LA DISTANASIA DEL CINE

Conceptualmente, la distanasia, según el DRAE,  es el “tratamiento terapéutico desproporcionado que prolonga la agonía de enfermos desahuciados”.

Para mí el cine (entendido como aquella práctica que era capaz de generar, a través de dispositivos únicos – hablo de un proyector, una gran pantalla, y una gran sala oscura- una suerte de hipnosis colectiva), ya está muerto. En tal sentido, debo confesar que todo intento de prorrogar su hegemonía simbólica me parece una variante bastante prosaica de distanasia (lo opuesto a lo que sería una eutanasia capaz de reportarle una muerte a la altura de la dignidad que ha gozado en su tiempo de vida).

El hecho de que el cine (en el sentido que aludí antes) ya esté muerto, o al menos no goce de la vitalidad de antaño (eso lo dice el público que deserta de la experiencia en masa, no yo), no le resta un ápice de importancia a su legado humanista, y a lo que sigue significando en nuestras vidas su aparición y maneras de diseñarnos durante todo un milenio el sentido de nuestras existencias.

A decir verdad, hoy la gente consume más audiovisual que antes, y eso se le debe indiscutiblemente al horizonte de deseos, fantasías, que fue capaz de imponer el cinematógrafo original, con todas sus variantes. Pero lo que no acabamos de entender, al menos en Cuba, es que estamos viviendo en medio de una profunda revolución cultural, donde no solamente el consumo global sufre cambios profundos y de paso nos impacta, nos deja sin asideros firmes, sino que también se diversifican las maneras de “audiovisualmente” generar nuevas subjetividades.

Si antes esas grandes abstracciones como Nación, Patria, Familia, Partido, o la Política, ayudaban a sentirnos parte de una comunidad explícita, hoy el sentimiento de creciente desarraigo se cura precisamente con el repliegue al consumo doméstico, desaforado, y aleatorio, algo que paradójicamente nos hace sentir miembros de un intangible colectivo que no conseguimos explicar del todo (o al menos describir en los términos de antes), pero que percibimos como “trascendente” en tanto puede acortarnos todo tipo de distancia espacial y temporal con el resto de personas que habitan el planeta, y supuestamente comparten nuestras preferencias y fobias.

La gran crisis que vive en Cuba el llamado “sistema Cine” tiene que ver con ese déficit de conciencia crítica que aún tenemos del momento histórico que estamos viviendo. Desorientados como estamos, aún nos embarga la impresión de que al cine le asiste una Autoridad Moral (así con mayúsculas) que justificaría no sólo su vida eterna, sino su encumbramiento imperecedero. Como si el cine, en tanto práctica social, viviera ajeno a las leyes que condena todo (incluyendo lo que pensamos en cada instante) a lo histórico, a lo que vive sujeto al eterno devenir.

Lo peor, creo yo, es que no acabamos de enterarnos que no es tanto el gusto por el cine lo que ha cambiado, como la experiencia de acceder al mismo. Ya se habla incluso de “cine intangible” para describir esos momentos en que los usuarios, desde sus ordenadores, consumen un conjunto de filmes  que antes debían apreciar en una Cinemateca, o en un cine común. De modo que es la experiencia de recepción lo que viene sufriendo una transformación drástica, y es hacia esa zona que deberíamos dirigir nuestra atención.

El cine, entendido como lo que era antes (salas enormes donde la oscuridad contribuía a mantener en vilo a un buen número de espectadores) se encuentra en franca fase crítica. Asumir esa realidad ayudaría a defender mucho mejor su legado, su memoria, y (sin que ello implique necesariamente una contradicción) su continuidad, aunque con nuevos ropajes, y en nuevos escenarios.

Juan Antonio García Borrero  

 

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Publicado el julio 19, 2013 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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