OTRA HISTORIA QUE FALTA: LA HISTORIA DEL CINE CIENTÍFICO EN CUBA

Todavía sigue siendo dominante en nuestras historiografías la concepción idealista del nacimiento del cine. En nuestro subconsciente aún contribuimos a mitificar su origen, justificando su llegada con la ansiedad estética que de siempre habrían tenido los humanos para representarse la realidad de esa manera. Digamos que en ese punto seguimos rindiéndole culto al Bazin que expresara:

El cine es un fenómeno ideal. La idea que los hombres tenían estaba totalmente definida en sus cerebros como en el cielo platónico, y lo que nos afecta más es la resistencia tenaz de la materia ante la idea, que las sugerencias de la técnica sobre la imaginación del inventor. En forma similar, el cine no le debe casi nada al espíritu científico. Sus padres no son científicos”.

Las celebraciones por el centenario del cine en 1995 contribuyeron a consolidar esa reduccionista interpretación. Como en nuestras mentes modernas opera el axioma de que “el cine es un arte” (algo que se da por sentado y no habría que discutir), todo lo que precediera a ese momento único en que los Lumiére muestran en público su invento, y cuyo imprevisto uso en tanto espectáculo Griffith haría llegar a la cumbre con su propuesta de representación hoy clásica, pasaría al vago terreno de los antecedentes que hicieron posible el evento que hoy merece figurar como Kilómetro cero en la historia del cine. Pues cine, lo que se dice cine, según estas teorías, es lo que nace con el espectáculo que alcanza su coronación con el lenguaje que sobre todo Hollyood impone en el imaginario popular.

Por suerte ya no son tan contados los estudios que intentan enriquecer, o incluso subvertir, esta versión de los hechos, y proponen un enfoque menos unidimensional. Pienso en el magnífico libro de Virgilio Tozi “El cine antes de los Lumiére”, con sus cuatro tesis introductorias:

1. El verdadero nacimiento del cine no radica en la invención y realización del espectáculo cinematográfico.

2. El cinematógrafo, así como lo conocimos en los decenios gloriosos del cine mudo, después el cine sonoro y finalmente el cine a color; esto es, el espectáculo cinematográfico tradicional, incluso podría desaparecer o reducirse a un fenómeno marginal sustituido por nuevos y más globales medios audiovisuales de comunicación de masas

3. El verdadero nacimiento del cine estuvo determinado en el siglo XIX por las exigencias de la investigación científica; por la necesidad y la paulatina posibilidad técnica alcanzada de registrar la realidad física en su dinámica con fines de análisis, de estudio, de descubrimiento y por lo tanto de conocimiento.

4. El cine científico, nacido muchos años antes que el cine espectáculo, constituye la base histórica del lenguaje de las imágenes en movimiento. Representa una nueva y todavía subestimada dimensión en las posibilidades del hombre de percibir y comunicar por medio de un código que amplía los ya usados precedentemente (gestual, verbal, escrito, figurativo, representativo. (Tosi, pp 10-11)

En el caso de la historia del cine cubano, no hay todavía una conciencia clara de todo esto. Hemos dado por sentado que nuestra historia comienza con la llegada de Gabriel Veyre a la isla, cargando el cinematógrafo de los Lumiére como equipaje, y que luego, personas como José Casasús (El brujo desapareciendo), José G. González (El epílogo del Maine), Enrique Díaz Quesada (Un duelo a orillas del Almendares), o Pablo Santos y Jesús Artigas, entre otros, se encargaron de poner las primeras piedras de nuestra hoy ya centenaria historia del cine cubano.

Nadie podría desmentir, desde luego, los méritos de aquellos precursores de la actividad audiovisual en Cuba. Sin embargo, nos faltaría por explorar qué estaba pasando en aquella senda que no estaba asociada directamente al espectáculo, sino a los experimentos científicos que por las fechas se realizaban también en Cuba. ¿O es que deberíamos admitir que en la misma isla donde nació Carlos J. Finlay, el hombre que descubrió al mosquito Aedes aegypti como agente de transmisión de la fiebre amarilla, los hombres de ciencia no estaban al tanto del uso que en ultramar hacían sus pares de los diversos artefactos que caían en sus manos, o que ellos mismos propiciaban su fabricación?

¿Qué repercusión tendrían entre nuestros científicos de entonces los estudios de Muybridge sobre la locomoción animal?, ¿cuántos de ellos estarían al tanto de aquel kinesiskop utilizado en la enseñanza universitaria alrededor de 1850 por el fisiólogo J. E. Purkinje con el fin de mostrar el latido cardíaco y la circulación de sangre?, ¿sabrían que hacia 1860 había proyectado en pantalla grande sus animaciones científicas?

En 1884, por ejemplo, Martí había escrito para “La América” (Nueva York) esta breve crónica que puede ser reveladora del interés que despertaban entonces cada uno de estos inventos:

UNA FOTOGRAFÍA EN UN REVÓLVER

En días pasados la muchedumbre se agolpaba alrededor de un hombre que apuntaba tranquilamente como a cuarenta y cinco metros de distancia, a la pared de un edificio. Uno de los espectadores, creyendo que esperaba a que una especial persona saliese del edificio para enviarle la bala del revólver, se abalanzó al hombre, que continuaba apuntando impasible.

¿Qué va a hacer? – le dijo acalorado.

Dos vistas más: ya llevo hechas diez. ¿Ve Ud? El cañón de este revólver contiene un objetivo reticular perfectamente arreglado. La cámara del revolver es una perfecta cámara fotográfica. Cada vez que tiro del gatillo cae al fondo de la cámara un negativo con la imagen ya impresa, y queda frente al foco. Vea Ud. Aquí está su retrato, que lo he hecho apuntándole al rostro mientras le he ido explicando.

El arma, que es una máquina completa de fotografía dentro de un revólver de bolsillo, es invención francesa: su autor se llama Ejalbert”.

He citado en extenso este texto escrito por Martí en 1884, porque puede darnos una idea del interés y la curiosidad que despertaban entonces los diversos “juguetes ópticos” que salían a la luz. Pero si para el público en general aquello no pasaba de ser novedades lúdicras que muy pronto serían sustituidas por otras, para aquellos que se movían en el mundo de las ciencias, esto podía tener otra connotación.

Y me pregunto: ¿dónde está ahora mismo esa historia del cine desarrollado en Cuba que no pensaba en el espectáculo, sino en el registro científico de la realidad?, ¿no cabría la posibilidad de que existiera en Cuba “cine antes de Veyre”?

Son preguntas que me hago en voz alta. Por el momento, solo preguntas.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el agosto 30, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: