MELAZA (2012), de Carlos Lechuga

El pasado 22 de agosto Ambrosio Fornet presentó en La Habana La Gaceta de Cuba correspondiente a los meses Julio-Agosto. A juzgar por lo que se dice en la presentación que ha llegado a mi buzón, este debe ser un número que despertará el interés de aquellos que nos preocupamos por la suerte del audiovisual realizado por cubanos. Por lo pronto, comparto con los amigos del blog el texto que escribí a propósito de Melaza, y que aparece en esa revista.

JAGB

HURACÁN SOBRE LA MELAZA

En la ópera prima de Carlos Lechuga (1983), “melaza”, además de darle título a su película, es el nombre del pueblo donde se desarrolla la trama de su largometraje. Un pueblo fantasmal en el cual, tras el cierre transitorio del central azucarero que le ha concedido vitalidad a esa pequeña comunidad durante un buen tiempo, sus habitantes han de aprender a sobrevivir con los residuos de la antigua manera de existir.

Utilizo a conciencia el término residuo porque la melaza, si nos guiamos por el contenido de la voz que la describe en el principal diccionario de nuestra lengua, remite precisamente a esa condición orgánica: “Líquido más o menos viscoso, de color pardo oscuro y sabor muy dulce, que queda como residuo de la fabricación del azúcar de caña o remolacha”. La melaza sería el aumentativo despectivo de miel, pero también lo que queda de un proceso que persigue propósitos más nobles.

En un plano más explícito, Melaza, la película,quiere hablarnos desde el drama casi minimalista de sus protagonistas, de la factura que en lo colectivo nos va dejando un pasado relativamente reciente (lo que los cubanos conocemos como “período especial”), pero en verdad, su mirada es mucho más incisiva, más ambiciosa, más universal, y por ello mismo, más inquietante. Melaza se desarrolla en el presente, pero el sentido profundo de la historia que cuenta habría que rastrearlo en un arco temporal mucho mayor. En este sentido, no he podido dejar de asociar la melaza de Carlos Lechuga al azúcar que, a propósito de su visita a Cuba en los inicios del proceso revolucionario de 1959, el gran filósofo francés Jean Paul Sartre describió bajo el zarandeo de un temible huracán.

En aquel célebre texto el pensador galo, en medio de una euforia rebelde donde era imposible no imaginar la parusía misma, nos describía el advenimiento de un mundo en que el caos prescindía de todo tipo de ideología predeterminada. Eran los pronósticos de un tiempo donde la feroz inocencia de la borrasca revolucionaria levitando sobre la isla y más allá de ella, presagiaba la configuración de un orden sin desigualdades, o al menos, sin mezquinas maneras de ejercer relaciones de poder donde determinados grupos adquieren el control absoluto de la vida de una mayoría.

Sartre no ocultaba su regocijo al declararse “curado de la maligna afección que estuvo a punto de ocultarme la verdad de Cuba: la retinosis pigmentaria”, idea que a su vez escuchara por aquellas fechas en boca del ensayista e historiador Oscar Pino Santos. “Existe”, escribía Sartre citando al investigador cubano, “una enfermedad de los ojos que se nombra retinosis pigmentaria y que se manifiesta por la pérdida de la visión lateral. Todos los que se han llevado de Cuba una visión optimista son grandes enfermos: ven de frente y nunca con el rabillo del ojo”.

En el espíritu de Melaza hay algo de esa pretensión correctiva, solo que aquí vive de modo parejo una voluntad expresa de evitar el morboso espectáculo de la porno-desesperación en que, muchas veces, deviene la supuesta denuncia de un estado de cosas. Al contrario, para Carlos Lechuga lo importante es humanizar su historia. Quiero decir, mostrarnos a unos personajes que van (sobre)viviendo al borde de una situación límite colectiva, pero que en medio del desastre, no pierden el sentido del humor, el deseo de inventar, o lo que es lo mismo, el deseo de vivir.

Mirándolo desde ese punto de vista, Melaza es la mirada más madura que nos ha llegado, hasta el momento, de esa generación de jóvenes cineastas que eran adolescentes en la época que comenzara el aludido “período especial”. El audiovisual de la isla cuenta con películas como Madagascar, Guantanamera, Barrio Cuba, o Boleto al paraíso, por citar cuatro filmes que se han ocupado de aproximarse críticamente a ese período, pero en cada uno de esos casos los directores estaban hablando de sus propias experiencias, o al menos hablando de una etapa que ellos mismos padecieron. Había en cada uno de esos casos, más que un relato cinematográfico, el afán de ofrecer un testimonio, una suerte de inventario de las carencias y traumas de esas fechas, y del impacto que lo anterior ha tenido en nuestros modos de comportarnos en sociedad.

Y no es que a Melaza no le interese también hacer una lectura crítica de ese pasado que aún no puede llamarse exactamente huella, pues se confunde con el presente. Solo que su estrategia de aproximación a esa zona de nuestra historia se caracteriza por prescindir de aquel relato tan común en nuestro cine, donde las responsabilidades se distribuyen en personajes que declaman en pantalla sus razones más propias, en una suerte de controversia en la que hay pocas posibilidades de que el espectador construya sus propias conclusiones, pues todo ya está dicho de antemano.

Ha de entenderse, pues, como un verdadero desafío el camino escogido por el joven Lechuga en su opera prima. Primero, situar íntegramente la historia en un escenario rural, lo cual nos habla del interés por re-insertar en nuestro cine, de modo natural, aquello que la pérdida de la visión lateral que el grueso de nuestras ficciones había suprimido del encuadre más común. Y luego, evitar que sea alguien llegado desde la ciudad quien cuente esa bellísima historia de amor protagonizada por Aldo y Mónica. Acá el amor (sentimiento que en un contexto fílmico donde lo dulzón se pregona desde el título) corría el riesgo de convertirse en pasto del peor melodrama, pero Carlos Lechuga hace gala de un envidiable poder de contención, y si bien aquí sus personajes se apasionan, se ilusionan, se engañan y desengañan, o eligen hacer cosas que los colocan en situaciones al borde de un abismo, la descripción de esos actos jamás va más allá de lo que un examen rigurosamente fenomenológico nos indicaría sobre el sentido de nuestras nunca platónicas convivencias.

Esto, en el plano audiovisual suponía concederle a la mirada fílmica otra dimensión, o al menos, otras pretensiones ajenas a ese registro “naturalista” donde casi siempre se va confundiendo “lo real” con la percepción que ciertos grupos o individuos tienen de la realidad. De hecho, no es casual que entre nosotros el cine apenas se haya atrevido a explorar las contradicciones que están más allá de esas noticias grupales.

Cualquiera podría pensar que Melaza busca formar parte de ese corpus de filmes obsesionados por el realismo sociológico, pero al optar por estimular la actividad mental del espectador despertando en él expectativas que, de modo intencional, la película deja sin solucionar, se garantiza que lecturas sucesivas del mismo espectador incorporen nuevas interpretaciones acorde a las circunstancias históricas, emotivas, biográficas, que estén influyendo en ese momento en el receptor. Justo porque a Melaza le interesa concederle protagonismo a la ambivalencia que domina a la realidad misma, la cinta nos empuja a completar el sentido de su propuesta narrativa con la información que procede de los laterales, de lo que la cámara deja sutilmente desenfocado.

Mirándolo desde ese punto de vista, Melaza (con todo y la radicalmente desencantada manera que tiene de enfocar la realidad en que se mueven los personajes) está más próxima de aquel realismo poético que en la Francia de los años treinta del siglo pasado se apoyaba en la exquisitez de los planos detenidos, en la hermosura de las composiciones donde se resaltaba la búsqueda de una serenidad que permitía apreciar la vida cotidiana en la multiplicidad de sus matices, que en el realismo sucio, o hiperrealismo con que buena parte de la producción audiovisual joven que ha querido mirar críticamente el contexto en que se desenvuelve, ha puesto de manifiesto.

Pero aquí lo poético no está en función de esa producción de artificios que muchas veces habla más de la cinefilia del autor, que de los deseos de adentrarse en la complejidad de los asuntos que aborda. El buen guionista que es Carlos Lechuga sigue a sus personajes no en esas dimensiones aparatosas que los medios que hablan del acontecer en la isla se encargan de poner en un primer plano todo el tiempo, sino justo en esos intersticios de la existencia donde los seres humanos (concretos y finitos) se extravían, y donde el realismo más al uso fracasa en su intento de aprehender la brutal sutileza de esos desencuentros y erosiones íntimas.

Melaza se suma a esa producción audiovisual realizada por cubanos mayoritariamente jóvenes, donde el comentario social ya no apela a la estridencia de la argumentación. Aquí las trazas del contexto se adivinan en el discurso más por la sugerencia que por el bocadillo explícito y redundante. Ello no solo ha exigido de los realizadores un mayor dominio del lenguaje cinematográfico, sino que está posibilitando que el espectador de estas películas (un espectador no exclusivamente nacional) comience a tomar conciencia de esa enfermedad a la que Sartre hacía referencia en los sesenta, y que cincuenta años después, no ha dejado de afectar a muchos: la enfermedad que impide mirar la realidad cubana de frente, y al mismo tiempo, con el rabillo del ojo.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el agosto 27, 2013 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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