Archivos diarios: agosto 27, 2013

MELAZA (2012), de Carlos Lechuga

El pasado 22 de agosto Ambrosio Fornet presentó en La Habana La Gaceta de Cuba correspondiente a los meses Julio-Agosto. A juzgar por lo que se dice en la presentación que ha llegado a mi buzón, este debe ser un número que despertará el interés de aquellos que nos preocupamos por la suerte del audiovisual realizado por cubanos. Por lo pronto, comparto con los amigos del blog el texto que escribí a propósito de Melaza, y que aparece en esa revista.

JAGB

HURACÁN SOBRE LA MELAZA

En la ópera prima de Carlos Lechuga (1983), “melaza”, además de darle título a su película, es el nombre del pueblo donde se desarrolla la trama de su largometraje. Un pueblo fantasmal en el cual, tras el cierre transitorio del central azucarero que le ha concedido vitalidad a esa pequeña comunidad durante un buen tiempo, sus habitantes han de aprender a sobrevivir con los residuos de la antigua manera de existir.

Utilizo a conciencia el término residuo porque la melaza, si nos guiamos por el contenido de la voz que la describe en el principal diccionario de nuestra lengua, remite precisamente a esa condición orgánica: “Líquido más o menos viscoso, de color pardo oscuro y sabor muy dulce, que queda como residuo de la fabricación del azúcar de caña o remolacha”. La melaza sería el aumentativo despectivo de miel, pero también lo que queda de un proceso que persigue propósitos más nobles.

En un plano más explícito, Melaza, la película,quiere hablarnos desde el drama casi minimalista de sus protagonistas, de la factura que en lo colectivo nos va dejando un pasado relativamente reciente (lo que los cubanos conocemos como “período especial”), pero en verdad, su mirada es mucho más incisiva, más ambiciosa, más universal, y por ello mismo, más inquietante. Melaza se desarrolla en el presente, pero el sentido profundo de la historia que cuenta habría que rastrearlo en un arco temporal mucho mayor. En este sentido, no he podido dejar de asociar la melaza de Carlos Lechuga al azúcar que, a propósito de su visita a Cuba en los inicios del proceso revolucionario de 1959, el gran filósofo francés Jean Paul Sartre describió bajo el zarandeo de un temible huracán.

En aquel célebre texto el pensador galo, en medio de una euforia rebelde donde era imposible no imaginar la parusía misma, nos describía el advenimiento de un mundo en que el caos prescindía de todo tipo de ideología predeterminada. Eran los pronósticos de un tiempo donde la feroz inocencia de la borrasca revolucionaria levitando sobre la isla y más allá de ella, presagiaba la configuración de un orden sin desigualdades, o al menos, sin mezquinas maneras de ejercer relaciones de poder donde determinados grupos adquieren el control absoluto de la vida de una mayoría.

Sartre no ocultaba su regocijo al declararse “curado de la maligna afección que estuvo a punto de ocultarme la verdad de Cuba: la retinosis pigmentaria”, idea que a su vez escuchara por aquellas fechas en boca del ensayista e historiador Oscar Pino Santos. “Existe”, escribía Sartre citando al investigador cubano, “una enfermedad de los ojos que se nombra retinosis pigmentaria y que se manifiesta por la pérdida de la visión lateral. Todos los que se han llevado de Cuba una visión optimista son grandes enfermos: ven de frente y nunca con el rabillo del ojo”. Lee el resto de esta entrada