JOSÉ MANUEL VALDÉS RODRÍGUEZ (1896-1971)

Me enteré por la actriz Mirtha Ibarra, en uno de esos cruces de pasillo que en diciembre suele depararnos el Hotel Nacional, a propósito del festival de cine latinoamericano: la Universidad de La Habana entregaría hoy una vez más el sello “José Manuel Valdés-Rodríguez”, y en esta ocasión nuestros nombres figuran en el grupo de los reconocidos con esa distinción. Otra vez ¿la maldita? circunstancia de vivir en Camagüey me impedirá estar en el acto, pero no quiero dejar de hacer público mi agradecimiento a quienes decidieron incluirme en tan ilustre nómina.

Recibir una distinción que evoca la figura de Valdés-Rodríguez tiene para mí un significado muy especial. Estamos hablando del hombre que introdujo en los círculos académicos de la Cuba de los años cuarenta del siglo pasado el análisis del cine. En este sentido, Valdés-Rodríguez es un pionero indiscutible, si tomamos en cuenta que es en los sesenta que las universidades norteamericanas, por ejemplo, le conceden importancia investigativa a las prácticas fílmicas. Valdés-Rodríguez fundó en 1939 la Academia de Artes Dramáticas, de la Escuela Libre de La Habana, y dio a conocer por primera vez su curso “El cine: industria y arte de nuestro tiempo”.

Hay que remontarse a esos años para lograr obtener una idea nítida de la singularidad de ese gesto. Por aquellas fechas el cine, al menos en nuestro país, no era reconocido aún como una actividad que mereciera la misma atención intelectual que el resto de las expresiones artísticas. A diferencia de la literatura, el teatro, o las artes plásticas, se le asociaba a la feria fútil, al entretenimiento efímero, de allí que proliferaran las reseñas, pero brillaran por su ausencia las aproximaciones ensayísticas, o las interpretaciones que indagaran en las características del nuevo lenguaje.

Valdés-Rodríguez rompió con esas reglas. Tal vez su pasión por el arte de las imágenes en movimiento le naciera mientras se desempeñara en 1921 en la administración del cine Fausto. Siete años después comienza a colaborar como crítico de cine en publicaciones como “El Mundo”, “El País”, o “La Revista de La Habana”, mientras que, de acuerdo a lo investigado por María Eulalia Douglas, se reúne en su casa con un grupo de amigos, entre los que se encontraban Fernando Ortiz, Raúl Roa, Juan Marinello, Rubén Martínez Villena, para ver y discutir películas notables que llegaban al país, pero no eran exhibidas por razones comerciales.

En 1935 Valdés-Rodríguez es nombrado crítico oficial de teatro y cine en el periódico “El Mundo”. Pudiera decirse que es en ese momento que nace en Cuba una conciencia crítica que interpreta al cine como un problema al que hay que concederle una atención mayor que la mera referencia informativa. Para entonces, Valdés-Rodríguez ya había asumido una clara posición política, luego de ingresar en 1934 en el Partido Comunista, ser nombrado secretario de la Liga Antimperialista de Cuba, y viajar a la URSS como corresponsal de “Ahora” y “Bohemia”, ocasión en que, dicho sea de paso, conoció entre otros a Eisenstein y Gorki.

El 13 de julio de 1942 Valdés-Rodríguez inicia en la Universidad de La Habana su curso “El cine: industria y arte de nuestro tiempo”. La investigadora María Eulalia Douglas nos ha dicho que “estos cursos, que se ofrecieron hasta 1957, constaban de dieciséis sesiones teóricas y doce proyecciones de filmes destacados, que eran debatidos”. Sería interesante publicar alguna vez los nombres de todos los que pasaron por esos encuentros. Encontraríamos allí jóvenes que, con el transcurrir del tiempo se convertirán en nombres claves de la cultura cubana, como Germán Puig y Ricardo Vigón, fundadores del Cine-Club de La Habana (1948), el cual se transformaría más tarde en la primera Cinemateca de Cuba.  

Mirado desde ese punto de vista, Valdés-Rodríguez sería uno de esos raros ejemplos de nuestra historia cultural, donde es la perseverancia del hombre concreto lo que habrá que identificar como la institución misma. Porque pueden existir las instituciones, pero si falta la voluntad humana, todo quedará en el vacío, en lo que jamás perdura. No puedo evitar la tentación de, a modo de cierre de este sencillo post, citar un fragmento del hermoso texto escrito por la filósofa española María Zambrano, a propósito de la constancia de Valdés-Rodríguez, en un contexto como aquel donde era todavía tan subestimada la apreciación cinematográfica:

Con una actitud semejante, claro está que no se suele conseguir la atención del público; pero sucede que hay dos clases de atención: la que se despierta súbitamente y parece anegarlo todo para desaparecer tan súbitamente como naciera –lo que en cubano se dice “embullo”- y la atención constante que crece lentamente; es la que produce un resultado, una obra, a la manera del paso del agua entre las peñas crea espacios donde parecía imposible los pudiera haber o ese proceso de la gota de agua que parece huir, pero que no huye y forma columnas, milagrosas arquitecturas que nadie apenas ve, y un día se descubren repentinamente. Tal es el efecto de una labor paciente y constante –esas virtudes que da rubor casi el tener- y un buen día algo se ha logrado, está ahí simplemente y parece natural, aunque haya significado una novedad”.

Juan Antonio García Borrero       

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Publicado el diciembre 17, 2012 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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