LA REFORMA UNIVERSITARIA Y LOS MEDIOS AUDIOVISUALES

El próximo 14 de mayo, a las cuatro de la tarde, estaremos presentando en el Centro Cultural Fresa y chocolate, el libro “El perfecto neo-analfabeto y otras bloguerías”. Para esa ocasión tendré el honor de que me acompañen los jóvenes Mabel Olalde, Yaíma Pardo, Rafael Grillo, Hamlet Fernández, y Justo Planas. La idea es sostener una charla entre amigos, tomando como pretexto el libro publicado por la editorial Oriente (Santiago de Cuba, 2013), y estos temas de las nuevas tecnologías y su impacto en la promoción y consumo cultural. Como un anticipo de algunas de las ideas que me gustaría someter a debate, cuelgo la siguiente reflexión.

JAGB 

He buscado con insistencia, pero sin éxito, el texto escrito en 1963 por José Manuel Valdés-Rodríguez con el título “La reforma universitaria y los medios audiovisuales”. Valdés-Rodríguez introdujo en nuestros circuitos académicos el examen crítico de los medios audiovisuales (sobre todo el cine) como un modo moderno de acceder al conocimiento. Fue un pionero de esa práctica que hoy se ha convertido en un lugar común; hablo de la práctica de recurrir críticamente al cine para facilitarle a los alumnos una mejor comprensión del contenido que se imparte.

En la época que vivió Valdés-Rodríguez el cine había logrado consolidarse como líder del ocio colectivo. El cine comercial (proveniente fundamentalmente de los Estados Unidos, México, y Argentina) consiguió apuntalar toda una cultura única del entretenimiento, de allí que la labor de Valdés-Rodríguez, encaminada a dar a conocer en el país ese otro cine que escapaba del afán mercantil tenga que ser reconocido como algo excepcional. Gracias a esa labor pedagógica surgió en 1948, por ejemplo, un Cine-Club en la Universidad de La Habana (posteriormente devenido en la primera Cinemateca creada en el país), con Germán Puig y Ricardo Vigón a la cabeza, y seguidores como Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros, Tomás Gutiérrez Alea, entre otros.

Hoy el escenario es otro. No solo el cine ha perdido el antiguo liderazgo (aunque se consume más imágenes en movimiento), sino que la producción y recepción de saberes en las universidades también está recibiendo el impacto de las nuevas tecnologías. ¿Se habrá llegado a aquella situación que Barthes describía en “Lo obvio y lo obtuso” al apuntar:

Del mismo modo que el psicoanálisis, con Lacan, está prolongando la tópica freudiana en topología del individuo (el inconsciente nunca está en su sitio), así habrá que sustituir el espacio magistral de antaño, que era, en definitiva, un espacio religioso (la palabra en la cátedra, en lo alto, los oyentes, abajo; son las ovejas, el rebaño) por un espacio menos recto, menos euclidiano en el que nadie, ni profesor ni alumnos estaría jamás en su puesto definitivo. Entonces se vería que no son los “roles” sociales lo que hay que hacer reversible (¿para qué disputarse la “autoridad”, el “derecho a hablar”?) sino las religiones de las palabras. ¿Dónde está la palabra? ¿En la elocución? ¿En la escucha? ¿En las idas y venidas entre una y otra? El problema no está en abolir la distinción de las funciones (el profesor, el estudiante: después de todo, el orden es la garantía del placer, como nos enseña Sade), sino en proteger la inestabilidad  y, si es posible llamarlo así, el vértigo de los lugares de la palabra. En el espacio de la enseñanza, nadie debería estar en su sitio en ninguna parte (yo me tranquilizo con este desplazamiento constante: si algún día llegara el día en que encontrara mi lugar, ya ni siquiera fingiría enseñar; renunciaría a ello por completo”.

La filosofía Web 2.0 que impera hoy en las nuevas tecnologías asociadas a Internet, por ejemplo, estaría contribuyendo en lo fáctico a desacralizar el antiguo y férreo orden de elaboración y aceptación de saberes. Si antes la tradición pedagógica nos imponía la figura del maestro como un intocable y autoritario transmisor de conocimientos, hoy se va imponiendo el aval constructivista, donde compartir nuestras visiones del mundo deviene más enriquecedor para los individuos que recibir imágenes desde un solo lado (en este caso, el que ocupa la autoridad).

Me gustaría que un debate de este tipo se originara alguna vez en nuestro contexto. Un debate en el cual saliera a relucir que lo del libre acceso de los ciudadanos a Internet es entre nosotros un problema que hay que terminar de resolver, pero que tal vez sea el menos grave de los inconvenientes que ya no están golpeando. Dicho de otro modo: la brecha digital que separa a los pocos que en Cuba tienen la posibilidad de conectarse de esa inmensa mayoría que quiere y no puede, será mera anécdota a tomarse en cuenta por los futuros historiadores, comparado con el daño irreversible que pudiera estar provocando ahora mismo la profundización de la brecha participativa, toda vez que mientras más se tarde en tomar conciencia del fenómeno, más desalentadora será la dependencia de los futuros usuarios de esas tecnologías que cada vez se concentran más en manos de los exclusivos y excluyentes grupos de poder.

Cuando hoy en día se habla de neo-analfabetismo funcional y tecnológico no se está aludiendo exactamente a la carencia física de equipos asociados a la tecnología de punta. Ni al uso básico de los distintos dispositivos que el mercado se encarga de convertir en algo fácil de manipular según los intereses de quienes los producen y comercializan, que siempre será una minoría comparado con el número de personas a las que en el planeta solo les queda la posibilidad de comprar y consumir. El neo-analfabetismo supone, pues, otro tipo de privación; en este caso, carencia crítica.

¿Por dónde comenzar a atacar en nuestra sociedad esa condición de neo-analfabetos funcionales y tecnológicos? La responsabilidad nunca debió recaer en un solo ente (el Estado), pero a estas alturas mucho menos. Se trata de algo que no afecta a un grupo pequeño de personas, a una élite, sino a todos los ciudadanos, incluyendo a quienes hoy, por razones de oficio o edad, creen que están libres del impacto de la revolución electrónica. En este sentido, la iniciativa podría partir de cualquier zona de nuestro tejido social; sin embargo, creo que es a la vanguardia intelectual la que le corresponde llevar a la esfera pública el debate riguroso y transparente de estos asuntos que, tarde o temprano, perturbarán la vida nacional, más allá de las políticas sesgadas con las que los grupos en el poder decidan operar.

Esa campaña de neo-analfabetización debería comenzar por nuestras casas de altos estudios. Es allí donde serán formados los futuros maestros que ayudarán a tener una idea más clara de la época que ya vivimos. Yo no dudo que, confundido entre los alumnos que ahora escuchan a sus maestros, ya ande el nuevo Valdés-Rodríguez, dispuesto a demostrar que los medios audiovisuales de esta época necesitan, además de ser usados, ser pensados.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el mayo 6, 2013 en BLOGOSFERA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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