DANIEL DÍAZ TORRES Y EL ARTE DE NARRAR UNA HISTORIA

En este texto publicado en el Bisiesto, diario de la 12 Muestra del ICAIC, el realizador Daniel Díaz Torres (La película de Ana) asegura: creo que más que facturar largos, bonitos y estáticos planos secuencia o plásticas metáforas rebuscadas que tanto facilitan los FX digitales; el gran reto para los cineastas criollos sigue siendo encontrar buenas historias con buenos personajes… y contarlas bien, con pasión y una originalidad que siempre, si es auténtica, estará más allá de cualquier moda”.

Narrar a la antigua

Por Daniel Díaz Torres

“Lo que más me llama la atención de los estudiantes y de los cineastas jóvenes es que ya no empiezan haciendo cortos, sino que filman anuncios o videos musicales. Por supuesto, este hecho es consecuencia de la evolución de la industria audiovisual. Vienen de una cultura con unas prioridades distintas a las de mi época. Sin embargo, el problema con los videos musicales y los anuncios, en contraposición a los cortos, es que el concepto de contar una historia se resiente mucho. Tengo la impresión de que esta generación, al trabajar con unas imágenes que poseen una función principal totalmente distinta, está perdiendo el concepto de lo que significa contar una historia. Estoy convencido de que el director tiene, sobre todo, la obligación de tener algo que decir: Necesita contar una historia.”

Wim Wenders

Página 12, 29 de agosto de 2004

Es no sólo absurdo sino elementalmente antidialéctico y retrógrado no concebir que las nuevas tecnologías y su influencia en el lenguaje audiovisual modifiquen y hagan evolucionar  formas expresivas y narrativas en la actualidad. Pero de eso no trata la breve reflexión de Wenders, que comparto con entusiasmo.

El asunto es que se ha puesto de moda (con todas las connotaciones más o menos frívolas que arrastra este término) renegar de «contar historias», en curioso y nihilista rechazo de una vocación humana ancestral. En escuelas de cine, y por parte de ciertos sectores de la crítica, pareciera que un cineasta que quiere ante todo contar bien una historia ya está tarado artísticamente, disminuido, como si estuviera adscrito a una suerte de plebe cinematográfica envejecida y demodé.

Por una parte, se glorifica un minimalismo contemplativo, que privilegia en festivales y otros cotos de la crítica más o menos especializada, amante de los lenguajes crípticos, ese denominado «cine en que se ve crecer la yerba», evadiendo hasta el máximo  cualquier tentación narrativa que se «contamine» con el más que noble y universal oficio de contar. Por otra, está la tendencia que confunde lo autoral con abstrusas experimentaciones formalistas extremas, que bajo los inabarcables marcos de la «visión poética personal» justifica cualquier tipo de producto audiovisual, donde a veces se oculta la incompetencia narrativa más elemental entre los fastos de supuestos símbolos y, con frecuencia, vacuas conceptualizaciones.

No me refiero a artistas plásticos que han desarrollado a través del videoarte obras de indiscutible fuerza expresiva e interés. Sino a quienes con cierta liviandad profetizan y pontifican, llegando a decir como una vez escuché, que el nuevo cine cubano estaba en los que hacían videoclips. Con el perdón de quien así opine, creo que una verdadera película, que implica una compleja construcción dramatúrgica traducida en imágenes y sonidos conformadores del complicado y múltiple lenguaje audiovisual, ese que en una obra de ficción o documental alcance a transmitir genuinas emociones y desarrolle personajes que (sea en el estilo que sea) queden en nuestra memoria y dejen alguna huella en nuestro espíritu; siempre estará mucho más allá de los efímeros fuegos de artificio y de los efectismos perecederos del alboroto audiovisual donde con harta frecuencia recala el videoclip.

Nadie niega su capacidad lúdica y (cuando son buenos) proyección estética. Pero de ahí a elevarlos a categoría «salvadora» del cine nacional, va un trecho ridículamente amplio. Intentar trascender con la capacidad perturbadora del arte es tarea que implica más rigor, trabajo y ejercicio del pensamiento para alcanzar esa iluminadora dimensión humana que permanece cuando se logra una obra artística a nivel cinematográfico.

Siento a veces demasiada prisa y facilismo, y hasta una incauta y comprensible entrega a los efímeros disfrutes de la tan fugaz fama que «dirigir cine» suscita en el imaginario popular y mediático.

Para resumir mis muy modestas preocupaciones, creo que más que facturar largos, bonitos y estáticos planos secuencia o plásticas metáforas rebuscadas que tanto facilitan los FX digitales; el gran reto para los cineastas criollos sigue siendo encontrar buenas historias con buenos personajes… y contarlas bien, con pasión y una originalidad que siempre, si es auténtica, estará más allá de cualquier moda.

Y esto, por cierto, nada tiene que ver con «narrar a la antigua» según cánones hollywoodenses. 

Publicado el abril 8, 2013 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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