POST FESTIVAL

Hacía rato que no disfrutaba un festival de cine donde casi todas las películas que vi (cerca de quince) me gustaron. Por lo general un festival de cine tiene en su programación películas buenas, regulares y malas. Incluso, hay algunas que tras llegar con un gran número de reconocimientos a las pantallas habaneras, se nos desinflan de modo aparatoso. Y es que en los festivales, como en todo lo humano, funcionan los intereses de grupo, y con el tiempo se descubre que muchas veces lo que estaba en pelea no era la calidad de las películas, sino los egos pendencieros de los jurados que las evaluaron.

Como vivo en Camagüey, no tuve esa fantástica posibilidad que se le brinda a la prensa habanera de ver con antelación las películas que están en competencia; así que me perdí algunas que colegas y amigos me recomendaron con gran fervor (estoy pensando en La fiebre del ratón (Brasil/ 2011), de Cláudio Assis, o Violeta se fue a los cielos (Chile/ 2011), de Andrés Wood). Pero como anoté con anterioridad, lo que vi me sedujo, y me hizo sentirme en medio de una verdadera fiesta de la imagen.

Y aquí hablo del conjunto de películas en general, sin referirme exclusivamente a lo latinoamericano. En este sentido, debo confesar que la cinta que aún me tiene conmocionado es la rusa Elena (2011), de Andrey Zvyagintsev. Cuando veo este tipo de cine (incisivo, que busca en lo profundo del alma humana el drama que perdura) logro recuperar mi optimismo con las posibilidades artísticas del audiovisual. Al ser rehén del mercado, buena parte del cine ha terminado convertido en pura fórmula donde los regímenes de turno lo utilizan para exaltar aquello que los grupos que dominan en sociedad pregonan como “lo bueno”, o quienes se le oponen apelan al mismo para denunciar los atropellos. Pero eso no es arte, en tanto se simplifica la complejidad de la existencia humana.

Si Elena consigue estremecerme no es exactamente porque ubique su trama en un contexto postcomunista. Eso sería lo anecdótico. Lo terrible de la película está en el rastreo que hace en el mundo interior de los personajes. Y luego está la sutileza misma del lenguaje que se utiliza, la majestuosidad de unos planos donde se nos va revelando con desesperante precisión la trágica textura del teatro social en que vivimos. Algo más o menos parecido podría decir de la italiana Reality (2011), de Mateo Garrone, una fábula que nos puede hacer reír a través de la tristeza, como sólo consiguen hacerlo los grandes cineastas. O como para reconfirmar que el buen cine no tiene fecha de caducidad podría mencionar a La espada (Japón/ 1964), de Kenji Misumi, basada en un cuento de Yukio Mishima.  

De las películas latinoamericanas que vi, las tres que más me gustaron fueron Días de pesca (Argentina/ 2012), de Carlos Sorín, Elefante blanco (Argentina/ 2012), de Pablo Trapero, y Después de Lucía (México/ 2011), de Michel Franco. Sorín, al igual que Trapero, ya tiene un estilo consolidado, y eso, paradójicamente, puede convertirse en un riesgo retórico. Pero en ambos creadores uno descubre un singular talento para narrar historias y crear personajes entrañables. Esto es algo de lo que, durante algún tiempo, el llamado “nuevo cine latinoamericano” (eso inefable que merecería ser acuñado de un modo más exacto) prescindió, en tanto lo que se demandaba era la denuncia de los males sociales que aún aquejan al territorio. El Marco de Días de pesca ha sido bordado por el actor Alejandro Awada con una austeridad que conmueve, mientras que el Julián de Ricardo Darín tiene todas las características de ser uno de esos personajes que perdurarán en la memoria colectiva.

Por su parte, Después de Lucía nos arrastra a ese universo oscuro que es el acoso escolar, y del cual no se salva ningún país (en Cuba ya tenemos a Camionero examinando ese fenómeno), pero lo relevante de la película es que no apela al discurso altisonante; todo lo contrario, opta por recordarnos que el bullying puede estar conviviendo con nosotros del modo más natural e invisible, y en esa senda, describirá de un modo casi fenomenológico (sin satanizaciones o gestos moralizantes) esos escenarios en que conviven los personajes sin sospechar el desenlace violento que tendrá la sumatoria de tantas vejaciones.

La presencia del audiovisual cubano en el evento merecería otro post. Solo adelanto que, en lo personal, el conjunto me causa una buena impresión. Hablo del conjunto porque es allí donde podemos encontrar síntomas del posible crecimiento o decadencia. Una cosa es la percepción puntual que se pueda tener de un filme, y desde esa puntualidad pretender establecer nociones generalizadoras, y otra es examinar el conjunto, con todos sus matices y contradicciones.

El primer elemento positivo que veo es la diversidad. No hay ahora mismo una tendencia dominante. Irremediablemente juntos, La película de Ana, y Se vende, por mencionar los tres largos que concursan,andan por caminos temáticos y formales absolutamente distintos. Y esto es bueno porque nos ayuda a redescubrir una realidad cubana que no es unidimendional, como casi siempre nos quiere hacer creer la prensa, lo mismo la de aquí que la de allá. Por otro lado, regocija que en sus respectivas óperas prima Charlie Medina (Penumbras) y Carlos Lechuga (Melaza) escruten en esos contextos donde vive el cubano de a pie, ese que generalmente es ninguneado en los relatos que confunden “lo importante” con lo que ya es compartido en lo público, pero además, que le concedan tanta atención al lenguaje audiovisual mismo.

Creo haberlo dicho varias veces en el blog. Como amante del cine cubano ya no me interesa tanto esa cacería de gazapos en que suele enfrascarse cierta crítica. Es verdad que hay películas que resultan lamentables porque reproducen determinados modos de representación a estas alturas absolutamente superados. Pero lo interesante sería promover el pensamiento que estimule a cineastas y críticos a abandonar los respectivos feudos, para debatir con toda la vehemencia que un gesto así reclama la calidad misma de la mirada que utilizamos al enfrentarnos al mundo. En ese empeño podría guiarnos aquello que alguna vez escribió el gran Juan Ramón Jiménez: “Tira la piedra de hoy, olvida y duerme. Si es luz, mañana la encontrarás ante la aurora, hecha sol”.

Juan Antonio García Borrero             

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Publicado el diciembre 13, 2012 en CONCURSOS, FESTIVALES, PREMIOS. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Espero que lleves a Ciudad Simbólica algunas películas del Festival de Cine Latinoamericano para compartir ideas junto con los demás asiduos a ese espacio.

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