¿CON QUÉ SUEÑAN EN CUBA LOS CRÍTICOS DE CINE HOY?

Hoy viernes sale publicado en el Bisiesto de la Muestra este texto que escribí, a solicitud de la querida Mabel Olalde Azpiri. Agradezco su gentileza al permitirme compartirlo con los amigos del blog.  

Hace un par de semanas, en el 19 Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica celebrado en Camagüey, seis jóvenes cubanos nacidos en los años ochenta, expusieron públicamente sus ideas en torno al estado de salud de lo que Guillermo Cabrera Infante llamó “el oficio del siglo XX”. Tal vez fue esta la primera vez en que miembros de esa generación que ejercen la crítica del audiovisual o la han pensado en nuestro país, se reunían, no para escuchar lo que “los consagrados” podían repetir una vez más de ese oficio, sino para exponer y discutir, con plena conciencia de grupo, sus ideas en torno a los nuevos escenarios en que se desenvuelve actualmente esta práctica intelectual. [1]

Ya era hora. Los jóvenes realizadores de esa generación, a estas alturas, cuentan con un corpus audiovisual nada desdeñable. ¿Por qué, entonces, nos ha parecido que faltan jóvenes airados en la zona del pensamiento que aborda estos asuntos?, ¿qué es lo que ha propiciado que la creación de estos jóvenes parezca marchar por un lado, y la manera de ellos mismos pensar esa producción, por otro?, ¿por qué si el audiovisual cubano se ha beneficiado con la gestión a menudo herética de no pocos realizadores de ese grupo, la crítica que habría de acompañarlos no se ha manifestado del mismo modo?

Si alguien pensaba que la posible causa de ese desfasaje obedecía a la ausencia de talento o algo así, bastará echarle un vistazo a los textos mencionados en el primer párrafo para descartar ese disparate. Sin demasiado ruido, tal como nos describe Claudia González Machado en su ponencia, varios miembros de esa generación se vienen encargando de reencontrar el discurso crítico perdido, aquel que en los tiempos fundacionales del ICAIC, y por extensión, de la primera década de existencia de la revista Cine Cubano, se caracterizaba por el debate sistemático de lo que podía representar la modernidad en el cine de entonces, pero también, del rol intelectual que debía jugar, ya no el crítico (entendido como especialista de un saber), sino el pensamiento crítico, que es algo que puede ser común a creadores y analistas.

Quisiera aclarar que cuando hablo de reencontrar el discurso crítico perdido (y asumo que es algo que comparte Claudia González) no me refiero a retomar las ideas ni los estilos manejados en el pasado. Justo lo que necesita imponer la nueva generación de críticos es su propio perfil, su propia personalidad, la cual siempre responderá más a los imperativos de esta época que habitamos (que nos habita), que a la añeja tradición heredada, aún cuando no se pierdan de vista los valores legados por nuestros padres.

En ese sentido, y al margen de la diversidad de enfoques y preguntas, se consigue percibir en las ponencias presentadas en Camagüey una saludable inquietud general que podría transitar a través de una interrogante que planteara González Rojas en su exposición, y la tesis con que finalizó la suya Reynaldo Lastre. Pregunta González Rojas:

“¿Qué hacer entonces? o mejor ¿cómo hacer la crítica en estos tiempos, donde se desdibujan los viejos fantasmas de la ilustración, el modernismo, el enciclopedismo y todas las tendencias clasificatorias absolutas del viejo Occidente?”,

Y pareciera responder Lastre (aún cuando su intervención diera inicio a la mesa):

“Entender la crítica como esa herramienta que ayuda a conocer el conocimiento, recordando a Kant, sería muy provechoso en estos contextos en que la tríada lacaniana de lo imaginario, lo real y lo simbólico tienden a enlazarse y confundirse, ayudando a situar los límites del saber y regresar a la incertidumbre foucaultiana de saber hasta dónde se puede razonar sin peligro”.

Hay en este último llamado a ponerles diques kantianos al entusiasmo de la razón desbocada (y a los que podríamos sumar los diques que Wittgenstein y compañía proponían a los desbordes del lenguaje), algo que se me antoja esencial. Como apunta Leyva Caballero en su ensayo, “el crecimiento personal y profesional depende, en buena medida, de un lento proceso de sedimentación que puede llevar varios años, antes de asentar un estilo y método analítico reconocible, responsable”; pero en el caso de los nuevos críticos veo una exigencia que, por inédita, no estaba presente en la generación que le precedió: y es el hecho de estar viviendo esta suerte de época bisagra en medio de una revolución electrónica que ya ha comenzado a dejar en claro las principales tendencias relacionadas con la producción, distribución y consumo de saberes. Al tratarse de un escenario absolutamente inédito, los nuevos críticos cubanos tendrán que reinventar prácticamente todas sus maneras de insertarse en la esfera pública de una manera efectiva.

El hecho de que Cuba ahora mismo parezca ajena a todas esas convulsiones globalizadoras, debido a la precariedad de nuestras conexiones, no justifica que quienes ejercen la crítica, y sobre todo, que los que comienzan a poner los cimientos de esta otra manera de mirar y pensar el audiovisual que, en breve, destronará a la actual perspectiva, se crucen de brazos ante esta nueva conjura de circunstancias. O no pasen del lamento persistentemente tercermundista. De allí que resultaran tan estimulantes las intervenciones de Hamlet Fernández, con ese agudísimo análisis de las reglas que hasta ahora limitan la autonomía del ejercicio crítico en Cuba, a partir del monopolio de los medios que ejerce el Estado, o la de Justo Planas, localizando carencias de este novísimo grupo, pero también, describiendo los pro y los contra de esos nuevos escenarios donde parecen abolirse las diferencias generacionales.

Ahora bien, por mucho que cambien las circunstancias, el futuro crítico del audiovisual tendrá que mantener a mano todo ese legado que en sus primeros cien años de existencia nos ha dejado la historia del cine. Eso se hace aún más ineludible en esta época en que las nuevas tecnologías fomentan el patético espejismo de que se puede llegar a contar una historia con un mínimo de decoro sin haber asistido jamás a la Cinemateca. Pues bien, también la época se presta para multiplicar aquella falacia que Francois Truffaut, ese rarísimo ejemplo de crítico de éxito devenido cineasta también de éxito, denunciaba en el hermoso prólogo de su libro “Les Films de ma vie” (1975):

Cualquiera podría transformarse en crítico de cine, no se pedirá al postulante una décima del conocimiento exigido a un crítico de literatura, música o pintura. Un director debe aceptar hoy que eventualmente su trabajo será juzgado por alguien que quizás no vio nunca un film de Murnau”.

Truffaut tituló ese prólogo con una interrogante que hoy también podríamos recuperar para nosotros: ¿con qué sueñan los críticos? Pues al final se trata de aproximarnos a una práctica cultural que sigue teniendo que ver más con los sueños de la gente (incluyendo a los críticos), que con sus racionales aspiraciones, aún cuando los diversos poderes que ha conocido la humanidad a partir de su surgimiento, se hayan esforzado en domesticarlo y ponerlo en función de sus pretensiones más pedagógicas y dominantes.

El crítico de antaño, como no los recuerda el creador de Los cuatrocientos golpes, logró establecer con el cine una relación casi erótica, al tener como aliada, entre otros factores, a la insobornable oscuridad de una sala. Y estaba la tremenda fascinación que provocaba esa ilusión de realidad.

Hoy, en medio de la adicción al zapping que estimula el repliegue a lo doméstico, en medio del olvido brutal que se consume en virtud de un afán de novedades  nunca saciado, es difícil imaginar una relación igual de íntima o perturbadora con el audiovisual contemporáneo. Y aún así, sabemos que los nuevos críticos también sueñan, ya no en una sala oscura, sino en el centro de un mundo que se ha convertido en un interminable laberinto de pantallas.

Juan Antonio García Borrero

 

NOTA:

[1] Puede consultarse el conjunto de esos textos en el blog “Cine cubano, la pupila insomne” (http://m.cinecubanolapupilainsomne.wordpress.com). Los títulos de los textos y autores, respectivamente, serían: Escritura y significado. Las formas de experiencia en la nueva crítica cinematográfica cubana, por Reynaldo Lastre (Holguín), Revista Cine Cubano: ¿en busca del discurso perdido, por Claudia González Machado (La Habana), Crítica de cine e intitucionalidad medial en Cuba: ¿cómo cambiar las reglas del juego?, por Hamlet Fernández (La Habana), Las flechas rotas. Para una hermenéutica del criterio joven en Cuba, por Rolando Leyva Caballero (Santiago de Cuba), Ética y paradojas de un arte oficioso, por Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos), y Escenarios para una nueva crítica, por Justo Planas (La Habana).

Publicado el abril 5, 2013 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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