PRODUCCIONES DIGITALES DEL ICAIC: LA MUERTE DE UN BURÓCRATA y FRESA Y CHOCOLATE.

Hoy en día un DVD es mucho más que el soporte físico donde podemos encontrar almacenada una película. El cinéfilo del siglo XX, ese que creció en medio de las proyecciones cinematográficas ante una pantalla inmensa, jamás pensó tener al alcance de sus manos, retenidas en estos discos con gran capacidad de almacenamiento, esas imágenes y sonidos que han terminado modelando nuestras actuales maneras de comportarnos.

Si es real que los antiguos cines van perdiendo protagonismo dentro del horizonte de expectativas de aquellos que gustan consumir historias audiovisuales, no es menos cierto que ese consumo audiovisual se ha multiplicado. Ahora la gente ve más películas que antes, más series, más telenovelas, solo que ese consumo se ha replegado hacia la zona doméstica, debido a la revolución que vienen propiciando las nuevas tecnologías. Y el DVD es, por el momento, un producto que entre los cinéfilos y coleccionistas de películas cada vez cobra mayor prestigio.

Atendiendo a estos nuevos escenarios, el ICAIC, a través de su Grupo de Producciones Digitales, viene enriqueciendo un catálogo que ya cuenta con varias cintas cubanas digitalizadas. En esta ocasión están anunciando la salida de La muerte de un burócrata y Fresa y chocolate, ambas de Tomás Gutiérrez Alea.

El contenido en los dos casos no puede ser más atractivo. Con La muerte de un burócrata, podremos encontrar la película, selección de escenas, subtitulajes

al español, inglés, francés, alemán, italiano y portugués, biofilmografías de Gutiérrez Alea, Salvador Wood y Silvia Planas, premios, galería de fotos, tráiler, y selección de críticas y comentarios. Lo mismo encontraremos en Fresa y chocolate, aunque en las bio-filmografías, como es lógico, tendríamos las de Titón, Jorge Perugorría, Vladimir Cruz y Mirtha Ibarra. Además de ello, dentro del estuche encontraremos un suelto con el cartel de cada una de las películas, y unas palabras de presentación que, en este caso, los productores de los DVD han tenido la gentileza de pedírmelas a mí.

Comparto con ustedes el par de fragmentos que seleccioné de la biografía aún inédita de Titón.

LA MUERTE DE UN BURÓCRATA[i]

Por Juan Antonio García Borrero

La muerte de un burócrata obtuvo una excelente recepción desde la primera vez que se exhibiera al público el 24 de julio de 1966. Ese reconocimiento unánime en parte era predecible, debido a que los inmensos problemas generados por la burocracia en aquellos primeros años de Revolución, a lo largo y ancho de la Isla, habían obligado al propio Fidel a calificar en un acto público al burocratismo como “el espíritu pequeñoburgués en el Estado proletario”. Nadie se salvaba de los voraces tentáculos de esos seres omnipresentes que, parapetados detrás de un infranqueable buró, se las arreglaban para, como dice el dicho, encontrarle a cada solución diez problemas.

En esa época, mientras intentaba solucionar sus propios asuntos domésticos, Titón debió luchar con estos grises funcionarios con tanta acritud que, según confiesa, “llegó un momento en que me sentí tan agobiado que tenía deseos de ajusticiar a un burócrata”.[ii] Entonces decidió asumir la realización de aquel filme como si se tratara de un divertimento terapéutico, y cuyo origen recordaría del siguiente modo:

“Creo que (Roberto) Fandiño casualmente en una reunión con Julio (García-Espinosa) dijo que a alguien lo habían enterrado con el carnet laboral y que se le formaron grandes problemas a la viuda cuando fue a conseguir la pensión porque le hacía falta ese papel pero que no pasó de ahí, fue una cosa que se arregló enseguida, y entonces ahí se redondeó lo del tema”.[iii]

Para escribir el guion buscó a su amigo y director de fotografía habitual en sus películas Ramón F. Suárez, y a Alfredo del Cueto, que trabajaba en el Departamento de Guiones del ICAIC, pues, “eran personas con sentido del humor y eso era lo que más me interesaba”.[iv] Entre los tres hacían sistemáticas tormentas de ideas, y luego Alea se encargaba de escribir las escenas, y darle la forma final a los diálogos.

Para la construcción del filme, Titón optó por un tono abiertamente humorístico donde era posible encontrar homenajes explícitos a las comedias de Chaplin y Harold Lloyd, pero también a realizadores como Buñuel y Bergman. Como protagonista llamó al actor Salvador Wood, con quien había trabajado antes del triunfo revolucionario en Cine Revista, y consiguió que, en sentido general, el espectador percibiera el ambiente absurdo que genera la burocracia, no solo mediante la anécdota (ya de por sí estrafalaria), sino a través del tratamiento visual de las situaciones y el diseño escenográfico de aquellos lugares donde transcurría la trama.

La película contiene escenas en extremo delirantes, que le permitieron a Titón introducir dentro de su sistema de representación códigos provenientes del cine norteamericano, en un claro homenaje a esa producción de la cual se había nutrido el espectador cubano durante tanto tiempo, y que ahora comenzaba a resultar escasa su circulación en la Isla, debido al mismo diferendo político. Pero, por otro lado, Titón aprovecha para insertar mordaces críticas a todo lo que huela a simplificación ideológica, en este caso, a través del uso y manipulación de la figura de Martí, lo cual le acarreará juicios suspicaces.

Lo otro que se percibe dentro del filme es la aproximación primigenia de Titón a un tema que será recurrente en su cine posterior: el de la muerte. Es cierto que aquí estamos en presencia de una comedia, es decir, de una cinta donde, en apariencia, nada se toma muy en serio. Pero debajo del discurso risueño está latente el asunto de los límites vitales, el drama de lo que implica para el ser humano saberse dueño de un tiempo finito, un tiempo casi mezquino (¿o serán mezquinos los burócratas que amenazan con administrarnos también el ritmo de vida a asumir en sociedad?).

Ese mismo año Titón viaja, junto a Fausto Canel, al festival de Karlovy Vary para presentar en competencia su filme, y en la introducción aclara al público que verán una cinta que no tiene nada que ver “con idealizaciones más o menos románticas, más o menos retóricas del momento histórico que vive nuestro país”, y que esta “se desarrolla, en cambio, en un ámbito poblado por seres de una raza especial, que no pertenecen a ningún país determinado, pues podemos encontrarlos moviéndose, con su habitual torpeza, en cualquier parte del mundo: los burócratas”.[v] La cinta recibe buenas críticas: en el periódico italiano Avanti hablan de un “finísimo humor”, y en L’Unitá lo califican de “material sabroso, desprejuiciado, corrosivo, que hace reverdecer la tradición del viejo e ilustre cine cómico”.

Titón piensa que la exhibición de La muerte de un burócrata en un festival internacional puede que contribuya a que en su país se tome conciencia del problema, y se ataque sin piedad, como ameritaría el asunto. Al menos esa es la idea, pero ya sabemos que, de lo que hay en cada una de nuestras cabezas a la realidad, siempre hay un larguísimo trecho. Como si la realidad fuera eso invisible que todo el tiempo está más allá de nuestro alcance, y contra la cual resulta absurdo oponerse o intentar modificarla.

Quizás sea por ello que Tomás Gutiérrez Alea finaliza la crónica de aquel viaje, describiendo su regreso a La Habana del siguiente modo:

“Me entregan una planilla en el avión donde se me pide una serie de datos personales. La lleno cuidadosamente. Nos reciben en un salón cerrado con una mesa por la que vamos desfilando uno a uno los pasajeros. Nos revisan los documentos (pasaporte, planilla, etc) y nos registran en una lista y nos ponen cuños en nuestros papeles. Después nos hacen pasar a otro salón donde hay otra mesa en la que otro funcionario revisa cuidadosamente todos nuestros papeles y nos registran en otra lista y nos hacen llegar a un mostrador donde otros tres funcionarios uniformados realizan la última parte de la tarea del recibimiento y control de pasajeros. Aquí estos compañeros me dicen que tengo que empezar otra vez por el principio pues la planilla que me dieron en el avión no era la que me correspondía por mi condición de cubano.

Me dan otra planilla. Parece que la burocracia tiene también medios de vengarse de uno. Queremos tomar esto con una sonrisa de comprensión y no darle mucha importancia, pero no podemos”.[vi]

FRESA Y CHOCOLATE[vii]

Por Juan Antonio García Borrero

Cuando en 1990 el escritor Senel Paz obtuvo en Francia el Premio Juan Rulfo convocado por Radio Francia Internacional por su cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, ya ese relato había circulado ampliamente en los circuitos literarios habaneros de una manera bastante informal. Aún sin estar editado de modo oficial, la gente sacaba copias del mismo, y se las pasaba de mano en mano, creando alrededor del texto una precoz leyenda a su favor.

Tomás Gutiérrez Alea fue uno de esos lectores que se entusiasmó con la historia antes de que fuera legitimada por el galardón internacional, y alguna vez evocaría ese momento inicial del siguiente modo:

“Cuando Senel me entregó el manuscrito de su cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, para ver qué me parecía, ya venía con la secreta intención de seducirme, de atraparme y obligarme a decirle, como le dije: aquí hay una película y me encantaría hacerla; te propongo que empecemos enseguida a trabajar en el guion… Era inevitable, pues desde la primera lectura se revelaba como una historia necesaria, como algo que seguramente todos queríamos escuchar o decir la historia que narra, ya se sabe, es la de David, un joven muy bien intencionado pero muy mal formado en escuela de convenciones, dogmas y prejuicios y que, a través de la amistad, descubre a su país, se descubre a sí mismo, crece y empieza a entender el mundo. También puede decirse que es la historia de Diego, uno que perdió su ilusión primera cuando pensó que podía entregarse con todo entusiasmo a la construcción de una nueva sociedad y fue rechazado por pensar con su propia cabeza y marginado y despreciado por su condición de homosexual. En todo caso, es la historia de una amistad, de un amor que se funda sobre la comprensión y el respeto hacia el que es diferente. Pero lo más estimulante era la gracia y al mismo tiempo el rigor con que estaba contada esa historia conmovedora. Nos pusimos, pues, a trabajar para construir un guion a partir del cuento”.

Aunque la lectura pública que hizo Senel Paz en la Casa de las Américas, tras haber obtenido el galardón en Francia, fue respaldada con aplausos que duraron casi seis minutos, Tomás Gutiérrez Alea no quiso apresurarse con la adaptación. Porque, en realidad, no se trataba de una adaptación al uso, sino de partir de esa anécdota literaria con el fin de crear un universo nuevo, en este caso, audiovisual.

El proceso de escritura del guion duró cerca de dos años, y en ese período, surgieron personajes como el de Nancy (que ya Paz había introducido en Adorables mentiras), así como situaciones inéditas que le concedían un mayor protagonismo a Vivian, Miguel y Germán. Para Titón, el original literario permitía todo tipo de enriquecimiento, en tanto el autor había apelado con frecuencia a la elipsis, lo que posibilitaba que se pudiera dramatizar aquello que había sido sugerido o sencillamente imaginado por el lector. Según recordaría, “hubo no menos de diez versiones del guion. Una de las últimas versiones mereció el Premio Coral al Mejor Guion inédito en el XIV Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano que se celebra en La Habana. Este es un premio que patrocina TeleMadrid y que representa una cierta cantidad de dinero para ser invertido en la producción de la película. Así fue como se desencadenó el proceso de producción que culminó a finales de 1993 con un filme titulado Fresa y chocolate.

La extraordinaria repercusión de Fresa y chocolate en el Festival cinematográfico de Berlín propició que varias distribuidoras internacionales se interesaran en el filme. Una de las que mayor interés mostró fue la norteamericana Miramax, la cual consiguió cerrar el acuerdo dos meses después, mientras se celebraba en México el Festival de Guadalajara

Titón, desde luego, sabía que ninguna película iba a solucionar un problema tan complejo como el que se aborda en la historia. Pero lo entusiasmaba la posibilidad de contribuir a una toma de conciencia de esa realidad. Ya no desde el punto de vista colectivo, sino individual. Había pasado para él aquella fase romántica en la cual se imaginaba parte de una empresa justiciera que pondría fin a las iniquidades presentes en el mundo. Ahora sabía que si de veras queremos que el mundo sea menos infernal, hemos de proponer revoluciones que hablen del hombre concreto, del que tenemos más cerca de nosotros. Solo así puede evitarse que las revoluciones se conviertan en poderosas fuentes de abstracciones y dogmas que, a la espera de un Hombre Nuevo, pierda de vista a los muchos hombres que ya existen y enriquecen la vida con sus diferencias y diversas consideraciones sobre ella.

De allí que cuando la película consiguiera figurar entre las candidatas al Oscar que se concede a la mejor película de habla no inglesa, Titón pensara que su película podía contribuir a un mejor entendimiento entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba. Le habían hecho llegar las instrucciones para que, en caso de que ganara la cinta, el discurso se ajustara al tiempo establecido. Entonces tomó una de esas hojas con el membrete del hotel The Beverly Hilton donde estaba hospedado, y escribió en su habitación, en inglés, lo que pensaba leer si triunfaba. La traducción de lo escrito sería como sigue:

Deben disculparnos por nuestro pobre inglés.

Queremos dar las gracias a todas las personas que creyeron en este proyecto y ayudaron a que se hiciera realidad:

– el Instituto de Cine de Cuba y sobre todo a su presidente Alfredo Guevara,

– los coproductores de España y México: Telemadrid, S.G.A.E., Imcine y Tabasco Film,

– Robert Redford y Miramax Films.

Nuestra gratitud también para los miembros de la Academia por este honor.

Nosotros venimos de otro mundo, una isla muy distante que está solo a noventa millas de los Estados Unidos. Esta paradoja: estar tan cerca y a la vez tan lejos, constituye un drama humano.

Nosotros creemos que nadie tiene la verdad absoluta. Nuestro filme es un llamado a la aceptación y al respeto por la diversidad.

Hoy juntos, ustedes y nosotros, estamos dando un pequeño paso en esa dirección.

Muchas gracias.[viii]

La película no ganó el Oscar, pero el debate que generó en su momento todavía está lejos de haberse apagado. Y es que el hecho de que la película se haya propuesto pensar críticamente, ya no una circunstancia histórica, sino lo que parece ser parte de la condición humana misma, le garantiza por el momento una larga vida.

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Publicado el septiembre 17, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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