ALFREDO GUEVARA (1925- 2013)

Solo hablé personalmente con Alfredo Guevara un par de veces. Fue en aquella ocasión en que me invitaran a formar parte del jurado de uno de los Festivales de Nuevo Cine Latinoamericano que se organizan en La Habana. Solo hablé un par de veces, y sin embargo, ha sido tal vez el intelectual cubano con el que más he conversado, polemizado, a lo largo de estos años.

Cuando en aquella primera conversación que tuvimos supe que había leído y discrepaba de algunas de las cosas que para entonces yo escribiera sobre el cine cubano, y en las cuales me mostraba bastante crítico con el enfoque “oficial” de su historia (ese que he llamado “icaicentrista”), temí que nuestras pláticas no fuesen todo lo distendidas que se deseara. Y sin embargo, la imagen de “hombre difícil” (como él mismo se autonombró alguna vez) cedió lugar a la de un interlocutor que se podía mostrar escéptico con mis argumentos, o en abierto desacuerdo, pero que a su vez parecía gozar con la posibilidad de enzarzarse en una polémica de corte intelectual. De aquel par de encuentros me queda el recuerdo grato de un intercambio bastante civilizado de ideas dispares, y el ejemplar de su libro Tiempo de fundación, que me obsequiara con una hermosa dedicatoria: “Para Juan Antonio García, con respeto y admiración, con la esperanza que siembra el talento que se hace acompañar del rigor. Cordialmente, AG”.

En la historia del cine cubano no han abundado los buenos polemistas. Sí han existido intensas y persistentes guerras de grupos que, como todo lo que tenga que ver con la vida, pugnan por hacerse del poder, o luchan contra aquel que ya existe y les perjudica. Al fundar el ICAIC, primera institución cultural creada por la revolución de 1959, Alfredo Guevara se convirtió en uno de los símbolos indiscutibles del poder revolucionario, algo que siempre vivió con auténtico orgullo, y que, obviamente, le reportó admiradores, pero también irreconciliables enemigos (y no solo en el campo de sus adversarios políticos, sino en el mismo campo revolucionario).

Alfredo Guevara nunca rehuyó la polémica pública, y allí están para demostrar lo anterior, sus debates con algunos miembros de Lunes de Revolución (antecedentes de eso que más tarde se conocerá como “el caso PM), con Blas Roca, con Mario Rodríguez Alemán, o ya más cercano a estos años, sus contribuciones a la llamada “guerra de los emails”. Sin embargo, nada me ha impresionado más que el conjunto de libros que, hacia el final de su vida, nos entregara en un acto de osadía que no todo el mundo se atreve a protagonizar.

Normalmente la gente suele escribir sus “memorias” ejerciendo el papel de juez de sus propios actos, y los de los demás. Desde esa altura histórica, abundarán las justificaciones de todo tipo para el actuar que se ha tenido en el pasado, y en pocas ocasiones puede evitarse el llamado “lavado de biografía”, ese que deja a salvo la parte más vistosa de la persona que escribe. Pues bien, en “Revolución es lucidez”, “Tiempo de fundación”, o “¿Y si fuera una huella?”, por citar apenas tres, Guevara ha sacado a la luz pública un conjunto de documentos tal como nacieron y jugaron su papel en su momento.

Algunos de esos documentos seguramente otras personas hubiesen preferido mantenerlos en una gaveta; Guevara, en cambio, optó por dejar todo el tiempo las cartas sobre la mesa, y ahora ya no es posible hablar y discutir con rigor sobre lo que ha pasado en los últimos cincuenta años del cine cubano si no se consultan, aunque sea para rebatirlas, esas fuentes que avisan del aquí y el ahora siempre candente de los protagonistas (lo mismo puede decirse del epistolario de Titón). Son documentos que describen con escalofriante nitidez, la trágica complejidad de esas circunstancias en que en cada momento se vieron envueltos los hombres y mujeres que lucharon por crear en Cuba una auténtica industria cinematográfica, atenta, además, a las agendas planteadas por las llamadas cinematografías modernas de las fechas.

Se podrá o no estar de acuerdo con la visión del mundo que, como intelectual y revolucionario, Alfredo Guevara defendió a lo largo de su vida, pero será difícil permanecer indiferente ante ese repertorio de ideas. Creo que es ese tipo de intelectual incómodo el que necesita el mundo en una hora como esta, donde pareciera que todo conduce al repliegue hacia la comodidad de lo doméstico, quedando la esfera pública en manos de los mercaderes del desencanto y los insaciables traficantes del conformismo.

Repito que solo hablé un par de veces con él, y sin embargo, tal vez sea el intelectual con el que, a partir de ahora, más siga conversando, polemizando, hasta que nos venza la vida.

Juan Antonio García Borrero   

PD: Aprovecho para colgar las hermosas palabras de elogio que leyera Roberto Fernández Retamar en el cine Charles Chaplin, de La Habana, el 24 de marzo de 2003, al entregarse el Premio Nacional de Cine  a Alfredo Guevara. Más allá de ese primer párrafo que sería deshonesto de mi parte disimular que no alborotó mi ego al tener noticias del mismo, me parece una hermosísima reflexión, con un cierre que igual puede funcionar en esta hora del lamentable adiós:

“Ahora que voy llegando al final, y después de haber hecho tantos elogios, merecidos, de Alfredo, no quiero ni de lejos parecer que lo estoy convirtiendo en estatua, cosa que sé que a él le produciría horror. Recuerdo, en cambio, lo que alguien que ambos admiramos mucho, Pablo de la Torriente, en su intenso artículo laudatorio «Hombres de la revolución», dijo de uno de ellos, a cuya estirpe pertenece Alfredo: «Fue un hombre de las avalanchas. Fue un turbión. Fue un hombre de la revolución. No tuvo nada de perfecto.»

 

ALFREDO GUEVARA, PREMIO NACIONAL DE CINE

Por Roberto Fernández Retamar

Hace pocos días, estando en París, recibí la invitación para decir estas palabras con motivo de otorgarse por vez primera en Cuba el Premio Nacional de Cine, que con toda justicia ha recaído en el compañero Alfredo Guevara. Debo decir también que el otorgamiento no produce sorpresa. Como afirmara  Mario Benedetti, «Alfredo Guevara es merecidamente considerado como el nombre fundacional del nuevo cine cubano.» Si alguna sorpresa hay en esta cuestión estriba en que haya sido yo el escogido para leer este texto, que escribo a toda prisa. Pues de sobra se sabe que no soy ni he sido crítico de cine, aunque sí su veedor impenitente y el compañero cercano de no pocos de sus mejores practicantes sobre todo en Cuba. De haberse querido un crítico, y se me hubiera pedido opinión sobre el punto, sin vacilación habría sugerido al autor de “La edad de la herejía”, el joven y brillante Juan Antonio García Borrero, quien ha hecho de su Camagüey natal un foco de aguda meditación sobre el séptimo arte. Pero como algo debe querer decir el que se me haya honrado con la solicitud, la he recibido pensando que son harto conocidas mi antigua relación con Alfredo y la admiración que sus faenas me han producido y he explicitado en varias ocasiones. El plural referido a sus faenas no es ocioso. No supe inicialmente de él como cineasta, pues no lo era entonces. Y, dado el carácter personal de lo que vengo diciendo, insistiré en el hecho.

Raras veces se puede datar con tanta precisión el momento en que por vez primera uno supo de quien iba a ser su amigo como me ocurrió en el caso de Alfredo. Una confusión de vocaciones me había hecho matricular en la Universidad de La Habana, en 1947, en vez de filosofía y letras, como debía,  arquitectura. Pronto supe que había incurrido en un error, y quizá la ansiedad que ello me produjo ayudó a que contrajera una neumonía gracias a la cual fui a parar al hospital. Devoto como ya era de Rubén Martínez Villena, llegué a pensar que, siguiendo el desarrollo de su enfermedad, mi vida se truncaría recién cumplidos mis diecisiete años, sin haber podido hacer nada de lo que soñaba. ¿Qué iba a ser de mi carrera, de mí? Entonces, escuché por radio la trasmisión del acto que la Federación Estudiantil Universitaria había organizado el 27 de noviembre de aquel año, en memoria de los estudiantes de medicina. Entre los oradores, uno atrajo poderosamente mi atención. Era el secretario de la FEU, Alfredo Guevara, alumno de filosofía y letras. Su discurso me decidió a abandonar la carrera que había matriculado equivocadamente (aunque, al igual que la pintura, me dejaría en el corazón lo que en inglés llaman una vieja llama), y hacerlo al año siguiente en la carrera que estudiaba aquel joven líder. De tal manera entró Alfredo en mi vida, cuando aún no lo había encontrado personalmente. Por supuesto, yo ignoraba, entre tantas cosas, que dos años antes había ingresado en la Universidad de La Habana otro joven que fascinó a Alfredo desde el primer momento, e influiría tanto en su vida que cuando en 1994 recibió el Doctorado Honoris Causa que le otorgó el Instituto Superior de Arte, el rebelde Alfredo le comunicó: «Un día te dije y quiero en ocasión como ésta repetirte, querido, respetado Fidel, que soy quien soy porque eres quien eres; sin ti, sin tu dimensión, sin tu presencia, sería otro.»

En 1948 matriculé al fin filosofía y letras, y fui de inmediato a ver a Alfredo para ofrecerme a colaborar con él en algunos de los comités que entonces auspiciaba la FEU: Por la independencia de Puerto Rico, Por la República Española (lo que me hizo conocer la cárcel), Contra la discriminación racial… Participé también en el Comité 30 de septiembre, que encabezaba Bilito Castellanos (defensor más tarde, ya abogado, de los asaltantes al Moncada), y en el que además de Fidel y Alfredo estaban Tomás Gutiérrez Alea, Lisandro Otero y muchos integrantes más de aquella generación emergente. Pero el año 1948 estuvo marcado sobre todo por la presencia de Fidel y Alfredo en el Bogotazo (ya Fidel había participado, en 1947, en la aventura de Cayo Confites, con la finalidad de derrocar al tirano Trujillo). Es difícil trasmitir aquel ambiente. Y no menos difícil hacer comprender la llamarada que era, en aquella Universidad, Alfredo Guevara, de cuyo magro cuerpo salía una voz tronante y un valor a toda prueba, como lo demostraba al denunciar frente a frente a los gángsteres que entonces asolaban aún las aulas de nuestra casa de estudios. Dentro de unas horas celebraremos el centenario del nacimiento de Julio Antonio Mella. Para mí, y para otros y otras, Alfredo era como nuestro Mella. No por gusto en la portada de su folleto Nuestra Universidad, publicado en 1949, aparecen estas palabras de Mella: «La Universidad, fragua de verdaderos ciudadanos, sólo podrá ser reformada por la juventud heroica y rebelde». El viento poderoso de la Reforma brotada en Córdoba, Argentina, en 1918, en cuya estela se formó Mella, soplaba todavía con fuerza. Lo hacía en Alfredo. Y lo hacía, de modo superior, en Fidel. Por eso, al cumplirse cincuenta años de su ingreso en la Universidad, Fidel reconoció, en generoso discurso, lo que ella le había significado. Una de las felicidades de nuestra historia fue el haberse encontrado y compenetrado, en esos días difíciles y ardientes, Fidel y Alfredo.  No fue extraño, en consecuencia, que, al acercarse Fidel a La Habana en los primeros, estremecedores días de enero de 1959, coronada la hazaña de la Sierra y el Llano, pidiera a Alfredo que participara en aquellas memorables reuniones de Tarará en las que se perfiló lo que iba a ser la nueva Cuba. Por cierto que gracias a esas reuniones se conocieron, y también se identificaron, Alfredo y el Che.

Junto a sus tareas políticas revolucionarias (que implicaron para él persecuciones, cárcel y exilio), Alfredo se había ido acercando al cine, en Cuba y  en México, como ha contado. También ha contado (sobre todo en su libro Revolución es lucidez) cómo estuvo dispuesto a sacrificar esa vocación suya en aras de las exigencias de la Revolución naciente. Pero al fin, dijo, Fidel le dio «luz verde», y acometió la tarea de fundar el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, tras aquel decreto inolvidable de marzo de 1959, el primero de carácter cultural de la Revolución, encabezado por la expresión «Por cuanto el cine es un arte». Para aquella fundación, Alfredo contó con compañeros excepcionales a los que había estado unido sobre todo en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo. Nombrarlos a todos es desde luego imposible. Pero no me es dable dejar de mencionar al menos, entre los desaparecidos, a tres de ellos, a quienes, por añadidura, me unieron desde antes de 1959 profundos lazos de afecto: Tomás Gutiérrez Alea, Santiago Álvarez y Saúl Yelín.

Si sólo hubiera hecho nacer, de modo orgánico, la nueva cinematografía del país, y auspiciado las de otros, la tarea del ICAIC sería ya formidable. Pero además, bajo la conducción dinámica, imaginativa y valiente de Alfredo, participó en polémicas iluminadoras en las que se defendió el arte y más, renovó la cartelística del país, vertebró y enriqueció, gracias al Grupo de Experimentación Sonora, la música de los jóvenes, atrajo a numerosos escritores, artistas y pensadores, demostró que la lealtad a los principios revolucionarios y la audacia, el rigor y la belleza pueden y deben estar enlazados.

Entre los grandes méritos de Alfredo están haber contribuido vivamente a acercar las cinematografías de nuestra América, y hacer nacer el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que dentro de unos meses cumplirá su primer cuarto de siglo de existencia. Bien sé que se trató de empresas colectivas, pero nadie podrá discutirle a Alfredo lo que han significado su empuje, su coraje, su cultura a fin de hacer realidad tan magnos proyectos.

Esas características suyas lo han acompañado siempre, desde sus fértiles años universitarios que recuerdo con tanta admiración y gratitud. Por ejemplo, cuando dejó de estar temporalmente al frente del ICAIC y fue nombrado Embajador de Cuba ante la UNESCO, hizo de su nueva responsabilidad un baluarte de lucha y creación. Recuerdo haber sido invitado por él a París en momentos de tensión como los que tan frecuentemente ha vivido nuestro país. Y también a las jornadas Cuba en Venecia, con motivo de las cuales reunió a un vasto conglomerado de artistas y estudiosos que dejaron una fuerte impresión en la bella ciudad italiana.

En el momento de recibir este Premio que corona su vida, Alfredo se halla al frente de los Festivales Internacionales del Nuevo Cine Latinoamericano, que fueron su hechura y llevarán siempre su impronta. Desde ese frente, prosigue, desafiante,  fundando, inventando.

Alfredo ha sabido conjugar la defensa de nuestros  más genuinos valores del pasado con el estímulo a los nuevos que van apareciendo. Entre los primeros, recuérdese su admiración desde luego por Martí, pero también por  el Padre Varela, Del Monte, Saco, Mella, Martínez Villena, Pablo de la Torriente, Nicolás, Alejo, Lezama, Carlos Rafael, Lam, Portocarrero, Cabrera Moreno, Raúl Martínez,  Alicia, Titón, Santiago, Benny, Leo; y entre los segundos, los integrantes de la Nueva Trova o jóvenes escritores, artistas plásticos  y directores de cine. Fuera de nuestras fronteras, nos dejó otros ejemplos en sus libros recientes, donde dio a conocer sus cálidas relaciones con Zavattini y Glauber Rocha.

Ahora que voy llegando al final, y después de haber hecho tantos elogios, merecidos, de Alfredo, no quiero ni de lejos parecer que lo estoy convirtiendo en estatua, cosa que sé que a él le produciría horror. Recuerdo, en cambio, lo que alguien que ambos admiramos mucho, Pablo de la Torriente, en su intenso artículo laudatorio «Hombres de la revolución», dijo de uno de ellos, a cuya estirpe pertenece Alfredo: «Fue un hombre de las avalanchas. Fue un turbión. Fue un hombre de la revolución. No tuvo nada de perfecto.»

 

 

 

 

 

Publicado el abril 20, 2013 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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