JUSTO PLANAS SOBRE “EL PERFECTO NEONALFABETO Y OTRAS BLOGUERÍAS”

Me gustó mucho la presentación que hiciéramos el pasado 14 de mayo, en el Centro Cultural “Fresa y chocolate”, del libro “El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías”. Sobre todo porque más que presentar y hablar elogiosamente de un texto (que es lo que se hace “normalmente”), los jóvenes que me acompañaban en la mesa (Yaíma Pardo, Justo Planas y Hamlet Fernández) se encargaron de exponer públicamente las ideas y posibles objeciones que podían provocarles algunas o la totalidad de las tesis planteadas en el volumen.

A mí, como autor, me interesa mucho más ese tipo de conexión todo el tiempo “constructiva” con los lectores (así puedan contarse estos con los dedos de una mano), que la recepción fría, formal, del conjunto de páginas. Después de todo, suelo medir la supuesta utilidad de un libro no tanto por el nivel de consensos que genere a su alrededor, como por la eficacia que muestre a la hora de desautomatizar la visión rutinaria que tenemos del mundo, con todo lo que de desencuentro intelectual implicaría ese enfoque.

Ojalá esta nueva compilación de post colgados en el blog suscitaran incomodidades, réplicas, o críticas que me ayuden a vislumbrar nuevos ángulos de este fenómeno de las nuevas tecnologías, y su uso en nuestro país. En definitiva, sigo siendo un gran admirador de aquella sentencia acuñada por Federico Schlegel: “Criticar quiere decir entender a un autor mejor de lo que él se entendió a sí mismo”.

Por lo pronto les dejó con la reflexión leída por Justo Planas aquella tarde. Algunas de las ideas que apunta en su texto, más allá de la fuente que reportara el origen, merecerían seguir discutiéndose. Si las sumo a las expresadas en su momento por José Raúl Gallego en la presentación del libro en Camagüey, podría decir que como autor no puedo quejarme: no siempre los libros consiguen llamar la atención de quienes reseñan; y mucho menos provocar meditaciones que vayan más allá de la información epidérmica.

Juan Antonio García Borrero        

 

PARA UNA CAMPAÑA DE NEOALFABETIZACIÓN (CINEMATOCRÍTICA)

Por Justo Planas

No me voy a resistir a la tentación de escribir un pequeño comentario debajo de El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías, como si en vez de letra impresa tuviera delante un largo post. Aún no termino de leer el libro y espero de todas formas que se siga reescribiendo todavía en las siguientes entregas de Juany en su blog “Cine cubano, la pupila insomne”. Es ese el espíritu que trasciende desde el primer texto, que cada artículo de este libro aún está en construcción.

Por eso quizás abre con “Una polémica a modo de obertura”, donde Víctor Fowler y Juany enfrentan criterios sobre las nuevas tecnologías y los impactos que van teniendo y deberían tener sobre la cultura. Es un debate cruento, donde ambos defienden ¡y con qué argumentos filosos! posiciones tangenciales; y el lector no tiene otro remedio que buscar su propio lugar en ese espectro, que no será ya el lugar que defiende Juany o el de Fowler, sino el suyo propio, el que responda al curso de su inteligencia, que se corresponda con su manera de ver la vida. Después de este comienzo, queda claro que El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías no pretende sentar cátedra sobre ninguno de los temas que toca, sino estimular que sus lectores asumamos una posición crítica ante cada asunto. Queda claro, entonces, que Juan Antonio García Borrero ha incorporado el primer reto que propone Internet, no ya a los textos que se publican dentro de sus márgenes, sino a todos los otros que aparecen en letra impresa, o navegan en las ondas de la televisión y la radio.

¿Cuál es ese reto? El de abrir siempre un diálogo con cada artículo. En teoría sonaba muy bonito cuando Mijaíl Bajtín hablaba de dialogismo a principios del siglo XX. Pero hoy en Internet es casi un requisito para escribir un blog. Muy probablemente, cuando Juany descubre que debajo de un post se escribieron pocos comentarios, o que recibió pocas visitas; lo asume como una derrota personal, e intenta para la próxima vez estimular la participación de sus lectores. Cada comentario que aparece en su blog es, de hecho, en ciernes la invitación a un pensamiento propio.

Ya resulta más difícil concebir a los escritores (literarios, intelectuales, del tipo que sean) como depositarios exclusivos de un caudal de conocimientos, como si cada lector fuera una cuenta de banco; ahora —y en buena medida gracias a Internet— vemos a los escritores como aquellos más capaces de sembrar una duda, o la pequeña postura de una verdad, que brotará en cada lector que la recoja de manera particular y única. Cada post es como un pie de página al borde de un conocimiento que se va escribiendo en común. Y así deberían asumirse todos los textos, los de los periódicos y las revistas impresas. Quizás los críticos y los articulistas cubanos que escriben confiados de su saturada sapiencia para lectores que ellos creen ignorantes, no saben que pasamos la página de su texto con irritación, o que en el mejor de los casos atendemos a lo que nos dicen poniendo muy en duda los absolutismos con que nos lo presentan. No lo saben, pero ya lo sabrán. El hecho de que artículos como estos de Juany, fraguados al calor de la Web 2.0, emerjan a la letra impresa va creando nuevos hábitos de lectura, nuevas posiciones del lector frente a una obra.

El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías, hasta la página donde he llegado, cuenta con una primera parte, digamos, epistemológica, donde Juany se pregunta ¿qué es un blog y cómo administrarlo? ¿Qué es la historia y cómo abordar la del cine cubano? La lista de preguntas es más extensa. Pero se trata, como ya venimos diciendo, de reflexiones, de inquietudes íntimas que comparte este intelectual con nosotros más que de ideas impolutas. Juan Antonio García Borrero tiene tal conciencia de la capacidad que tienen las ideas para amordazar una realidad, tiene tal conciencia de que un hombre en singular no posee las ideas sino que las recibe en su mayoría como herencia del pasado, es tanta su certeza al respecto, que se ha dado a la tarea de rastrear en periódicos de otras épocas aquellas que han terminado permeando sus juicios sobre el cine cubano. Se debe agradecer mucho a este libro, pero sobre todo, su capacidad para contagiarnos con la duda, con cierta paranoia profiláctica que nos obliga a cuestionarnos repetidamente la sutura de nuestros pensamientos. ¿Será la historia del cine cubano, tal como nos la han contado, la VERDADERA historia, la historia ÚNICA? Juan Antonio García Borrero prefiere hurgar “debajo del cono de luz”, en la sombra de los acontecimientos, y teme —quizás— de la naturaleza de ese insecto que choca una y otra vez contra el vidrio de un bombillo, es decir, lo ya requeteconocido de un hecho, encandilando sus pupilas y también la capacidad de discernir.

Me intriga pensar qué se harían con este libro esos lectores que esperan que un artículo les diga a quién odiar y a quién adorar, así en los términos binarios que a Juany tanto le inquietan; qué se harán esos lectores que se agarran a las fechas, las estadísticas y las causas bien delimitadas de un hecho. Porque El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías solo da fe de lo cenagosa y esquiva que puede ser la realidad, solo ofrece —ya decía— la duda como herramienta para mantenernos una y otra vez a flote. Espero no equivocarme al considerar que para Descartes la duda metódica llevaba más bien a una búsqueda introspectiva, y por tanto, en solitario. Al menos esa fue la impresión que me dio su Discurso del método, un hombre solo frente al espejo de sus propias inquietudes. En El perfecto neoanalfabeto y otras bloguerías esa búsqueda quiere ser compartida, la comparten de hecho los muchos usuarios que visitan el sitio. Creo que no he sucumbido a la comodidad de sustituir el nombre de Juan Antonio García Borrero por la palabra autor, porque si en este libro figura como tal, en su blog es ante todo el administrador, así es la palabra técnica, de un debate, de una cuestión que gira en torno a un post que él introduce pero que solo termina con el último comentario que allí aparece. Es una autoría compartida, una duda compartida por todos, y respondida por todos a la manera.

El teórico de izquierda latinoamericano Mario Kaplún advierte que la educación que recibe un individuo se corresponde con la actitud que tendrán como ciudadano. Decía que aquellas aulas donde el profesor obligaba a los estudiantes a memorizar acríticamente largas series de informaciones para pasar de año, conspiraban con una sociedad adocenada frente a un líder único, omnipotente, incuestionable. Frente a esta situación, Kaplún invitaba a los profesores construir junto a sus alumnos una nueva ruta de conocimiento, sin subestimar sus capacidades, más bien estimulando el ejercicio de pensar, por encima del de reproducir. Es esa la lección que enseña la Web 2.0, la del conocimiento construido en colectivo, o mejor, en colectiva construcción. Wikipedia es quizás uno de los ejemplos más ilustrativos de que entre muchos se puede producir un conocimiento enciclopédico que se renueva segundo a segundo.

No es prudente ser optimistas tecnológicos a ultranza. Es cierto, para seguir con Wikipedia, que el sentido común no es tampoco criterio de verdad. Internet también tiene mucha información chatarra, naufragamos en ella cada vez que invocamos las www; es cierto también que el inglés se impone, y que todo lo que hoy llamamos Internet podría redondearse en Europa y Estados Unidos, que obviamente no son representativos de toda la humanidad, aunque así se lo crean algunos. Es todo cierto. Pero, en mi opinión, las reflexiones antes expuestas sobre las posibilidades que abre esta tecnología y el uso factual que tiene hoy por hoy, no son excluyentes.

Hemos visto a Facebook, concebido para el ocio de la peor calaña, protagonizar en las últimas fechas la rebelión de pueblos enteros contra el poder aparentemente infalible de sus dictadores. Cuando Internet llegue a todos, si llega, esperemos que así sea, nos sentiremos menos hormigas frente a los grandes retos que ponen el conocimiento, la historia y la vida frente a nosotros. Los lectores que hoy se quejan de que los críticos de cine solo hablan de ciertas películas y no de las que a ellos les interesan, que los enredan con términos para ellos lejanos como los de fotografía, edición o dirección de arte; podrán buscarse un blog donde un espectador, sin complejos de inferioridad, estudie los filmes de acuerdo con otras categorías, las categorías que ambos comparten, aquellas que los llevan a un placer también estético, aunque diferente al que describe la academia.

Se acabará, con suerte, la dictadura de los críticos, que lo saben todo porque han leído y han estudiado, y porque además cuentan con un título emitido por la universidad equis que así lo testifica; frente a los espectadores que aunque han visto muchos filmes, y cuentan con un corazón y un cerebro también, no deben fiarse de lo que les dicen porque según tal o mas cual libro están muy pero muy equivocados. Caerá esta dictadura de la crítica cinematográfica y comenzará una democracia donde la gestión de conocimiento cinematográfico será pública y el crítico pasará a ser un facilitador. Entonces, estaremos obligados a preguntarnos, pero de verdad, ¿por qué Titanic se convirtió en la película más taquillera de su momento? sin escabullirnos por la tangente de los efectos especiales o publicidad; y deberemos encontrar formas más efectivas para involucrar al público neófito en la experiencia fílmica que ofrecen el Neorrealismo Italiano, la Nueva Ola, Dreyer o Tarkovski. Nos veremos obligado a apuntar no ya a la actuación o la fotografía, sino a las verdades candentes que estos directores depositaron en sus obras, que invitan a los espectadores a replantearse el misterio mismo de la vida. Se me dirá que esta es una de las funciones ya establecidas de la crítica, sin embargo, no es la que más se ejercita, se prefieren los inventarios técnicos y las referencias factuales.

En lo personal, es eso lo que más disfruto del libro de Juany, la sensación de estar conversando con un hombre, con un camagüeyano, que con toda la humildad y grandeza que eso implica, logra involucrarnos en sus búsquedas espirituales, en sus búsquedas cinéfilas. Puedo escuchar en algunas de sus palabras a la ciudad de Camagüey, puedo comparar sus recuerdos con los que ya he heredado de mi madre, también camagüeyana, con los míos propios. Podemos ser, sus lectores, gracias a él, como ese adolescente que escapa del preuniversitario cada miércoles para ir a la Cinemateca y observar con ojos nuevos a Titón, a Guevara y a Guillermo Cabrera Infante.

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Publicado el mayo 19, 2013 en BLOGOSFERA, LIBROS SOBRE CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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