DE GARCÍA BORRERO A GUSTAVO ARCOS

Querido Gustavo:

Tu mensaje me había llegado a través de terceros, y por eso no lo colgué inicialmente. Ya sabes que en el blog pongo a circular ideas que, aunque pueden partir de lo privado, tienen una indiscutible utilidad en lo público. Pero para ello siempre será imprescindible el consentimiento de la persona que escribe o expone sus argumentos.

Lamentablemente entre nuestros intelectuales de ambas orillas el debate privado suele ser riquísimo, pero la voluntad para llevar a lo público esas discusiones no es tan estimulante. Demasiadas personas me han dicho (aquí o allá) que prefieren mantener en lo privado sus criterios, por las razones que sean. Y eso hay que respetarlo, en tanto forma parte de esa sociedad democrática, inclusiva, a la que ambos aspiramos.

Este nuevo mensaje que sí me ha llegado a mi buzón directo desde el tuyo tiene una introducción sumamente provocadora, y que recordarás se vincula a los problemas que de algún modo comenzamos a debatir en nuestro panel de LASA, pero que por falta de tiempo dejamos a mitad.

Recordarás que en la mesa expuse mi discrepancia contigo en cuanto al rol que podría jugar el ICAIC en un futuro ya inminente, y al que parecieras adjudicarle el rol de mero observador de esas dinámicas y prácticas que ahora mismo están condicionando nuestros actuales escenarios de producción, distribución y consumo audiovisual. Pareces resumir tu profunda inquietud en este grupo de interrogantes que copio y pego para guiarme en lo que quisiera intercambiar contigo:

“¿Cuál sería la función del ICAIC en estos tiempos? ¿En el escenario actual, qué relaciones de legitimación y respeto deben establecerse, entre creadores, instituciones y Estado? ¿Qué se entiende por cine cubano, hoy? ¿Hasta cuándo un grupo de funcionarios determinarían, cuáles son los cineastas cubanos y cuáles no?”.

Para empezar, debería dejar en claro nuestros puntos de coincidencia, que son muchos. Ambos entendemos que ya es hora de dejar a un lado el enfoque “icaicentrista” que insiste en contar la historia del cine cubano como si fuese apenas la historia del ICAIC. En el blog ambos hemos querido contribuir a enriquecer ese concepto tan estrecho, y hemos querido hablar del audiovisual realizado por cubanos, lo mismo en La Habana, Camagüey, Miami o Viña del Mar (donde me he encontrado compatriotas imaginando en la distancia a la nación, nuestra nación).

Por otro lado, lo ideal sería escuchar los argumentos de la otra parte, pues, hablando con total franqueza, una postura como la que describes entra en total contradicción con lo que el propio ICAIC intenta hacer cada año con la Muestra de Nuevos Realizadores, por ejemplo. ¿Qué sentido tendría concederle visibilidad a nuevos creadores del audiovisual en Cuba, creadores que producen más allá de la institución, si después se les va a negar la proyección internacional?  No sé, tal vez sea que en lo personal no puedo olvidar en ningún momento que fue precisamente el ICAIC el que creó, impulsó, y aún auspicia esa Muestra de Nuevos Realizadores. Pero las preguntas que haces tienen la virtud de apartarse de la mera anécdota para  proponernos debates más sustanciales. Y ya sabes cuánto agradezco esa invitación a debatir las esencias. Y las esencias en este caso las intuyo no tanto en averiguar cuál ha de ser el papel del ICAIC en estos tiempos, como acabar de definir qué es eso que llamamos “estos tiempos”.

El hecho de que aún no tengamos una noción más o menos confiable de lo que significa producir audiovisuales en esta época, es lo que a mi juicio nos sigue empujando a pensar el fenómeno de esa producción, distribución y consumo de imágenes en movimiento como si se tratara del mismo proceso que se hiciera hegemónico a lo largo del siglo XX. De modo inconsciente seguimos apelando a los mismos esquemas mentales que condicionaron las estrategias de entonces, y terminamos por asumir lo que llamo “el icaicentrismo a la inversa”. El ICAIC fue hijo de su tiempo y cumplió con creces su rol, pero me gustaría insistir retomando la esencia de tu pregunta: ¿de qué hablamos cuando apelamos a eso de “estos tiempos”?

A primera vista pareciera que lo que caracteriza a nuestros tiempos es precisamente la democratización de la parte productiva. Hasta hace poco más de dos décadas hacer cine era todo un lujo, un privilegio de pocos. Y por eso los gobernantes podían darse el lujo de establecer leyes y controles. El ICAIC surgió como parte de esa coyuntura política que convirtió a Cuba en un país comunista, pero además de esa coyuntura ideológica estaba el hecho de que el cine, en muchos países que nada tenían que ver con el comunismo, comenzaba a ser considerado como una cuestión de interés nacional. Basta revisar la historia de estos Estados asistenciales que en la década del sesenta, lo mismo en Francia que en Gran Bretaña, apoyaron con fuerza al grupo de cineastas que producían películas en sus respectivos países.

Ahora los tiempos son otros. El cine, tal como lo concebíamos hasta hace poco, está en crisis, pero la producción audiovisual se ha multiplicado, y también su consumo, si bien ha existido un creciente repliegue a lo doméstico. ¿Dónde ubicar entonces el gran problema de nuestros tiempos?, ¿en la democratización misma de la producción audiovisual?

El problema no estaría, a mi juicio, en esa libertad de producción (que me parece legítima y necesaria), sino en qué va a pasar después con todo eso que se ha producido. Está muy bien que Coyula realice una película como Memorias del desarrollo, que ya he anotado por allí me parece una de las cintas más renovadoras del audiovisual realizado por cubanos, pero sería importante pensar en cómo vamos a dar a conocer esa producción. Y es allí donde caemos en aquello que te mencionaba en LASA: la necesidad de implementar una política cultural que esté a la altura (vuelvo a tu expresión) de estos tiempos.

Sé que el término política cultural no es demasiado popular entre nosotros, y razones hay. En nombre de esas políticas culturales se han cometido abusos. Se han inventado “artistas”. Se han excluido a otros. Se ha promovido el peor arte pedagógico. Se ha castigado la herejía intelectual cuando en verdad la herejía es lo único que no puede faltarle a un artista. Y, sin embargo, sin una política cultural corremos el riesgo de volver invisible precisamente esa diversidad hereje. Esa, a mi juicio, es la gran paradoja de “nuestros tiempos”. Hoy tenemos más libertad que nunca para producir y consumir productos audiovisuales, y no obstante, es posible que la pobreza de ese consumo esté rozando sus peores índices.

La gran interrogante tendría que ver, entonces, con esta circunstancia actual que estamos viviendo. Debemos preparar nuestras preguntas pensando no tanto en las instituciones que ya existen, como en esa gran encrucijada tecnológica en la que actualmente estamos atrapados. Ojalá consigamos llevar el debate más allá de lo puntual, y lo instalemos en el centro de estos tiempos.

Un abrazo grande,

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el junio 26, 2013 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. La no celebración de la muestra de cine cubano en Corea del Sur no es ningún error conceptual del ICAIC, quien es muy coherente y obediente de la burocracia politica cubana. Con esta supensión demuestra que no es autónomo, y que si en un inicio aceptó su realización, ahora en el momento final, recibió órdenes de arriba, de que no. ¿Acaso no se acuerdan cómo en 1988 el gobierno cubano no dejó participar a los atletas cubanos, en “solidaridad” con Corea del Norte, en los Juegos Olímpicos de Seúl? Por supuesto que salieron perjudicados los atletas cubanos que se habían preparado para el evento, y el público de las olimpiadas que no pudo ver en acción a esos deportistas. Las embajadas culturales son parte de una política de deshielo, en países que no tienen relaciones diplomáticas, pero que desean “acercarse”. La no realización de la muestra de cine cubano -ya de por sí muy discutida su curadoría- en Corea del Sur evidencia la “permanente” coincidencia con el régimen de Corea del Norte.

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