HUGO ASSMANN: HACIA UNA SOCIEDAD APRENDIENTE.

En marzo del 2003 me invitaron a curar una muestra de cine cubano alternativo en la ciudad de Piracicaba, perteneciente al estado de Sao Paolo (Brasil). El año anterior había tenido la suerte de que me publicaran en el Festival de Huesca (España) el libro “Rehenes de las sombras (Ensayos sobre el audiovisual cubano que no se ve)”, y una de las compatriotas residentes en ese entrañable lugar (la actriz Aimé Gavilondo) les propuso a los organizadores de aquella Mostra de Cinema Ibero-Americana la posibilidad de insertar un ciclo de cine cubano diferente a lo que por lo común se hacía (se hace todavía). Mencionaron mi nombre, y gracias a ella, y a Roberval Duarte (realizador y director de programación del evento), pude conocer Piracicaba, y también esa maravillosa ciudad que es Río de Janeiro.

La estancia en Piracicaba, aunque breve, fue espléndida, sobre todo por el calor humano que recibí. La ciudad, de hecho, a veces me recordaba a Camagüey. Nada que ver con el agitado Sao Paulo, o con Río de Janeiro, una de las grandes ciudades que he tenido la suerte de conocer, y que más me ha marcado, para bien. En Río de Janeiro uno puede respirar todo el tiempo ese aire de metrópolis sensual; Piracicaba, en cambio, parece tan introvertida como Camagüey, lo cual lo puede decir todo a su favor, o tal vez no, pero que en mi caso me convierte en su cómplice incondicional.

Sin embargo, lo que me ha empujado a escribir este post no es tanto el recuerdo de la muestra de audiovisual cubano que organizáramos en la fecha mencionada, como al gran pensador que en esa oportunidad tuve el privilegio de conocer personalmente: el teólogo y sociólogo Hugo Assmann (1930-2008).

Lamento muchísimo no haber tomado una foto de ese encuentro. A decir verdad, de aquel viaje apenas me traje fotos. O mejor dicho, tengo fotos de la estancia en Río de Janeiro (que mis anfitriones me hicieron llegar después), pero no de Piracicaba. La única explicación es que entonces no tenía una cámara fotográfica propia. Y dependía de lo que los otros fotografiasen.

Eso es lo que explica que lo único que conservo de aquel viaje a Piracicaba sea el Catálogo de la muestra que mencioné al principio, una docena de discos de música brasileña regalados también por mis anfitriones (y uno de Roberta Flack que me obsequiaron compasivamente luego de ver mi reacción al encontrarlo en alguna tienda de discos), un ejemplar en portugués del libro “Ciudad de Dios” y dos más (también en portugués) de ensayos y cuentos de Borges, y, lo que en estos años ha sido un compañero invaluable: el libro “Placer y ternura en la educación. Hacia una sociedad aprendiente”, de Hugo Assmann, con una dedicatoria de su autor que reza así: “Juan Antonio: Este es un pequeño juego de pensar. Lo del espacio-tiempo (2da parte) está muy inconcluso. Con fraternura, Hugo Assmann/ 16-03-2003”.

¿Cómo fue que conocí a este gran pensador? Por azar, como casi siempre sucede con todo en la vida. Hugo Assmann era el padre de la productora de la muestra: Careimi Ludwig Assmann. Ella tuvo la gentileza de llevarme a su casa, y allí conocí a sus padres. A la madre le debo los libros de Borges y “Ciudad de Dios”, y a Assmann una tertulia cuyos agradables ecos siguen llegando a cada rato a mi mente. Como ahora.

Al principio de nuestra conversación temí que todo terminara rápidamente en un lacónico intercambio de formalidades. ¿Qué podría interesarle a él, me preguntaba yo, mis inquietudes tan puntuales en torno al cine cubano? Pero me equivoqué, aunque otras veces he dicho que en mi caso el cine cubano es el pretexto que me permite hablar de asuntos más generales. Lo cierto es que no sabría decir cuándo nuestra conversación derivó hacia eso que tanto le apasionaba, y que también me inquieta a mí: la posibilidad de reformular la pedagogía en estos tiempos donde la educación ya no puede pretender seguir sosteniéndose sobre esos mecanismos de antaño, en la que un maestro podía “dictar” los conocimientos que los alumnos estaban obligados, sobre todo, a memorizar.

El libro, como bien apunta nuestro autor en la dedicatoria, es una invitación a hacer del acto de “pensar” un juego liberador, algo que, lejos de agobiarnos, contribuya a devolvernos la alegría de construir conocimientos que nos hagan sentir más seguros de nosotros mismos, más autónomos, menos dependientes. Assmann era un erudito, y en el libro (prologado por Leonardo Boff) apela a la perspectiva transdisciplinar, y hace uso de los resultados investigativos existentes en el área de las biociencias, al tiempo que examina críticamente lo que viene ocurriendo con la llamada revolución de las nuevas tecnologías puestas en función de la comunicación humana.

Desde que leí por primera vez el libro tengo marcados varios fragmentos, a los cuales suelo regresar. Son fragmentos que me han ayudado a ser un individuo que, a la hora de enfrentarse a la realidad siempre cambiante, le concede cada vez menos importancia a los prejuicios y dogmas que los otros (vengan de donde vengan) nos intentan imponer. Ideas, en fin, que me ayudan a colocarme ante esta realidad mudable como lo que en verdad somos: un ente cualquiera, sin atributos especiales, empeñado en sacar alguna conclusión pasajera de lo que va siendo nuestra vapuleada y efímera existencia.

Repito que son varios los fragmentos subrayados, pero para cerrar este post selecciono este que sigue siendo uno de los que más me inspira:

“Los lenguajes son también parque de atracciones y las palabras son también juguetes. Enseñar eso en la escuela me parece un recurso humanizador importante de la Didáctica. Rescatar las palabras de sus prisiones y devolverlas al libre juego inventivo del arte de conversar y pensar. Saber unir la dimensión instrumental y la aleatoria y lúdica del juego de palabras. Todo esto se vuelve importante cuando nos encontramos con terminologías y conceptos nuevos. Nada nos debería venir impuesto y todo puede ser abierto. En este contexto no se pretende hilvanar ningún nuevo credo atado a determinadas palabras o conceptos.

Estamos simplemente ante un fenómeno casi totalmente independiente de nuestra voluntad, pero que no se nos impone como camisa de fuerza. Nuestro comportamiento ante un fenómeno como ese debe ser fenomenológico, es decir, hay que estar sensibilizado para distinguir lo nuevo, sentir cierta dosis de sorpresa, estar abierto a ampliar nuestro horizonte perceptivo y mantenerse en alerta crítica pero sin prejuicios. El fenómeno no es ficticio sino que existe de hecho. Es preciso observarlo, valorar sus dimensiones (a mi modo de ver, impresionantes), respetarlo por el simple hecho de que está ahí como parte de nuestro entorno científico y cultural, tomarlo como tema de estudio, quizás admirarse y fascinarse, pero sin deslumbrarse. Éste es el talante de fondo. Son muchas las reordenaciones posibles, por tanto los conceptos con que nos encontramos pueden variar”.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el septiembre 20, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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