DANIEL DÍAZ TORRES (1948-2013) IN MEMORIAM

Cuando Mario Naito, presidente de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica, me llamó en la mañana de ayer a Camagüey para darme la mala noticia, debo confesar que quedé aturdido.

Hace más o menos un par de semanas había colgado en el blog un comentario sobre Alicia en el pueblo de Maravillas (1991), ese filme maldito dirigido por Daniel Díaz Torres que aún espera por un examen desprejuiciado entre nosotros. Se trataba de un intento de diálogo secreto con Daniel. Me habían contado de su enfermedad, pero esperaba, como muchos, el prodigio de una recuperación. Y mientras tanto quería seguir conversando de cine con este hombre de verbo incontenible, porque quizás alguien le contara lo que había colgado en el blog. Sé que se mantenía al tanto de muchas de las cosas que aquí se publican, como me demostró con aquella apasionada nota de apoyo que envió a Luciano Castillo, cuando existió la posibilidad de que desapareciera la tanda fílmica de De cierta manera.

La última vez que hablamos fue en el mes de diciembre del año pasado, en los jardines del Hotel Nacional, en el marco del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano. Quise hacerle saber de mi entusiasmo con La película de Ana, cinta que no solo considero la mejor de su filmografía, sino una de las producciones nacionales que irá adquiriendo con el paso del tiempo, en la misma medida que logremos distanciarnos críticamente (como la protagonista) de esta realidad que nos acosa, un valor auténticamente cinematográfico. Porque La película de Ana quiere hablar de nuestra realidad (o absurda irrealidad) más puntual, pero al mismo tiempo es un sutil y muy inteligente cuestionamiento de los límites que nos impone a todos, precisamente, el lenguaje fílmico a la hora de apresar las paradojas de eso que llamamos “la realidad”.

No siempre escribí de modo complaciente sobre su obra. Pero jamás noté en nuestras conversaciones la más mínima animadversión. Todo lo contrario. Nos encontrábamos y allí mismo aparecía algún tema que nos hacía perder el sentido del tiempo. Con Daniel, al igual que con Fernando Pérez, Julio García-Espinosa, Humberto Solás, Enrique Pineda Barnet, Arturo Sotto, o Jorge Luis Sánchez, por mencionar otros con los que he experimentado polémicas complicidades intelectuales, había tenido esa agradable experiencia de ver suprimidas las supuestas identidades que, de modo irreconciliable, suelen establecerse entre los críticos y los creadores, para entre todos comenzar a lidiar con el pensamiento crítico, que es una faena mucho más exigente. En el caso de Daniel fue fácil establecer la complicidad, porque siempre hubo una autocrítica militante, presente desde su debut como realizador de largometrajes de ficción en Jíbaro (1984). Recuerdo que dijo entonces:

Viendo la obra terminada, considero que tanto en términos dramáticos como de realización, hay cosas que ahora desearía volver a hacer. Me siento satisfecho de haber podido construir personajes que viven en la trama con su personalidad propia. Pero hay secuencias que quedaron por debajo de lo que esperaba, donde las costuras de “primera película” se salen más de lo debido.

Por otro lado, el desarrollo del conflicto individual no adquirió la fuerza y presencia necesarias. En una oportunidad, Hemingway dijo que la cualidad esencial de un buen escritor era la de poseer un detector de mierda, innato y a pruebas de golpes. Creo que en esa primera experiencia mía logré echar a andar el detector, aunque no siempre fue infalible.

Daniel Díaz Torres fue, además de cineasta, un gran pensador. Alguien capaz de conceptualizar del modo más riguroso esas ideas que más tarde defendería en las pantallas. Recuerdo ahora la formidable

reflexión que nos entregó en uno de los Bisiestos de la más reciente Muestra de Jóvenes Realizadores. Hacía rato no leía algo tan contundente. Y con el tiempo había conseguido cada vez más madurez en eso de desmitificar la Historia heredada, para quedarse con lo que de esencial tendría esta.

Lo extrañaremos, lógicamente. Pero suerte que nos queda su obra, que en este caso no son solamente sus películas, sino sus escritos, sus disertaciones orales que perduran, su risa espontánea que se empecinaba en dejar registrada en cada una de sus creaciones audiovisuales. Para cerrar este post que escribo en honor a su memoria decido que sea él quien tenga la última palabra; es mi manera de asegurarme de que en el fondo vamos a seguir conversando, no obstante este tropiezo. Así que ya me callo, para que sea Daniel Díaz Torres quien siga hablando con esa pasión de siempre:

Es muy raro que alguien le pregunte a un realizador norteamericano o francés: “¿Y su película es crítica?”. En el caso de los cubanos, sin embargo, tal parece que la “crítica” es lo único que justifica nuestro quehacer a los ojos de cierto sector de opinión, periodística o de cualquier otro tipo. La crítica no es algo que se añade a una película como si fuera un ingrediente de una fórmula. En la medida en que uno sea capaz de abordar con autenticidad y honestidad, y con una visión complejizadora, realidades y personajes, puede surgir orgánicamente una mirada crítica que cuestione, emplace o denuncie. Después de Alicia… se han realizado numerosas películas en el cine cubano de los 90 que de una u otra forma tienen una aproximación crítica a algún costado de nuestra realidad, pero siempre a partir de presupuestos artísticos que hacen de esa mirada no algo adherido, periférico, superficial o frívolo, sino medular en la historia contada”

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el septiembre 17, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Estoy feliz de encontrar webs donde hallar informacion tan util como esta. Gracias por facilitar este articulo.

    Saludos

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