Y CON LOS CENTROS DE CINE EN LAS PROVINCIAS, ¿QUÉ VA A SUCEDER?

Uno de los grandes problemas que no han conseguido superar nuestros debates culturales (al menos, los debates relacionados con el audiovisual realizado por cubanos) es su falta de arraigo.

El audiovisual cubano se discute todos los días con mejor o peor suerte, pero son discusiones que no pasan del estado de ánimo catártico más o menos publicitado, de acuerdo al alcance que tengan las declaraciones que se expresan, o “la autoridad” de quien se manifieste. Tras quince minutos de intenso reciclaje de noticias relacionadas con este o aquel incidente (sobre todo en los soportes digitales), todo vuelve a la normalidad, a lo de siempre.

Esta falta de arraigo en nuestros debates contrasta visiblemente con lo que sucedía en aquellos años fundacionales del ICAIC que muchas personas aún venden como el gran paradigma. En aquellos tiempos los cineastas no vacilaban en asomarse a la esfera pública y poner por escrito lo que alegaban. A partir de los noventa esa práctica se apagó. Eso explica la gran repercusión que ha tenido la reunión espontánea de cineastas cubanos que reseñara Gustavo Arcos en el blog. Es, indudablemente una buena noticia, y lo es mucho más, en mi criterio, que haya sucedido dentro del ICAIC (no frente al ICAIC, pues como me rectificaron recientemente, “Fresa y chocolate” está en el ICAIC, aunque no en el mismo edificio).

Pienso que sería demasiado prematuro emitir algún juicio sin antes no tener algo sólido con el cual establecer algún tipo de diálogo, comentario. Mientras llega ese momento de concederle verdadero y renovado arraigo a lo que sería un saludable debate alrededor del audiovisual realizado por cubanos, sumo algunas ideas que tienen que ver con lo que, de modo general se discutiera en esa reunión, pero desde la perspectiva de alguien que vive en una provincia, alejado de esos espacios donde se discuten y deciden las acciones culturales, condición que suele ser ignorada cuando se habla de estos asuntos que parecieran afectar solamente a los que viven en La Habana.  

De que la suerte definitiva del ICAIC nos afectaría a todos es algo que queda claro cuando los propios cineastas se refieren, por ejemplo, al estado desastroso de los cines en el país. Cuando el ICAIC nació, pasó a ocuparse directamente, no solo de la producción de películas en ese afán de dotar a la nación de una cinematografía nacional, sino también de la distribución y exhibición. Al principio las cosas marcharon bien, pero una vez que se creara a mediados de los años setenta el Poder Popular, con sus funciones territoriales, y las cuestiones relacionadas con los servicios cinematográficos pasaran a ser sometidas a una doble subordinación (metodológicamente al ICAIC, en lo práctico al Poder Popular provincial) todo comenzó a desmoronarse lentamente. Todavía en la mentalidad de algunos dirigentes provinciales sobrevive la idea de que el mantenimiento de los cines, y todo lo que huela a actividad audiovisual es responsabilidad exclusiva del ICAIC. He allí la explicación de por qué la mayoría de esos espacios han terminado en un limbo.  

Por otro lado, el desarrollo incesante de las nuevas tecnologías nos ha metido de lleno en este fenómeno que conocemos como “consumo informal” de audiovisuales. El cine, como espacio físico, pareciera haber perdido cualquier tipo de utilidad, toda vez que los cambios tecnológicos acusan, en todo el planeta donde se apliquen los mismos, una marcada tendencia a incentivar el repliegue a lo doméstico (la llamada “cocoonización”).

Sin embargo, más allá de ese diagnóstico precipitado persisten ciertas evidencias: hoy en día las televisoras más poderosas han conseguido imponernos un modelo de consumo doméstico donde se puede disfrutar intensamente los mejores partidos del Barcelona o el Miami Heat; sin embargo, los estadios no dejan de estar llenos. Quiero decir, la gente sigue sintiendo la necesidad de compartir estos espectáculos en la arena pública. Lo que sí se han incorporado a estos espacios los diferentes dispositivos tecnológicos, como las pantallas electrónicas gigantes, por ejemplo, como parte de ese intenso intercambio que se establece en este tipo de evento cultural. En este sentido, nuestros antiguos cines estarían llamados a modernizarse si quieren, de veras, seguir cumpliendo su función social.

Y es aquí donde vendría mi reflexión en voz alta, y que a algunos le podría parecer herética: ¿puede o debe el Estado ocuparse de estas salas a lo largo y ancho del país? En lo personal, con todo y lo que me apasiona el cine, agradecería mucho más que el Estado (a través de las autoridades de mi provincia) invirtiera sus recursos en un buen hospital antes que en la más espectacular de las salas cinematográficas. Porque, por otro lado, esta será una carrera verdaderamente agónica, dado que las nuevas tecnologías prometen reducir su fecha de caducidad a niveles francamente sorprendentes: lo que hoy por la mañana nos parece lo más avanzado por la noche se hará definitivamente viejo con la imposición en el mercado de un artilugio similar, aunque con nuevas opciones.

El Estado jamás podrá competir con esos proveedores de tecnologías que han conseguido hacerse del antiguo monopolio que tenían los gobernantes para decidir qué se veía, y cómo y dónde se veía. En medio de tantos cambios bruscos, lo único que permanece inmutable es el uso de la pantalla (antes de tela, ahora electrónica) como puente que garantiza el tránsito de los espectadores a esa realidad que construyen quienes producen el audiovisual. En lo adelante, quien imponga un uso más atractivo de las pantallas, conseguirá la atención de ese público que se viene formando en medio de la revolución electrónica que vivimos. Y como sugerimos anteriormente, para la gente es importante comer, cuidar su salud, pero también, participar de esos eventos culturales que lo enriquecen como individuo; la pregunta incómoda sería: si el Estado no puede objetivamente ocuparse de esas salas, ¿Quiénes podrían administrarlas entonces?

Mi criterio personal es que los administradores ideales de esas salas serían los particulares. Sé que esto chocará a aquellos que han vivido la etapa de oro del ICAIC, con sus cines atendidos en términos de programación a lo largo y ancho del país. Y además, cada vez que se menciona la posibilidad de poner en manos de los privados los servicios que hasta ayer atendía el Estado, surge en algunos el horror (hay que decirlo por lo claro) de un posible enriquecimiento. A esos que se horrorizarían con esa posibilidad (que siendo una actividad honesta no veo por qué tendría que perturbar a nadie), le preguntaría si no le causa una similar conmoción moral ver cómo se ha llegado a legalizar la piratería concediendo patentes para vender productos audiovisuales de los cuales no se tiene ningún derecho, con la clara afectación de sus titulares. Esto me lleva a pensar que, efectivamente, cualquier paso que se dé en un futuro relacionado con el audiovisual en nuestro país, lo primero que necesita es un escenario de legalidad transparente, o dicho también por lo claro, una ley del audiovisual que proteja a productores y consumidores.  

Ahora, si la administración de las salas cinematográficas pasara a manos de los particulares, ¿qué sucedería con los Centros de Cines existentes en las provincias?, ¿estarían condenados a desaparecer? A mi juicio, no: todo lo contrario. Centros como estos podrían contribuir a reforzar ese escenario de legalidad al que aludíamos antes, además de convertirse en verdaderos gestores de políticas culturales comunitarias, donde se fomente el equilibro en las ofertas públicas, y se cuide el legado de la tradición cinematográfica, hoy en verdadero peligro de extinción.

Por supuesto que los riesgos y desafíos que vendrán son múltiples y bastante difíciles de resolver. Para empezar, los administradores de esas pequeñas empresas (pues a la larga se trataría de eso) querrán recuperar el dinero invertido en la renovación tecnológica de los locales, en la promoción, y buscarán ofrecer, desde luego, una programación atractiva al público. Vendrá entonces la desestimación del llamado cine culto, con la afectación de los intereses de esa minoría a la que le importa el cine como arte.

Es allí donde los Centros de Cine podrían jugar su mejor papel. Primero, el administrador de esta sala tendrá que aprender que si quiere exhibir Juan de los Muertos o Se vende, por mencionar dos de las películas cubanas más populares de los últimos tiempos, tendrá que pagar como Dios manda el derecho de exhibición, que bastante trabajo se pasa para hacer una película en cualquier parte del planeta, como para que venga un tercero a lucrar con los resultados sin tomar en cuenta el esfuerzo de muchos.

Los Centros de cine podrían ser rectores de estas actividades en sus respectivos territorios, dada la experiencia de su aparato económico. Por otro lado, se negociarían las cuotas de presencia del audiovisual realizado por cubanos en esas pantallas, toda vez que estamos hablando de proyectos públicos de interés comunitario. Los Centros de Cine podrían hacer estudios concretos de cómo funciona el gusto en sus comunidades, en tanto la antigua noción de un público monolítico e impersonal, que reaccionaba de la misma manera lo mismo frente al Yara que frente al Casablanca de Camagüey, ya es algo que no se sostiene en ninguna parte.

No pretendo agotar con este post las ideas que podrían derivarse de un asunto como este. En todo caso se trata de una invitación a pensar el fenómeno del audiovisual cubano también desde una perspectiva que, por regla general, es omitida: la perspectiva de quienes viven más allá de la capital. En una sociedad como la nuestra, donde la iniciativa local ha estado sometida a férreos esquemas verticalistas, es posible que la existencia o inexistencia de los Centros provinciales de cine no se vea como un gran problema, o se crea que no es un problema que merezca figurar en el conjunto de prioridades; pero para lograr subsanar ese equívoco es preciso que desde las provincias se comience a hablar con buenos argumentos y suficiente claridad.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el mayo 10, 2013 en CAMAGÜEY: LO QUE EL CINE SE LLEVÓ. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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