VOLVER A CAMAGÜEY

Siempre estamos regresando de algún lugar, inclusive cuando no ha existido desplazamiento físico alguno. En todos los casos, para nuestro propio bien, siempre estamos regresando a la realidad.

Mi realidad concreta se llama Camagüey, y a esta ciudad que está a punto de festejar sus cinco siglos de fundada, acabo de regresar luego de permanecer tres semanas en los Estados Unidos (la primera en Washington; las otras dos en Miami).

Volver a Camagüey nunca será lo mismo que volver a Cuba, país que la mayoría de los extranjeros (y algunos cubanos) asocian a La Habana. Volver a Camagüey significa retornar a un laberinto arquitectónico donde conviven, a veces como perros y gatos, y de un modo más bien viscoso, lo colonial con lo moderno. Y eso inevitablemente se refleja en el comportamiento cotidiano de sus habitantes, y en lo arduo que muchas veces resulta poner en práctica ideas innovadoras.

No me gusta idealizar a Camagüey. Ni me gusta que idealicen mi relación con este sitio al cual, luego de viajar fuera de la isla más de treinta veces, siempre he terminado por retornar. Sé que, en términos materiales, tengo escasos argumentos que ofrecer para demostrar que, a pesar de todo, es aquí donde me sigo sintiendo bien (al menos hasta ahora). Mi salario es una miseria (apenas 375 pesos cubanos); la casa vieja donde vivo no serviría para promover el turismo (más bien lo espantaría); mi bicicleta (que ha sido siempre mi medio de transporte privado) cada vez tiene más prisa en poncharse. Con un poco de voluntad y suerte podría estar materialmente mejor en otro lado porque, a decir verdad, ahora mismo no tengo materialmente nada. Entonces, ¿qué es lo que me sigue devolviendo a este sitio?

Algo así me ha preguntado mi colega y amigo Juan Ramírez en un cuestionario cuyas respuestas llevo ya casi un año postergando. Me cuesta trabajo responder ese tipo de sondeo donde parece inevitable darle la vuelta al ego en ochenta brevísimas líneas.

Trato de ser cuidadoso con las respuestas que ofrezco en ese tipo de encuesta porque se prestan con mucha facilidad a las malinterpretaciones. Y a la fabricación involuntaria de “personajes”. En el fondo, estas respuestas sirven para revelar buena parte de esas fantasías colectivas que los individuos (los seres humanos de carne y hueso) vamos asumiendo de modo inconsciente como propias a la hora de construir nuestra particular visión del mundo. Pero sobre todo porque esas respuestas, inevitablemente, hablan de los seres humanos que quisiéramos ser todo el tiempo, del lugar que nos gustaría vivir o dejar atrás, mas pocas veces consiguen reflejarnos inmersos en la existencia cotidiana, con todas las contradicciones que implica vivir. O mejor dicho, sobrevivir.

Camagüey, como espacio, ha precedido a mi experiencia. Y seguirá existiendo después que ya no esté entre los vivos. No puedo decir que es mi invención. Y sin embargo, sé que es una disposición afectiva que todo el tiempo me habita. Si un día dejara de vivirla (como han elegido un sinnúmero de camagüeyanos) el mundo seguiría su curso indiferente, pero de todos modos cuando intente no acordarme de la ciudad, estaría regresando a Camagüey.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el junio 19, 2013 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Camagüey, bonito Camagüey…

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