ME INTERESA EL EJERCICIO DEL PENSAMIENTO

En estos días he estado revisando trastos de lo que llamo “la egoteca”. La egoteca es esa carpeta que uno tiene que tener a mano porque en asuntos académicos la burocracia suele ser más exigente y fastidiosa que la que funciona en la vida común. Lo cual ya es mucho decir. Así que hay que conservar todos los documentos que acrediten que has hecho o escrito esto o aquello, en tal año, en tal lugar.

Revisar todos esos archivos me ha reportado, no tanto nostalgias, como la impresión de reencontrarme con un extraño. ¿Así que ese era yo hace quince o diez años?, me pregunto no pocas veces azorado. Por otro lado, cuando se ha tratado de entrevistas o cuestionarios respondidos, ha sido también la posibilidad de reencontrar a quien lo propició. Como es el caso de este pliego de preguntas y respuestas que hace ya casi quince años construyó el poeta y buen amigo Osmany Oduardo Guerra.

Releerlas me devolvió de golpe a aquel evento de poesía en que participamos en Colombia (el municipio de La Tunas). Mi hermano Carlos Esquivel, uno de los escritores más grandes que tenemos en este país (y no hablo solamente del tamaño físico) se empeñó en que yo participara en aquel encuentro, hoy para mí memorable. Gracias, Osmany Oduardo. Ya ves que sigue siendo imbatible la persistente complicidad de la memoria.

Juan Antonio García Borrero

ME INTERESA EL EJERCICIO DEL PENSAMIENTO

"No me interesa que me encasillen ni en el grupo de los críticos ni en el de los creadores. A mí me interesa el ejercicio del pensamiento, que puede ser común en ambos sectores, como lo fue en la época que Alfredo Guevara, Julio García Espinosa o Titón, entre otros, que se empeñaron en fundar una imagen fílmica nacional lo suficientemente perdurable". Entrevista con el crítico de cine Juan Antonio García Borrero, Premio Nacional de la Crítica Literaria.

Osmany Oduardo Guerra | La Habana

En Las Tunas hay un municipio que se llama Colombia. Allí nací yo y allí habita Carlos Esquivel, uno de los escritores jóvenes más importantes de la literatura cubana actual. Pero una de las satisfacciones más grandes que me ha brindado ese municipio, además de mi nacimiento y de tener allí a varios familiares y la amistad de Carlos, es que en ese lugar conocí a Juan Antonio García Borrero. Yo había escuchado hablar de él como uno de los críticos de cine más representativos del país y había leído algún artículo suyo en cierta revista. Entonces lo imaginé alto y fornido, canoso y barbado, descripción que no se aviene con ese personaje delgado y frágil y tímido. En aquel Festival entablamos una amistad que le agradezco infinitamente a Carlos. Por eso, cuando supe que su libro había sido uno de los ganadores del Premio de la Crítica Literaria me alegré muchísimo y me prometí esta entrevista.

Cuando nos conocimos decidíamos la suerte de varios proyectos de libros de poesía para otorgar una Beca de Creación. Confieso que entonces me sorprendieron tus acertados criterios. ¿Qué tienen que ver Juan Antonio y la poesía? ¿Qué relación hay entre ustedes?

—La verdad es que no me atrevería jamás a escribir un poema, pero en cambio, todo lo que escribo intento pasarlo por el filtro de la emoción, que es a mi juicio la mejor manera de detectar lo poético. Cuando escribo algún ensayo sobre cine o cualquier cosa, intento que el resultado no sea esa exhibición fría de algún conocimiento, sino que busco la complicidad del lector con aquello que se enuncia, cuidando siempre que sea la belleza del lenguaje lo que más invite a la lectura. Alguna vez leí que Cabrera Infante había dicho que no existen críticos de cine, sino escritores que escriben sobre cine, y a mí la idea me parece estupenda sobre todo para entender que la efectividad de un pensamiento ha de comenzar siempre por el cuidado que se ponga a la hora de expresar esas ideas. Un pensamiento poético, a mi juicio, siempre tendrá más efectividad en quien te escucha que esas áridas exhibiciones del saber que terminan abrumando al auditorio.

—Yo debo tener un trauma con la formación de los escritores, siempre ando preocupado con eso. En tu caso estudiaste Derecho, una carrera que, de alguna manera, tiene que ver con el ejercicio del criterio porque en ambas se condena y se defiende. ¿Cómo pasas tú de abogado a ser uno de los críticos de cine más importantes de este país?

—Eso de ser uno de los críticos más importantes del país me asusta bastante. O por lo menos no me lo creo. Y no es falsa modestia: es que yo sé que todavía me falta muchísimo por aprender. Tengo demasiadas asignaturas pendientes. En todo caso diría que soy uno de los que más insiste en preguntar, autofiscalizar de dónde salen todas esas verdades que hasta ahora la crítica tradicional ha estado manejando frente a un público que, lamentablemente, la escucha pero cada vez atiende menos. En otras oportunidades he dicho que no me interesa que me encasillen ni en el grupo de los críticos ni en el de los creadores. A mí me interesa el ejercicio del pensamiento, que puede ser común en ambos sectores, como lo fue en la época que Alfredo Guevara, Julio García Espinosa o Titón, entre otros, se empeñaron en fundar una imagen fílmica nacional lo suficientemente perdurable. Hoy en día, lamentablemente, nos sobran las opiniones y nos falta el pensamiento. Pero en cuanto a tu pregunta, te diré que en realidad ya yo estaba interesado en el cine desde que estudiaba en la Secundaria. Más bien deberías preguntarme cómo alguien que siempre se apasionó tanto por el cine fue a parar a un estrado. No me arrepiento de esos estudios, pues mucho que me enseñaron a observar ciertas reacciones límites en la naturaleza humana, y aplicar esas observaciones a lo que escribo. Solo que ahora los juicios y todo eso me limito a verlos en las películas.

— ¿Existe para ti una película que pudieras catalogar de perfecta?

—Todas las películas las hacen los hombres. Todos los hombres son imperfectos. Luego, ninguna película es perfecta. Me he inventado este silogismo para acordarme siempre que no son dioses los que se encargan de estos asuntos…

—Si tuvieras que quedarte con cinco películas, ¿cuáles serían?

—No creo mucho en esas encuestas que cada año hablan de “las cien mejores películas de todos los tiempos”. Francamente, creo que en la mayoría de esas ocasiones los críticos se dejan seducir por la tradición y por esa herencia de “buen gusto” que ha caído en sus manos y que ellos a su vez, cada vez que ven una nueva película lo que hacen es esperar que le repitan lo que Welles, Eisenstein o Chaplin ya demostraron con creces en sus tiempos. Por eso, ves que luego de cien años o un poco más de cine se siguen mencionando las mismas películas del primer período, como si los nuevos cineastas no hubieran sido capaces de aportar novedades o contribuir al desarrollo del lenguaje cinematográfico. Creo que a estas alturas los críticos deberían anunciar (remedando aquello de Nietzsche con Dios) que el cine al fin ha muerto. El cine respondió a las expectativas de un siglo que se nutría del desarrollo de la mecánica, por ejemplo, pero el nuestro alimenta todo su progreso en los avances de la informática, y ya la gente ha aprendido a “mirar” de otro modo. Eso es lo fastidioso de buena parte del cine moderno, empezando por el norteamericano: que te sigue contando historias como las narraba a mediados del siglo veinte, cuando el receptor moderno ya tiene otras experiencias audiovisuales y otras estrategias de recepción. Hoy no es necesario ir a una gran sala para ver una película. La puedes ver hasta por Internet. Pero los mercaderes de la pornonostalgia siguen empeñados en hacer películas para abuelitos vestidos de adolescentes. Y nos cuentan la misma historia una y otra vez. Lo único que hacen es cambiarle el título y el nombre de los actores. Mas la escenografía es la misma. Por eso, cuando aparece una de esas películas transgresoras es como si me devolvieran la fe. Hay muchas, y sería difícil mencionarte las cinco que preferiría, porque estaría pensando en El ciudadano Kane, de Orson Welles; o La quimera de oro, de Charles Chaplin; o Las hurdes, de Luis Buñuel; o La regla del juego, de Jean Renoir; o Rashomon, de Akira Kurosawa,; o Un condenado a muerte se escapa, de Robert Bresson, pero también en Memorias del subdesarrollo, de Titón; o en Casablanca, de Michael Curtiz; o La malvada, de Manckiewiz; o El Padrino, de Coppola; o más reciente, en Ciudad de Dios, de Fernando Meireilles. Voy al cine a pasarla bien, no a enredarme en postgrados de masoquismo y tedio, por lo que mi gusto suele ser bastante tolerante. Pero ya te digo, no le hago demasiado caso a ninguna selección, así sea mía. Una encuesta no es más que la compilación de determinados estados de ánimo. Y como todo fluye, nada indica que mañana la misma persona no diga algo diferente.

— ¿Qué género literario prefieres ya sea para leer o para escribir?

—Ahora mismo el ensayo. Cada vez encuentro más y más placer en este género, sobre todo por las posibilidades que ofrece para la polémica. Soy un ferviente admirador de la cultura del debate. Pero no me interesa esa falsa polémica donde apenas prevalece el choteo descalificador y que jamás se propone un crecimiento intelectual. Creo en la polémica donde dos antagonistas encuentran un tercer punto de vista superior. Y que exponen sus puntos de vista con arreglo a las reglas más elementales del respeto. Lo cortés no quita lo valiente. El arte de ser agudo incluye al arte de saber demostrarle al contrario que hay respeto. El ensayo referido al pensamiento fílmico en estos momentos está conociendo un renacimiento, luego que pensadores como Alfredo Guevara, Julio García Espinosa o Tomás Gutiérrez Alea dejaran el listón bastante alto en los sesenta. A diferencia del ensayo literario, que cuenta con excelentes exponentes en nuestro país, o el ensayo sobre la plástica, el de cine había quedado a la zaga, para no decir que apenas existía. Se hacían y hacen muy buenas crónicas, que además, resultan imprescindibles en la orientación del público general, pero lo que es el ensayo provocador, agudo, ese apenas se practicaba. Hoy creo que estamos en condiciones de reconocer el arribo de una etapa superior relacionada con el pensamiento alrededor del cine cubano, gracias a varios nombres que están empeñados en insertar la teoría en nuestras tertulias. Hay varios ensayistas, pero entre los nombres que creo no se pueden dejar de mencionar están los de Rufo Caballero, Jorge Yglesias, Frank Padrón Nodarse, Joel del Río, Dean Luis Reyes, Mercedes Santos Moray, Luciano Castillo, por mencionarte solo algunos, y tendríamos que sumar también lo que me parece una adquisición formidable: Víctor Fowler.

—Muchas veces me he preguntado esto: ya que ustedes (y lo pongo en plural para hacerlo un poco más impersonal) le ven a todo filme defectos y virtudes, ¿se atreverían a hacer la película “perfecta”?

—Cuando dices “ustedes” olvidas que en realidad el hombre es un animal crítico. No hay persona que se salve de ese hábito de criticar aquello que no le gusta. Mucha gente dice que los críticos son creadores frustrados, y yo pienso que en realidad lo que hay es mucha gente que lleva dentro un crítico incompetente. Por tanto, suelo dividir a los seres humanos en críticos y criticones. Particularmente en Cuba, donde todo el mundo sabe de pelota y de cine, y siempre están dispuestos a opinar así sea Umberto Eco el que esté al frente. Pero siempre digo que una cosa es la opinión por la opinión y otra el pensamiento rigurosamente crítico. Todo el mundo tiene una opinión propia, pero pocos se atreven a cultivar un pensamiento propio, porque esto último supone un esfuerzo descomunal. De allí que cuando esa mayoría que opina se siente atacada por aquel que se ha propuesto provocar con el pensamiento más riguroso casi siempre apele a ese choteo insulso donde no hay análisis, sino tan solo exabruptos y resentimientos. Pero creo haberte dado ya una idea de lo que pienso acerca de las películas “perfectas”. En una palabra: no creo que existan. Y si existen, deben ser tan aburridas que nadie las ve. Pero además, tampoco me parece importante proponerse lograr esa perfección. Yo jamás le exigiría a un director que hiciera una película perfecta. Que buscara en vida la trascendencia. Eso me parece monstruoso. Mis exigencias relacionadas con el cine cubano tienen que ver con otro tipo de expectativas incumplidas. Prefiero una película “imperfecta” (para decirlo como Julio García Espinosa) pero que me haga pensar, a esas otras que están tan exquisitamente bien hechas que no proponen en uno el más mínimo sobresalto.

—Personalmente, me gustan muy pocas cosas del cine cubano actual. Pero esto debe ser porque soy un mal espectador. Me parece que nuestro cine se ha encasillado, o más bien aferrado, al humor y la crítica social que a mí (particularmente, aclaro) me aburre bastante. ¿En qué situación está, para ti, el cine cubano?

—Hace poco escribí un ensayo que titulé La utopía confiscada (De la gravedad del sueño a la ligereza del realismo), y que intenta aproximarse críticamente al cine cubano de los noventa. Creo que ha sido uno de los textos más saludablemente vapuleados de los últimos tiempos. Los cineastas Arturo Sotto y Jorge Luis Sánchez escribieron sendas réplicas, y también el importante crítico español Alberto Elena. Por otro lado, realizadores como Orlando Rojas y Manolo Pérez han polemizado oralmente conmigo, a propósito del ensayo. Pero esto es más bien excepcional, por lo que puede decirse que el cine cubano está viviendo una suerte de… segunda etapa silente. Se hacen películas. Los críticos escriben mal o bien sobre ellas, pero después no pasa más nada. Es como si se hubiera perdido la capacidad de escucha, y sólo tuviéramos fuerzas para oír lo que decimos en forma elogiosa de nosotros mismos. Me parece que este es el aspecto más débil del cine cubano hoy en día: la notable ausencia de un pensamiento interior que sea capaz de nutrir a la creación de una meta última donde la variedad de estilos defina la unidad armónica. En aquel ensayo dije, y ahora lo mantengo, que hoy en día resulta un disparate hablar de cine cubano, pues en realidad estamos aludiendo a un grupo de cineastas empeñados en hacer “su cine”, al precio que sea necesario. Sobrevivir, si cabe el término. No estoy de acuerdo con quienes le piden y hasta sugieren a los cineastas que hagan algo distinto a lo que hasta este momento han realizado. A mí eso no me parece inteligente, pues el cineasta hace la película que necesita hacer, no la que le encargan, venga ese encargo de los críticos o de la dirección del ICAIC. Si hasta el momento Daniel Díaz Torres o Gerardo Chijona se han sentido cómodos haciendo comedias, ¿por qué tenemos que obligarlos ahora a hacer un drama?, ¿o hay que exigirle a Solás que haga Las doce sillas de este siglo porque ya tiene demasiadas tragedias en su filmografía? En mi criterio lo que se debe fomentar es la discusión, el debate sistemático que propicie la actualización y sobre todo el ingreso de nuevas ideas entre los propios realizadores, sin que tengan que mediar los juicios de “la crítica”. Que los propios cineastas sean capaces de detectar hasta dónde nuestro cine se nos ha puesto viejo, sobre todo cuando se compara con lo que está sucediendo ahora mismo en el mundo. Estas nuevas ideas pueden llegar incluso de realizadores que están más allá del ICAIC, y que han demostrado poseer talento y sensibilidad suficiente para contar una historia. Hay ya suficientes nombres: Humberto Padrón, Esteban García Insausty, Miguel Coyula, Pavel Giroud, Tamara Morales, Jorge Molina, por mencionarte apenas algunos. El cine cubano no es lo que han hecho dos o tres cineastas, sino que resulta ante todo un síntoma cultural, la huella de toda una época. Parafraseando a Ortega y Gasset, pudiera decirse que el cine es él y su circunstancia, y corresponde a las instituciones modelar esas circunstancias, crear espacios para que de la discusión afloren las mejores ideas. Esto es lo que uno no encuentra hoy en el cine cubano, pues ¿dónde están las discusiones de los cineastas entre sí?, ¿dónde está el equivalente de aquellas polémicas entre Julio y Titón?, ¿o entre Alfredo y Blas Roca? De cualquier forma no tiene por qué cundir el pánico. Hay directores talentosos en activo, personas receptivas que le pueden aportar todavía muchísimo al cine cubano… Por otro lado, el mismo ICAIC está estimulando la creación de los jóvenes con esas Muestras que prepara. No sé si será que padezco de utopiamanía crónica empedernida, pero presiento que el cine cubano, o mejor, el audiovisual cubano, en algún momento quizás no muy lejano volverá a brillar con luz propia.

—Guía crítica del cine cubano de ficción es un diccionario que esboza la cinematografía nacional desde su etapa silente hasta lo que tú mismo has llamado cine cubano sumergido. ¿Qué fuentes utilizaste para tan ambicioso libro y qué tiempo te llevó?

—En realidad no me lo propuse nunca como un diccionario al uso. Los diccionarios suelen ser depósitos pasivos de ideas ya asentadas, y a mí en todo caso me interesaba armar algo que le diera la posibilidad al lector de arribar a sus propias consideraciones. De allí que se entrecrucen las voces de los realizadores, los críticos, los fotógrafos, los editores… Algunas veces bromeo diciendo que la preparé mientras pensaba en Rashomón, porque tú puedes encontrar en ella tantos puntos de vista como protagonistas ha tenido el cine cubano. Intenté un punto de giro en la manera de narrar la historia del cine cubano, apelando a diversas técnicas desarrolladas incluso por el cine. Otra influencia que advierto en su factura es la de Memorias del subdesarrollo, con esa fisonomía aparentemente caótica, donde todo cabe, y es el lector el encargado de encontrar sus propias verdades. Quería lograr en vez de un texto reproductivo algo productivo. Por otro lado, el gran propósito era rebasar ese enfoque “icaicentrista” que siempre habló de la historia del cine cubano como la historia del ICAIC. No negar los indiscutibles valores que hay en esta producción, sino conectar lo acontecido allí con las otras operatorias audiovisuales que han existido en el país, entre otras, la producción de los Estudios Fílmicos de las FAR, o de la televisión, o de los cineclubes de creación, o del Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz. He sugerido incluso la necesidad imperiosa de estudiar los rasgos de un posible cine cubano en el exilio, del mismo modo que se han realizado esas investigaciones en el campo de la literatura, el teatro, la música o la plástica, y de hecho, ese es el contenido de uno de los ensayos incluidos en Rehenes de la sombra, un libro que acaba de ser publicado en España, aunque lo que más ansío es que se conozca y discuta aquí. En cuanto a las fuentes, pues fue bastante agotador el rastreo, ya que ni siquiera en la Cinemateca podías encontrar información de esa producción “sumergida”, y si a ello le sumas que soy de Camagüey, o como siempre digo, de Bembeta 723, podrás imaginarte lo angustioso que resultó acopiar todo eso, en tanto aquí en Camagüey sí que no hay posibilidad de revisar las películas y mucho menos la bibliografía que se refiera al asunto. Eso sí, conté con la ayuda de muchísimas personas. Y agradezco la confianza que depositaron en mí no pocos cineastas y críticos. En primer lugar Omar González, presidente del ICAIC, que decidió financiar el libro en su última etapa e hizo posible que este existiera. O Humberto Solás, por ejemplo, que no tuvo reparos en escribir el prólogo. O Julio García Espinosa, que no cesa de elogiarlo. O Reynaldo González que me apoyó muchísimo cuando era director de la Cinemateca. O Jorge Luis Sánchez y Tomás Piard que me dieron acceso a sus archivos. O Luis Alberto García que quiso escribir una nota para la solapa. O Rolando Pérez Betancourt, que sistemáticamente me hace repensar con sus comentarios críticos algunas zonas de la investigación. O Armando Pérez Padrón, el director del Centro de Cine en Camagüey, que vio desde el principio las posibilidades que tenía el libro. O Luciano Castillo, maestro y amigo, que me inició en estos avatares investigativos y me sigue concediendo ayuda desde la Mediateca de la Escuela Internacional de Cine… La verdad es que fueron muchos, de allí que el acápite de los agradecimientos contenga tantos nombres como los que puedes encontrar en los créditos de una película de Spielberg. Tardé unos cinco años en darle forma al texto definitivo, texto que después de todo, tampoco es definitivo.

—Este libro había obtenido en 1999 el Premio Anual de Investigaciones Culturales y el Premio Caracol de Investigación. Luego se alzó con el Premio Nacional de la Crítica Literaria. ¿Te sorprendió que a un diccionario (y además de cine) se le adjudicara tal premio?

—Ya te dije que no me lo propuse como un diccionario. Ahora, sorpresa sí fue y grande, pues creo que es la primera vez que le entregan este tipo de premio a un libro sobre cine. La verdad es que yo pensaba que el libro apenas se conocía en Cuba. Hasta hace algún tiempo anduve bastante deprimido porque casi un año después de llegar de Colombia el libro a Cuba (marzo de 2001) este no se veía en ninguna librería, y ninguna librera me sabía decir por qué. A Camagüey, por ejemplo, jamás ha llegado. Estuve indagando hasta que me explicaron, todo un eufemismo, que había existido irregularidad con la distribución por lo que hasta ese momento todavía estaba en los almacenes. Lo paradójico es que en España, Nueva York y Miami ya lo habían comentado favorablemente, y hasta me habían invitado a presentarlo, mientras que aquí en Cuba jamás se hizo una presentación oficial. En casa del herrero otra vez cuchillo de shopping. Por otro lado, es sabido que este tipo de libro no suele ser considerado por los escritores como “literatura”, pues piensan que estamos siempre en presencia de algo estrictamente “científico”. Francamente yo no creo en eso. Más que historiador me siento ensayista, de allí que a veces me desvele más la posible belleza del texto que la exactitud del dato que manejo. Conciliar el tono especulativo del ensayo con el rigor de una investigación histórica te aseguro que puede ser tan difícil como proponerse escribir una novela. De cualquier forma, yo creo que lo más importante es que el libro, con o sin presentación, con o sin premios, pueda resultar útil para seguir estimulando nuestros estudios alrededor del cine cubano. Ese será siempre su premio más destacado.

—Tú has ofrecido conferencias en países de América y Europa, y fuiste invitado a participar como miembro del jurado del Festival de Cine de Huesca, España. Háblame un poco de ese Festival y las obras que se presentan…

—El Festival de Huesca es uno de los más importantes en su especialidad, en este caso, dedicado a promover el cortometraje. Es un festival que ya cuenta con treinta ediciones, y que sigue mostrando un formidable poder de convocatoria. De hecho participan los mejores cortometrajistas del mundo, y no solo se presentan películas, sino que se organizan eventos teóricos, exposiciones de fotografía. Cuentan además con una envidiable colección de libros dedicados al cine. En la edición anterior tuve la suerte de que me encargaran organizar una muestra de esa producción audiovisual cubana realizada al margen del ICAIC, y que por tanto no gozan del mismo nivel de promoción internacional que la producción “oficial” y al mismo tiempo me dieron la posibilidad de publicar ese libro que ya te comentaba y que titulé como el ciclo: Rehenes de la sombra (Ensayos sobre el audiovisual cubano que no se ve). Creo que la crítica de cine en nuestro país está atravesando por un buen momento, en el sentido de que hay una mayor proyección internacional. Otros colegas han tenido también muy buenas experiencias. En mi caso particular puedo decirte que agradezco mucho las posibilidades que me han dado de colaborar con publicaciones en los festivales de Huelva, San Sebastián, Málaga, Las Palmas de Gran Canaria, así como en instituciones como la Casa de América de Madrid y las universidades de Nueva York y Ohio. Y también me estimuló mucho participar como ponente invitado en la conferencia anual de la Society for Cinema Studies celebrada en el mes de mayo del año anterior en Denver, Colorado. Ahora, yo creo que todo esto tiene sus lecturas paradójicas, pues no es posible que nos acostumbremos a que se discuta más sobre cine cubano en el extranjero que en nuestro propio país. Quiero decir, no es posible que nos dejemos robar esa iniciativa intelectual. Yo creo que es imprescindible que nos empeñemos en crear nuestros espacios de debate, espacios donde con inteligencia seamos capaces de superar el status de una simple opinión para llegar a un clima colectivo de pensamiento. Los Talleres de Crítica Cinematográfica que hasta el año pasado celebrábamos en Camagüey iban por ese camino, pero lamentablemente se perdió esa euforia intelectual, o surgieron otras prioridades que dejaron a medio camino muchas de aquellas expectativas, o sencillamente desapareció la posibilidad de financiamiento. Me fastidia que ahora esta experiencia la estén explotando en otros países, como Colombia, por ejemplo, y que nosotros no hayamos sido capaces de percibir que tal vez por ese sendero Cuba se hubiera reinsertado en los primeros planos del pensamiento fílmico, con la misma intensidad con que lo logró en los sesenta.

— ¿Había otro cubano en el jurado del Festival de Huesca? ¿Por qué tú?

—No, no había otro cubano. Y en cuanto a las razones de mi elección habría que preguntárselas a ellos.

—Sé que actualmente escribes un ensayo que tiene que ver con cartas, dibujos y poemas de Tomás Gutiérrez Alea, y sé, además, que sientes especial admiración por él…

—Esa oportunidad se la debo a Mirtha Ibarra, que un día me propuso preparásemos ese libro. Es un libro que me tiene fascinado, porque es otra versión (seguimos con Rashomon) de la “historia” del cine cubano. La historia contada por sus protagonistas sin que ellos tuvieran conciencia de lo que estaba sucediendo. Titón era un escritor de cartas nato. Y las conservaba todas. Hay cartas de personalidades de todas partes del mundo. Desde Néstor Almendros hasta Robert Redford. Y cada carta es una reflexión profunda. No se trata de simples saludos, sino de reflexiones muchas veces polémicas. Sospecho que será un libro para agradecer.

—Escuché que escribes una novela que se llamará La mujer interminable. ¿Tiene algo que ver con el cine? ¿La tomarás después para convertirla en un guión cinematográfico?

—Como la estoy viendo ahora mismo no me da mucho cine. Es que ni siquiera sé si es una novela. Hay una historia, y un tipo que treinta años después evoca la intensísima relación amorosa que sostuvo con una mujer de la que nunca supo el nombre, ni vio su rostro, ni tuvo idea de la edad ni el físico, ni se enteró si era española, argentina, boliviana o cubana. Es como una suerte de Último tango en París, pero en Internet. También es una especie de libro de viajes, pues los personajes lo mismo se comunican desde Nueva York que desde Málaga. Allí donde estén aprovechan el chat, y cuentan lo que está pasando a su alrededor. Ya terminé la primera versión, y la tengo allí, guardadita, para ver si dentro de dos o tres meses decido quemarla yo mismo o someterla al fuego público. Mientras tanto aprovecho para preparar la segunda novela, una novela policíaca de la que hasta ahora solo tengo escritos dos capítulos (el primero y el último) y el título. Se va a llamar Los buenos y los malos. También tengo muy adelantado un libro de ensayos nombrado El placer de insultar, que es una especie de revisión de la historia del hombre, pero a través del ultraje. No tiene nada que ver con el cine. Hago todo esto para ver si logro librarme de una vez y para siempre de los fantasmas y obsesiones del cine cubano. Estoy pensando seriamente no escribir nada más sobre cine cubano.

— ¿Te gustaría ganarte alguna vez el Oscar?

—No sé si sabes que el primer libro que publiqué se tituló ¿Quién le pone el cascabel al Oscar? Es un libro que ya está agotado, tanto en su edición cubana como mexicana, y que en sentido general recibió abundantes elogios. Pero mi visión de los premios ha variado bastante. No me arrepiento de haber escrito aquel libro, pero ahora intento actualizar mi punto de vista en otro volumen que se llamará Todo sobre Oscar, jugando con aquello de All about Eve (titulada en Cuba La malvada), una de mis películas favoritas. Mi tesis es que los premios están resultando la manera más modernamente inteligente y amable de censurar y ejercer el poder sobre la gente. Hoy el mundo vive la dictadura de los premios. Ya no es imprescindible quemar a los herejes ni encarcelarlos. Sencillamente la Academia diseña un canon. Si te sumas al rebaño que cumple con esas reglas, te premiarán. Si te apartas o de alguna manera intentas transformarlo entonces serás castigado a no ser premiado, es decir, a no ser reconocido o admitido por el “Ministerio del Buen Gusto”. Estoy tratando de indagar, por otro lado, si el hombre es por esencia un animal vanidoso, que necesita alabanzas y todo tipo de reconocimiento, o si es al revés; es decir, si nos han condicionado a aspirar a ciertos premios, y de esta manera, han conseguido ejercer sobre nuestras formas de comportarnos y existir en la vida un poder subliminar. No digo que los premios no sean necesarios. Hay personas que se merecen no uno, sino miles. Lo que me preocupa es el exceso de interés por los premios. Sobre todo la fascinación ante cualquier premio. Si abres Internet ahora mismo, verás que todos los días entregan centenares de premios. El Oscar es el más famoso, pero no el único. Claro, hay ciertas circunstancias en que ganar un premio es una estrategia para poder publicar un libro, por ejemplo. Retomando a Ortega y Gasset, pudiera decirse que “yo soy yo, mi circunstancia y los premios”. Ese tal vez sea el caso de no pocos escritores cubanos, sobre todo si no viven en La Habana. Te confieso que si ganar un Oscar me diera la posibilidad de comprar por fin una videocasetera y todas las películas que me gustaría ver en esta vida, pues probablemente sí que me esforzaría por obtenerlo.

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Publicado el septiembre 26, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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