MARÍA ANTONIA BORROTO SOBRE EL ARTE JOVEN EN CUBA

La ensayista camagüeyana María Antonia Borroto me hace llegar esta reflexión que presentara en el recién concluido Congreso de la Asociación Hermanos Saíz. Son ideas valiosas, sobre todo porque nos permitirá retomar algunas interrogantes que hace algún tiempo compartimos y debatimos en el blog, y nos invita a buscar entre todos alternativas concretas al actual estado de cosas relacionado con el llamado “arte joven” cubano (incluyo al audiovisual) y su crítica.

JAGB

SOBRE EL ASÍ LLAMADO ARTE JOVEN

Por María Antonia Borroto

Hablar del arte joven me luce una tarea excesiva no ya para mis menguadas fuerzas, sino para cualquier ser humano. El primer escollo es la imposibilidad de un mapa o ruta que nos ayude en la faena, e incluso, la certeza misma de que tal mapa sea posible e, incluso, necesario. Quizás mi incompetencia nace de una posición equivocada: creer, a estas alturas, en la posibilidad de una suerte de ruta crítica. Confieso mi asombro cada vez que le pedimos a la crítica ser una variante de lazarillo: lo confieso no menos asombrada de que algunos de los que considero textos imprescindibles para entender las faenas de la crítica —los de Roland Barthes, T.S. Elliot, Charles Baudelaire y nuestro Martí— le hayan exigido a esa antojadiza dama, y se lo exigieron a sí mismos, otras misiones, junto a las cuáles, convengámoslo, la de perro de San Bernardo es apenas una minucia.

El otro gran problema es el de la propia definición: arte joven. ¿Arte hecho por los jóvenes? ¿Para los jóvenes? La propia idea de la juventud es una de las más polémicas. Recuerdo que la indefinición puede llegar a tales extremos que en cierta ocasión, al querer llevar un proyecto de programa juvenil a una emisora de radio, y querer saber a qué universo del variopinto conglomerado juvenil dedicar mi propuesta, la respuesta fue tajante: “Jóvenes en sentido general”. Debí sonreír con amargura, pues por experiencia propia sé que casi nada equipara a un adolescente con un estudiante universitario, a un recién graduado con un profesional ya en la treintena, al chico de ciudad y al del campo, o peor, al de esos poblados que no se definen como ciudades pero que hace ya tiempo desandaron el camino de lo rural y que merecen, para su comprensión, un instrumental mucho más fino. Además, eso de jóvenes en general, como mujeres en general, negros en general, o hasta hombres en general, es una tendenciosa y simplificadora forma de entender lo humano.

No creo estar descubriendo nada nuevo, sino llamando la atención sobre lo nefasto de las etiquetas, sobre todo, cuando, como en la emisora de marras, estas ocultan interesantísimos fenómenos, y lejos de convertirse en herramientas válidas devienen una suerte de cortapisa que se introduce entre nosotros y la realidad, la que siempre es ordenada, conscientemente o no, de acuerdo a nuestros esquemas mentales. Por eso, por la adecuación o no de la realidad a tales esquemas, decimos indistintamente que la juventud está perdida, o que el relevo está seguro. Y no solo respecto a los jóvenes, pues de etiquetas y frases hechas está, valga la redundancia, hecho el mundo.

Parecerá a simple vista que esto nada tiene que ver con lo que aquí nos convoca. Sin embargo, no lo creo tan alejado, pues muchas veces chocamos con el lugar común cuando de arte se trata. No lo veamos solo desde el punto de vista de la estética, disciplina que también estudia el lugar común y sus variantes en el arte, sino en la lógica de la vida diaria, en la lógica de la vida de la cultura y en la cultura. Si la lógica que prima en las estrategias de divulgación es la misma de la emisora de que les hablé, si seguimos esperando de la crítica la pose autoritaria, el gesto tronante y la ubicación definitiva de cada cual en su sitio, el panorama es bien desesperanzador. A un mismo callejón sin salida nos llevan la ligereza de la una y la severidad de la otra.

Otro asunto que perturba a unos cuando se piensa en el arte joven, y en los jóvenes, es su postura respecto a la tradición. Toda época que se considera moderna tiene una relación bastante difícil con la tradición, hasta el punto que muy bien ciertos teóricos usan ambos términos como antónimos. Debemos convenir, junto a Unamuno, en que la “tradición es trasmisión, y la trasmisión no es lo trasmitido, como la producción no es el producto. Y trasmisión que no cambia trasmitiendo lo trasmitido es cosa muerta, servil”. Parece un juego de palabras este de Don Miguel; encierra, sin embargo, una tremenda sabiduría, acaso el quid de la disputa entre tradicionalistas y modernos. De hecho, según nos dice el propio Unamuno, “lo que se llama ordinariamente tradicionalismo es una doctrina dogmática, esto es, cuajada o solidificada”. No es negando la tradición como nos salvaremos, ni tampoco viéndola cual única posición. El asunto está en el cambio del propio sentido y alcance de la trasmisión, no ya de lo trasmitido, que también, pero el énfasis, según nos enseña el pensador español, ha de ser puesto en la acción misma, más afín a los tiempos que corren y las muchas sensibilidades de quienes los habitamos.

Siento de rato en rato, en el hacer de algunos jóvenes, una suerte de desasosiego en este sentido. Si bien los mayores suelen olvidar que alguna vez fueron jóvenes, nosotros solemos olvidar que quienes nos anteceden alguna vez fueron jóvenes. Que el asunto no es la ruptura por la ruptura, sino la asunción de una línea de continuidad que implique la ruptura o viceversa, para decirlo con el espíritu de Octavio Paz. También se suele olvidar que no hay revolución formal que no lo sea también de las ideas. Y siento que muchos descubren lo que creen su piedra filosofal y acuñan un modo de decir en el que prima la fórmula y no la forma, muy afín con el mecanismo fabril de las industrias culturales y que creemos y asumimos como arte, cuando es, única y exclusivamente, puro juego efectista.

De todo eso debemos curarnos, no como las beatas ante la mención del diablo, sino con discusiones inteligentes y estrategias bien pensadas. De mucho de ello se habló en Camagüey en el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica cuando fue puesto sobre el tapete el tema de la Muestra de Jóvenes Realizadores. Debe primar en tales espacios de debate no el llantico ñoño del hada excluida de la fiesta de la princesa Aurora. Recordemos que si nos ofendemos más de la cuenta la dormida no va a ser precisamente una princesa. No valen excusas para no crear, no hacer: si la mano que esperamos nos señale y eleve no lo hace, peor para ella: siempre el beneficio mayor ha de ser el placer del trabajo y de la fidelidad a la vocación propia.

Tampoco entiendo ciertos debates en torno a las relaciones entre centro y periferia, y el no entendimiento de los mecanismos alternativos para la promoción, tan útiles hoy en día. No entiendo, por ejemplo, por qué nos empeñamos en apenas trasmitir por la televisión nacional los materiales de la muestra si ellos andan de mano en mano, por qué el cuidado extremo en algunos aspectos, que no en otros, de lo trasmitido por los medios, cuidado que hace ver con ojeriza cualquier otra obra que pretenda cuestionar nuestra realidad.

Cuando pienso en los jóvenes y el arte pienso también en los jóvenes en tanto partícipes, como público, del hecho artístico. ¿Hacemos lo suficiente para llegar a ellos? ¿O acaso en nuestra relación con nuestros propios congéneres priman también las etiquetas? ¿Hemos reparado en la tremenda transformación cultural que implica la vuelta de los preuniversitarios a las ciudades?

Es más, ¿pensamos en el público? Casi nunca. El arte no puede ser solo gesto narcisista: ¿nos duele, en término económicos incluso, que un teatro apenas tenga público en ciertas noches? Afortunadamente no es el razonamiento económico el que entre nosotros dice la última palabra, mas eso de ser artistas y creer que debemos tener la cabeza en las nubes puede permitirnos ignorar estas cuestiones. Olvidamos incluso que nuestro trabajo no está completo mientras no llegue al otro, primera condición para tocar sus fibras más íntimas, que de eso se trata siempre. Me pregunto si nuestro sistema institucional tiene eso bien claro, si la tremenda cantidad de promotores que existen lo son de veras, si las estrategias de programación y de promoción están asentadas en la vida, asumen al artista y al público como el centro de su labor —lo que es igual a decir al ser humano—, y funcionan, por tanto, como es debido.

Todo ello también forma parte del arte, forma parte de lo humano. Y reitero, son muchas las etiquetas, mucha la abulia en ciertos espacios, decididamente. Muchas los conceptos ya prefijados y nunca corroborados científicamente con los que no tenemos esa relación cambiante y sutil que pedía Unamuno con la tradición. Esa relación ha de serlo no ya con el arte, sino con la vida.

Anuncios

Publicado el octubre 23, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: