CINE CUBANO DE LOS SESENTA: MITO Y REALIDAD

Esta hermosa foto que aparece en la cubierta del libro “Cine cubano de los sesenta: mito y realidad” ((Festival de Huelva, España, 2007) me la regaló Fausto Canel. Desde que la vi me pareció la portada ideal para este libro que pretende desmitificar ese período de la cinematografía nacional que aún se insiste en presentar como “la década dorada del cine cubano”.

En la foto aparecen en los dos extremos Alfredo Guevara y Guillermo Cabrera Infante: el primero presidente del ICAIC; el segundo, vicepresidente del Instituto. En el centro figura Tomás Gutiérrez Alea luciendo un bigote estilo Clark Gable, y a su costado Fausto Canel, el más joven de los fundadores del ICAIC. Hay un barbudo que no desentona en el conjunto, toda vez que en ese minuto la vanguardia intelectual y la vanguardia política vivían confundidas en el mismo entusiasmo colectivo. Es una foto que registra un momento mágico de absoluta cohesión, pero es eso, apenas una foto que ha congelado un instante de algo que ha seguido transformándose todo el tiempo. El mito comenzaría si comenzamos a darle más importancia a la foto congelada, que a la realidad siempre dinámica que permanece oculta detrás de esa instantánea.

Llamar “década dorada del cine cubano” a los sesenta, en el fondo es un gran sinsentido. Y además, una manera poco elegante de defender esa cinematografía. ¿Cómo puede ser “dorada”, espléndida, una cinematografía que recién acaba de nacer, sin una tradición (a diferencia de México o Argentina) que la respaldara?

Por otro lado, si a un hombre de cincuenta años le dicen que su etapa más brillante de su existencia hay que localizarla en sus primeros meses de vida, ¿en el fondo no le estamos diciendo que toda su vida ha sido un culto al declive?, ¿qué no ha existido crecimiento alguno? ¿no estaremos condenando a la condición de simples epígonos a todos los que vinieron detrás, no obstante la superioridad de estudios y mejores condiciones para filmar?

El libro intenta asomarse a cada uno de los años que conformaron esa década. Examina la producción en términos cuantitativos y cualitativos, pero también el contexto, porque hablamos de una época donde el ICAIC tenía un indiscutible liderazgo en la esfera pública, gracias a los debates protagonizados por Alfredo Guevara y varios cineastas.

El resultado de ese examen concienzudo, lejos de descalificar la producción de entonces, consigue ponerla en su justo lugar, “humanizarla”. Nos revelaría que, como era de sospechar, en esa década hay mucho más de aprendizaje y experimentación, que de obras absolutamente logradas.

Lo dorado de la época se localizaría en un contado número de filmes que, hacia las postrimerías del segundo lustro, se revelan con absoluta madurez creativa (léase Desarraigo, Las aventuras de Juan Quin Quin, Memorias del subdesarrollo, Lucía, o La primera carga al machete). Y también en esa producción documental encabezada por Santiago Álvarez y Nicolás Guillen Landrián que todavía hoy tiene vigencia.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el octubre 3, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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