancho del país, en ese post, apunté un criterio que para algunos (o para muchos) resulta discutible. Copio el fragmento al que aludo:

“Mi criterio personal es que los administradores ideales de esas salas serían los particulares. Sé que esto chocará a aquellos que han vivido la etapa de oro del ICAIC, con sus cines atendidos en términos de programación a lo largo y ancho del país. Y además, cada vez que se menciona la posibilidad de poner en manos de los privados los servicios que hasta ayer atendía el Estado, surge en algunos el horror (hay que decirlo por lo claro) de un posible enriquecimiento. A esos que se horrorizarían con esa posibilidad (que siendo una actividad honesta no veo por qué tendría que perturbar a nadie), le preguntaría si no le causa una similar conmoción moral ver cómo se ha llegado a legalizar la piratería concediendo patentes para vender productos audiovisuales de los cuales no se tiene ningún derecho, con la clara afectación de sus titulares. Esto me lleva a pensar que, efectivamente, cualquier paso que se dé en un futuro relacionado con el audiovisual en nuestro país, lo primero que necesita es un escenario de legalidad transparente, o dicho también por lo claro, una ley del audiovisual que proteja a productores y consumidores.

Ahora, si la administración de las salas cinematográficas pasara a manos de los particulares, ¿qué sucedería con los Centros de Cines existentes en las provincias?, ¿estarían condenados a desaparecer? A mi juicio, no: todo lo contrario. Centros como estos podrían contribuir a reforzar ese escenario de legalidad al que aludíamos antes, además de convertirse en verdaderos gestores de políticas culturales comunitarias, donde se fomente el equilibro en las ofertas públicas, y se cuide el legado de la tradición cinematográfica, hoy en verdadero peligro de extinción”.

He vuelto a pensar en esto a raíz del reciente anuncio que se hiciera de la suspensión de las exhibiciones en 3D dentro del sector privado. La medida ha provocado en mí sensaciones encontradas. Primero, porque pienso en esos particulares que han hecho sus inversiones (que no son diez centavos) amparados en un texto legal que ahora los deja sin modo de reclamar. Y luego, porque no me queda claro si le medida obedece a la “política”, a secas, o si va respaldada por un estudio serio de lo que viene aconteciendo como tendencia en este universo tecnológico, asociado al consumo audiovisual.

Quizás me equivoque, pero en lo personal no veo cómo el Estado podrá ofrecerle ahora mismo a la población una alternativa a esto que los cuentapropistas ya comenzaban a animar. Comprar equipamiento para todas las salas del país es sencillamente impensable. Pero, además, no se trata solamente de la compra del equipo que hoy esté de moda, sino mantenerse actualizado con el fin de que el público no pierda el interés. Y es que las características de las nuevas tecnologías ponen cada vez más a la mano aquella aspiración que de siempre ha tenido el público de todos los tiempos: ver lo que la gente quiera, no lo que otros le impongan.

Esto sitúa el gran desafío de quienes actualmente piensan las “políticas culturales” relacionadas con el audiovisual, no en el terreno de la prohibición y la censura (gestos inútiles a estas alturas), sino en el de la creatividad inteligente, que aproveche ese propio desarrollo tecnológico en función de los más diversos intereses. Porque de eso se trata, de fomentar un campo diverso en el cual quepa el cine de autor, pero también el entretenimiento, incluyendo esos modos de representación que hoy se plantean en los video-juegos, por ejemplo. Eso sí, deberíamos esforzarnos por formar un espectador todo el tiempo crítico.

Pero para que lleguemos a ese momento de lucidez donde consigamos superar este momento de incertidumbre que está provocando la revolución electrónica en todos nuestros hábitos de producción y recepción de audiovisuales, será preciso no perder de vista las tres grandes D que necesariamente tendrán que acompañar al proceso: Democracia que permita incluir todo tipo de ideas; Debate constante y transparente que contribuya a que ganemos en claridad; y Diversidad que garantice la satisfacción de la mayor cantidad de expectativas.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el noviembre 5, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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