ESCRITO EN CIRÍLICO: EL IDEAL SOVIÉTICO EN LA CULTURA CUBANA POSNOVENTA, de Damaris Puñales-Alpízar.

Gracias a la gentileza de su autora, comparto con los amigos del blog un fragmento del apasionante libro escrito por la académica Damaris Puñales-Alpízar (Matanzas, Cuba, 1971). Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana (1994), actualmente enseña cursos sobre literatura, cine y cultura caribeña en la Universidad Case Western Reserve (Cleveland, Ohio).

Según la poeta y ensayista Laura Ruiz Montes, “Escrito en cirílico. El ideal soviético en la cultura cubana posnoventa”, da cuenta de lo sucedido a niveles precisos y también se escurre por los intersticios para mostrar a la contemporaneidad los lazos bajo la grieta, el camino que va de lo impuesto a la relación natural”.

Estuve tentado de abusar de la confianza y pedirle a Damaris que me enviara los capítulos dedicados a examinar la impronta de lo soviético en el audiovisual cubano, que son bien interesantes, pero como la idea es promover la existencia de este libro editado por la Editorial Cuarto Propio (Chile, en diciembre de 2012), pues aquí les dejo con este fragmento del capítulo II, que puede dejarnos una idea bien clara del rigor y la voluntad de provocar que impregna a la totalidad del volumen.

Juan Antonio García Borrero  

NIEVE SOBRE LA HABANA: HUELLAS SOVIÉTICAS EN LA CUBA LITERARIA POSNOVENTA (Fragmento)

La influencia de las más de tres décadas de presencia soviética en la isla desde los sesenta y hasta el fin de la Unión Soviética, a principios de los noventa, comenzó a ocupar un espacio importante en el debate sobre la cultura cubana tras el derrumbe del socialismo soviético. Producida desde una visión posutópica y apática e insertada ahora en la dinámica del mercado, la cultura cubana de los noventa en adelante eclosiona a partir de una variedad temática hasta entonces vetada o relegada, y comienza también a reconfigurarse dentro de un sistema literario sin precedentes. En esta nueva realidad, la publicación de obras literarias no depende (únicamente) del gobierno cubano, sino que forma parte de una dinámica de mercado hasta entonces desconocida en la isla.

Los más de treinta años de amistad “inquebrantable”[i] entre la Unión Soviética y Cuba, desde el triunfo revolucionario en 1959 y hasta la desintegración del campo socialista en los noventa, propiciaron la formación de una subjetividad histórica y social más ligada a lo soviético, en general, que a lo latinoamericano. El relativo aislamiento en que vivió Cuba a partir de los sesenta[ii] reforzó la dependencia económica, política y afectiva cubana respecto al campo socialista, y a la Unión Soviética en particular. Esta subjetividad[iii] producida por la influencia socialista aflora en la producción cultural cubana a partir de los noventa, cuando deja de existir la Unión Soviética.

Tan alejadas geográfica y culturalmente, Cuba y la ex Unión Soviética comparten una historia común que, de cierta manera, hace parte de la identidad cubana. Palabras rusas como tavarich, konietz, spasiva, no solo son reconocidas fácilmente por cualquier cubano, sobre todo para los educados entre los años sesenta y los ochenta del siglo XX, sino que también están presentes como huellas fósiles en muchas de las obras literarias producidas por los cubanos a partir de los noventa. Estos vocablos rusos han formado parte del habla cotidiana de la isla, a la que se incorporaron mediante la educación formal, a través de los currículos académicos que privilegiaban la enseñanza de la lengua y la literatura rusas; la educación no formal, a través de programas de radio y de televisión que promovían el aprendizaje del ruso desde la década del setenta, y las presentaciones del Ballet Bolshoi en La Habana; y la educación sentimental, a través de los dibujos animados soviéticos, las películas y series televisivas, el circo soviético en la Ciudad Deportiva, los juguetes infantiles, la leche en polvo o las frutas enlatadas.

Según Ileana Cino Colina, en su artículo “Enseñando ruso”, esa lengua se comenzó a estudiar de manera masiva desde principios de los años sesenta en Cuba, para lo que se crearon escuelas de idiomas como la Lincoln, en 1961, e institutos superiores como el Pablo Lafargue y el Máximo Gorki, en 1962. Estos institutos se convirtieron en 1977 en el Instituto Superior Pedagógico de Lenguas Extranjeras Pablo Lafargue. En esa misma década del sesenta, miles de cubanos comenzaron a viajar a la Unión Soviética bien a tomar cursos de dieciocho meses para la enseñanza del idioma en Cuba, o a estudiar alguna carrera técnica o universitaria en instituciones superiores soviéticas. En 1962 se creó la Licenciatura en Lengua y Literatura Rusas en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Según Cino Colina

“Ya en la primera mitad de la década del sesenta había muchos jóvenes estudiando en alguno de estos cursos la lengua y la cultura rusas, y a su vez la presencia de profesionales rusos en Cuba tenía un peso considerable, con la previsible cercanía que ello suponía en el contacto no solo de las lenguas, sino entre maneras de ver y sentirse en el mundo … los sesenta trajeron consigo una eclosión sin precedentes en la recepción del arte y la literatura rusos, que fueron incorporándose no solo al discurso cultural cubano sino también al imaginario colectivo … Pero será en los años setenta cuando la presencia del ruso se haga masiva, quizá como correlato de la progresiva institucionalización de la sociedad cubana … fue entonces que se comenzó a impartir el ruso en la Enseñanza General” (26-27).

Esta exposición sin precedentes a la cultura rusa propició la formación de una comunidad imaginada y sentimental que se sabe única e irrepetible. Tomando como punto de partida la definición de Benedict Anderson sobre la comunidad imaginada[iv], para los cubanos educados entre 1960 y 1980, en general, los referentes soviético-socialistas comunes de la infancia y de la educación académica recibida, facilitaron la creación de un imaginario de comunidad sentimental, que otorga pertenencia y cohesión entre sus miembros, a la vez que la diferencia de otras comunidades también imaginadas, incluso cuando la mayoría de los miembros de esta comunidad sentimental soviético-cubana no comparta el mismo territorio geográfico, ni la misma formación académica o formal y mucho menos, la misma ideología social. Los vínculos sentimentales de esta comunidad convergen en ese territorio por excelencia de la nostalgia que es la infancia y primera juventud. Estas etapas, para esa comunidad, estuvieron marcadas por la fuerte influencia y presencia soviéticas en sus vidas. A diferencia de la comunidad imaginada de Anderson, una de cuyas bases de estabilización es la unidad lingüística, en el caso de la comunidad sentimental soviético-cubana existe un bilingüismo pasivo que otorga sentido común a sus miembros. La mayoría de ellos estudió ruso en algún momento y muchos viajaron a la Unión Soviética a cursar estudios superiores; otros son hijos de parejas cubano-soviéticas. Aunque el ruso no sea la lengua franca utilizada por esta comunidad sentimental y la mayoría no pase de reconocer la transcripción fonética del alfabeto cirílico, el idioma ruso sí funciona como lengua alrededor de la cual confluyen sus miembros y establece un punto de partida para la existencia de la comunidad. El idioma ruso se convierte así en un referente que aunque ha perdido su carga semántica y su función comunicativa, adquiere un nuevo valor: el de agrupar a su alrededor a toda una comunidad sentimental.

La generación[v] de los que nacieron y se educaron entre los sesenta y principios de los ochenta, se define a sí misma en relación a una época histórica determinada: los ochenta, cuando en Cuba había acceso masivo al consumo de productos socialistas, principalmente, y se tenía la sensación no solo de vivir en un sitio diferente al resto del mundo, sino de estar haciendo algo para mejorarlo. Esto le otorga un carácter extraordinario, irrepetible, a esta generación: era la generación de la Revolución; era, con defectos y desafectos, lo más cercano que se estuvo nunca del hombre nuevo[vi]. Pero la entrada de estos jóvenes a la adultez, a la vida laboral plena, no fue lo prometido, y a principios de los noventa se encontraron en un mundo donde la ideología en la que creían hasta ese minuto dejó de existir. Fue volver a nacer, en el vacío ideológico y el descalabro económico. Si Alexei Yurchak[vii] se refiere a la generación de los sesenta y setenta en la URSS como ‘la última generación soviética’, esta fue, de manera similar, la única generación ‘socialista’ cubana: no había nacido con el pecado original del que hablaba Ernesto Guevara porque nació en un país donde, al menos a niveles generales y aparentes, no existía una división notable entre las clases sociales.

Según Svetlana Boym

“… at first glance, nostalgia is a longing for a place, but actually it is a yearning for a different time –the time of our childhood, the slower rhythms of our dreams. In a broader sense, nostalgia is a rebellion against the modern idea of time, the time of history and progress… Unlike melancholia, which confines itself to the planes of individual consciousness, nostalgia is about the relationship between individual biography and the biography of groups or nations, between personal and collective memory” (XV–XVI).

Es precisamente la añoranza por ese tiempo específico, la década de los ochenta, lo que une a la comunidad sentimental soviético-cubana. El objeto de la nostalgia no es el período histórico en sí, sino la idea que se tiene sobre la abundancia y la facilidad para vivir que existía en ese período, en contraposición con la difícil situación económico-social de la vida cubana a partir de los noventa. Esta nostalgia puede ser definida así:

“… an everyday memory, common corpus of emotional landmarks that escapes a clear chart. It is composed of both official symbols and multiple fragments and splinters of the past, ‘a line of verse, an image, a scene, a scent, a tune, a tone, a word’. These memorial landmarks cannot be completely mapped; such memory is composed of shattered fragments, ellipses and scenes… One remembers best what is colored by emotion. Moreover, in the emotional topography of memory, personal and historical events tend to be conflated” (Boym 52).

No es posible explicar la subjetividad histórica cubana moldeada en estos años de relaciones con la Unión Soviética sin acudir a la figura del contrapunteo. Si bien es cierto que existen remanentes tangibles de la cultura soviética entre los cubanos, sobre todo en la generación que conforma la comunidad sentimental soviético-cubana, no puede hablarse de una transculturación o sincretismo cultural, en el sentido en que lo entiende Fernando Ortiz[viii]. Las relaciones entre Cuba y la Unión Soviética siempre fueron percibidas a nivel popular como un equilibrio entre el rechazo y la aceptación. Aunque lo que se comía, consumía, bebía y leía provenía principalmente de la URSS, los cubanos tendían a ver a los soviéticos como torpes, toscos e insípidos y las formas culturales rusas –la forma de vestir, de cocinar o de bailar, el idioma, la religión o las tradiciones– no se incorporaron del todo a la cotidianidad cubana.

Los motivos de esta transculturación tronchada podrían ser tres: en primer lugar, la barrera del idioma. A pesar de haberse introducido como parte del currículo escolar obligatorio a partir de los sesenta y de los programas de enseñanza por radio: Ruski azik po radio, a partir de 1975 por la emisora Radio Rebelde, el idioma nunca fue popular y cuando era posible elegir, los estudiantes preferían estudiar inglés, un idioma al que tradicionalmente la cultura cubana ha estado más cercana[ix]. En segundo lugar, la barrera cultural: el alma rusa y el caos caribeño –según la definición de Antonio Benítez Rojo– nunca aprendieron a combinar los pasos de la polka con el guaguancó. En tercer lugar, la influencia soviética tuvo una duración relativamente corta, de apenas tres décadas, si se le compara, por ejemplo, con la norteamericana que duró más de medio siglo, desde 1898 hasta 1959, o la española, desde 1492 hasta 1898.

En su libro Russian-Cuban Relations Since 1992, Mervyn Bain añade otro motivo, esencial, a estos que he propuesto: Cuba no fue prioridad de la política externa soviética, excepto en contadas ocasiones, y a nivel no solo popular sino dentro del mismo Partido Comunista de la Unión Soviética, PCUS, estas relaciones eran vistas en ocasiones como un derroche de dinero hacia la isla comunista:

“On 11 February 1994, Izvestia published an article on joint collaboration projects, which stated “For decades Kremlin leaders tried to carry out grandiose plans on the island, plans that were comparable, considering the countries’ difference in size, to reversing the flow of our northern rivers”. This left no one in any doubt about what many within the “new” Russia felt about these projects as they believed considerable amounts of time, effort and no little money had been wasted on them. This sentiment is important in explaining the apparent lack of a legacy from the Soviet era existing in the years from 1992 to 1994” (84).

No obstante, la existencia de un grupo importante de militares y políticos simpatizantes con la Revolución cubana, unida a las circunstancias geopolíticas de la Guerra Fría, propició el tratamiento favorable que recibió la isla durante más de tres décadas.

La imposición y la sobreexposición al idioma y la cultura soviéticos produjeron un fenómeno aparentemente contradictorio. Por una parte, en primera instancia provocó el rechazo inmediato de la población adulta que miraba con recelo hacia las barriadas de técnicos soviéticos de todo tipo y que no entendía cuando las borracheras casi diarias de los rusos conducían a peleas que acababan más o menos con las mismas frases de sus mujeres: ‘pachimú, Boris, pachimú’[x]? Los gritos que casi cada noche, e infaltablemente cada fin de semana podían oírse desde los balcones de los apartamentos, no solo eran una pregunta retórica dirigida al marido borracho, sino más bien una pregunta mucho más amplia y de raíces mucho más complejas: ‘¿Por qué en esta isla calurosa del Caribe, donde hablan una lengua tan diferente a la nuestra, donde las noches son insufriblemente tan húmedas y calientes? ¿Por qué venir desde tan lejos, si estos cubanos…?’

No hay mejor imagen gráfica para ilustrar la relación de los cubanos con los soviéticos que la de una barriada donde existieran edificios de técnicos soviéticos: ellos y los cubanos vivían en bloques habitacionales separados; ellos tenían su propio transporte para ir y venir; sus propias tiendas donde compraban productos soviéticos y cubanos usando su propia moneda; sus propios parques recreativos. Sus niños no iban a las mismas escuelas de los niños cubanos, sino a escuelas especialmente hechas para ellos, donde recibían clases en ruso dictadas por maestros rusos. En este contexto, el intercambio entre cubanos y soviéticos fue nulo y la zona de contacto entre ambas culturas fue no solo limitada sino también peculiar.

Mary Louise Pratt define las zonas de contacto como

“… areas which allow the intermingling of two or more cultures; social spaces where cultures meet, clash, and grapple with each other, often in contexts of highly asymmetrical relations of power, such as colonialism, slavery, or their aftermaths as they are lived out in many parts of the world today. Eventually I … use this term to reconsider the models of community that many of us rely on in teaching and theorizing and that are under challenge today” (34).

La zona de contacto soviético-cubana, que sí se dio, ocurrió a otros niveles y en otros contextos: por ejemplo, con la formación de familias cubano-soviéticas cuando los estudiantes cubanos iban a estudiar a Moscú, a Leningrado, a Odessa u otra ciudad soviética. Por lo general se trataba de hombres cubanos que se casaban con mujeres soviéticas, y que en muchos casos regresaban a la isla con sus esposas e hijos. O a través del consumo cultural y la copia de modelos político-económicos.

Pese a las tres décadas de influencia soviética en Cuba, la domesticación cultural no fue total. Lo ruso nunca llegó a volverse popular en Cuba, y aunque los cubanos aprendieron de algún modo a convivir con los soviéticos, y a disfrutar su idioma, su literatura y su cine, nunca se produjo el acoplamiento entre las dos culturas. Luego de treinta años en los que miles de niños cubanos estudiaron ruso, y millones de espectadores vieron seriales como La gran guerra patria, o 17 instantes de una primavera, son pocos los vocablos eslavos que perduraron en el habla cotidiana cubana, en traducción al español, al contrario de lo que sí ocurrió con ciertos préstamos lingüísticos provenientes del inglés, como he mencionado antes.

A nivel popular era difícil tender puentes entre ambas culturas. Los cubanos y los soviéticos no se mezclaron del todo en Cuba, excepto cuando las esposas de los técnicos soviéticos se convirtieron en “empresarias por cuenta propia”[xi] y comenzaron a vender productos a los que los cubanos no tenían acceso. Las relaciones directas entre los dos pueblos ocurrían principalmente entre estudiantes cubanos y estudiantes soviéticas, cuando los primeros iban a estudiar a la URSS y la convivencia en las mismas instituciones académicas hacía menos visibles o tensas las obvias diferencias culturales.

Pero por otra parte, la sobreexposición e imposición cultural, e incluso ideológica, soviética en Cuba moldeó una subjetividad histórica que solo se hizo evidente tras el derrumbe de la Unión Soviética. Cuando se marcharon los últimos asesores militares soviéticos[xii], los últimos técnicos, y algunas de las esposas que habían seguido a sus maridos cubanos hasta la isla caribeña[xiii], los jóvenes que luego conformarían la comunidad sentimental soviético-cubana se vieron de pronto con las manos vacías/vaciadas y sin saber hacia dónde mirar. Todo aquello que por años les había producido hasta terror –si te portas mal te pongo a ver los muñequitos rusos– era ahora objeto de la nostalgia, otro modo de soñar en cubano, con letras cirílicas como trasfondo.

                                                                                                                         

 

NOTAS


[i]En la mayoría de las ciudades cubanas había grandes carteles que decían: “La amistad entre Cuba y la Unión Soviética es inquebrantable”.

[ii]Tras la nacionalización de las empresas norteamericanas en Cuba a partir de 1959, la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos, OEA, en enero de 1962, y la “Ofensiva revolucionaria” de 1968, que terminó de hacer estatales hasta las más pequeñas propiedades, Cuba quedó fuera del circuito comercial que en América Latina ha encabezado siempre Estados Unidos. Su integración al Consejo de Ayuda Mutua Económica, CAME, del bloque socialista, en 1972, definió y sustentó la política económica cubana. A partir de entonces, la mayor parte de las relaciones culturales, económicas y políticas de Cuba estuvieron orientadas por las tendencias del bloque socialista. La llegada de turistas y productos de consumo, así como noticias o televisión abierta de Europa no socialista, del resto de América Latina y en especial de Estados Unidos, desapareció durante esos años. Vale recordar que desde el triunfo de la Revolución, cientos de miles de cubanos comenzaron a exiliarse, principalmente en Estados Unidos, y no se les permitió su regreso hasta más de veinte años después, por lo que los cubanos de la isla no tuvieron mayor contacto con productos de consumo ni estilos de vida diferentes a los socialistas durante todos esos años. La situación cambió a partir del regreso de los “miembros de la comunidad”, como se les llamaba oficialmente a los exiliados cubanos.

[iii] En su artículo “Souvenirs de un Caribe soviético”, Rafael Rojas se refiere a esta subjetividad histórica cubana moldeada por los referentes soviéticos.

[iv]Según Anderson, una nación es una comunidad política que se imagina como inherentemente limitada y como soberana.

 

[v]Para Alexei Yurkach: “Generations are not natural, they are produced through common experience and through discourse about it. Under appropriate conditions, age may provide what Karl Mannheim called a ‘common location in the historical dimension of the social process’, creating a shared perspective on that process. And the shared experience of coming of age during a particular period may also contribute to sharing understandings and meanings, and the process through which they are reproduced” (30).

[vi]Como he comentado antes, en la carta enviada en 1965 al periódico uruguayo Marcha, que luego sería conocida como “El socialismo y el hombre en Cuba”, Ernesto Guevara afirmaba que el hombre nuevo debía tener dos principales características: la virtud de haber nacido ya sin el “pecado original”, es decir, fuera del seno de la burguesía o de una sociedad dividida en clases, y ser educado en el espíritu permanente de sacrificio y heroísmo.

[vii]Yurchak explica cómo funciona la nostalgia en la sociedad postsocialista soviética: “an undeniable constitutive part of today’s phenomenon of ‘post–Soviet nostalgia’, which is a complex post soviet construct, is the longing for the very real humane values, ethics, friendships, and creative possibilities that the reality of socialism afforded –often in spite of the state’s proclaimed goals– and that were the feelings of dullness and alienation” (8).

[viii]Al hacer la introducción a Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Bronislaw Malinowski resume la definición de transculturación que Fernando Ortiz aborda en ese libro al señalar que es “un proceso en el cual emerge una nueva realidad, compuesta y compleja; una realidad que no es una aglomeración mecánica de caracteres, ni siquiera un mosaico, sino un fenómeno nuevo, original e independiente. Para describir tal proceso, el vocablo de raíces latinas transculturación proporciona un término que no contiene la implicación de una cierta cultura hacia la cual tiene que tender la otra, sino una transición entre dos culturas, ambas activas, ambas contribuyentes con sendos aportes, y ambas cooperantes al advenimiento de una nueva realidad de civilización” (Ortiz XII).

[ix] El idioma inglés no solo le era más familiar a los cubanos por la cercanía geográfica con Estados Unidos, sino sobre todo por los más de cincuenta años de neocolonialismo que vivió la isla con ese país y las estrechas relaciones que esto ocasionó a todos los niveles. Hasta la fecha es posible encontrar huellas lingüísticas en el habla cotidiana cubana que provienen de esos años, como ‘guagua’, deformación fonética a partir de la palabra en inglés ‘wagon’ como eran llamados los primeros ómnibus estadounidenses que llegaron a Cuba; ‘parquear’, proveniente de la voz inglesa ‘to park’.

[x]Transcripción fonética de una frase en ruso, cuyo significado en español es: “¿Por qué, Boris, por qué?”

[xi] José Miguel Sánchez (Yoss) se refiere a estas primeras “empresarias” soviéticas en su artículo del 2001 “Lo que dejaron los rusos”.

[xii]“In September 1992 it was the announcement that the final 1,500 Russian troops would be removed from Cuba by mid–1993, as their presence in Cuba ‘no longer makes sense’” (Bain 51). La estación de radio–escucha Lourdes no cerró hasta el año 2002.

[xiii]Las esposas venidas desde diferentes Repúblicas ahora ex soviéticas que quedaron varadas en Cuba tras el derrumbe de su país, imposibilitadas por causas afectivas y efectivas (económicas) de regresar, es el tema del documental Todas iban a ser reinas, de Gustavo Pérez y Oneyda González, que es analizado en el capítulo sobre la producción documental cubana a partir de los noventa.

 

Escrito en cirílico: el ideal soviético en la cultura cubana posnoventa. (Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, 2012)

 ÍNDICE:

Agradecimientos                                                                                                                   

Declaración inicial                                                                                                                  

Confesiones posnacionales                                                                                                    

Introducción                                                                                                                          

Capítulo I. Narrando una utopía: el realismo socialista tropical. Análisis de La última

mujer y el próximo combate, de Manuel Cofiño, y Con tu vestido blanco, de Félix Luis

Viera                                                                                                                                      

Capítulo II. Nieve sobre La Habana: Huellas soviéticas en la Cuba literaria posnoventa     

Capítulo III. La transculturación imposible: Raza y sexo en las relaciones

cubano-soviéticas                                                                                                                   

Capítulo IV. Los caminos de la nieve. Representación y apropiación de lo soviético en

las trilogías de Jesús Díaz y José Manuel Prieto                                                                    

Capítulo V. Emerio Medina, Reynaldo González y Alexis Díaz Pimienta:

Paratextualidades e intertextualidades postsoviéticas                                                           

Capítulo VI. En busca de lo soviético a través del lente de una cámara                               

Capítulo VII. Soy Cuba, Océano y Lisanka: De lo alegórico a lo cotidiano. Cambios

estético-ideológicos en las coproducciones fílmicas cubano-soviético-rusas             

Capítulo VIII. De la materialidad soviética en Cuba, sus huellas e implicaciones.

Apuntes para una reflexión                                                                                                      

Conclusiones preliminares                                                                                                      

Bibliografía consultada         

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Publicado el julio 20, 2013 en LIBROS SOBRE CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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